02 febrero 2017

PFQMG - Cap. 15 - Cómo conocí tus secretos


Rita

La noche alrededor de la fogata pronto termina. Nuestro equipo, el azul, estuvo a punto de ganar en la competencia, pero nuestra historia de terror fue realmente patética gracias a Elena. Su voz y presencia arruinó por completo el ambiente cuando contó algo sobre un pirata borracho atrapado en una cueva que come su propia pierna.
Lucca, nuestro líder de grupo, se lamentó de no haber elegido a Pam con su historia de las monjas.
Y así terminó la noche, dando paso al día. Key y yo desayunamos juntos y bromeamos cuando Marie bebió una caja de leche que ya había caducado e inmediatamente fue al baño a vomitarla.
Como este era el último día en el campamento, los grupos nos unimos de nuevo para tomarnos fotografías juntos y varios me felicitaron por mi relación con Key, incluso hubo dos de sus tíos que me pidieron que los llamara por su nombre de pila porque me consideraban parte de la familia. Si tan solo supieran que yo era un engaño.
Ese mismo día Key y yo viajamos juntos en el autobús, y esta vez no me bajé en ninguna de las paradas. Las hermanas de Key iban a mi lado, platicando y burlándose del pobre Keyton y su obsesión por las grandes hebillas y sombreros de cowboy.
Más pronto que tarde, termino en la puerta de entrada de mi casa, en el asiento del auto de Key (ya que él se había ofrecido a dejarme), escuchando una canción de 30 Seconds to Mars que parece adecuada para el momento porque habla de una hermosa mentira; y eso éramos él y yo, una mentira. No me bajo de inmediato del auto, ni él hace señas de querer que me vaya tampoco.
—De acuerdo —menciona, apagando el motor del vehículo—. Fue muy interesante haberte conocido, Rita… o Andrea Cipriano, como sea que te llames.
Me guiña un ojo y yo me rio en voz alta.
—Es Rita y lo sabes —contesto.
Tal vez esta sea la última vez que nos veamos… El trabajo de ambos ya ha concluido. Mia no está cerca, sus hermanas saben que lo nuestro no es real, y no me necesita para ninguna otra farsa.
—Le agradaste a mi familia, eso es un logro muy alto —comenta él luego de unos instantes.
—Es extraño, por lo general no le caigo bien a la gente. Como te dije antes: soy una rara pieza humana con sentido del humor atrofiado.
—Solo tú podrías decir “pieza humana” y “atrofiado” en una misma oración.
—Bienvenido a mi mundo.
Suspiro en voz alta, jugueteando con el colgante de alas de ángel que mantengo siempre en mi cuello.
—Para mí eres una pieza humana muy interesante —dice Key, haciéndome sonrojar.
—Eso dices ahora porque no me conoces bien todavía.
—Espero conocerte mejor entonces. Además, me debes la venganza de Mia. No lo olvides.
—¿De verdad quieres vengarte de ella? Sé que estás muy enamorado todavía, independientemente de lo que te haya hecho.
Key suelta el aliento que parece estar sosteniendo, y me sonríe con nostalgia.
—Pienso que, de esta manera, tal vez pueda superarla. No se me ocurre nada más. Fueron siete años los que estuvimos juntos, ¿sabes? Siete años de memorias y secretos compartidos que ahora no le interesan… o tal vez nunca le interesaron. Me acostumbré a tenerla cerca para todo.
Key suspira de forma ruidosa.
—Estar con ella era cómodo —comenta finalmente.
Asiento con la cabeza, entendiendo el sentimiento.
—Ella te engañó, lo entiendo —respondo—. Sé que no estoy en posición de juzgar a una persona, pero tengo cierta experiencia con el tema de la infidelidad. A veces, y aunque no lo creas, la mejor venganza es vivir feliz y tener una buena vida.
—¿Estás hablando de tu ex novio? Me refiero a la experiencia. Por cierto, ya hice que lo despidieran, la familia apoyó mi decisión. No tendrás que volver a preocuparte por Gabriel.
Ahora soy yo la que sonríe con nostalgia.
—Gracias por eso, y no, no me refería a Gabriel en esta ocasión —me reclino contra el asiento y miro hacia mi pequeña casa del color de una sandía madura. Ya es algo tarde y el sol está a punto de ocultarse, pero las luces se encuentran encendidas desde antes—. Se trata de mi madre.
Key se gira en su asiento para verme a la cara. No me gusta contar nada sobre mi patética vida porque no me gusta que crean que soy la víctima en algo, pero siento confianza con él. La única otra persona que sabe sobre mi madre es mi mejor amiga, Anna.
—¿Qué pasa con tu madre? —pregunta Key—. Adelante, puedes contarme.
Trago saliva.
—Mi madre… Ella y papá me tuvieron a muy corta edad. Mamá siempre tuvo el sueño de ser famosa y triunfar de cualquier forma, ya sea en la actuación o en el canto; cuando consiguió su primer trabajo en un comercial, comenzó a pasar más tiempo lejos de casa, teniendo grandes periodos de ausencias porque siempre estaba filmando alguna toma para un comercial barato de sodas. Mi papá fue quien me educó y se quedaba en casa conmigo. Él no quería decirlo, pero sabía que estaba desempleado la mayoría del tiempo; por culpa de ella renunciaba a muchos trabajos.
»Fue entonces cuando mamá apareció en casa una tarde, recuerdo que era domingo. Un señor gordo y con enorme bigote esperaba por ella en su vehículo. Dijo que se marchaba con él porque podía darle una mejor vida, una vida de estrella que ella merecía. Más tarde me enteré que el tipo era dueño de algún circo.
—Eso apesta —comenta Key cuando logro callarme por unos segundos, reviviendo el terrible día que me abrió los ojos a quién era mi madre en verdad.
—Lo sé. Ella se fue y regresó esporádicamente luego de eso —continúo—. Cuando apareció de nuevo unos meses después, yo estaba muy molesta con ella; papá sufrió mucho… aún sufre por ella. Me enteré que el tipo del circo era casado y que ahora salía con otra persona. Cuando mi madre localizó su siguiente objetivo, su siguiente hombre, se fue nuevamente de casa con alguien más. Regresó años después, embarazada de mi hermano Russell. Estuvo con el bebé por apenas un mes y luego se marchó con otro hombre, dejando a Russell con nosotros.
—Debo decirlo —dice Key—. Tu madre es una…
—Perra —completo yo por él—. Lo sé.
—Ella no los merece ni un poco.
—Gracias, opino lo mismo —comento—. De igual forma, ella llegaba esporádicamente cuando se le acababa el dinero. Mi padre había conseguido trabajo en esta compañía de publicidad y le iba bien. Ella se quedó por unos meses más, sacándole todo el dinero que podía, pero luego se marchó. Regresó mucho tiempo después, ya embarazada de su tercer hijo: Rowen.
—Adivino, ¿lo dejó también al cuidado de tu padre?
Asiento con la cabeza.
—Así es. Yo fui quien prácticamente los educó. Creo que ellos no me miran como hermana mayor, me miran como su madre ya que ella apenas y reconoce su existencia.
Ambos permanecimos así, en silencio, por unos breves minutos hasta que acabara la canción y comenzara una nueva.
—Pero basta ya de hablar de mi patética vida —comento, recordando el motivo por el cual le cuento mi historia—. Mi punto con esto es, Key, no dejes que esta chica te manipule y atraiga de nuevo como una serpiente haría con su presa; así como dijiste que mi madre no merecía tenernos, ella no merece tenerte. Que tu venganza sea vivir tu vida lo más feliz que puedas, sin ella.
Key desvía la mirada hacia el frente.
—Sé que debería ser así…
—Pero es más fácil decirlo que hacerlo, ¿verdad?
Él asiente con la cabeza.
—Bien —acepto—. Para eso estoy… vamos a enseñarle a esa chica que eres feliz sin ella. Que no la necesitas. Esa será mi venganza para ella.
—¿Cómo vas a hacer que eso pase? Lo veo difícil.
—Para eso me tienes —digo con convicción—. Espera mi llamada en estos días, vaquero. Y ya deja de estar triste, el dolor nunca dura una eternidad, se detiene en algún punto.
—Bien, pequeño saltamontes de consejos sabios.
Ruedo los ojos.
—¿Estás bromeando? —resoplo—. Es la peor comparación de todos los tiempos. No sé dar consejos, además, soy alta. No puedo ser comparada con un saltamontes, tal vez con una jirafa.
—No lo sé —murmura él, tocando su barbilla con dos de sus dedos—. Como que prefiero a las chicas altas. ¿Te digo un secreto? Me da un poco de pereza inclinarme para besarlas. Así que siéntete del tamaño correcto, o al menos eres del tamaño correcto para mí.
Mis mejillas pronto se encienden con su comentario. Mentalmente estoy convenciéndome que no lo dice por mí, nop. No puede serlo.
—Y lo digo por ti —aclara—. Hay algo en ti que me llama la atención y quiero saber qué es.
 ¿A quién quiero engañar? ¡Está coqueteándome!  ¡A mí! Alguien debería pellizcarme muy fuerte. Mi voz interna me pide que me case con él de inmediato, antes que cambie de opinión.
¡Basta, voz interna, nos va a escuchar!
Rápido, tonta, cásate y ten diez hijos con el hombre. Deja buena herencia.
Nooooo.
Síííííííííí.
—¿Rita? —escucho mi nombre y pronto veo una mano viajar frente a mi rostro, tocando mis mejillas—. ¿Estás allí?
Parpadeo varias veces, tratando de recuperar la compostura.
—¿A dónde más estaría? —pregunto, quitando la mano de Key—. Entonces, Key, deberías de ser menos perezoso, lo vas a necesitar. No todas tus chicas tendrán la suerte de tener mi altura de jirafa. Tal vez sea eso lo que te llama atención sobre mí, créeme, soy aburrida una vez que me conoces a fondo.
Comienzo a desatar el cinturón de seguridad y a salir del auto.
Siento la mano de Key tomar la mía, impidiendo mi salida rápida.
—No tan rápido, Patchie. No creo que eso sea el porqué de llamarme la atención. Y, además, me debes algo y lo tomaré, seas jirafa o ratón, no me importa.
Mi rostro se gira para ver el suyo.
—¿Qué te debo? ¡Y ya deja de llamarme Patchie!
Frunzo el ceño mientras me concentro en ver su bonito rostro. Tiene un lunar bastante escondido cerca de su párpado izquierdo, tiene forma de salpicadura de pintura.
—Me debes esto —susurra.
Entonces él se inclina en su asiento, apoyando su codo también en mi asiento. Pronto sus labios tocan los míos y sus manos toman mis mejillas con suavidad.
Mantengo los ojos abiertos por la impresión, pronto comienzo a cerrarlos.
Mi instinto natural me dice que debo apartarlo y darle una cachetada por el simple atrevimiento. Pero la otra parte, la romántica, me dice que cierre la boca y disfrute.
Por una vez en la vida, le hago caso a la parte que menos me gusta de mí: la romántica, y pronto mis labios se imprimen en los suyos, siguiendo su ritmo propio.
La mano de Key obtiene valor y baja hasta mi cuello, moviendo su pulgar por mi clavícula; la otra mano sujeta mi cabeza para profundizar y el beso.
El momento parece eterno, hasta que una voz lo arruina todo:
—¡Wooaaa! ¡Rita tiene novio paaaaaaapá!
Los gritos que se escuchan afuera del vehículo hacen que me despegue enseguida de los jugosos labios de Key.
Miro asustada hacia donde mi hermano menor, Rowen, está saltando sobre la acera, usando únicamente sus calzoncillos de Capitán América.
—¡PAPÁ, RITA SE ESTÁ BESANDO CON SU NOVIO! —grita el pequeño demonio.
Esto pasa cuando dejo que mi lado romántico salga de su cueva sin luz.
Me apresuro a salir del auto, directo a darle una paliza al niño, pero de pronto noto a mi otro hermano menor, Russell, saliendo directamente de la casa seguido de papá y el abuelo.
Mi boca se abre y mis mejillas se prenden en vergüenza cuando veo que todos aparecen en fila… usando únicamente sus calzoncillos de color blanco.
—¡Papá! —grito—. Ve a cambiarte, por favor. ¡Abuelo, no enseñes tu barriga!
Papá tiene una cerveza en la mano, mirando a hurtadillas sobre el hombro de Russell quien trata de ver quién está dentro del vehículo.
Escucho que Key baja también y corre a mi lado.
—¿Ese es tu novio? —murmura mi abuelo, tiene la poca decencia de rascar su ombligo mientras camina perezosamente para ver a Key, él incluso tiene el valor de pasearse en sus calcetines con hoyos en los dedos gordos—. ¡Hola muchacho! ¿Eres el del otro día? El que me preguntó el nombre de mi Rita, ¿cierto? El de las revistas.
Key asiente con la cabeza, tratando de no reír.
—Sí señor, gusto en verlo de nuevo —habla él.
Me llevo una mano a la frente, preguntándome si podría morir de vergüenza propia o ajena, la que sea.
—Chicos, todos adentro. Los vecinos los van a ver en ropa interior —los regaño—. ¿Papá? ¿Podrías por favor…?
Le señalo a él la puerta de entrada, pero se encoge de hombros y camina a la par del abuelo, paseándose en sus calzoncillos que una vez fueron blancos y hoy son amarillos, esos que se aflojan en la cintura porque están tan viejos que incluso todo el elástico se gastó debido al uso.
—¿Quién es él? —pregunta apuntando con la boca de la botella hacia Key—. ¿Es tu novio, hija?
—¿Cuánto has bebido? —le reclamo—, lo siento mucho Key. De seguro está tan borracho que no recuerda que tiene algo de pudor o decencia. Todos deben estarlo. O drogados.
—¿De qué hablas? Esta es la primera —comenta él, frunciendo el ceño—. Solo yo bebo y lo sabes.
—Papá, no estás ayudando en nada —le reclamo con una mirada mortal.
—¡Los vi besándose, papá! —grita Rowen mientras toma la mano de mi padre y lo guía más cerca de nosotros. Esa pequeña sabandija. No pagaré el cable y le tendrá que decir adiós a Bob Esponja—. En la boca, era asqueroso. Parecía un concurso de quién metía la lengua primero dentro de la cavidad del otro. Cavidad: C-A-V-I-D-A-D.
Deletrea esta última parte y luego aplaude como si fuera un bonito juego y él ganara el primer lugar.
—Además —continúa—. ¿Quién quiere besar a Rita si la boca no le huele bien en las mañanas?
Me sonrojo por millonésima vez.
—Enano, será mejor que entres de una buena vez antes que decida reubicar tu oreja hasta donde está tu boca —lo amenazo—. Ve a ponerte algo de ropa y no te metas en la vida de los demás.
—En realidad —dice Key—. Su aliento olía a tarta de fresa. Comimos una de camino a casa, fui estratégico.
Key le guiña el ojo a mi hermano menor.
—¿Tarta de fresa? ¿Trajeron algo? Tengo hambre, papá no sabe cocinar muy bien. Quemó mis tostadas favoritas.
—La próxima vez lo haré —responde Key.
—Está bien. Trata de no besar a Rita muy seguido tampoco, a veces le gusta comer cosas que se cayeron al suelo.
Mi sistema nervioso entra erupción como un volcán y grito con desesperación.
—¡Todos entren a la casa de inmediato!
Nadie me escucha, y en su lugar veo a Key tomar la mano de papá y agitarla en el aire.
—Usted a la persona que quería conocer —murmura él—. Mucho gusto Sr. Day. Soy Key, y soy el novio falso de su hija.
—¿Novio falso? —pregunta papá arqueando sus cejas.
Russell, quien ha estado en silencio durante el intercambio, decide acercarse. Observa a Key con mala cara, de pies a cabeza.
—Rita no sale con nadie —comenta él de mal humor.
—No estamos saliendo —aclara Key—. De hecho, le pago para que finja salir conmigo.
Mi abuelo suspira, mirando al cielo.
—En mis tiempos no era legal hacerlo —dice él—. Le llamaban prostitución… pero ahora todo se legaliza rápido
—¡Abuelo! —grito—. Las cosas no son así entre nosotros.
Papá retoma de nuevo la plática con Key.
—No entiendo su arreglo. Pero, ¿quieres pasar? Hay pizza congelada.
—Claro —responde él.
Los detengo a todos antes que esto llegue muy lejos:
—Key, es hora de que te marches. Si decides quedarte te patearé muy fuerte en la entrepierna, y luego te rociaré con mi gas pimienta. Y todos ustedes, esta será la última vez que se muestran en público de esa manera. Todos adentro o dejo de pagar el cable y el internet por más de dos meses.
Mi amenaza los asusta y pronto los veo marchar adentro. El abuelo y papá se despiden de Key con un asentimiento de cabeza.
—Necesito mis canales pre-pagados con más de las hermosas chicas Melissa y Candy —comenta el abuelo, guiñando un ojo—. No puedo vivir sin ellas, son las únicas que se quitan la ropa con estilo. Lo siento muchacho, Rita manda.
Key asiente con la cabeza.
Russell le da una mirada más, fulminándolo con los ojos.
Rowen se ríe y comienza a gritar sobre besar mi boca antes de hacerle compañía a su hermano mayor y entrar directamente a la casa.
Una vez que todos están adentro, me giro hacia Key y le sonrío con vergüenza.
—Esta es la familia Day, bienvenido. Lo siento por todo, esto es más incómodo para mí que para ellos, obviamente.
Key se ríe en voz alta.
—Deberían hacer una fiesta con temática “trae tu propio calzoncillo” Definitivamente tengo unos que quiero lucir.
Me rio en voz alta al igual que él.
—No puedo con ellos. Lamento el espectáculo, así somos.
Él se encoge de hombros.
—Ya conociste a mi numerosa y vergonzosa familia, también sabes cómo somos ahora.
—Deberíamos invitar a tu familia a la fiesta de “trae tu propio calzoncillo”.
—La tía Morgan probablemente enloquezca regalando condones.
Ambos reímos de nuevo.
—Muy bien, vaquero, se está haciendo tarde y tienes que regresar pronto. Te veré cuando te tenga que ver —me despido.
Él sonríe, asintiendo con la cabeza.
—Te veré después Rita Day.
Se despide con una inclinación y pronto comienza a caminar hacia su vehículo.
—¡Key, espera! —lo llamo una última vez—. Olvidé darte algo.
Se detiene a mitad de camino, decido avanzar hacia él.
—¿Qué olvidé? —pregunta.
—Esto…
Le doy una cachetada que resuena con fuerza.
—¡Eso duele! —jadea y se lleva la mano a donde lo golpeé.
—Eso fue por besarme sin mi permiso y consentimiento. Yo, a diferencia de otras, tengo mis límites y decido quién y cuándo los sobrepasan.
—Eso es cruel. Tú también fuiste parte del beso.
—Oh, y otra cosa —digo antes de apartarme—: mi maleta sigue en tu auto. ¿Podrías bajarla?
Él asiente con la cabeza, aún con su mano sobre su mejilla.
Baja de manera eficiente mi maleta de la parte de atrás de su vehículo y me la entrega.
—Listo. Gracias por todo —me despido.
Sintiéndome culpable por golpearlo, me acerco a él y le doy un pequeño beso en la mejilla golpeada. Eso parecía no habérselo esperado de mí.
—Lo siento por todo —digo de mala gana.
Key niega, haciendo una mueca.
—Nunca entenderé a las mujeres —dice, avanzando hacia su auto—. En un momento me besas con entrega, y luego me golpeas por haber participado. Luego me vuelves a besar… Patchie, eres una pieza humana muy extraña.
—Con el sentido del humor atrofiado, no lo olvides.
—¡Exacto!
Le sonrío con algo de vergüenza, y camino con mi maleta en mano, entrando rápidamente a casa, sin esperar a que Key encienda el auto y se marche; tal vez así él no logre escuchar mi corazón agitado a punto de querer salir de mi pecho.
Lo obligo a tranquilizarse, recordándole lo que pasa cuando le entregas tu amor a otras personas y ellos deciden humillarlo y estrujarlo como si fuera una cosa de poco valor.
Con ese pensamiento, voy directo a mi habitación, de regreso a mi regular y aburrida vida.




Key


No he hablado con Rita en más de una semana. No he escuchado sus chistes elocuentes o sus respuestas rápidas. No he sido parte de sus cachetadas dolorosas ni de su gas pimienta, no me ha dirigido ninguna de sus amenazas o sus insultos creativos. Y, a pesar de eso, siento como si una parte de mí la extrañara y se sintiera enferma por no tenerla cerca… Lo que es una completa estupidez porque no puedes extrañar a alguien que te rete a diario o te confunda con tantos sentimientos contradictorios. Imposible.
—Amigo, ¿qué sucede? —pregunta Adam esa misma tarde, observando lo distraído que me encuentro mientras observo a través de la ventana de mi habitación.
—Pienso en cosas —respondo, paseando la vista por el jardín en donde Eileen pasea a su perro.
Adam se encuentra sentado cerca de mi computadora portátil, jugando con el balón de futbol americano que Mia me había regalado hace muchos años atrás, lanzándolo de una mano a otra.
—¿En qué piensas? Déjame adivinar —él detiene el balón, ahora lleva dos de sus dedos a su frente y coloca su boca en posición de U—: piensas en Rita. Admítelo, te gusta.
Se ríe en voz alta y sus manos continúan con la labor de pasar el balón.
—No me gusta. Es una agradable persona, pero lo nuestro nunca funcionaría. ¿Y tú, sabelotodo, en qué piensas últimamente? —le quito el balón de las manos—. Alguien por ahí me dijo que te interesaba la prima de tu nueva novia, Marie.
Él se pone pálido, serio y con una mirada confusa.
—Admítelo, te gusta —continúo molestándolo.
—No, para nada —se aclara la garganta y me quita el balón de las manos—. Sí, siento curiosidad, pero no pasará nada. Ella no merece estar con alguien como yo.
—¿Y Marie sí?
—Marie tiene bajos estándares. Siento vergüenza de decirlo, pero ella sí está a mi nivel.
—Eso es basura y lo sabes —abro mi boca para decir más, pero un golpe en la puerta nos distrae a ambos—. ¡Adelante!
Precisamente la misma chica de la que hablábamos se encuentra ahora de pie, Marie, la novia de Adam.
Su cabello naranja se encuentra firmemente envuelto en un moño, y sus ojos escanean mi habitación hasta detenerse en él.
—¡Aquí estás! —grita ella, corre a sentarse sobre las piernas de mi amigo—. Espero no se molesten por la interrupción, pero me prometiste una cita.
—¿Ah, sí? —pregunta mi amigo—. No recuerdo ninguna cita.
—Típico de ustedes, lo olvidan todo —ella rueda sus ojos y luego le toca la nariz a Adam—. Llévame al lugar donde hacen aquella deliciosa pizza que comimos el otro día.
Él frunce el ceño, distraído por un momento.
—No recuerdo haberte llevado a comer pizza todavía —comenta él—. Tal vez fuiste con alguien más.
Ella se ríe con incomodidad, y descarta todo con una mano. Pronto se encuentra besando el cuello de Adam, pasando sus manos por su pecho.
—Creo que fui allí con Anna —responde—. Te mostraré el lugar para que lo conozcas. Es increíble.
Ella vuelve al ataque y decide esta vez besar su boca como si se tratara de una profesión legítima.
Me aclaro la garganta para recordarles que sigo en la misma habitación, y es allí cuando ella se detiene y me da una mirada apenada.
—Lo siento, perdona mis malos modales, Key —se disculpa—. Hola.
—Hola —sonrío en dirección a Adam, pensando en que su novia pudo haber escuchado nuestra conversación. Él niega con la cabeza.
—¿Cómo me encontraste? —le pregunta él.
—Ayer me dijiste que estarías aquí, quise venir a verte porque te extraño —ella lame la mejilla de mi amigo y sonríe mostrando todos sus dientes—. Por cierto, lobito, necesito tu teléfono. Decidí que cambiaré mi tono de llamada en tu móvil, algo único y original para cuando te llame.
Adam eleva ambas de sus cejas, mirándome en busca de ayuda.
Hace más o menos dos meses que ella y Marie son novios, pero cualquiera pensaría que tenían una eternidad de estar juntos por la forma en la que a veces se trataban. Como esto, de tomarse libertades con el teléfono del otro.
—Bien —responde Adam finalmente—. Dime qué canción quieres y yo la cambio.
—Deja que yo lo hago —dice ella—. Tú y yo merecemos una canción como Toxic, de Britney Spears. Espera a que la oigas.
Ella le planta otro beso en el cuello, esta vez dura más que el anterior.
—Oye, Marie —hablo una vez que ella se detiene—. Adam me dijo algo sobre tu prima.
—¿Quién? ¿Anna? —ella resopla con fuerza, aun sentada en las piernas de mi amigo—. ¿Qué pasó con ella? ¿Por qué de pronto me preguntas mucho por Anna?
La última pregunta va dirigida a Adam, quien se tensa visiblemente.
—No me interesa Anna —le aclara él. Mentiroso de mierda.
—Me interesa a mí —comento para ver la reacción de mi amigo—. ¿Es la chica a la que accidentalmente golpeam… golpeó un letrero el otro día? Adam me contó todo.
—Oh, sí —Marie suaviza la boca—. El día en que Adam y yo nos conocimos. Creo que estaba destinado a que fuera de esa forma. ¿Estás interesado en ella, Key?
Asiento con la cabeza, notando la mandíbula de Adam tensarse.
—Bien, pensé que salías con Rita —comenta ella, rizando uno de sus cabellos con su dedo—. Rita es amiga de Anna… aunque no estoy segura pero parece que las dos son pareja.
—¿Pareja? —pregunto.
—Sí. Oh, pensé que ya se notaba —menciona ella—. Anna es lesbiana. No está para nada interesada en los hombres.
Creo que mis cejas se elevan monumentalmente, pero las de Adam casi se salen de su rostro.
—¿Anna no…? ¿A Anna no le gustan los hombres? —balbucea mi amigo. Adiós a sus planes con la chica—. Ella no me da esa impresión.
—Oh, sí. Lo es. Pensaba que Rita era su pareja, pero eso fue hasta que vi a Rita con Key. Mira, Key, prefiero que salgas con cualquiera que con ella, pero Anna es mucho peor. Ha tenido un par de novios, pero no es serio porque principalmente lo de ella son las mujeres.
—Rita no está muy interesada en eso —la defiendo—. Para nada. Solo no sabía que Anna fuera…
—Sí, demasiado —aclara ella. Ahora se dirige a Adam—. ¿Podemos irnos ya, lobito?
—Sí, en unos minutos. Pero… ¿no me habías dicho que tu prima tenía novio?
—Es que ella está muy confundida en estos momentos. Ya sabes, no se decide. Aunque aquí entre nos, prefiere las mujeres.
Adam asiente con la cabeza, aun sin poder creer lo que escucha. Al parecer la noticia lo afecta más de lo que él alguna vez admitirá.
—Es mejor irnos entonces —murmura mi amigo—. Nos vemos después Key, y trata de llamar a Rita.
—Claro —me despido con un saludo de manos, Marie se despide desde lejos, marchando detrás de Adam—. Hablamos más tarde.
¿Qué tanto está Adam interesado en esa chica, Anna?
El mensaje de texto que me llega unos minutos después responde mi pregunta silenciosa.

«Pregúntale a Rita si es verdad»

«¿Si es verdad el qué?»

«Comemierda, no me hagas repetirlo»

«¿Te interesa la chica?»

«No me provoques»

«Jajaja Le preguntaré y no te daré la respuesta»

«Entonces hablaré con ella yo mismo y no te va a gustar…»

«¡Está bien! Solo no hagas ningún movimiento con ella. Ella está loca… digo, es especial.»

«Ujum»

Tal vez esta sea mi excusa perfecta para hablar con Rita. Llevo una semana preguntándome qué habrá sido de ella; hoy es el día perfecto para saberlo.

Después de debatir por más de media hora en si debía o no llamarla, tomo mi teléfono y marco el número que ella me dio para localizarla. Responde al tercer tono:
—¿Hola?
No es la voz de ella. A menos que Rita haya desarrollado una terrible infección en la garganta que la haga sonar como hombre.
—¿Hablo al teléfono de Rita? —pregunto con inseguridad.
—Sí, ¿quién eres?
—¿Está Rita por allí?
—Yo soy Rita.
Caramba. Tal vez sí tenía una severa infección.
—¿Eres Rita? Me cuesta creerlo. Soy Key.
—¿Quieres que te mande un comprobante, acaso?
—Me gustaría, pero…
Pronto mi teléfono comienza a vibrar, lo retiro de mi oreja y veo que me llega un mensaje de texto con una imagen adjunta.
Efectivamente es Rita, con enormes ojeras y rostro pálido. Su nariz está roja de tanto frotarla y, si hago un acercamiento a la imagen, apuesto a que encontraría fluidos nasales por todo su rostro.
—¿Ya comprobaste?
—¿Qué te pasó? —pregunto con interés.
—Ugg, me siento fatal —la escucho estornudar con fuerza—. Es alguna clase de virus que está muy de moda, ¿no lo sabías?
—No. ¿Quieres que te vaya a ver?
—Oh, no. Olvídalo. Con mi suerte probablemente te la pasaría también.
Estornuda de nuevo y se sacude la nariz.
—¿Vas a trabajar así? —pregunto.
—No. Dulce y Anna harán mi turno.
—Bien. No se hable más, iré a tu casa y llevaré sopa de pollo. Conozco un buen lugar que prepara la mejor del mundo.
—Nooooo —se queja—. Estoy sola y no quiero que te aproveches de mí.
Ruedo los ojos, riendo por sus ocurrencias.
—No me voy a aprovechar. Lo prometo; además suenas como hombre en estos momentos y me das miedo.
—¡Lo sé! —se queja—. Ya he tenido que enviar mi fotografía más de tres veces porque la gente no cree que soy yo.
—¿Entonces? ¿Qué dices? Será rápido.
Pasan unos segundos y ella no dice nada hasta que por fin la escucho suspirar:
—Bien, pero además de la sopa quiero panecillos calientes. Oh, y un jugo natural extra grande.
Moquea de nuevo y yo sonrío al teléfono.
—Perfecto. Llego en veinte minutos.


*******


—Bienvenido a mi humilde morada —comenta Rita cuando me abre la puerta de entrada.
—Es acogedora.
—Es pura mierda y lo sabes. Al menos es un techo sobre mi cabeza, no debería quejarme
—Correcto, no deberías hacerlo. Pero, oye —la abrazo—: tu voz en persona no se escucha tan mal como por teléfono.
Ella rueda sus ojos.
—Sueno peor que un hombre constipado.
—Suenas bien ahora. Traje la comida —levanto las bolsas con toda la comida que pude comprar—. ¿Quieres comer ahora o…?
Me arrebata las bolsas y corre hacia la mesa del comedor, haciéndome lugar entre varios libros de administración y gruesos libros de colorear. Ella recoge uno que otro pañuelo descartable usado y lo lleva a los bolsillos de su pantalón.
—Lo siento por eso —murmura de mala gana—. Mis hermanos salieron de paseo con el abuelo y papá cuando se enteraron que estaba enferma. Estoy sola por ahora y tengo demasiada pereza como para limpiar mis desastres.
Se encoge de hombros.
—No te preocupes. Para eso estoy aquí. Sírvete lo que quieras…
Sin poder terminar la oración, ella ya está tomando el recipiente elaborado en donde venía la sopa de pollo.
—Esto se mira delicioso. Si pudiera olerlo, apuesto a que olería bien. Veamos si puedo saborearlo.
Rita lleva la cuchara a su boca y cierra los ojos, intentando concentrarse en el sabor.
Para hacerle compañía, tomo el otro recipiente con sopa que conseguí para mí.
Huele delicioso.
—¡Agg! —Rita abre los ojos, irritada—. No le siento gusto a nada.
—¿Ya tomaste algún medicamento?
Ella asiente con la cabeza, llevando otra cucharada de sopa a su boca.
—Sí. Una tonelada de ellos.
—¿Desde cuándo estás enferma?
—Fue hoy en la mañana. Mi jefe me corrió por tres días mientras me reponía. Dice que a los clientes no les gusta la gente con cara enferma; lo hago perder dinero.
—Tu jefe suena como un cerdo.
—Es un cerdo, en todo el sentido de la palabra. Oh, espera, es un insulto para los pobres y sacrificados animales —ella mastica una verdura y luego vuelve a rebuscar en la bolsa de comida hasta que encuentra sus panecillos tal y como lo prometí—. Ah, detesto no poder saborear nada de esto. Probablemente sea la mejor comida que coma en todo un año y me estoy perdiendo la mejor parte.
—Cuando te mejores te daré más, lo prometo.
Ella me mira fijamente, sus mejillas se vuelven del tono rosa de su boca.
Es bonita.
No, tacha eso. Yo no tengo porqué notar si es hermosa o no. No me gusta ni nada de eso.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dice ella en su tercer bocado—. ¿Para qué llamaste esta tarde? No creo que fuera para decir hola.
Y la razón principal de mi llamada vuelve a mi cabeza.
—Mmm, sí. Quería saber algo que presiento que solo tú sabes.
—¿Qué es?
—Bien… —ella sigue comiendo, mezclando sus cucharadas de sopa con el jugo natural que me pidió—. Es sobre si…
Me quedo en silencio.
Ella eleva una ceja.
—Vamos, escúpelo, vaquero. ¿Qué quieres?
—No te vayas a molestar, pero… —¿le pregunto o no?
—No me molestaré, continúa.
—Rita, ¿es cierto que Anna y tú fueron novias? ¿Te interesan las mujeres?
Ella tose repentinamente, ahogándose con un bocado de comida.
Corro a darle golpecitos en la espalda.
—¿Estás bien? —pregunto. Rita golpea mi mano con un sonoro ruido, yo me aparto de inmediato.
—¿Y tú eres suicida? ¿Por qué me preguntas algo como eso?
—Es que Marie…
—Oh, claro. Todo tiene sentido ahora —me interrumpe—. Esa perra de cuatro cuernos me las va a pagar.
—Entonces, ¿es mentira todo?
—¡Claro que lo es! Anna es mi amiga, AMIGA. Y no me interesan las mujeres.
—Lo siento, lo siento —elevo ambas manos, dándome por vencido—. Solo era simple curiosidad.
—¿Por qué ella te diría algo como eso?
—Es porque presiento que mi amigo, Adam, está interesado en tu amiga, Anna.
Rita niega con la cabeza.
—Eso nunca —estornuda—, va a pasar. Anna es ingenua y se puede manipular con facilidad. ¡Tu amigo es un depredador y ella la presa! No va a acabar bien.
—Él no es tan malo.
—No saques más el tema o me encargo personalmente de mantenerlos alejados.
—No es para tanto. No es como si fueran a casarse y vivir eternamente juntos.
—Por tu bien, espero que no te metas con mi amiga tú tampoco.
—No lo haré, tranquila.
—Jum —resopla ella—, mi amiga y tu amigo juntos. ¿Qué va a pasar después? ¿Tú y yo viviendo en un castillo de cuento de hadas, con tres hijos y dos perros? El mundo se congela primero antes que algo como eso pase.
Me quedo en silencio, sin saber por qué le molesta tanto la idea.
—Nuestros perros deberían llamarse Chuck y Max —digo luego de unos minutos.
—Cállate y cómete tu sopa —ella sorbe con fuerza, mirándome con desprecio—. Y para tu información, se llamarían Rocky y Chase.

Suspiro sin entender a las mujeres. Todas son complicadas.
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26 enero 2017

PFQMG - Cap. 14 - Cómo supe que eras malvada


Rita

—¿Ya terminaste? —le pregunto a Key, tocando suavemente la puerta del baño en donde lleva más de cinco minutos encerrado.
¿Qué tanto puede orinar una persona?
—Rita —murmura él—. No puedo hacerlo cuando sé que estás al otro lado de la puerta, escuchando todo. Aléjate, dame mi espacio.
—¿Estás orinando en el jarrón que te di? Recuerda no botar nada, cada gota cuenta.
Escucho casi al instante cómo comienza a subirse el cierre del pantalón. Luego sus pies se arrastran por el suelo y abre la puerta.
—Toma, esto es todo lo que pude recolectar.
Para mi desgracia me muestra el jarrón que acabo de darle hace unos momentos atrás, ésta vez contiene una sustancia líquida amarilla.
Arrugo la cara y me alejo todo lo que puedo.
—Aquí está —insiste él—. Tómalo.
Niego con la cabeza.
—No lo quiero tocar. Y oye, ¿por qué no está lleno? Pensé que tomaste bastante líquido como para poder cumplir esta venganza.
—¿Qué clase de persona crees que soy? Es imposible orinar tanto. ¿Lo tomas o lo dejas?
Hago una mueca de asco.
—Perfecto —murmuro—. Lo tomo. Pero tú lo sostienes.
—Bien. ¿Por dónde empezamos?
Le hago una señal para que me siga por la habitación y nos detenemos ante la cama.
Por aquí —le señalo el lugar en específico—. Rocía un poco sobre la almohada, para que al dormir mejoren sus sueños.
Key eleva ambas cejas, asintiendo con la cabeza.
—Va a tener los mejores sueños, sin duda.
—Sé moderado, no hiciste mucho y tenemos que conservar el precioso elixir.
—¿Elixir? Nunca lo vi de esa manera.
—Que no se te infle el ego —murmuro—. No pienses más en donde no hay.
—Si tú lo dices… Elixir, soy un astro.
Ruedo los ojos, dándole espacio después de eso mientras voy directo a la mini refrigeradora de la cabaña de Gabriel. El lugar es bastante cómodo como para ser del personal. Tiene una habitación sencilla, un baño y una pequeña cocina con comedor incluido.
La cocina es mi meta por los momentos. Inspecciono los gabinetes y guardo para mí una bolsa de papas fritas que se encontraba intacta sobre un microondas así como un paquete de galletas Oreo sin abrir.
Noto que Gabriel vació casi todo el contenido de su refrigerador, pensando que lo que le había dicho anteriormente era cierto, que Key había orinado sobre sus cosas. Veo jugos de manzana aún sellados y una botella de agua a la mitad.
¡Bingo!
Tomo la botella de agua y me dirijo a la habitación en donde compruebo que Key está terminando de rociar las sábanas y las almohadas. Ahora sostiene el jarrón de vidrio con el elixir, trata de alejarlo de su cuerpo a medida que me ve.
—Tienes una mirada desquiciada —comenta él—. ¿Vas llenar ese bote de agua con esto?
Él señala el jarrón.
Niego con la cabeza.
—Lo llenaré con agua de retrete. Sería muy obvio si lo hago con eso, es amarillo. Por cierto, ¿qué cosas tomas? ¿Es normal que sea de ese color tan fuerte?
La cara de Key no tiene precio, se pone rojo y trata de evitar su vergüenza escondiendo el jarrón.
—Ya repasé su cepillo de dientes con esto —dice en su lugar—. Compró uno nuevo porque encontré el empaque en la basura.
—Bien. ¿Y su Shampoo?
—Eso todavía no.
Lo acompaño al baño para sustituir la botella de agua purificada por una del retrete. Vacío el agua del bote en el lavabo y me dedico, con mucho cuidado, a llenarla con agua del sanitario.
—Eres malvada —murmura Key mientras me ve hacer mi trabajo y él comienza a derramar el elixir en el shampoo.
—Esto es nada en comparación a lo que le haremos a tu ex, Mia.
—¿De verdad? ¿Tienes algo en mente, Patchie?
—Más o menos. Pero te lo compartiré después.
—No me lo puedo imaginar. Recuérdame no meterme contigo nunca.
—Estás avisado. Si me haces algo, ten cuidado con el agua que tomas o el cepillo de dientes con el que te lavas la boca.
—Prometido.
Sonrío con astucia y me muevo por la cocina nuevamente, regresando la botella de agua a su lugar. Después de eso voy en busca de Key aun en la habitación.
—Vamos, pon un poco en su enjuague bucal —lo animo—. Mientras tanto, iré a revisar sus cajones para ver si encuentro algo importante.
Key asiente con la cabeza, haciendo un saludo militar.
Me muevo en silencio al otro lado de la pequeña habitación y enciendo una lámpara que está dispuesta junto a la cómoda donde Gabriel guarda su ropa. Comienzo a revisar cajón tras cajón, metiendo la mano entre sus camisetas sin mangas y su ropa interior que huele a suavizante de tela.
—Oye —le susurro a Key. Él no me escucha y lo llamo de nuevo—. ¡Keyton!
Finalmente sale del baño, cargando la botella de enjuague bucal.
—Deja de llamarme así. Exijo respeto o este trato se acaba —dice él, sonando como mujer en sus cuarenta.
—Bien, bien. Pero oye, ¿sabes de algo que pueda poner en la ropa interior de un chico para darle comezón después?
Él se encoge de hombros.
—No tengo idea —murmura—. Prueba con… am, no sé, ¿pimienta?
—¿Pimienta? ¿Es una broma?
Él se vuelve a encoger de hombros.
—Realmente no lo sé. A parte de la venganza de los doce gatos hambrientos nunca había hecho algo como esto.
—Bien, probaré la pimienta —le digo. Justo cuando pienso movilizarme a la cocina, un par de relucientes y bien afiladas tijeras de pronto llaman mi nombre.
—¿Sabes qué? —comento con entusiasmo—. Olvida la pimienta.
Saco las tijeras y comienzo a cortar sus calzoncillos, haciendo una line en vertical desde la entrepierna hasta el trasero. Tomo también sus camisetas formales y corto en donde creo que se encontrarían ubicados sus pezones; repito lo mismo con todas sus camisas.
—De nuevo… —dice Key, observándome con terror—. Recuérdame no meterme contigo nunca.
Le guiño un ojo.
—¡Ups! Olvidaba las fotos —grito. Casi de inmediato saco mi teléfono del bolsillo trasero de mis pantalones y comienzo a grabar y tomar fotografías mientras Key llena su enjuague y pasa nuevamente su cepillo de dientes por el retrete, tallando las superficies con él. Entonces él detiene repentinamente lo que está haciendo, observando con curiosidad mi teléfono.
—¿Eso es tuyo? —pregunta.
Asiento con la cabeza. Él me había visto textear antes con el aparato.
—Me costó demasiado poder ahorrar por él, pero soy la orgullosa dueña —contesto, emocionada.
—Jum, qué extraño. Ahora que recuerdo me habías dicho que dejaste tu teléfono en tu casa.
Me congelo.
—Yo nunca dije que lo había dejado en mi casa.
—¿Qué dijiste entonces? Porque recuerdo que mencionaste que ni siquiera lo habías traído a este viaje.
—Sí lo traje conmigo. Lo que pasa es que había quedado en mi maleta.
—¿Así como dejaste a Phillip, tu navaja, pero demostraste que la tenías guardada en tu sostén?
—Más o menos.
—Osa, osa… mentirosa.
—Eso es tan infantil Key. Felicidades.
—Osa, osa… mentirosa. ¿Por qué lo escondiste? ¿Segura que no lo tenías cuando el autobús nos dejó? ¿No fue todo eso un plan para seducirme?
Me cruzo de brazos, dándole una mirada de muerte.
—Dicho autobús que cierta persona ordenó a dejarnos atrás. Pero no, no soy como tú; de verdad no lo tenía, lo encontré en mi equipaje. No tengo ningún plan de seducción. La pobre persona que se enamore de mí tendría que aguantar todas mis locuras; no soy esa clase de chica que es para cualquier tipo común y corriente, soy de las que necesitan a alguien que iguale su fortaleza y su locura, alguien que quiera vivir sabiendo que será amado incondicionalmente.
—Bien, voy a decidir creerte, Rita Fiorella Day. Oye, ¿crees que yo sea esa persona? ¿La que iguale tus locuras?
—Tendrías que trabajar duro, vaquero. No te lo recomiendo.
—Ya decidiré si hago o no el esfuerzo. No decidas con anticipación por mí.
—Bien, me alegra Keyton. Solo no digas que no te lo advertí.
—Bien…
—BIEN.
—Bieeeeeen…
Ruedo los ojos, deteniendo el juego tonto que parecía estábamos jugando.
Continuamos trabajando en silencio, llenando de “elixir” toda la habitación. Incluso me tomo la molestia de robar unos cuantos billetes que descuidadamente se encuentran a mi alcance. Gabriel deja el dinero en cualquier parte, y ese es mi beneficio.
Encuentro también una foto de él junto con mi ex mejor amiga, Bianca. Ambos sonríen y posan para la cámara, ella está luciendo su embarazo de unos buenos seis meses y su cabello castaño es ahora más largo de lo que era antes.
Perra.
Regreso la foto a su lugar y trato de concentrarme mientras continúo con la venganza.
Ambos, Key y yo, nos congelamos cuando de pronto escuchamos unas llaves moverse al otro lado de la puerta principal de la cabaña. Le siguen unas risas y voces como de dos personas distintas.
—Keeeey, debe ser él —le susurro.
—Hay que escondernos.
—¿A dónde?
Key comienza a buscar posibles lugares con la vista hasta que señala el espacio debajo de la cama. Nos quedamos sin mucho tiempo ya que el sonido de risas empieza a escucharse con facilidad.
—Allí, vamos a escondernos rápido —dice él.
Primero entro yo, sumiendo el estómago y deseando con todas las fuerzas ser más delgada para poder caber mejor, y luego entra Key que se desliza con facilidad.
—¿Qué hiciste con el elixir? —le pregunto cuando veo que no lo tiene con él.
—¡Lo dejé olvidado! Espera aquí que yo voy por él.
—¡No! Parece que ya abrió la puerta. Escóndete, que sea lo que tenga que ser.
—Tengo tiempo para recogerlo —dice, entonces sale con facilidad y corre hasta donde dejó el jarrón con el líquido amarillo. Regresa otra vez bajo la cama y, con cuidado, mete también el jarrón.
—Eso ya comienza a oler —murmuro, tapándome la nariz.
—No exageres, queda poco.
Nos quedamos en silencio y esperamos hasta que escuchamos los pasos de Gabriel por la habitación, pero tal y como deduje al principio, él no venía solo. Estaba acompañado por una chica que usaba zapatillas bajas que lucían caras y que tenía una risa demasiado aguda y escandalosa.
—¿De verdad eres soltero? —escucho que pregunta la chica. Luego suelta una escandalosa risa que hacen arder mis oídos.
—Soltero y disponible —murmura él.
¡Es un gran mentiroso! Bestia.
A tipos como este deberían cortarle las pelotas. Cortadas y rebanadas, luego deberían alimentar a los cerdos con ellas.
—Siempre me pareciste adorable —comenta la chica.
—¿De verdad? A mí me pareciste fascinante desde el principio —responde él.
Escucho de nuevo la escandalosa risa de la chica, seguida por la de Gabriel, luego siento cómo el peso de la cama cae en mi espalda cuando alguien se sienta en ella.
—Eres muy guapo, ¿te lo habían dicho? —dice ella—. Tus ojos son increíbles. ¿Por qué son así de exóticos?
La cama sufre otro movimiento cuando Gabriel toma asiento a la par.
—Mi mamá siempre me dijo que yo fui moldeado por los mismos dioses griegos —habla el susodicho. Veo cómo Key, a mi lado, comienza a rodar los ojos—. No sabían qué color de ojos combinaban mejor para mí y decidieron regalarme uno de cada color.
Ahora soy yo la que se encuentra rodándolos, renegando de por qué había sido tan ingenua y había caído con esa misma historia cuando él me la contó hace tanto tiempo atrás.
Mas risitas provienen de la chica, y pronto otro movimiento de la cama nos avisa que ambos se están moviendo. Puedo ver los pies de los dos acercándose hasta estar pegados. Pronto comienzan los sonidos de besos húmedos.
—Rita —murmura Key en voz muy baja—. No quiero escuchar a tu ex teniendo sexo con la guía de senderismo.
—¿Ella es la guía?
Key asiente con la cabeza.
Al parecer no fuimos tan silenciosos porque pronto el sonido húmedo de besos se detiene.
—¿Escuchaste eso? —pregunta la de risa escandalosa.
—¿Qué cosa?
—Creo que escuché voces.
La cama libera presión, dejándome respirar tranquilamente. Probablemente la chica se haya puesto en pie.
—Gabriel —murmura ella—. Nadie se puede enterar de esto; nos pueden despedir a ambos.
—Te prometo que nadie se va a enterar.
—De acuerdo.
El lado donde se sentaba Gabriel también se libera del peso.
—Soy un tonto —escuchamos que dice él—. Ni siquiera te ofrecí algo de beber. ¿Quieres agua, jugo, café?
—Agua, por favor.
—Ya la consigo.
Él deja la puerta abierta, y desde mi ángulo soy capaz de ver sus pies mientras se mueven por la pequeña cocina, sacando la botella de agua de retrete que yo acababa de llenar y devolver a su refrigerador. Toma dos vasos y reparte el agua entre ambos.
—Gracias —agradece la chica cuando Gabriel le entrega el líquido.
Escucho cómo beben y saborean. Por dentro estoy muriendo de la felicidad.
—Esto sabe muy bien —murmura ella, suspirando—. Eres un chico con buenos gustos hasta para el agua.
—No lo puedo evitar, es quien soy —dice él.
Ruedo los ojos. A mi lado, Key no puede disimular su risa.
—¿Quieres que continuemos en donde estábamos? —le pregunta él a ella.
Al parecer ella asiente porque la cama vuelve a hundirse, apretando aún más mi estómago contra el suelo. Los sonidos de besos no se hacen esperar.
—Mmm… tus almohadas huelen raro —comenta la chica después de unos instantes.
—¿Qué mier…? —Al parecer él las huele y decide lanzarlas al suelo—. Listo, ya no molestan.
Los sonidos de besos se reanudan, esta vez por más tiempo.
—Tenemos que salir —murmura Key—. Hay que aprovechar que están distraídos para escapar y huir de la cabaña.
—Apenas vienen comenzando, ¿qué tan concentrados están?
—Créeme, demasiado absortos.
—Bien. Pero ve tú primero. Quiero finalizar mi venganza con un buen final.
—Rita, no hay tiempo… ¿qué vas a hacer?
—Ve tu primero —lo convenzo—, y deja lo que queda de elixir.
Key suspira pero pronto comienza a deslizarse lentamente hasta que sale por completo por debajo de la cama.
Veo a sus pies correr tan rápido y sin hacer el menor de los ruidos.
Oigo más sonidos de besos y pronto observo cómo la ropa de la chica comienza a caer a mi lado, muy cerca de donde tengo la mano.
—Infiel una vez, infiel toda la vida —murmuro para mí misma.
Hago el intento por salir debajo de la cama, pero me asusto cuando veo volando la camisa de Gabriel por el aire.
Espero un minuto, y entonces noto que le siguen los pantalones.
Con mucho cuidado los tomo, metiéndolos bajo la cama; luego busco la entrepierna y los rocío con un poco de elixir. Es tan asqueroso que deseo tanto tomar una foto de esta obra maestra. Devuelvo los pantalones a su sitio original y pronto estoy deslizándome por el suelo sin hacer ruido. Llevando conmigo el jarrón con el oloroso elixir de Key.
Estoy en cuclillas, arriesgándome a ser descubierta por la pareja, pero no puedo evitar llevar una mano a mi teléfono y buscar rápidamente la cámara.
Entonces le tomo una foto a Gabriel mientras besa con pasión la boca de la chica, y sonrío para mis adentros. Solo hay un pequeño error en mi plan perfecto: mi teléfono no está en vibrador, y suena muy fuerte al capturar la imagen.
Ambos chicos se despegan de la boca del otro cuando lo oyen, Gabriel es el primero que me nota.
Mierda. No es bueno.
Su rostro de sorpresa no tiene precio, pero pronto sus ojos caen al teléfono en mi mano y la sorpresa se transforma en ira.
—¡Eres una hija de p…! —comienza a gritar él, pero yo decido en ese momento tomar otra fotografía, una en donde se enseña la cara de la chica desnuda en la cama de Gabriel.
—Di, “Bianca” —murmuro, tomando otra imagen de la sorprendida pareja.
Gabriel comienza a ponerse en pie así que guardo mi teléfono y hago lo que deseé hacer desde que vi la fotografía de él y mi ex mejor amiga juntos: le lanzo lo último que queda en el jarrón, y va a dar directo a su boca abierta.
Lo siguiente que pasa es que estoy corriendo, corriendo por mi vida.



Key

Estoy de pie fuera de la cabaña del ex novio de Rita. Observando el reloj en mi mano izquierda, suspirando cuando veo que han pasado más de cinco minutos y Rita no sale del lugar.
No debería preocuparme por ella, pero tampoco quiero que se quede durante todo el acto de la infiel pareja. Incluso llego a considerar seriamente llamar a la puerta y distraer a Gabriel por mí mismo, pero mi plan se esfuma cuando observo a una Rita muy emocionada salir de la puerta principal, corriendo como alma en pena.
—Rita, ¿qué…?
Ella casi no me nota en su prisa por salir huyendo, pero se detiene al escucharme.
—¡Corre, Key! —grita, dejándome atrás.
Por alguna razón hago lo que me dice y me encuentro corriendo detrás de ella. La alcanzo rápidamente y ahora estoy corriendo a la par.
Atrás escucho la voz de Gabriel. Cuando me giro para ver cuánta distancia le llevamos, noto que lleva un pantalón mal arreglado, con una gran y enorme mancha en la entrepierna.
—Rita, ¿qué hiciste? —grito, jadeando.
Ella no contesta, pero en cambio corre con mayor velocidad que la de antes.
Cuando estamos a punto de llegar al final del camino empedrado, la tomo del brazo y la llevo hacia un lado, introduciéndonos por una parte del bosque que sé que el chico heterocromático no conoce.
Pronto perdemos a Gabriel y nos detenemos después de haber cruzado por todo el campamento, chocando con gente que se dirigía a la fogata.
—Me puedes… —respiro hondo—explicar… ¿qué… sucede?
Me doblo sobre mi estómago, apoyando mis palmas sobre mis rodillas.
Rita está jadeando por aire, ambos cansados.
—Le tomé una foto cuando estaba en la cama con la chica —dice ella finalmente, tragando saliva—. Aún conservo el número de teléfono de mi ex mejor amiga.
—¿Se la vas a enviar?
—Claro —dice ella, encogiéndose de hombros. Ambos recuperamos el aliento y soltamos un último suspiro profundo.
Un mechón oscuro de su pelo se pega en su mejilla. Ella ríe mientras saca su teléfono del bolsillo y comienza a mostrarme las imágenes capturadas.
—Rita, eres extremadamente malvada. Pero el tipo se lo merece —le digo.
—A esto llamo yo karma —murmura ella, limpiándose el sudor de su frente.
—¿Por qué estabas corriendo? —le pregunto—. ¿Te amenazó ese tipo?
—Es probable que quiera las fotos de eliminadas. Pero jamás le daré el gusto.
Caminamos de manera lenta esta vez, moviéndonos con cuidado y dirigiéndonos hacia donde el resto de mi familia se encuentra. Gabriel evitaría hacer una escena que involucre a los dueños de su trasero. Sin mi familia no habría paga para él.
—Oye, ¿me puedes explicar que era esa enorme mancha en el pantalón que usaba tu ex? —comento con curiosidad.
—Creo que ya sabes qué es.
—Tengo mis sospechas pero no puedo creer que lo hicieras.
—Sí, lo hice. Puse un poco de tu elixir amarillo mágico.
Me rio con fuerza, como no me había reído antes.
—Eso es asqueroso a un nuevo nivel —digo entre risas.
Muy pronto el calor del fuego en la fogata nos golpea con fuerza en el rostro a medida que nos acercamos. La familia ya está reunida, contando historias y asando malvaviscos. Nos quedamos callados después de eso, deteniéndonos a una corta distancia antes de reunirnos con todos.
Miro a Rita con detenimiento, apreciando el ambiente y sonriendo cuando mira a mis primas pequeñas correr detrás de Adam.
—No sabía que las familias podían lucir así —dice ella.
—¿Así, cómo?
—Simplemente así de perfectas. Todos riendo y abrazándose entre sí, sentados alrededor de la fogata. Parece algo sacado de una película.
Nos quedamos en silencio por unos minutos, hasta que Rita habla de nuevo.
—¿Cómo fue crecer con una familia equilibrada y completa?
—¿Equilibrada? —pregunto—. No somos equilibrados para nada. Ya conociste a la tía Morgan, la diosa del sexo con protección.
—Para mí ustedes lucen muy normales… a excepción de tu tía, claro. Ah, y a excepción de tu abuelo el nudista.
Ella señala más allá de la fogata, en donde el abuelo Johny comienza a quitarse la ropa como si estuviera en llamas y a correr en círculos.
—Créeme, Rita, no lo somos. Somos un desastre y esta es la prueba de ello.
Desde donde estamos vemos a mamá perseguir al abuelo para vestirlo de nuevo, ella corre detrás de él, gritándole algo acerca de su recién operada espalda.
—Tienes que conocer a mi familia entonces —dice Rita con cierto aire de amargura—, no son nada normales. Les dije que iba a un campamento y solo me pidieron que les trajera recuerdos y comida. ¡Ni siquiera preguntaron con quién iba o si iba a regresar pronto! A veces siento que no me escuchan tanto como desearía.
Entonces ella alza la vista, dándome toda la atención con sus ojos marrones.
—Oh, perdona —comento— ¿Dijiste algo? Estaba distraído viendo al abuelo.
Rita frunce el ceño y me mira como si quisiera matarme.
—¡Estoy bromeando! —le digo para tranquilizarla—. Era una simple broma. Yo siempre te escucharé, Patchie. Y claro que acepto.
—¿Aceptar el qué?
—Me dijiste que tenía que conocer a tu familia, dime cuándo y yo voy.
Ella se cruza de brazos y rueda los ojos.
—No era una invitación, vaquero. Después de este campamento, y ya sabiendo que tus hermanas conocen que lo nuestro era falso, se acabarán nuestras visitas.
No sé por qué, pero me duele escuchar sus palabras. Hay cierta belleza en molestar a Rita, y extrañaré mucho no hacerlo.
—¿No piensas continuar con tu labor de enamorarme? —pregunto.
—Nop. Enamórate de quien quieras. Enamórate de aquella que logre robarte el sueño por las noches y todos tus pensamientos por el día; o de la que haga que tu vida tenga un poquito más de sentido que, por un minuto, creas que estás soñando por la forma en la que todo encaja. Pero hay algo que sí haré: mantendré mi palabra en cuanto a la venganza contra Mia.
—Mmm, ya veo. Espero enamorarme de esa persona entonces.
—Y yo espero que ella se enamore de ti.
Volvemos a caer en un cómodo silencio, observando a mis hermanas compartir un malvavisco asado entre ellas.
—Hablando de venganzas —murmuro—, ¿vas a enviarle a tu ex mejor amiga la foto de Gabriel con la otra chica?
Ella levanta su teléfono y me muestra la pantalla principal, comprobando que ya la envió.
—Eres rápida —comento.
—Ella ya me respondió.
Ahora me muestra la respuesta que recibió: perra .l.
—¿Qué significa .l.?
—Significa ten un buen día, en mensaje cifrado.
—Lindo.
Rita se encoge de hombros.
—No es algo que no haya escuchado o visto antes.
—Venganza uno, cumplida —murmuro—. Ahora sí, ¿al final de la noche obtendré un beso por haber ayudado?
Ella sonríe, enseñando sus dientes.
—Mejor sigue esperando por ello.
Con esa frase tan enigmática se aleja de mi lado y se hace espacio entre mis hermanas para comer malvaviscos asados junto con ellas.
Para cuando me uno a la fogata, papá se encuentra contando su famosa historia de terror sobre una niña en un ático. Me ubico junto a Rita, pensando que hace un par de años atrás Mia y yo hacíamos lo mismo antes, cuando pensaba que nos queríamos tanto como para superar dificultades.
Sacudo la cabeza y pronto lo olvido.
—¿Quieres uno? —escucho preguntar a Rita.
Su mano está extendida y sostiene un malvavisco realmente quemado y derretido.
—¿Quemaste al pobre malvavisco?
—Solo es por fuera… está delicioso por dentro. Prueba.
Niego con la cabeza.
—¡Vamos! Será una mordida —susurra ella.
Vuelvo a negar.
—Eres un aburrido.
—Y tú una mentirosa. No fui el único escondiendo secretos este día, Patchie.
—¿De qué hablas?
—De tu teléfono, sí lo tenías contigo hoy. Tuviste valor de escribirte con Adam después de todo.
—Creí que ese tema ya lo habíamos cerrado por hoy. No recuerdo haber dicho que no lo cargaba conmigo. Además, si de mentirosos hablamos, tú te llevas el premio, ¿no crees?
—Mentalmente estoy rodando mis ojos —respondo.
—Físicamente estoy sacando mi tercer dedo —ella lo extiende frente a mi cara para mostrarlo.
—Metafísicamente hablando, me transformo en un pájaro y defeco sobre tu cabeza.
—Mágicamente hablando, te transformo en una sanguijuela a ti y a las dos zorras de prostíbulo que rodean a tu amigo, y los encierro en un círculo hecho de sal para que no salgan.
—Wow, eso fue extremo —digo tomando el malvavisco quemado que sigue ofreciéndome.
Mastico con mucha lentitud, saboreando la parte quemada. Sabe horrible, pero me encuentro sin valor para decírselo en su cara.
—¿Sabe bien? —pregunta ella, sus ojos marrones se sobresaltan con la emoción.
—Es muy bueno —miento con la boca llena. Cuando mastico, el malvavisco cruje. ¿Es normal que haga eso?
Rita sonríe con ganas.
—Me alegra —comenta ella—. Lo encontré en el suelo y me preocupaba que se desperdiciara porque nadie lo fuera a comer.
Suelto lo que queda del malvavisco quemado y comienzo a escupir con fervor.
—¿Por qué me diste eso? ¿Qué pasa contigo?
—Eso es por cuestionar mis palabras. Nadie se mete conmigo o duda de lo que digo, Key. Nadie.
—Estás mal de la cabeza.
—Lo sé. Solo quería recordártelo.
—Hiciste tu punto. No pienso meterme contigo, Rita Day. Nunca.
Escupo de nuevo mientras ella me da una mirada de suficiencia cuando toma otro malvavisco de su bolsa.
—Mejor que así sea, Keyton. Mejor que lo sea.
Y así será.



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