24 febrero 2017

PFQMG - cap. 16 - Cómo entendí que lo nuestro es simple negocio


Key

De acuerdo —dice Adam al siguiente día—. Me llama un poco la atención Anna, la prima de Marie.
—¿En serio? ¿Solo un poco? —pregunto de forma sarcástica.
Ambos estamos almorzando justo en el restaurante convenientemente ubicado cerca del bar en donde, el grupo para el que toco, Ósmosis, suele dar sus presentaciones. Adam me lanza un poco de su puré de papas cuando escucha mi tono de voz.
—¿Quieres terminar con eso, por favor? Estoy siendo serio. Ella es…
—No la recuerdo mucho pero sí sé que es bonita —digo, esperando su reacción.
—Es muy hermosa —dice casi de inmediato—. Y parece ser demasiado inocente para alguien como yo, así que en su lugar pasé la noche con Marie.
Casi me ahogo comiendo mi hamburguesa al escuchar sus palabras.
—¿Pasaste la noche con Marie? ¿Después de dos meses de salir con ella, me estás diciendo que al fin hubo…?
Él asiente con la cabeza.
—Me extraña que no lo hubieras hecho antes —comento—, siendo ella como es… y tú como eres… supuse que el mismo día que la conociste ibas a atacar.
Adam lleva un gran bocado de comida a su boca, masticando la carne con violencia.
—No soy así de aventado —murmura en medio de cada bocado.
—Claro que lo eres.
—No, no lo soy.
Suspiro en voz alta mientras regreso al ataque de mi hamburguesa. El lugar se está llenando de gente y las mesas a nuestro alrededor empiezan a ocuparse con rapidez.
—¿Y? —pregunto con curiosidad luego de unos minutos en silencio—. ¿Qué tal estuvo la noche con Marie? Porque hay algo que tengo que reconocer, Marie es caliente.
—Fue una locura —suspira de nuevo—. No sabía que Anna vivía con ella. Tendrías que haber visto su reacción al verme con Marie. Estábamos a punto de hacerlo sobre el sofá cuando Anna entró usando este uniforme sexi de camarera que…
Adam imitó el sonido de una explosión, salpicando saliva en mi bebida.
—Y lo perdí —continúa diciendo—. Sabía que ella nunca sería para mí. Tengo demasiado con lo que lidiar, y sé que seré su ruina si ambos decidimos intentar algo. Así que me acosté con su prima. Probablemente Anna escuchó todo lo que hicimos o no hicimos en esa cama. Ahora tengo vergüenza de verla a la cara, de seguro me odia.
Arrugo la frente en concentración, masticando cuidadosamente al escuchar a mi amigo.
—Eres patético —digo cuando termino de masticar—. En serio hombre, eres patético.
Mi comentario me hace ganar otra cucharada de puré en la cara.
—Así es como acaba todo lo relacionado con Annabelle Green y yo. No hay nada más pasando y no pasará nada en un futuro —murmura él.
—¿Qué problema habría si algo pasara? —pregunto con verdadera curiosidad—. No le veo nada de malo.
Adam resopla.
—Yo predigo el futuro y digo que acabará mal.
Ahora el que resopla soy yo.
—¿Y desde cuándo te ha importado tener un futuro con alguien? ¿Te miras a ti mismo teniendo hijos con Anna?
—Claro que no. No llegues a ese extremo. Lo que sucede es que cuando estoy con ella mi cerebro colisiona y digo la primera estupidez que se me ocurre, sin importar que eso me haga sonar como el más grande egoísta y bastardo cabrón de todos los tiempos.
—Vaya, estás loquito por ella, ¿no es así? —me burlo un poco—. Veo que estás más que interesado.
—No empieces con eso, Key —dice él, fulminándome con la mirada—. Era obvio que tendría que atraerme, tampoco es como si fuera inmune a sus encantos. Pero ya no quiero seguir hablando de Anna porque tengo ahora a Marie, y el sexo con ella fue intenso. Marie es insaciable. No necesito de Anna en mi vida, podríamos decir que ya la superé.
—Guau.
—Guau no, miau.
—Miau será entonces.
Adam nunca ha mostrado tanto interés en alguien por mucho tiempo y ahora parece que su interés despierta de una larga siesta y mira en dirección de la señorita Green. Lástima que él no pueda notarlo.
Pasados unos minutos, ambos logramos terminar nuestra comida sin ningún contratiempo, bebiendo tranquilamente de nuestras botellas de cerveza.
—¿Y averiguaste algo? —murmura Adam mientras observamos al personal del restaurante moverse de un lugar a otro.
—¿De qué tenía que averiguar?
—Ya sabes —carraspea viendo en todas las direcciones—. Sobre aquello que hablamos ayer.
—¿Qué hablamos?
Por supuesto que sé que se refiere a preguntarle a Rita sobre si Anna era o no lesbiana, pero me gusta hacerlo sufrir así que…
—¡Sobre aquel asunto con Anna y Rita! —me grita él, deseserado.
—Lo siento —murmuro con tono fingido—. No tengo idea de lo que hablas.
Adam pasa su mano sobre su cara, molesto.
—Sobre si a Anna le “iban” las chicas o los chicos.
—¡Oh! Ya recuerdo… pues le pregunté a Rita y ella me dijo que no.
—¿Que no qué?
—Nop.
—¿No?
—Nein. Net, no.
—¿No, qué? ¿No a los chicos o a las chicas?
—No a las chicas… y no a los chicos como tú.
—¿A qué te refieres con eso de los chicos como yo? Soy perfectamente normal. Si quiero, me puedo dedicar toda una vida a enamorarla.
—A ver —suspiro en voz alta—. Hace unos minutos atrás dijiste que no querías nada con esa tal chica, Anna. Dijiste, y te cito: “parece ser demasiado inocente para alguien como yo” Incluso mencionaste que ya la habías superado. Ayer incluso recalcaste que no la merecías, ¿te estás echando para atrás ahora? Porque sinceramente no te estoy entendiendo.
Él niega, mirándome con intensidad.
—Es mejor si me la saco de la cabeza. Veré a Marie esta noche y será lo ideal para ambos.
—Si esa mentira te ayuda en algo —me encojo de hombros—. Lo que sea, no soy nadie para decir lo contrario.
—Y a ti tampoco te beneficia las mentiras que te dices sobre Rita —murmura él—. Sigue negando que no pasa nada.
—Es que no pasa nada, en verdad.
—Lo que sea —se encoje de hombros—. No soy nadie para decir lo contrario.
—Ve a comer mierda —esta vez quien le lanza las sobras de la comida soy yo.
Ambos reímos por las bromas y pronto nos ponemos de pie para separarnos cada quien por su lado. Adam nota que me demoro un poco más de lo usual cuando ve que me acerco de nuevo al menú del restaurante, colocado casi a la par de la entrada.
—¿Qué sucede? —pregunta viéndome con interés—. No me digas que quedaste con hambre.
Niego con la cabeza.
—No es eso —veo el menú con detalle y le hago señas a la misma chica que nos atendió anteriormente en la mesa para que se acerque a mí—. La comida no es para mí. Tengo una chica enferma de la que cuidar y pienso llevarle algo con que alimentarla.
—Mmm… ¿de casualidad esa chica no será Rita?
—Solo estoy siendo un buen amigo.
—¿Amigo? Claro, amigo mis bolas.
—¿Y tú? ¿Solo vas a casa de Marie para verla exclusivamente a ella o también para codiciar a Anna?
Adam me saca el dedo medio mientras se retira del restaurante, colocándose sus gafas de sol.
—Mirar no es un delito —murmura antes de irse.
—Mira todo lo que quieras —grito de regreso—, porque eso es lo único que podrás hacer.
Adam vuelve a sacar el dedo medio mientras lo pierdo de vista.
Me rio y me dispongo a comprar algo para Rita porque esta tarde seré el enfermero Key.
El enfermero Key siente esta necesidad de cuidarla por alguna inexplicable razón, así que pido de todo un poco para luego ir directo a su casa. Esta será una tarde interesante.



Rita


—¡RITA, TU NOVIO ESTÁ EN LA PUERTA! —grita Rowen desde la entrada de la casa.
—¿Qué novio? —murmuro para mí misma. Entonces mis ojos se abren desmesurados al pensar que puede ser Key y que me vería en el siguiente estado: pelo andrajoso sin lavar desde hace cuatro días, ropa holgada para estar en casa que cuenta con cientos de hoyos y manchas, calcetines con enormes caras de gatos grises y mi interminable suministro de pañuelos descartables sobre la mesa, todos usados—. ¡Mierda!
Me apresuro a ponerme de pie, recogiendo lo que puedo para organizar un poco y tratando de colocar mi corto cabello marrón en un moño que se deshace inútilmente una y otra vez.
El abuelo sale de su habitación usando, gracias a Dios, un par de shorts azules que le llegan a las rodillas y un gorro extraño de color verde oliva. Nada más. Sin camisa, es como si fuera un delito para él usarlas.
—Rowen —grito con desesperación—. Dile que espere afuera…
Pero ya es tarde porque Key se pavonea dentro de mi sala, vestido con una de esas camisas a cuadros que tanto ama, cargando varias bolsas plásticas en la mano.
—¿Adivina quién trajo comida? —es lo primero que me dice, extendiendo sus brazos que llevan las bolsas.
—¡Comida! —grita Rowen. Sus libros de estudio están esparcidos por toda la mesa, en donde minutos antes se dedicaba a hacer su tarea ahora olvidada ante la palabra “comida”.
El abuelo merodea la cocina cuando ve a Key dirigirse cómodamente hacia el espacio donde se encuentran ubicados los platos.
—Veo que estás muy familiarizado con la ubicación de las cosas —comenta el abuelo—. Parece que alguien no ha perdido el tiempo mientras no estamos en casa.
Esto último lo dice viendo en mi dirección, guiñándome un ojo.
—Vino ayer —murmuro de mala gana—. No pienses mal, me trajo sopa y algunos medicamentos.
—Oh, no. No me molesta para nada. Siéntete como en casa, muchacho. Mi hijo debe estar durmiendo en estos momentos, pero estoy seguro que le encanta que estés aquí… Oh, y espero que nos dejen alguna señal el día que quieran, ya saben —dice él guiñando un ojo—. En mi época dejábamos puesto un calcetín rojo en la puerta para avisar que teníamos compañía femenina en la habitación; y dejábamos uno gris en caso de que la compañía fuera masculina.
El abuelo vuelve a guiñar el ojo.
Ugg, no necesito escuchar eso. El hombre es todo un pervertido.
—Abuelo, ponte una camiseta —le digo, cruzándome de brazos—, y basta de suposiciones extrañas. Rowen está en la misma habitación y te está escuchando.
Él descarta mi petición con una mano, restándole importancia.
—El niño ya sabe todas mis historias —dice él—. Como aquella cuando supervisaba una obra en Cancún y contraté a siete albañiles que terminaron alquilando diez prostitu…
—¡Abuelo! —lo regaño—. No enfrente de Rowen. Te lo prohíbo.
El abuelo, en sus mejores épocas, se dedicó a trabajar supervisando obras de construcción en diferente países del mundo, eso fue antes que se quebrara la espalda en uno de sus trabajos y lo declararan incapacitado para ese tipo de empleo.
Key escucha atentamente todo, riendo con las palabras de mi abuelo.
—Abuelo, te lo vuelvo a repetir —digo—: ve a ponerte una camisa.
—Ningún hombre puede aguantar usar camiseta con este calor. Es más —señala a Key—. Te doy mi permiso para que te quites la tuya.
Key sonríe de oreja a oreja.
—¿De verdad? —pregunta él muy emocionado.
El abuelo asiente mientras yo niego con la cabeza.
Si Key se quita su camisa no sé de lo que soy capaz de hacer. Tal vez mirarlo descaradamente por horas y luego soñar con él.
—¿Yo me puedo quitar la camiseta? —pregunta Rowen, tomando una rebanada de pizza que venía en uno de los paquetes de comida.
—No —lo regaño—. Nadie se quitará sus camisas.
Cinco minutos después y los tres hombres estaban sin camisa, a pesar de mis protestas.
Pronto el abuelo le ayuda a Key con la comida en la cocina, abriendo bolsa por bolsa y lamiéndose los labios cuando ve algo que le gusta.
Russell acaba de venir de la escuela así que aún está usando su uniforme de rayas azules y grises y no su leal calzoncillo roto. Él también sale de su habitación al oírnos discutir sobre conservar los pantalones esta vez, y entra en la cocina, guiándose por el olor de la comida.
—¿Otra vez él aquí? —pregunta mi hermano en voz alta cuando ve de pie a Key—. ¡¿Qué hace él sin camisa?! Rita, tú no puedes tener a tu novio desnudo en esta casa.
Se voltea a verme realmente furioso.
—No es mi novio —admito—. Creo haberlo dejado en claro ayer; y además fue el abuelo quien lo persuadió para quitarse la camisa.
—Solo trajo comida —murmura Rowen esta vez con un pedazo de pollo frito en la boca—. Está muy bueno, come.
Russell frunce el ceño mientras mira con desagrado la comida. Luego de unos minutos, y motivado por el hambre, deja de lado su orgullo y comienza a escarbar entre los alimentos.
—Gracias Key —murmuro cuando estoy a su lado—. No tenías por qué hacerlo, pero igualmente gracias.
Ignoro muy fuerte el hecho de que está sin camisa, dejándome ver sus hermosos pectorales y su torso ligeramente bronceado.
Trato de aclararme la garganta mientras noto una breve gota de sudor bajar por su cuello y dirigirse más abajo…
—Estás enferma —dice Key e inmediatamente quito los ojos de la gota, sí, soy una enferma, ¿cómo lo supo? —. Tengo debilidad por curar lo que está herido, o armar aquello que está roto. Se puede decir que es mi especialidad. Pero, sobre todo, quería cuidarte.
Sus palabras tocan un punto sensible que me niego a profundizar. Carraspeo mientras voy en dirección a la comida que se ve deliciosa pero que no puedo oler en absoluto.
—No es justo que traigas la comida más rica cuando estoy tan constipada que no puedo ni saborear nada —cambio de tema para no profundizar en sus palabras anteriores.
—Ya te dije que la traeré de nuevo cuando mejores, para que la pruebes sin ningún problema. Ahora —Key da una palmada—, traje juegos de PlayStation para retar a tus hermanos.
Key saca de otra de sus bolsas una variedad de video juegos y se las muestra a mis hermanos que, justo ahora, están devorando unas alitas de pollo.
Russell ríe en voz alta.
—No tenemos Playstation —le informa a Key.
—¿Cómo? ¿De ninguna clase? —pregunta él, perplejo.
Rowen niega con la cabeza.
—Ninguno —confirma—. Le suplicamos a Rita por uno, pero no lo pudo conseguir.
Mi rostro enrojece por un momento, recordando cuánto me habían suplicado los chicos, pero eran muy caros y se me hacía mucho para poder comprarlo.
—Qué bueno que traje entonces el mío —sonríe Key, victorioso—. Vamos por ella, está en mi auto.
Por primera vez, los ojos de Russell se iluminan y le dedican total admiración a Key.
—¿Ella? ¿De verdad la traes contigo? Rita no nos puede pagar una —dice él de mala gana—. Sería genial si la tuvieras.
—Claro que la tengo, y sí, es una ella. Su nombre es Vanessa. Me imaginé que estarían aquí, aburridos un viernes por la tarde, viendo a Rita toser su pulmón…
Justo cuando menciona la palabra “toser” mi garganta comienza a picar y decide toser con fuerza en esos momentos.
—Hagamos algo —dice Key cuando mi episodio acaba—. Si me ganan jugando en algún juego, les regalaré mi querida consola.
—¿Qué? —murmuro—. Key, claro que no. Yo estoy ahorrando para comprarles una.
—Tranquila, esta es el modelo pasado. Está ligeramente usada pero aún funciona a la perfección.
—¿Es una broma?
—Claro que no. Pero será suya solo si me ganan.
Mis hermanos menores aceptaron, contentos por la competición.
—De acuerdo, pero yo también quiero jugar —digo después de unos segundos.
Todos abuchean en mi dirección, pero Key simplemente me guiña el ojo.
—Perfecto entonces. Les presentaré a Vanessa, mi PlayStation 3.


*****

Al parecer soy muy buena cazando zombies y degollando ladrones. Mis hermanos no han podido vencerme y hasta ahora Key y yo llevamos el mejor puntaje del juego.
—Vamos, zombie —digo a la pantalla, totalmente concentrada—. Acércate a mí, tengo mi cuchillo de mano directo para tu cabeza.
Entonces el zombie digital de la pantalla se abalanza hacia mi jugador y yo lo hago papilla mientras corto una y otra vez en su cabeza. La sangre digital salpica la pantalla y mi puntaje sube al máximo. Soy un astro en este juego.
Cuando alguien pone la pantalla en pausa es cuando me doy cuenta que hay cuatro pares de ojos observándome con asombro: Key, Russell, Rowen y el abuelo.
—Si hay un apocalipsis zombie —dice Key— voy a recordar unirme contigo. Eres muy competitiva y agresiva.
—¿Qué? —resoplo—. Claro que no lo soy.
—Sí lo eres —murmura Russ—. No hemos podido jugar nada gracias a ti. Rita ya danos el control, queremos jugar.
Él se mueve para arrebatarme el control de mi mano, pero lo detengo a tiempo.
—No he terminado.
—¡Rita! —grita Rowen, desesperado—. Has jugado tú sola por la última media hora, es nuestro turno. Ve a besarte con tu novio.
—No es su novio —dice Russ de mala gana—. Pero sí, dame el control. Ya fue mucho por hoy.
Key se ríe de mí cuando, repentinamente, escondo el control en el escote de mi blusa.
—Los reto a que lo saquen de allí entonces —digo realmente enojada.
—¡Qué asco! —dice Rowen, haciendo sonidos de arcadas—. No quiero meter mi mano en eso, no te has bañado en tres días, debes oler feo.
Le pego en el brazo para que se detenga.
—No mientas, Row —lo amenazo en voz baja—. Me bañé esta mañana, solo que estaban dormidos y no escucharon cuando lo hice.
—Claro que no, papá te obligó a bañart… ¡Au!
Le pego de nuevo para que aprenda a cerrar la boca.
—¿Puedo intentar tomarlo? —interrumpe Key, divertido con toda la situación.
Russell, al escucharlo, inmediatamente se pone de pie.
—A mi hermana no la toques —dice, luciendo enfadado y molesto.
—Aww, Russell, ¿estás protegiéndome? —digo—. No pensé que miraría este momento. De acuerdo, de acuerdo. Jueguen ustedes, yo hablaré con Key en otro lado.
Les hago entrega del control y veo cómo el ceño fruncido de Russell se convierte en una sonrisa cuando le entrego el mando.
—Sígueme, vaquero. Pero antes, ponte tu camisa —le ordeno.
—Tranquila —dice él tomando su camisa de donde la dejó, sobre el sofá de la sala—. Sé lo mucho que has estado distraída al verme. Ya me la vuelvo a poner.
Lo fulmino con la mirada.
—No he estado distraída. Es que tengo bajas las defensas, ya sabes, por la gripe.
—Claro, voy a dejarlo pasar solo porque yo he estado distraído con tus calcetines de gato. Son muy lindos.
Escondo mis pies aún más para ocultar mis calcetines de gatos.
—Deja de ver mis gatos —lo regaño.
—Miraré tus gatos todo el tiempo que quiera.
—Los va a intimidar.
Me saca la lengua mientras se acomoda su camiseta.
—Dime, Rita —murmura él luego de unos instantes—. ¿Los calcetines de gato son para asustar a los ratones?
Le doy un golpe en el hombro.
—No empieces a bromear sobre la fobia más grande que he tenido en mi vida. Además, apuesto a que tú tienes una de esas fobias comunes como el miedo a las cucarachas.
Él frunce el ceño.
—Yo no le tengo miedo a nada —dice rotundamente.
—Mmm, ya veremos.
Decido tomarlo de la mano para guiarlo hacia el patio trasero de la casa porque veo al abuelo mirarnos con mucha atención, guiñando un ojo cuando ve que lo estoy observando.
—¿Me llevarás a tu habitación? —pregunta Key mientras lo alejo del caos que se ha convertido la sala.
—Ni en sueños.
—De acuerdo, solo decía.
El patio trasero es un asco: es diminuto, no hay áreas verdes ya que una plancha de cemento recubre todo el suelo, y papá improvisó un columpio de madera mal hecho hace algunos años atrás para Russell y para mí justo en la esquina, en donde el moho crece con libertad sobre el muro. Allí es donde le pido a Key sentarse, y me siento junto a él de igual manera.
—Qué bonita vista —dice él.
Resoplo con fuerza.
—Es el muro del vecino —contesto.
—Es bonita, igual.
—Eso es pura basura.
Nos mecemos por unos instantes y dejo que mis pies se apoyen en el suelo.
—¿Cómo te has sentido? —pregunta Key luego de unos minutos.
Suspiro con fuerza.
—Decepcionada.
Él frunce el ceño, girando su cuerpo para mirar en mi dirección.
—¿Qué ocurrió? —pregunta.
Vuelvo a suspirar, un suspiro acompañado de una tos con flema que se escucha por toda la casa y que dura más de lo que me gustaría.
—Lo siento —me disculpo con mi rostro muriendo de vergüenza una vez que mi tos se detiene—. Y estoy decepcionada de mí misma.
—¿Por qué estás decepcionada de ti misma?
—Porque cometí una estupidez esta mañana.
—¿Qué clase de estupidez?
—No lo quiero recordar —me llevo ambas manos a la cara.
—Cuéntame.
Niego con la cabeza, avergonzada de solo recordarlo.
—Vamos, Rita —dice Key tomando mi hombro—. Quiero creer que somos amigos y que, como amigos, nos vamos a ayudar mutuamente.
—Pensé que nuestra relación era más como empleador y empleado.
Él niega con la cabeza, acomodando las mangas de su camisa.
—Es más que eso —murmura.
Retiro las manos que todavía tengo sobre mi cara, sacando mi labio inferior, a punto de querer llorar.
—Es que… —casi me pongo a sollozar—. ¡Todavía me culpo por ello!
—Habla ahora.
—¡Me anoté a clases de salsa y…!
—¿Eso es lo que te tiene decepcionada?
—Déjame terminar —le digo, silenciándolo con la mirada—. Me anoté en clases de salsa, pero no tenía pareja de baile y en esa clase es obligatorio asignarme una pareja, así que…
Key me mira, sus cejas elevadas instándome a continuar hablando.
—Así que te anoté como mi pareja de baile —termino la frase.
Él abre la boca y la vuelve a cerrar. Entonces, justo cuando creo que se va a enojar conmigo, su sonrisa me toma por sorpresa.
—¿Me anotaste a mí como pareja de baile?
Asiento con la cabeza.
—Es que Lucy Xiang, mi vecina, está tomando las mismas clases y me animó para ir esta mañana a inscribirme —explico un tanto avergonzada—. Resulta que teníamos que formar parejas para la inscripción, y parece que solo yo y otro chico cuya boca apesta a pescado rancio, éramos los únicos solteros. Así que mentí y dije que ya tenía una pareja que me acompañaría el día de la clase.
—¿Qué día es?
—No tienes que ir si no quieres —me apresuro a decir—. Mañana comienza la primera lección, es en la tarde.
—De acuerdo —dice él entusiasmado—. Cuenta conmigo. Nunca he practicado salsa, pero suena divertido.
Sonrío estando de acuerdo.
—Gracias Key, te lo debo en grande.
—Oh, oh, oh. Nadie dijo que lo haría de gratis.
Mi ceño se frunce con rapidez.
—¿Quieres que te pague en efectivo? —pregunto con incredulidad.
—Nop. Quiero otra clase de favor.
Elevo una ceja mientras lo observo llevarse una mano hacia el mentón.
—No hago esa clase de favores —le aclaro.
—No malinterpretes.
—Bien, ¿qué quieres?
—Mi hermana, Eileen, hará una fiesta este lunes.
—¿Fiesta un lunes? —lo interrumpo—. Eso es extraño.
—Lo sé, pero es una fiesta especial a la que quería que fueras conmigo.
Mi cuello pica y evito mirarlo a los ojos. ¿Fiesta especial? ¡Le gusto! ¡Le gusto!
Evito hacerme demasiadas ilusiones mientras recobro el sentido que, por un momento, perdí.
—¿Por qué es una fiesta especial? Tu familia tiene demasiadas celebraciones en el mismo mes —digo.
—Lo sé —admite—, pero como que es mi cumpleaños y es algo inevitable. Mis hermanas siempre hacen esta fiesta por mí, aunque no lo quiera.
—¿Es tu cumpleaños? —digo abriendo mucho mis ojos—. No lo sabía. ¿Cuántos años cumples?
Key rueda los ojos y desestima mi pregunta con un movimiento de su mano.
—Ese hecho es lo de menos. Lo que quiero decir con esto, Rita, es que Mia va a estar ese día en mi casa. Ella nunca se ha perdido una de mis fiestas de cumpleaños.
—Vaya —no sé por qué, pero la idea de ella estando cerca de él ese día me enoja mucho. Muchísimo—. Bien.
Desvío la mirada hacia el suelo.
—Quisiera que ese día cobráramos la venganza, allí mismo en la fiesta. ¿Qué te parece?
Alzo los ojos y me enfoco en los suyos.
—Claro. ¿No sientes que es demasiado pronto?
—No, para nada. Me parece que es el día ideal para hacerlo.
—Bien, acepto. Sabes que no tengo problema en nada.
—Quisiera que ese día me besaras —dice de último.
Mi ritmo cardiaco se acelera, a punto de colisionar.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Quiero que ese día me beses frente a todos.
—¿Yo?
—No, obviamente tu hermana gemela —responde él con sarcasmo—. ¡Claro que tú!
—Pero ya me has besado antes —explico, mi frente comienza a sudar—. No creo…
—Es parte de la venganza, ¿recuerdas? Solo será para que Mia lo vea.
Y con esas palabras mata todas mis ilusiones.
Claro, otro trabajo que realizar. No es porque él quiera hacerlo en verdad, solo son negocios. Bien.
—De acuerdo —acepto de mala gana—. Lo haré. Te besaré ese día.
La sonrisa de Key se extiende por todo su rostro.
—¿Crees que para ese día te sientas mejor? —pregunta Key—. ¿Te hará bien ir mañana a las clases de salsa?
—Claro, claro —respondo con mi mente en otro lugar.
—Perfecto. Ahora, vamos, o si no tu hermano Russell me despellejará vivo —se ríe.
—No entiendo qué le pasa —le digo con sinceridad, aún distraída por su propuesta del beso—. Él no es así.
—Son los celos de hermano, lo entiendo. Yo a veces soy así con mis hermanas.
—Ow, Keyton, qué lindo de tu parte.
Pronto nos ponemos de pie para entrar en la casa, caminamos hasta la sala donde, el sonido de disparos y gruñidos, sale de forma potente del televisor.
Russell y Rowen se pelean por el mando y uno comienza a morder al otro en el brazo. Tengo que detenerlos y Key me ayuda a separarlos.
—Muy bien chicos, me tengo que ir ya. Me despido de ustedes —me señala con su dedo índice—. Te veré mañana en la tarde, ¿correcto?
Asiento con la cabeza, gustándome la idea de verlo pronto.
¡Dios mío, me estoy volviendo cursi!
Borro la tonta sonrisa que se forma en mi rostro.
Seria, Rita. Seria. Concéntrate, carajo, no te derritas porque un chico lindo te presta atención.
—Te veo mañana —lo despido de forma cerrada, justo al mismo tiempo que me da por estornudar.
—¡Salud! —grita Key, se acerca para darme un beso en la mejilla.
Colapso casi al instante.
—¡Te puede dar gripe! —me alejo de él por varios pasos—. No lo hagas. Estás muy cerca.
Él eleva una de sus cejas y me sonríe.
—De acuerdo. En ese caso, me retiro. Oh, y antes que se me olvide —dice viendo en dirección a mis hermanos menores—. La PlayStation es toda suya, es un regalo de mi parte.
—¡Key! —grito de mala gana—. No lo hagas, está bien, puedes llevártela.
—¿Estás bromeando Rita? —pregunta Rowen—. ¡Es nuestra! Lo que se regala no se devuelve, tú misma nos lo has enseñado.
—Yo no les enseñé eso —los regaño—. No mientan.
—No mentimos —me dice el niño—, tú eres la que se está volviendo mentirosa. Primero sobre tu falta de baño y ahora con est…
Le cubro la boca con mi mano y sonrío en dirección a Key.
—Hasta luego, Key. Te veré cuando te tenga que ver.
Finalmente, él se va y fulmino con la mirada a mis hermanos menores.
—Ustedes parecen hacerme la vida imposible, ¿no es verdad? —pregunto una vez que Key desaparece de mi casa.
—¿Por qué te importa lo que él piense? —pregunta Rowen. Y justo así, no sé qué responderle.
¿Por qué con Key sí me importa lo que él piense de mí?
¿Será que me gusta Key? Es agradable, pero no me puede gustar, me niego a que me guste. ¡No me puede gustar! No.
Bueno, tal vez me gusta un poco. Nada más.
No. No me gusta nada.
—Rita, ¿te gusta Key? —vuelve Rowen con sus preguntas.
—No seas tonto —responde Russell mientras continúa jugando—. Rita no cree en el amor, ella nunca se va a enamorar, ¿verdad?
Les dedico una sonrisa forzada.
—Por supuesto —respondo—. Eso no es para mí.
—Aunque me está empezando a caer bien el chico —murmura Russ—, nos regaló a Vanessa.
A mí también me empieza a caer bien, y eso puede acabar mal de muchas maneras.
No te enamoras de un chico que todavía sigue pensando en otra.
Es mejor no enamorarse, y punto. Así mantienes tus emociones controladas y tu boca no vomita lo primero que se te viene a la cabeza cuando miras a esa persona.
Negocios, Key y yo solo seremos negocios. Me lo repito una y otra vez.
Sí, claro, negocios.
Conciencia, cállate.

Y, con las imágenes mentales sobre un Key sin camisa (enseñando sus deliciosos pectorales mientras cientos de gotas de sudor le caen por el torso), mi conciencia me deja en paz.


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10 comentarios:

  1. Buen capitulo Lia, pero necesito mas sensual y vaquero Key

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  2. A MI TAMBIEN ME GUSTO,SUBE MAS POR FAVOR

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  3. Son un encanto los hermanitos de Rita xD

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  4. Me ha gustado mucho este capítulo. Los hermanitos de Rita me encantan y el loco abuelo también! Me da un poco de pena el papá de ella.

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  5. Otro, Lia por favor escribes increíble :D

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  6. Otro, Lia por favor escribes increíble :D

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  7. Lia: Me encanta todo lo que escribes, te puedo jurar que tu eres increíble!!! Gracias por aumentar mi lista de novios literarios :3

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Gracias por sus valiosos comentarios :)

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