08 noviembre 2016

Capítulo 21 - Prohibido Obsesionarse con Adam Walker

21

Jugando a las casitas

Cuando era pequeña y solía sentirme enfadada, siempre huía al mismo sitio cercano a casa: el parque. Era perfecto cuando tenía siete años de edad y era lo más lejos que me aventuraba a andar en la noche yo sola. El lugar se encontraba vacío y desprovisto de la música ruidosa que siempre ponían cuando mamá me acompañaba a jugar; además los juegos se encontraban a mi entera disposición desde que no había nadie que me obligara a hacer grandes colas.
Estando allí me sentía segura, a pesar de estar abandonado, y me sentía como en casa. Justo ahora quería correr a esconderme en ese lugar seguro en donde mis preocupaciones más grandes eran el color de pintura que usaría en mis dibujos o el vestido a usar en clases.
A veces desearía regresar a esa época, cuando en mi inocencia moría de ganas por crecer, sin saber que al crecer obtendría más responsabilidades y más obligaciones de las que nunca imaginé. Tampoco tenía que preocuparme en esos años sobre si un chico me rompía el corazón o si llegaría a pensar seriamente en enamorarme de alguien.
Quería desesperadamente regresar allí, de nuevo a ese mismo punto de mi vida, en ese mismo lugar. Pero no se podía, tenía que regresar a la realidad y no era precisamente algo bueno.
Mi mayor preocupación en este momento tenía dueño, contaba con un nombre y con un apellido: Adam Walker.
Estaba furiosa con él, furiosa y decepcionada por todo lo que tuvimos que pasar sólo para llegar a esto: Rosie. Por eso la primera lección que le enseñaría a Adam era la de la separación. Le mostraría lo mucho que dolía que alguien a quien amaras saliera repentinamente de tu vida, te abandonara abruptamente por culpa de la estupidez de no comunicarse y ocultarse las verdades.
Amaba a Adam y por eso tenía que separarme lo más rápido de él.
Ambos íbamos a colapsar si continuábamos ocultándonos todo.
Mientras conducía, mi primera impresión fue ir directo a casa de mis padres, a llorar y a ser reconfortada por las palabras de odio que sabía que mi padre le dedicaría cuando supiera lo herida que me sentí con todo el asunto de Rosie. Lo segundo que pasaría sería que yo me vendría abajo y gritaría como un bebé; luego mamá trataría de consolarme con alguna canción cursi o con una frase “reparadora del alma”. Ella me diría que todo iría bien, hasta incluso me convencería de regresar una vez más con el chico a quien no quería nombrar en esos momentos. Y eso era lo que quería evitarme.
Quería que Adam sufriera y se diera cuenta de lo imbécil que se había portado en toda nuestra luna de miel.
Sí, probablemente eso me hiciera masoquista pero no me importaba; además las gemelas también me apoyaban… Bueno, al menos una de ellas, la otra, la que era más pateadora y que justo ahora estaba pateando mi estómago como si me reprochara mis decisiones, parecía enfadada porque mami huyera como cobarde de papi.
Por esa misma razón me apresuré al único lugar en el que me sentí segura por al menos un corto periodo de tiempo. Me iría lejos de Adam para así reflexionar por una noche hasta que se me ocurriera un lugar mejor al que acudir. Pero el remordimiento era cruel y me carcomía la culpa. Mi mente evocaba ojos, ojos verdes a cada momento. Ojos reprochadores que tal vez me odiarían por ocultar la verdad una vez que la lea del pedazo de papel que dejé para él a la vista.
Ojos verdes. Ojos que traen malos recuerdos y a la vez traen los mejores y más emocionantes que alguna vez he vivido.
Los ojos verdes nunca volverán a ser lo mismo para mí. Adam los arruinó por siempre.
Lo extrañaba, demasiado para mi propio bien; pero nuestra separación fue una solución a algo que tarde o temprano se iba a romper. O tal vez fue una estupidez y yo estaba cometiendo la peor locura de mi vida, no sabía si quería creer que era así.
Después de unos minutos de conducir lejos de él, encontré lo más parecido a un parque como el que me recordaba a mi niñez. Era demasiado temprano en la mañana como para que todavía hubiera alguien.
El sol acababa de ponerse, pero parecía que ese día llovería fuerte. Podía ver nubes de tormenta aproximándose en el horizonte.
Estacioné en una plaza cercana al parque y me acomodé con todo y mi gran barriga en uno de los columpios del lugar. Era estrecho y pequeño pero me iba bien.
Comencé a balancearme con los pies en el suelo; pensando en si estaba haciendo lo correcto al alejarme de Adam. Cierto que no estábamos en nuestro mejor momento, pero yo lo amaba y se suponía que entre parejas era normal pelear. Nadie era perfecto.
Entonces sus palabras se vinieron a mi mente, esas que dolieron tanto ese día; esas sobre dudar acerca de su paternidad.
No me había dado cuenta que dejé de balancearme en el columpio y que mi puño se encerró en una de las cadenas. Estaba furiosa y pronto el cielo nublado alcanzó mi estado de ánimo. Lo mejor era huir, alejarme de él… aunque doliera.
Justo cuando pensaba levantarme del asiento recordé también sus otras palabras, esas sobre joder al destino si quería jodernos primero; o al menos esas fueron sus palabras exactas.
Sonreí ante el recuerdo agridulce que me sobrepasaba en esos momentos.
¿Qué estaba haciendo al huir de él? ¡Por todos los cielos, él era el padre de mis hijos y el chico al que amaba y odiaba con la misma pasión! Pero por eso habían dolido más sus palabras, porque provenían de alguien a quien yo quería mucho e hirieron fuerte.
Mordí mi labio más de cien veces pensando en sí debía volver o no con él, al final me llené de valor y frases positivas sobre no rendirme y huir al primer problema. Era una tonta por huir así de él, lo mejor sería hablar juntos y llegar a algo. No podía ser tan inmadura con él.
Dando un giro inesperado, me levanté del columpio y troté hacia el auto; una vez dentro, me aferré al volante como si la vida se me fuera en ello.
Jamás debí renunciar a él así de fácil, no le iba a hacer el camino sencillo a Rosie o a nadie más.
Tomé mi teléfono móvil y marqué el número telefónico de mi chico de atormentados ojos verdes y lo llamé. No iba a permitir que las cosas entre los dos se esfumaran de esta manera. Lo amaba, no tenía por qué adoptar esta actitud tan idiota.
Llamé continuamente a su teléfono, pero no me contestó, de seguro seguía durmiendo.
Hice un largo recorrido con el vehículo hasta que al fin di con la calle por donde Diego me había llevado esta mañana. Reconocí de inmediato la cabaña en la que ambos, Adam y yo, peleamos. Esta vez no dejaría que Rosie ni nadie se interpusiera entre nosotros.
Seguía mentalmente repitiéndome una y otra vez lo que Adam me dijo hace un tiempo atrás, que nosotros estábamos destinados a estar juntos y, si no era así, ¡que se jodiera el destino! Y eso era exactamente lo que pretendía hacer: forzar nuestro propio camino juntos, aun cuando no hubiera carreteras por las que caminar.
Lo amaba, y si él estaba dispuesto a luchar por nosotros yo iba a hacer lo mismo.
Muy pronto localicé la cabaña de donde hui y casi estacioné el auto para correr hacia él. Me detuve al ver que había ya otro vehículo en donde antes se encontraba este. Era de color rojo cereza y jamás lo había visto antes. Tenía una placa relativamente nueva y una calcomanía de una inmobiliaria que se encontraba pegada en el parachoques.
Me bajé del auto, dispuesta a tocar la puerta y regresar a los brazos de Adam, cuando abruptamente la puerta del vehículo se abrió y una hermosa chica rubia salió. Era Rosie.
Para alguien que se miraba como la mierda en apenas unas horas atrás mientras daba a luz, lucía sorprendentemente atractiva y caliente. No tenía esta vez al bebé en brazos.
Fruncí el ceño, no gustándome nada esa situación.
Rosie no había notado que me encontraba tras ella, y avanzó con paso lento hacia la puerta de entrada. Ni siquiera tocó el timbre porque abrió la puerta como si hubiera estado millones de veces antes en la misma casa.
Caminó a través de la sala hasta que la perdí de vista por las ventanas.
Entré detrás de ella, sin hacer el menor ruido y muy pronto escuché una conmoción que provenía de la habitación en donde Adam y yo estuvimos acostados hasta hace poco. Al parecer estaban teniendo una discusión a la que apenas pude escuchar, perdiendo el comienzo de la misma.
—¡No puedes entrar y sencillamente hacer eso! —escuché que gritó Adam—. Lárgate ahora mismo.
—Pero entiende, no fue mi culpa —sollozó Rosie—, no sé dónde está. Acabo de llegar, no tengo idea de dónde está tu mujercita.
¿Mujercita? Esa perra.
Me acerqué más a la puerta, con pasos delicados para no anunciar mi presencia.
—¿Dónde está Anna? —gritó Adam—, esta mañana ella dormía junto a mí, y ahora me encuentro con la sorpresa de que la que está a mi lado no es ella, sino tú. ¿Dónde está? ¿Qué le dijiste? Ella tenía razón todo este tiempo, eres insoportable.
—No digas eso, por favor —ella comenzó a sollozar realmente fuerte—. Adam yo te amo, eres como un hermano para mí y lo sabes.
—¿Entonces qué hacías acostada en el sitio de Anna? —¿Ella estuvo acostada en mi lugar? —. Mira, la situación entre los dos ha estado delicada, no quiero que lo compliques más. Aléjate de una vez. Amo a mi esposa, aunque todo en el mundo dictamine que estamos destinados al fracaso, quiero intentarlo con ella.
—Pero ya te dije que no sé dónde está ella, cuando entré no había nadie. ¿Y qué tiene de malo acostarme a tu lado? ¡Me diste un beso inolvidable en el hospital! Te presentaste como padre de mi hijo, aunque no fuera tuyo. Pensé que sentías lo mismo que yo.
Me asomé cuidadosamente para ver por la rendija de la puerta, Adam estaba poniéndose los pantalones y se encontraba sin camisa. Lucía furioso y aturdido, se agarraba el pelo con brusquedad, tratando de arrancarse algunas hebras.
—Eso fue cuando pensé que de verdad me mirabas como un hermano. Tú no me ves como familia, me miras como algo más.
—Tú ya lo sabías, Adam. Desde niños he estado enamorada de ti. Yo sé que también te gusto, lo noto por la mirada de hambre con la que me miras.
Adam resopló, disgustado. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no entrar y partirle la cara con su propio zapato de tacón.
—¡No es hambre! Ciertamente no lo es —argumentó mi chico—, es lástima. Hay una gran diferencia entre amar y sentir lástima por una persona. Te confundiste, Rosie. La cagaste y a lo grande.
—No es cierto, tú… —lloró de forma ruidosa, cortando lo que sea que iba a pronunciar.
—Es lástima. Punto. Lástima por cómo la vida te trató a ti y a tu hermana —suspiró nuevamente—. Mira, lo siento. Sé que por mi culpa tus padres sufrieron un golpe bajo cuando murió Emilia, luego todos ustedes se vinieron abajo. Realmente me castigo por ello todos los días, incluso cuando aparento tranquilidad. De verdad lo lamento con toda el alma. Pero lo que siento por ti es lástima… y, oh sí, culpa. No tomes esto como algo personal, lo sabías desde un principio y te lo aclaré miles de veces.
Miré cómo ella negó con la cabeza, desconsolada y con lágrimas por toda la cara. Hasta a mí me estaba dando algo de pena verla.
—Y luego ocurrió lo de Key —murmuró él—. Él me contó cómo sucedió todo entre ustedes. Fue una noche donde se emborrachó horriblemente, fue una noche donde no pensó lo que hacía. No pienses que él quería quedar atrapado en medio. Él ama a alguien más, y la noticia de tu embarazo tambaleó demasiado las cosas para él. No solo estás destruyendo una pareja feliz como la suya, también estás destruyendo otra relación como la de Anna y la mía.
Escuché que ella sollozó aún más, sin control sobre sus lágrimas.
—Eres cruel, sin corazón —ladró ella, aun llorando como niña.
—Búscate algo que te haga feliz sin necesidad de arruinar la felicidad de los demás.
Con eso Adam encontró una camiseta tirada en el suelo y se la colocó rápidamente; evitó mirar a Rosie a los ojos cuando apuntó en dirección a la puerta.
—Ahora sal, por favor. Tengo que buscar a Anna.
No podía creer todo lo que estaba escuchando.
Me sentía alegre y a la vez destruida por ambos. ¿Estaba siendo una loca al sentir eso?
—No quiero que me alejes así de tu vida. Mi hijo necesitará alguien a quien mirar como hombre, como padre.
Y allí se fue mi lástima para con ella. La odiaba.
—Entonces… —balbuceó Adam—, ve a buscar a alguien más porque no podré hacerlo. Yo tengo reservado ese lugar para mis futuros hijos, mis futuros hijos con Anna.
Ella lució tremendamente ofendida por eso, apretó sus labios y sus puños, absteniéndose de decir algo más.
Antes que ella pudiera salir como alma que lleva el diablo, me alejé de la puerta del dormitorio y corrí hacia la sala, tomando asiento en el sofá.
Vi su figura coqueta caminar por el pasillo y en dirección a la salida, hasta que me notó sentada, viendo directamente hacia ella.
Se detuvo abruptamente y trató de limpiar las lágrimas que manchaban su cara, pero fue inútil. Más lágrimas continuaban saliendo.
—Que lo disfrutes —murmuró con voz ronca—, solo recuerda que él perdió su virginidad conmigo y yo perdí la mía con él.
Con esas gruesas palabras salió de la cabaña, formando puños con sus manos y dando un portazo con su huida.
Logró su propósito: herirme capa por capa.
Miraba hacia el suelo cuando noté a Adam correr hacia donde me encontraba.
—Nena —dijo en voz baja. No creía que él hubiera escuchado lo que me dijo Rosie—. Aquí estás. Creí que habías huido de mí a estas alturas.
Observé como zombi en dirección al suelo, pestañando de vez en cuando a sus pies descalzos.
—Adam…
No pude terminar lo que iba a decir porque inmediatamente después él estaba de rodillas en el suelo, a la altura de mis ojos. Tomó mi cara entre sus manos y limpió una solitaria lágrima que no sabía que se había escapado.
—Nos vamos ahora mismo a casa —dijo él.
—Pero…
—Sin peros. Nos vamos ya. Empaca tus cosas y nos vamos.
Él no sabía que yo ya había empacado todo. Lo que significaba que acababa de levantarse hace poco, con la entrada de Rosie.
—Adam aún hay algo que ten…
—Vámonos, por favor —apretó mi rostro con fuerza, sin hacerme daño—. No quiero que esta pesadilla continúe. Perdóname por ser un tonto. Tiendo a hacer ridiculeces muy seguido como te habrás dado cuenta.
—Escuché lo que le dijiste a Rosie —murmuré.
Él suspiró y miró a otro lado.
Esta vez fui yo la que tomó su cara en mis manos y lo obligué a mirar en mi dirección.
—Está bien. Lo aprecio y lo agradezco bastante…
—Anna, vámonos de aquí —interrumpió—. Fue un error haber buscado consejo en ella. Es algo que lamentaré por siempre. Quiero ser sincero contigo para que después no pasen errores como este.
—Escucha…
—No, escúchame tú a mí. Lo siento, lo siento por cada palabra que hirió tu corazón y borró esa hermosa sonrisa de tu cara. Perdóname y acepta venir a casa conmigo.
No pude decir nada más porque sus labios pronto estuvieron sobre los míos, acallando lo que sea que iba a decir.
Se retiró muy pronto y me sonrió con una disculpa dibujada por todo el rostro.
Acaricié su mandíbula y asentí con la cabeza.
—Está bien, vámonos.
Se levantó de un salto y tomó mi mano con fuerza, besándola una vez que me puse en pie. Pero todavía había inseguridades e inquietudes muy en lo profundo de mi ser. Tal vez las palabras de Rosie sí tocaron algo hondo. No estaba segura de por qué.
Adam se movió a buscar nuestras cosas, y palideció cuando notó que las mías ya no estaban allí.
Lo miré con culpa, ocultando la mirada. Mis ojos fueron a parar hacia donde había dejado aquellos pequeños recibos con los secretos que revelé. Por alguna razón no me sentía lista para enseñárselos.
Me moví inquieta por el lugar hasta dar con ellos y los arrugué en la palma de mi mano.
Sin saberlo, Adam apareció detrás de mí, tan silencioso y callado como una sombra.
—¿Qué ocurre? —preguntó mirando en dirección a mi mano—. ¿Por qué no estaban tus cosas? ¿Intentaste escapar esta mañana?
Tragué saliva con fuerza y asentí con pesar.
—Huir es mi instinto natural siempre que hay algo difícil que atravesar. Lo siento por eso.
—Está bien nena, espero que en un futuro tu instinto natural confíe en mí antes de escapar.
Besó mi cara con devoción y sonrió con malestar.
¿Qué hacíamos? Parecía que ninguno de los dos sabía lo que estaba haciendo y sólo jugábamos a las casitas como si fuéramos niños pequeños.
Alejé ese pensamiento de mi mente y dejé que Adam me tomara de la mano para llevarme al coche.
Subió sus cosas mal empacadas y corrió con velocidad para abrirme la puerta del auto.
Puso el vehículo en marcha e ignoró el hecho de que iba sentada en la parte de enfrente, junto a él, cuando hace unos días nuestra pelea más tonta había sido porque siempre me echaba a la parte de atrás por protección del bebé.
Había tensión en el auto, y para ocultarla Adam puso música suave por la radio.
Manejó por los caminos conocidos y pasaron diez minutos de esa manera, sin decir nada.
No pude más con la culpa y con ese nudo en la garganta así que hablé primero:
—Detén el auto.
Él eligió ignorarme y continuó avanzando por la carretera.
—Adam, detén el auto —repetí. Esta vez bajó el volumen de la radio y frunció el ceño ante mi petición.
—¿Qué ocurre? ¿Te sientes bien?
Asentí con la cabeza, pero no podía seguir con esa sensación de quedarme sin aire.
—Detén el auto, por favor.
Y así lo hizo. Se salió de la carretera y detuvo el auto, apagando el motor.
Tocó su frente y rascó su cuello mientras elegía mirar hacia otro lado.
—No puedes perdonarme, ¿cierto? —murmuró con pesar.
—No es eso. Pienso que ambos estamos lastimados y necesitamos recuperarnos de alguna manera.
Apretó sus labios hasta que se pusieron pálidos.
—Entonces recuperémonos, pero juntos —musitó él.
Negué con la cabeza, con lágrimas nublando la vista.
—Sabes muy bien que no.
—No hagas esto. Podemos recuperarnos de esta caída, tendremos peleas todo el tiempo, ninguna pareja puede evitar tenerlas. Ni siquiera los que dicen ser perfectos.
Me di la vuelta en mi asiento para verlo directo a la cara.
—Hace un tiempo atrás, cuando te llevaste todas las pertenencias de mi habitación, me prometiste darme mi espacio cuando lo necesitara; me dijiste que tú incluso buscarías un lugar cuando no aguantara la presión en mi pecho —él me miró con ojos vacíos y desprovistos de toda emoción. Mis palabras iban a romper su corazón—. Adam, siento esa presión justo ahora, y no puedo con ella. Sólo te estoy pidiendo mi espacio.
—¿No quieres compartir ese espacio conmigo? —preguntó desconsolado, a punto de echarse a llorar en cualquier momento.
Odiaba hacerle esto, pero era necesario.
—Claro que quiero, pero no siempre. Justo ahora necesito pensar con claridad. No quiero ver a nadie de mi familia y decir que la luna de miel fue perfecta porque no lo fue.
—Lo entiendo, quieres permanecer lejos de mí y todo lo que te recuerdo.
—No es algo permanente. Solo quiero…
—Solo quieres huir a tu zona de confort. Puedo entenderlo.
Me quedé en silencio por un momento, viendo cómo pequeñas gotas de lluvia comenzaban a golpear contra la ventana del auto.
—Entiendo si tú también quieres escapar a tu zona de confort —murmuré.
—No, lo que me provoca seguridad está huyendo de mí en este momento —dijo él, con los ojos enrojecidos, viéndome como si me escapara de sus manos.
—Aunque quieras evitarlo encontraré la manera de marcharme —respondí con convicción, aunque no la sentía—. Por favor…
—No. Nos vamos a casa —me contestó, con voz ronca y decidida.
—Adam, no hagas esto. Prometo que no será permanente.
—Este soy yo Anna, peleando por lo que quiero. No voy a dejar que mi mujer embarazada huya de esa manera. No está bien.
—Solo pido unos días. No puedo más con todo.
—¡Suficiente! —gritó, golpeando el timón del auto—. Esto no es una manera de solucionarlo.
Tragué saliva de manera ruidosa, sin poder creer que él no me entendiera en absoluto.
Quería arreglar todo hace unos minutos atrás pero ahora deseaba nunca haber aparecido en su puerta otra vez.
—¡Tú lo prometiste! —grité con fuerza, expulsando algunas lágrimas de ansiedad y dolor. El nudo en mi garganta era cada vez más grueso—. ¡Prometiste darme mi espacio! Lo necesito, no puedo más con toda la carga. No puedo considerar perdonarte todavía cuando incluso yo tengo cosas que perdonarme a mí misma. Déjame de una vez.
Respiré con dificultad e ira. Empañando los vidrios del auto entre más lloraba.
Nos quedamos así por un momento hasta que puso el motor del auto en marcha una vez más.
—Bien, haré como desees. ¿Dónde te dejo? —preguntó finalmente de mala gana.
—Déjame en ese café de la esquina —señalé el lugar que se encontraba a unos cuantos metros—. Yo llamaré a alguien para buscar un techo. No quiero que te preocupes por mí…
Adam resopló como si le hiciera gracia mi comentario.
—Eso sería imposible, aunque estuviera muerto siempre me preocuparía por tu bienestar.
—Lo siento… sólo necesito pensarlo.
—¿Pensar en qué?
—Pensar en si todavía podemos rescatar lo nuestro.
—Te lo advierto Anna, voy a pelear por ti, aunque tú no lo quieras.
Mordí mi labio y nuevamente reconsideré si tomaba la mejor decisión. Toqué mi vientre hinchado en busca de ayuda, pero no recibí respuestas por ningún lado.
—Hay cosas que no valen la pena pelear por ellas —dije enigmáticamente. Eso pareció enfurecerlo más de lo normal.
—Créeme, pelearé por ello.
Pronto me dejó frente al café que previamente había señalado. Ayudó a bajar mi maleta y vi el esfuerzo que le tomaba simplemente conducir lejos.
—Te amo, Anna —dijo de pie frente a mí—, y si para amarte tengo que dejarte ir, porque es lo que te hace feliz, entonces te dejo. Si lo que quieras es que me rinda… tal vez esté considerando hacerlo.
Subió de mala gana al auto y no volteó a verme cuando se alejaba más y más de mi vista.
Era lo mejor para ambos, me repetía una y otra vez. Esas pequeñas mentiras que decimos cuando sabemos que todo está perdido y no hay oportunidad.
Adam y yo juntos… nunca fue buena idea. Lo mejor, desde un principio, era haber permanecido lejos.
Deseaba que él simplemente se rindiera conmigo, dejara de pelear por mí. No valía la pena el esfuerzo y pensaba demostrárselo de una vez por todas.
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