22 junio 2017

PFQMG (VOL.2)- Cap. 2.Si me lastimas, te lastimaré más fuerte

Él
Cinco días después…





—¿Estás seguro con eso? Porque te recuerdo que ella botó a la basura tu último regalo, sin consideración —dice mi amigo mientras suspira y se recuesta en el cómodo sillón verde ubicado en la terraza de mi sala, con vista al jardín.

También suspiro mientras intento llevar un cigarrillo a mi boca; en estos últimos meses Mia me convenció de dejarlo porque le parecía asqueroso que lo hiciera, pero la ocasión parece que lo amerita. Apenas y logro dar una calada cuando siento que me ahogo y el sabor amargo ya no me reconforta como antes. Tal vez toda la terapia con Mia funcionó.

Apago el cigarro no sin antes ofrecerle a Adam. Él lo rechaza y continúa viendo al horizonte, sus pies subidos sobre una mesita de caoba que mi hermana Pam compró en uno de sus tantos viajes para “reencontrarse” a sí misma.

—Y tienes que eliminar esa barba —continúa diciendo mi amigo, sus brazos están ahora cruzados sobre la parte posterior de su cabeza.

—¿Por qué la tengo que eliminar? —pregunto con verdadera curiosidad—. ¿Crees que no le guste a Rita?

Adam niega con la cabeza.

—No es eso… Es que creo que tendrá otro nuevo lugar de donde agarrarte y patearte además de tu trasero peludo.

Resoplo ignorando su risa. Rita entenderá las circunstancias de por qué la abandoné.

Me dolió haberlo hecho de la forma en que lo hice, pero cuando ella escuche mi historia completa lo va a entender. Sé que lo hará.

A quién engaño, lo más probable es que se lance como luchadora de sumo contra mí y me saque el aire de una patada. Al menos yo lo haría.

Desvío la vista del jardín y miro a los ojos de Adam.

—No me importa lo que haga con esto, pero entrégaselo por favor.

Le paso un sobre de color negro con letras impresas en plateado.

—Hombre, ella de seguro lo va a botar a la basura cuando sepa que esto viene de ti —dice él.

—Entonces no le digas que es mío.

—Uff —Adam toma el sobre—. Cuando vea lo que contiene se va a poner furiosa.

—No me importa que le dé un ataque de ira. Ella tiene que ir —digo esta última parte casi gritada.

—De acuerdo. Es curioso, pero a ambos les salta una vena de la frente en el mismo exacto lugar siempre que me gritan.

Ruedo los ojos.

—Prométeme que vas a hacer todo lo posible para que Rita asista a ese evento —le digo.

Adam se encoge de hombros.

—Haré lo que pueda —responde él—. Va a tener que ir engaña entonces.

Asiento con la cabeza, sentándome en el sillón al lado del suyo. Mis pies también se recargan contra la misma mesa mientras doy un largo resoplido de cansancio.

—Me siento muy mal por ella. Me porté como un imbécil —comento, negando con la cabeza.

—Todos tenemos nuestros momentos de idiotas, como yo, por ejemplo.

—¿Qué hiciste ahora? —pregunto elevando una ceja.

—Pues… —Adam se queda en silencio, repentinamente se pone de pie y comienza a tirar de la faja de su pantalón.

—Oye —elevo ambas manos al aire—. Detente ahí, no quiero ver tu trasero asqueroso.

Pero Adam me ignora y baja unos centímetros de su pantalón, dándome la espalda. Es allí cuando noto un horrible tatuaje decorado con flores apenas visibles, ubicado justo en la base de su espalda baja.

—¿Eso es un nombre? —pregunto, sin podérmelo creer—. ¿Te tatuaste el nombre de tu novia en la espalda?

Mi amigo se ajusta de nuevo su pantalón y se da vuelta, con cara de arrepentimiento.

—Sí. Estaba demasiado borracho y me sentía enamorado.

—¿Cuándo lo hiciste?

Estoy evitando reírme a toda costa.

—Hace más o menos un mes atrás. Siento odio hacia mí mismo ahora.

Entonces me río en voz alta.

—Yo también te odio en estos momentos. ¿De verdad te tatuaste el nombre de Marie? ¿No se supone que es la regla principal, eso de no tatuarse el nombre de nadie en tu cuerpo?

Adam vuelve a sentarse a mi lado, luciendo avergonzado.

—¡Yo sé! Pero te juro que ni siquiera recuerdo el momento en que lo estaban tatuando. Me encontraba demasiado ebrio como para recordarlo, solo sé que al día siguiente desperté desnudo y con el nombre de Marie en un lugar poco agraciado.

—Mira el lado bueno —le digo.

—¿Cuál lado bueno?

—Al menos no te tatuaste su cara.

Me rio más fuerte y tiro mi cabeza hacia atrás, riendo histéricamente.

Noto de reojo la mirada furiosa de Adam.

—Si Anna se llega a enterar…

Detengo mi risa.

—¿Anna? ¿Todavía vas tras ella? Tienes novia, te lo recuerdo.

Él asiente con la cabeza, con resignación.

—No me lo recuerdes. Ella se está poniendo intensa; empiezo a creer que tomé una gran mala decisión al estar con Marie.

Me encojo de hombros.

—Los dos somos los peores tomando decisiones, lo puedo asegurar. Al menos la chica te es fiel y no te engaña…

Adam desvía la mirada, de nuevo, avergonzado.

—¿Qué? —pregunto—. ¿Dije algo malo?

—Descubrí hace poco, creo que el mismo día que me hice el tatuaje, que ella ya tiene novio… y otros amantes con los que comparte la cama.

—¿Qué? Adam, eso es asqueroso. ¿Por qué sigues con ella? ¿No tienes dignidad, o temor por alguna enfermedad sexual?

Mi amigo eleva una de sus cejas, mirándome como si fuera tonto.

—¿Me estás preguntando eso en serio? ¿No eres tú el que aceptó de nuevo a Mia aun sabiendo que te fue infiel? ¿Dónde quedó tu dignidad cuando escapaste con ella?

—Eso es distinto. Y no escapé con ella —me defiendo—. Lo tuyo es ignorancia.

—Ella te dijo que no la dejaras, ¿cierto? —me pregunta él—. Eso fue lo que me contaste, luego dejas a tu novia por tu ex y, ¿yo soy el ignorante? Tenías algo bueno, yo ni siquiera eso tengo, ¿y lo abandonas?

—No fue mi intensión… me gusta Rita, de verdad. Pero Mia me necesitaba más.

Adam niega con la cabeza.

—Mejor ahórrate las explicaciones para cuando mires a Rita, claro, si es que te deja respirar antes de que comiences a decir una palabra. Yo que tú, mejor me compro una de esas rodilleras para la entrepierna, la vas a necesitar.

Asiento, estando de acuerdo con él. Rita me va a partir la cara cuando me vea. Lo sé, y aun sabiendo eso la extraño mucho.

No hay nadie que bromee como ella o que me ponga de tan buen humor con tan solo una palabra. Mia carece de todo eso. Ahora lo entiendo y me recriminé por eso estos últimos meses, aunque valieron la pena porque finalmente, y aunque fue difícil, entendí cómo superarlo, como avanzar. Ahora soy libre de estar con quien realmente quiero estar.

Con un último suspiro, me acomodo en el sillón y pienso en estos últimos tres meses. Mia me necesitaba mucho; ella estaba débil, sin confianza y con un caos en la cabeza.

Rita por su lado es segura, fuerte y nada parece derribarla. Es como una fortaleza con dragón y calabozos incluidos. Era clara la ecuación de a quién acudiría en un momento tan delicado… ¿o no?

Cierro los ojos por unos segundos y pienso en lo siguiente que debo hacer.

—No te vayas a asustar —escucho que dice Adam después de unos minutos de silencio—. Pero estaba pensando en terminar con Marie.

—¿Eso debe asustarme? —respondo aun sin abrir los ojos—. El asustado debes ser tú, me imagino que dejas a Marie para salir con su prima. Prepárate para el infierno que vas a desatar.

—Eso no es del todo falso, pero no, no es por eso que te dije que no te asustaras. Resulta que veo el auto de Mia y se acaba de estacionar justo enfrente.

Abro los ojos y veo directo hacia el vehículo que se acerca lentamente.

Se dibuja una sonrisa enorme en mi cara al verla.

—Esa es ella —digo con la sonrisa aun bien puesta.

—Vaya —suspira Adam, viendo en mi dirección—. Cualquiera diría que estás demasiado alegre por verla.

Desestimo lo que dice con un simple gesto de mano y corro hacia abajo, para ser quien la reciba.

Ni siquiera espero a que baje de su auto cuando ya estoy a mitad de camino para verla.

Cuando ella sale del vehículo y me ve de pie, sonríe con cariño y rueda sus ojos.

—¿Viniste a comprobar si estoy bien? —pregunta con voz clara y mucho más alegre de lo que nunca la he escuchado—, porque si es así te informo que estoy de maravilla.

Ella me extiende sus brazos para que corra a abrazarla, y así lo hago. La abrazo con fuerza, la abrazo por todo lo que ha tenido que pasar y por todo lo que ha logrado dejar atrás.

Cuando me separo noto una figura en su vehículo, viendo en nuestra dirección, sonriéndonos a ambos.

—¿No me digas que trajiste a…?

—Sí —dice Mia—. Está conmigo. Aunque tenemos planeada una tarde entretenida en una repostería cercana, así que voy directo al grano: ¿ya le diste a Rita la invitación?

Mi rostro enrojece por un instante pero luego se relaja.

—Ella no quiere hablarme —le respondo—, no soy su persona favorita en estos momentos. Tuve que dársela a Adam para que él se la entregue a ella.

Mia rueda los ojos, quitando algunos de los mechones rubios que caen en su rostro.

—Ya querrá hablar contigo pronto —dice, sus manos compulsivamente van directo hacia mi cara, tocando mi recién adquirida barba—. El sábado es el gran día, tienes que bañarte y usar algo decente.

Asiento de mala gana, sin querer realmente darle la razón.

—Esta será la primera vez que la mire después de tres meses de no estar junto a ella.

—Oye —intenta animarme Mia—. Tranquilo que lo vas a hacer bien. Yo iré también personalmente para hablar con Rita. Ella necesita una disculpa por todo el caos que causé.

La sonrisa de Mia titubea por unos instantes, pero luego regresa con fuerza.

—Te veré hasta el sábado entonces —dice despidiéndose con la mano.

—Claro que sí, allí te esperaré.

Mia retrocede un poco y sonríe una última vez; se le ve más feliz ahora, más completa. Definitivamente Rita entenderá todo.

—Hey, espera —la detengo—. ¿Viniste hasta aquí solo para preguntarme eso? Pudiste habérmelo dicho por teléfono.

—No era solo para eso —admite mordiéndose el labio inferior—, también quería preguntarte si pensaste sobre lo de Berlín.

Recuerdo cuando me ofreció irme a Berlín con ella, fue algo de último momento y juró sentirse mejor en cuanto a su depresión y estado de ánimo. Ella no me necesita más, eso lo entiendo ahora.

—Ya lo pensé bien. Mi respuesta sigue siendo la misma: no, por ahora.

Noto un poco de desilusión en sus ojos, pero desaparece rápido.

—Está bien. Ahora sí, debo seguir mi camino.

—Y yo debo seguir el mío —comento. Mia se despide con un saludo de mano, y luego la veo subir a su vehículo sin mirar atrás.

Me despido también del chico sentado a su lado, esperando por ella: Diego, quien la rescató cuando ella intentaba suicidarse. Él y Mia lograron congeniar bastante bien para sorpresa de todos y, al parecer, intentan formar algo.

Ambos tuvieron mucho contacto en estos últimos tres meses ya que él estuvo muy pendiente de ella, y eso me hizo recapacitar en cuanto a mis prioridades. Sí, Mia me necesitaba en ese entonces, pero ya no lo hace y ya nunca lo hará.

Solo espero que Rita decida ir este sábado porque muero de ganas por verla y decirle lo tonto que me siento sin ella.

—Adiós Mia, adiós de una vez —le digo, aunque ella no me pueda escuchar.

Es hora, de una buena vez, de seguir adelante.





******





Ese mismo día no puedo esperar por una respuesta de parte de Adam, así que le continúo escribiendo con insistencia:



«¿Ya hablaste con Rita?»

«¿Le diste la invitación? Es importante que esté»




Recibo a los pocos minutos después un mensaje de su parte:



«Relájate. Ya le di la invitación, no le dije que era de tu parte»



«¿Y?»



«¿Y, y?»



Suspiro mientras escribo pacientemente.



«¿Qué te dijo?»



Espero por su respuesta, pero no llega de inmediato.

Toma cinco minutos de mi vida para recibir algo de Adam:



«Dice que tal vez vaya… a ella casi no le gusta ver bandas en vivo»



«Pregúntale qué le gusta entonces»



Aproximadamente diez minutos después recibo respuesta de su parte:



«Me pregunta que si intento enamorarla o qué. Me dijo, de una forma muy ruda y directa, que no soy su tipo. Usó, y cito, “Un tiburón como yo no puede salir con otro tiburón como tú” Ah, y luego amenazó a mis bolas por mirar ocho segundos de más a su amiga en traje de marinera»



«Tiene que estar allí, la quiero ver cara a cara»



«Esto suena a encuentro de titanes… aunque bueno, el único golpeado vas a ser tú. Desde ahora: mis condolencias a tus pelotas»



Dejo mi teléfono de lado y pienso en cómo empezar de nuevo con ella. ¿Cómo puedo hacerlo cuando fui yo quien cerró lo que teníamos? Debe de haber una manera, no todo está perdido.





******





—¿Le dijiste que viniera? —le pregunto a Adam como por millonésima vez esa tarde del sábado. Me siento ansioso y esta será la primera vez en tres meses que veré a Rita a la cara; es hora de dar algunas explicaciones.

Ya es el gran día, y no la veo por ninguna parte.

Este día toca mi banda Ósmosis en un bar local llamado Hipotermia (sí, un nombre poco usual para un bar), y la invitación que le hice llegar a Rita era para que escuchara a la banda; dudo mucho que recuerde que le conté sobre ella hace mucho tiempo ya.

Siento que Adam, a mi lado, rueda los ojos.

—Sí —responde él—. Ya te lo dije, ella dijo que vendría.

—No está aquí.

—Paciencia entonces —dice mi amigo—. Además, ya sabes lo mucho que demora una chica en prepararse para una cita.

—Nadie le dijo que esta es una cita.

Fulmino a Adam con la mirada.

Mientras tanto, Elena, la hermana menor del vocalista del grupo, se pasea en su corta minifalda entre Adam y yo. Sujeta una esponja rosada y con ella nos frota la frente esporádicamente.

—¿Quién es Rita? —pregunta Elena, aplicando lo que sea que contenga la esponja—. ¿La conozco?

—Rita era la novia de Key —le responde Adam.

—Pensé que su ex novia se llamaba Mia —dice ella—. No recuerdo a ninguna Rita.

—La viste en el campamento que hizo mi familia hace unos meses —le digo.

Ella se limita a darme una simple mirada en blanco.

—No tengo idea —responde finalmente.

—Es pelo corto —comienzo a describirla—, sarcástica, fanática de Patch (un personaje de su libro favorito y por eso le digo Patchie), alérgica a los mosquitos o cualquier insecto medianamente inofensivo…

—Mmmm —Elena pone rostro pensativo, pero de nuevo parece en blanco—. Realmente no tengo idea. Cambiando de tema, Adam, ¿repetimos lo de aquella noche?

Elena eleva sus cejas de manera sugestiva.

Doy por terminada nuestra conversación sobre Rita.

—¿Cuál noche? —le pregunta él—. ¿La del año pasado? No quisiera revivir la experiencia, gracias. Además, se supone que Marie es tu “amiga”, ¿o me equivoco?

—Sí, ¿y eso qué tiene que ver? —escucho que responde ella.

—Pues que ella es mi novia, por ahora… o eso creo.

Eso parece alegrar a Elena porque cuadra los hombros, interesada en el asunto.

—¿Por ahora? —repite ella—. Esas son buenas noticias, significa que estarás soltero dentro de poco.

Adam asiente con la cabeza, mirando hacia la gente que parece multiplicarse dentro del bar. Hoy estamos a casa llena, y aun así no veo a Rita por ningún lado.

—Ya está aquí —dice Adam, viendo hacia una dirección en específico. Me señala el lugar que me dirige hacia una de las mesas ubicadas al fondo del local.

En efecto, es la mismísima Rita Fiorella Day quien parece acomodarse en una de las mesas.

Su cabello sigue por los hombros, su mirada es reservada y parece observar en todas direcciones; su mirada se detiene en el escenario improvisado del bar, en donde ya están ubicados los instrumentos que usaremos esta noche.

Sonrío al verla. Se ve hermosa, tal y como la recuerdo. Está usando unos jeans ajustados y una camisa un poco escotada de color negro.

—¿Hablo con ella ahora o después? —pregunto a mi amigo en busca de consejo—. Aunque si intento hablar después de la presentación de Ósmosis, ella va huir. Mejor voy ahora.

Empiezo a moverme en su dirección, pero ni siquiera puedo dar un paso lejos cuando siento una mano pesada en el hombro, deteniéndome.

—Es mejor que no vayas ahora —dice Adam, viendo directamente hacia la mesa de Rita—. No creo que esté sola.

—¿De qué hablas? —frunzo el ceño, desde mi posición apenas y puedo verla, pero sé que está sola.

Elena, quien se aburrió de nuestra conversación, se despide de nosotros con un gesto de mano y una promesa para ver a Adam más tarde.

Ninguno de los dos le presta atención.

—Que no está sola —repite mi amigo—. Mira para allá…

Entonces lo veo, hay un chico a su lado, con su… con su mano puesta en su cintura.

Parece como si él le estuviera hablando de algo, en el oído, y ella se ríe de lo que dijo. El chico es de cabello rubio y desde aquí no distingo bien el color de sus ojos, pero puedo apostar que son claros.

Un sentimiento un tanto desconocido me cruza por el cuerpo, ¿celos?

Veo cómo Rita se inclina cerca de él y deja que él le bese el cuello.

—Vaya —dice Adam a mi lado—. Tu vena definitivamente se va salir de tu frente… merece un buen nombre. Algo fuerte, algo como Sansón.

—Este no es momento para bromear —lo regaño, mi mirada todavía puesta en la pareja de Rita—. ¡Me dijiste que Rita no estaba saliendo con nadie! Me diste mala información todo este tiempo.

—Oye, no me eches la culpa. La vigilé todo lo que pude, todo eso sin verme acosador. Además, no es mi culpa que ella sea discreta con su nuevo amante. Mira como le devora el cuello.

Siento que mi temperatura corporal aumenta de ira solo con verlos.

Indignado, es así como me siento.

¿Rita está con alguien más? ¿Qué…?

—Respira hondo —dice Adam, burlándose de mí—. Ya va a pasar.

—Tengo que ir ahí, ahora —gruño.

Adam me toma del brazo antes de que haga una locura.

—Espera, Sansón, espera. Creo que Rita está a punto de levantarse.

Y así lo hace, Rita se levanta de su asiento y veo que agarra en dirección a los baños de mujeres.

Me suelto del agarre de Adam y voy en busca del chico que puso sus labios en el cuello de Patchie, ¡y ella se dejó!

—¡No hagas un show! —grita Adam, pero le saco el dedo medio y corro hacia la mesa en donde el rubio se encuentra solo.

Llego hacia su lado en un parpadeo y, como sea que pueda, me hago el intimidante.

Y sí, el chico es de ojos claros. Más específicamente de ojos azul bebé.

¡No parece real sino un estúpido maniquí!

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta el chico, confundido al verme de pie, de brazos cruzados.

—¿Qué eres de la chica de cabello marrón que estuvo sentada aquí? —pregunto, yendo directo al grano.

El chico rubio eleva una de sus cejas y me mira con diversión.

—Ella es mi chica —dice, señalando la dirección por donde se fue Rita—. Nuestra relación es simple, básicamente nos acostamos sin compromisos, y omitimos los sentimientos de la ecuación, ¿por qué? ¿Te interesa? Ella es abierta a todo, con tal y no te vayas a enamorar.

¿Rita en verdad estaba haciendo esto?

—¡Claro que me interesa! —grito, enojado. Me interesa, pero de una forma distinta de como a él parece interesarle.

—Bien —responde el chico rubio—, pero tendrás que hacer fila porque ella y yo llevamos follando unos meses, Esa mujer es fuego en la cama, cuando se aburra de mí pasará al otro.

No iba a soportarlo más.

¿Hablaba así de Rita, tomándose tanta libertad en contar sus intimidades? Además, ¿Por qué Rita estaría haciendo algo como esto? Parecía algo no tan típico de ella. Esta no era mi Rita, era una extraña.

—¿Key? —escucho una voz a mis espaldas, probablemente Rita—. ¿Qué haces aquí?

Me giro para confrontarla, y sí, es ella, fulminándome con la mirada.

Es tan alta como la recuerdo, igual de hermosa y enojada como siempre. Pero a la vez sé que no es ella. ¿Quién es esta extraña que me mira ahora como si fuera a partirme la cara en dos?

—¿Qué haces con él? —le reclamo, señalándole el chico rubio.

Los ojos marrones de Rita se dirigen por unos segundos sobre el chico en cuestión, y sonríe al verlo.

—No tengo por qué darte explicaciones de mi vida —murmura ella—. Debí imaginarme que era por esto la insistencia de Adam para que viniera.

Estoy furioso. Realmente molesto.

Sí, esto me gano por lo de estos tres últimos meses, pero ¿de verdad hace esto?

—Rita… —pronuncio, pero nada sale de mi boca. Intento de nuevo, pero me encuentro sin habla.

Esta no es Rita, lo puedo decir por las miradas amargas que lanza en mi dirección.

Ninguno de los dos habla, nuestra única conversación es con nuestros ojos.

Pronto siento una mano pasearse por mi cintura, abrazándome por la espalda.

—¡Key, me costó encontrarte, te dije que vendría y aquí estoy! —Mia se desliza por debajo de mi brazo hasta quedar frente a nosotros. Sus ojos se encuentran con los de una sorprendida Rita—. ¡Rita vino también! Este momento parece perfecto para hablar a profundidad.

Niego rápidamente con la cabeza, haciéndole ver a Mia que se equivoca por completo.

—No lo creo —añado—. Mia, te presento a la pareja de Rita…

Lo señalo y es allí cuando Mia decide desprenderse de mi costado, luciendo más sorprendida todavía.

—¿Pareja? —pregunta ella.

Rita tiene el descaro de sonreír de oreja a oreja mientras se coloca a la par del chico rubio.

—Sí —responde ella—, él es mi pareja, su nombre es Aldo y ahora será mejor que nos vayamos. No tenemos nada que hacer aquí…

—Rita Fiorella Day —la interrumpo—, habla conmigo.

Mis palabras parecieron hacer su determinación más fuerte.

—No quisiste hablar conmigo en todo este tiempo —me responde ella, realmente furiosa—. No intentes ahora formar parte de mi vida cuando hace mucho que perdiste ese privilegio.

Intento seguirla y hablar con ella, pero Rita simplemente toma de la mano al rubio llamado Aldo y lo hace avanzar detrás de ella, con la cabeza en alto.

—Wow, eso fue… —Mia habla, pero queda en silencio al ver mi cara—. No es algo que me esperara.

Ni yo tampoco, para nada. Los veo salir juntos del bar, y ni siquiera pude aclarar nada de los que pasó entre Mia y yo en estos meses cuando ella se rehabilitaba.

Además, ¿Rita tiene a alguien más?

—Eso fue algo épico —escucho a Adam murmurar mientras viene a mi lado con una cerveza en la mano—. Fue una pelea entre vena de la frente y vena de la frente. Fue un: Lola, conoce a Sansón…

—No estoy de humor —comento, amargado.

¿Qué creía? ¿Que me iba a esperar eternamente? Pues esta es la prueba de que no.

—En serio, amigo —dice Adam—. No sabía que salía con alguien. Nunca la vi cerca de otro chico nunca. Pero mira el lado bueno…

—¿Cuál lado bueno? —pregunto.

—No hay lado bueno —se encoge de hombros—. Ya te jodiste, ella encontró a otro. Es inteligente, de hecho.

Esto no puede quedarse así. No lo hará.
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12 junio 2017

PFQMG (VOL. 2) Cap. 1 - Porque ya no soy quien crees que soy


Ella
3 meses después




No es fácil levantarse por las mañanas, mucho menos cuando duermes en el sofá de la sala mientras que una completa extraña invade tu cama; y por extraña me refiero a la mujer que dice ser mi madre y quien poco a poco se fue metiendo en nuestra casa como si fuera una plaga maligna que es difícil de eliminar de raíz.

Mis ojos se sienten pesados mientras recuerdo que esta es mi vida; no la pedí, no se la desearía a nadie… pero es la única que tengo y no puedo echarme a llorar cada vez que las cosas no salen como yo lo deseo o lo planeo. Aunque sería hipócrita decir que nunca he llorado por esas mismas cosas banales y sin importancia, porque sí lo he hecho muchas veces en el último par de meses. Demasiadas. Pero ya no. Ya nunca más.

Me hice una promesa a mí misma y pienso cumplirla, y esa promesa incluye evitar a toda costa confiar demasiado en la gente.

El ser humano puede llegar a convertirse en alguien tóxico y dañino, y mi dieta es a prueba de imbéciles que quieran acercarse demasiado.

Hice un muro, nadie entra. Y día a día refuerzo un nuevo segmento de esa fortaleza para que nunca se debilite.

Es mejor así… para evitar el daño.

Respiro hondo mientras parpadeo rápidamente e intento levantarme con cuidado, mi espalda lleva sufriendo tres meses difíciles de dormir en el mismo sofá, de nuevo, gracias a la susodicha mujer que dice ser mi madre quien ahora ocupa mi habitación porque, su más humilde esclavo (en otras palabras, mi padre), así lo permitió.

He tratado de ser paciente durante estos últimos meses, pero cada vez que la veo pasearse por la casa como si fuera la dueña y señora del lugar, mis intestinos se revuelven y algo hace corto circuito dentro de mí. Papá ha tratado de frenar mi boca justo cuando cree que la usaré para decirle un poco de la verdad a la dichosa mujer, pero este día estoy insoportable y amargada, este día nadie me calla si llegan a provocarme.

Sigo respirando hondo para ahogar el fuego que quiere salir de mí y, con mucho cuidado, me pongo en pie, lista para otro día en donde tengo que pretender que todo va bien.

Avanzo a la cocina en busca de mi siempre preciado café y busco una taza que aún no haya sido utilizada por mi madre… tal vez lo que sea que tenga pueda ser contagioso, hay que prevenir.

Cuando termino mi café voy en busca de mi ropa, directo para irme de una buena vez al trabajo. Nadie nunca pudo haberme predicho que yo querría huir hacia ese espantoso lugar; pero las cosas cambian, y mi casa ya no se siente más como un hogar en donde da gusto estar. Así que huyo, huyo como lo hacen mis hermanos cuando van al colegio para alejarse de la casa del terror en la que ahora vivimos.

Huyo para esconderme de la que hoy es mi vida, para que tal vez así no me encuentre y decida jugar conmigo de nuevo; huyo para evitar recordar que no soy una princesa y este no es mi cuento de hadas donde todo sale bien por arte de mágia. Huyo porque no sé qué otra cosa puedo hacer.

Así que aquí me encuentro: teniendo un momento filosófico conmigo misma mientras siento calambres en mi pierna izquierda y mi espalda parece colapsar poco a poco ya que es el único sonido que se escucha en todo el lugar cuando doy un paso. La casa se encuentra silenciosa y no escucho el usual sonido de Bob Esponja en la televisión o las quejas del abuelo cuando no pago sus canales prepagados de lucha libre femenina.

Las mañanas de los sábados no suelen ser tan aburridas, al menos no lo eran hace unos meses atrás cuando solo éramos el abuelo, Rowen, Russell, papá y yo. Mis chicos que, inevitablemente, siempre andaban corriendo en ropa interior por toda la casa mientras holgazaneaban y miraban partidos de futbol por la televisión.

Ahora tenemos una nueva adición a la familia, una que no pedimos y que no necesitamos en estos momentos pero que de igual forma nos vimos forzados a aceptar y quien prohibió cualquier conducta que involucrara quitarse la ropa. No necesito decir que el abuelo fue el más afectado de todos ante esta nueva regla.

Es curioso ver cómo el dejar entrar a una nueva persona en tu vida puede cambiar de gran manera todo; puede causar mucha destrucción y mucho vacío, puede provocar giros radicales e inesperados que a la larga nos advierten una sola cosa: nunca dejar entrar a nadie.

Y es así como nos sentimos a diario cada vez que vemos a papá correr detrás de cada palabra y de cada orden de “Su Majestad”, mi madre. Mi madre, quien tiene actualmente ocho meses y medio de embarazo y quien no ha dejado de criticar cada cosa que hacemos y que no hacemos bien.

Mi madre, quien consigue un nuevo hombre y, por ende, consigue un nuevo hijo para después dejarlo tirado en brazos de un padre que no debería ser el responsable por ese bebé. Mi madre, esa mujer que me tuvo hace diecinueve años atrás y en quien no confío ni para decirle los buenos días desde que se marchó de la casa para ir detrás de un hombre que no la quería.

Esa madre, que justo ahora se encuentra recién levantada y que avanza hacia el sillón de la sala, recostada en el sitio en donde me encontraba hace solo unos minutos atrás. Claramente papá viene detrás de ella, preparado con un plato de las sobras del almuerzo del día anterior mientras le enciende el televisor para ponerle uno de esos programas de chismes baratos. El plato de comida pronto se encuentra apoyado en su enorme barriga que hace mucho tiempo atrás dejó de caber en esas camisetas juveniles que le encanta usar.

—Rita —dice mi supuesta madre sin en realidad ver mi rostro, perdida en la pantalla—. ¿Podrías pasarme el refresco que dejé sobre la mesa?

Me cruzo de brazos mientras ignoro su pedido y comienzo a prepararme para huir hacia el trabajo, arreglando el decadente uniforme que me toca usar. Con tal de pasar lejos de esta casa incluso he pedido horas extra en el horrible restaurante de comida rápida en el que estoy dejando mi vida. Irónicamente me he ganado el puesto de empleada del mes por dos meses seguidos mientras sigo mi nueva filosofía de “me importa una mierda la vida y las personas”.

Mientras me preparo para salir, noto el patético esfuerzo de papá por frotar los pies de la mujer que me dio a luz, masajeando como lacayo cuando ella se lo pide.

Ruedo mis ojos mientras la impotencia me gana lentamente la batalla.

Papá me fulmina con la mirada, haciéndome un gesto para traer el refresco de la mesa del comedor, tal como pidió Su Majestad hace un momento.

No sé qué será, si la amargura que me ha consumido día a día o si ya alcancé mi límite; lo que sea que es, mi ira sale a borbotones como si fuera un volcán en plena erupción:

—Tiene dos piernas —contesto, furiosa pero diplomática, mis ojos puestos en papá—. Ella misma puede levantar su gordo trasero y caminar unos pasos para traer lo que quiera. Además, a estas alturas ya debería haberse largado a los brazos de un nuevo hombre…¡ups! Cuánto lo siento —llevo una mano hacia mi boca, con fingida lástima—. Está embarazada, no atrae a los hombres casados de esa forma. Ya no.

Mi papá, quien para nuestra desgraciada sigue desempleado, me observa como si yo hubiera perdido la razón, como si fuera yo la patética bestia que trata de frotar aceite en los pies de mamá y no él.

Al menos mis palabras atraen la atención de la mujer de pelo rojo sangre que se hace llamar mi madre; sus ojos marrones me observan con sorpresa, como si no pudiera digerir lo que acabo de decir.

—Rita —amenaza papá—, retráctate de tus palabras. Pídele perdón a tu madre.

Sonrío con malicia, como la perra amargada que me siento por dentro.

—Nunca —respondo de forma definitiva—. No sé qué clase de hombre eres para dejar que esta mujer pisotee tu dignidad. No te quiere y nunca te ha querido, y cuando consiga una mejor oferta, se va a largar y te va a dejar un nuevo problema en camino.

Señalo su estómago abultado. Será una niña, o al menos eso dice ella porque apenas y realiza sus visitas al ginecólogo como deben ser. Piensa nombrarla Rochelle.

—Rita…

A papá le salta una vena, se muestra irritado mientras me observa como si deseara que me quedara muda de repente. Pero el volcán Rita apenas y comienza a despertar, han sido tres meses en los que logré contenerme de decirle cosas ofensivas a la mujer que me dio a luz debido a su estado lamentable, así que no es una sorpresa que sienta la necesidad de explotar justo ahora, cuando veo el trato que ha recibido por parte de papá, o el hecho de que invadiera mi habitación porque “siente” que mi cama está más equilibrada de lo que el sofá lo estaría, o el hecho de que no se sabe los nombres de sus hijos y siempre los confunde con Rusty y Robin. Todo eso me ha ido preparando para entrar en erupción y atacar con todo el arsenal que almaceno dentro.

—No me pienso quedar callada —hablo con voz determinante, esta vez viendo a mi madre a los ojos—. Ya no más, y no ante una persona que no es deseada o bienvenida en este lugar. Por si no sabías, la única perra que vive en esta casa soy yo; lo que significa que tienes que buscar otro lugar donde vivir porque ya no estamos aceptando mascotas.

La mujer, cuyos rasgos son demasiado similares a los míos, me observa con la boca abierta, como si no pudiera creer que aquella niña que dejó abandonada hace años atrás se rebele contra ella ahora. Ni yo misma puedo creer mis propias palabras, palabras que salieron con rencor y amargura desde el fondo de mi ser, pero que de igual forma no lamento en pronunciar.

Papá deja de frotar los pies por un momento, poniéndose de pie y tratando de abrir y cerrar la boca como pez fuera del agua.

—Rita Fiorella Day —dice él, enojado—. ¡Estás hablando de tu madre! Ten más respeto.

—Tuve respeto los últimos tres meses —comento mientras comienzo a tomar mi bolso para prepararme y salir—. Pero me cansé de que ella no mostrara el mismo respeto con nosotros.

Pronto me apresuro para salir por la puerta, con la cabeza en alto mientras mi ira se calienta y hierve dentro de mi sangre.

Ya no soy esa Rita ingenua que era antes, la que le decían cosas bonitas y creía que podía tener derecho a enamorarse de alguien, o la Rita que perdonaba las fallas y ofensas de las personas que la herían constantemente; esta soy yo, la nueva y mejorada versión que no piensa dejarse pisotear por nadie, y mucho menos de personas tóxicas como mi madre.

Salgo de mi casa hecha una furia; estoy segura de que puedo quemar a cualquiera que se cruce en mi camino, y eso es lo que pienso hacer si las personas me siguen provocando.

Sí, claro, es mi madre y se supone que le debo algo de respeto. Pero simplemente no se lo puedo dar a una persona que apenas y se me hace familiar y a quien le divierte causarnos problemas. Y como dije antes: ya no soy esa Rita que tapaba y trataba de entender sus errores. Esa Rita murió cuando traicionaron su confianza.

Que descanse en paz la persona que solía ser, y larga vida a la nueva chica en quien me estoy convirtiendo.





*******





Me siento invencible mientras comienzo mi turno en el restaurante; las cosas siempre siguen siendo las mismas: Anna, mi mejor amiga y compañera, se encuentra a mi lado mientras soporta las miradas lascivas de los clientes, más las miradas lascivas del amigo de… Alto, no menciono su nombre ni siquiera en mi cabeza. Es el innombrable, el traidor. El amigo del traidor, Adam, coquetea demasiado con Anna. Siempre que puedo la aconsejo con ser la más dura de la relación, o con que no involucre sus sentimientos y que aprenda a poner una barrera, pero las chicas como Anna simplemente necesitan aprender la lección experimentando el problema; así que es mejor que ella lo viva en carne propia para después darse cuenta del error que comete.

La entiendo, Adam se esmera en prestarle atención a ella y en buscarla con la vista cada vez que entra al restaurante, aunque lo que no entiendo es porqué sigue saliendo con el demonio de cabello naranja llamado Marie.

Anna no ha podido decirle nada sobre su prima y el hecho de que ella lo engaña, pero yo soy más ligera de lengua y pienso decírselo a penas y me provoque.

Y hablando del provocador, él acaba de entrar al restaurante y se dirige justo a donde me encuentro.

—Hola, Rita —saluda mientras sus ojos buscan a mi amiga, pero ella está en su descanso, en el área exclusiva para empleados.

—Si preguntas por Anna —me adelanto a decir—. Te informo que ella estará en diez minutos por aquí, está en su descanso.

—No iba a preguntar por ella…

Ruedo los ojos mientras suspiro de forma agotadora. Los enamorados actúan siempre como idiotas.

¿Yo habré sido igual?

Era patética. No quiero regresar a ese estado nunca.

—Si preguntas por cómo lo estoy llevando… —me ahogo, mi boca no quiere pronunciar las palabras—. Estoy mejorando, espero que a… —su nombre me hierve en la sangre, pero puedo superarlo, puedo superar esto—espero que a Key le vaya bien.

Fue difícil pronunciar esas palabras. Siento el ácido quemando en mi garganta.

Veo a Adam desviar la mirada, sus ojos verdes mostrando compasión.

—Él sigue con Mia. Me escribió esta mañana, preguntando por ti…

Levanto una mano para detenerlo. No quiero saber nada de ese individuo.

—No es necesario que continúes.

—Escucha… —Adam queda en silencio cuando ve mi mirada matadora—. Lo siento Rita. Él me pregunta por ti, quiere saber cómo estás.

Suspiro mientras me muevo de lugar y comienzo a reorganizar las servilletas que guardamos en el mostrador.

—Ya dije que no quiero saber de él.

—Escucha… sé que no quieres…

—No, no quiero. Detente ya. Lo que él haga o no con su vida no es mi problema.

—Pero…

—No —grito un poco demasiado fuerte—. No me importa lo que le pase. Ya no.

—Bien —dice Adam, con resolución—. Pero tienes que saber que él viene de regreso, solo. Sin Mia.

Mi cuerpo se queda quieto por un momento, sus palabras quiebran algo que estaba enterrado en mi interior.

Hace unos meses, cuando Adam supo la noticia de que Mia intentó suicidarse y que Key había decidido quedarse a su lado, él vino a mí como mensajero personal del traidor innombrable. Me confesó que Mia pidió salir de la ciudad por un tiempo, junto al traidor, y él aceptó irse con ella. Ese “por un tiempo” al parecer se convirtieron en tres meses.

En ese momento mi cuerpo encuentra su movilidad y decide regresar a la vida.

—Te dije que no quería saber nada de él —vuelvo a repetir—. Qué bien que esté de regreso…

—Pam y Eileen también preguntan mucho por ti.

Eso me dolió más, que el traidor las haya hecho ignorarme. Unos días después de que Key y yo termináramos, Pam intentó ponerse en contacto; obviamente la ignoré. No quería saber nada de ella, ni de su familia. Incluso le oculté a mi mejor amiga todo sobre Key, por el simple hecho de que no quería contarle a nadie mi vergonzosa historia, y si algún día llegaba a decirla, sería totalmente distinta a la que sucedió en realidad. Nadie tenía por qué saberlo, nadie tendría que enterarse de que caí como idiota detrás de un chico. Por esa misma razón hasta cambié mi número de teléfono. Eso acabó con la amistad entre las hermanas del traidor y yo.

—No quiero escuchar nada que tenga que ver con él —me obligo a decir—. Ya pasaron tres meses… si quisiera saber de él ya lo hubiera averiguado por mi cuenta. Ahora, ¿vas a ordenar algo?

Adam vuelve a suspirar, desviando la vista.

—No seas tan injusta con él.

—Eres su amigo, está claro que lo vas a defender —lo acuso—. Pero te juro que si me sigues hablando de él…

—No, tranquila. Dejaré de insistir… aunque ten por seguro que se van a estar encontrando. Probablemente quiera hablar contigo…

Mi nivel de histeria se va al máximo.

—¡Que se atreva a dar la cara! —le grito. Algunos de los pocos clientes que ya se encuentran comiendo nos miran con los ojos abiertos. Bajo el tono de mi voz—. Terminó conmigo por teléfono, dile que si se atreve a acercarse lo voy a patear con toda mi fuerza en las partes donde no le pega el sol.

—Wow, mujer. Eso es fuerte… Relájate, la vena de tu frente parece que quiere cobrar vida.

—A mí no se me marcan las venas en la frente —lo amenazo.

—Sí, lo hacen. Tienes una muy grande justo en el medio, siento como si deberíamos nombrarla incluso. Da miedo.

—Bien, si insistes en molestar déjame decirte que si me sigues provocando no te va a gustar lo que tengo que decirte de tu perfecta relación con Marie.

Adam lleva un dedo a su barbilla, haciendo un puchero demasiado infantil.

—Creo que la nombraremos Lola, ¿te gusta? —pregunta él viendo directo a mi frente.

Mi ceja se eleva mientras el impulso por gritarle se vuelve fuerte.

—No entiendo por qué le atraes a Anna… —murmuro.

Eso parece llamar su atención.

—¿Le atraigo a Anna?

—Sí, le atraes. Aunque no entiendo cómo si tienes ese ridículo enamoramiento por su prima, quien, dicho sea de paso, es una zorra de uñas largas.

—¿Marie? —pregunta él, descartando cualquier cosa con un simple gesto de su mano—. Ella es pan comido…

—Imagino que eso hace a mi amiga “Pan por comer”, ¿verdad? Eres un cerdo, tú y Marie se pertenecen. Mientras tú te entregas a ella, ella se acuesta con el primero que sea medianamente atractivo y quiera rascar la comezón de su entrepierna.

—¿Lo dices por su novio? Já, ya lo sabía. Anna tuvo la decencia de contármelo hace mucho tiempo atrás.

—¿Sabías que Marie tiene novio y se acuesta con otros hombres mientras sale contigo? Eso solo lo comprueba todo, eres como los demás hombres. Definitivamente tú y el traidor de tu amigo son iguales.

Adam comienza a negar con la cabeza.

—No seas injusta con él. Incluso me dio esto para hacértelo llegar.

Noto cómo él comienza a sacarse algo del bolsillo trasero de su pantalón, pero mi ira y amargura llegaron a su nivel crítico. Así que cuando Adam coloca lo que es un pequeño paquete cubierto de papel color lila, no hago otra cosa más que tomarlo y lanzarlo al bote de basura más cercano.

—Vaya —murmura Adam—. Qué fría eres. Ni siquiera lo abriste.

—No necesito hacerlo. Ahora, ¿pedirás algo o solo vienes a molestar?

Adam se rinde, elevando ambas manos en el aire.

—Está bien, me iré mejor. Esperaré a Anna sentado por allá —me señala el lugar y comienza a avanzar hacia él.

¿De verdad el innombrable se atrevió a enviarme algo? Tiene valor para hacerlo, pero eso no le va a servir de nada.

Justo cuando pienso llamar de nuevo a Adam para darle un mensaje directo para llevárselo a su amigo, es cuando Anna regresa de su descanso y se acerca a mí con una sonrisa.

—¿Sabes por qué Mirna me sigue preguntando si tengo algo con Adam? —dice mi amiga al verme—. No deja de decirme que me espere unas semanas más para besarlo, que está a punto de ganar. ¿Pero ganar qué?

—Tal vez es porque te viene a ver muy seguido —le señalo el lugar en donde se encuentra él sentado—, y mira que ya no disimula. Sabe que Marie no está, pero de igual forma siempre viene a verte.

—No le intereso a él de esa forma, entiéndelo.

Justo en ese momento Adam nota a mi amiga y se levanta a toda prisa, sonriendo como lobo al verla.

Ruedo los ojos, alejándome de los dos lo antes posible: apestan a nuevo romance.

Sé las miradas que Anna da en su dirección, y sé las que Adam le dedica a ella; así que no entiendo qué los detiene de estar juntos.

Parejas y sus problemas, ya no quiero saber de ellos.

—Anna, tomaré mi descanso —le digo mientras camino lejos.

Decido alejarme antes de enloquecer por lo que me acaba de decir Adam sobre el traidor. En mi camino al área de empleados, Mirna me toma de la mano y me detiene justo en medio del pasillo.

—Rita, hija, tienes la cara pálida —dice ella— ¿sucedió algo?

Niego con la cabeza, poniéndola del otro lado de mi muro personal en donde nadie puede entrar.

—Estoy bien Mirna. Tranquila que se me pasará luego.

Mirna asiente con la cabeza, luego sus ojos viajan por todo el restaurante hasta detenerse en Adam platicando todavía con Anna.

—Mira a esos dos —dice ella, soltando mi mano y cruzándose de brazos—. ¿Crees que serán capaces de esperar unas semanas más? Aposté casi todo mi sueldo a que se besarían dentro de quince días.

Observo lo mismo que ella, ambos se gustan y tratan de evitarlo. Todos en el restaurante lo sabemos, hasta hacemos apuestas a sus espaldas para ver quién se aproxima más a la fecha en la que un día explotarán de amor y se confesarán todo.

Obviamente estoy en la apuesta, aunque claro que no voy ganando.

—Tienes que ser más discreta con Anna, ya sospecha que ella y Adam son nuestro tema principal de apuestas —le sugiero a Mirna.

Dulce, quien se encontraba cerca de nosotras mientras cargaba una bolsa de basura, observa la misma escena.

Se acerca a mi lado y se apoya en el hombro de Mirna.

—Hasta ahora yo soy la que está a punto de ganar la apuesta —dice apuntando en dirección a la pareja.

Me encojo de hombros.

—No nos vendría mal algo de dinero —comento—. Pero sería feo si se enteran y no ocurre nada.

Mirna asiente con la cabeza.

—Probablemente terminen juntos —dice ella, como si pudiera ver el futuro—. Anna necesita a alguien como él en su vida.

Ruedo los ojos.

—Una chica no necesita a un hombre para sobrevivir o ser feliz —digo—. Somos muy autosuficientes.

—No vas a opinar lo mismo cuando te toque acostarte con dicho sujeto masculino, vas a entender que sí tienen una función específica en la cama.

Mirna eleva ambas de sus cejas, de manera sugestiva.

—No necesitaba saberlo —digo, arrugando mi cara.

—Oigan —dice Dulce, interrumpiendo las siempre descriptivas imágenes que introduce Mirna en mi cabeza—. Cliff me hizo sacar la basura hace unos minutos… No saben lo que encontré doblado entre papel cursi.

Ella saca la misma cajita envuelta en papel lila que Adam me quería dar hace unos pocos minutos atrás. En esta ocasión, la cajita se encuentra ya abierta y el papel arrugado se hace a un lado.

Dulce saca una delicada cadena plateada, elevándola en el aire para que ambas observemos. La fina cadena sostiene dos dijes con formas que hace mucho significaron tanto para mí, pero ya no.

—¿Eso es un aguacate junto a una equis? —pregunta Mirna, observándolo con atención—. ¡Qué lindo!

Niego con la cabeza, mis ojos hipnotizados ante el pequeño dije.

—No es un aguacate —murmuro de mala gana—. Es una pera.

Y todavía no entiendo por qué Key quería que “la pera” fuera nuestro símbolo. ¿Por qué una pera de todas formas?

Supongo que me quedaré por siempre con la duda.

—¿Una pera y una equis? —pregunta Dulce, sonando escéptica—. No lo entiendo. Igual pensé que se le había caído a alguna de ustedes. Incluso estaba envuelta en un papel llamativo.

—No es de nadie —digo con rapidez—. Deberías dejarla en la basura.

—Ah, pero si está hermosa… aunque no se sabe si es o no un aguacate —dice Mirna—. ¡Yo la quiero! Si nadie la quiere, yo la tomo.

Entonces Mirna se la arrebata a Dulce y la empieza a sujetar contra su cuello.

—¿Me ayudas a ponérmela Rita? —pregunta ella, tendiéndome la cadena.

Mis ojos están fijos en esos dos estúpidos dijes que removieron algo que creía extinto desde hace mucho tiempo. Entonces parpadeo y aterrizo de nuevo a la realidad.

—Claro, te ayudo.

Y recuerdo una y otra vez las acciones del dueño de esa cadena.

Él me dejó. Me abandonó y nunca debo creer de nuevo en sus palabras. Sé que vendrá pronto, pero esta vez no será tan fácil como él creía. Ya no soy la misma chica que él conocía, y definitivamente encontré la manera perfecta de superarlo.



Vaya sorpresa que se va a llevar cuando lo sepa.
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28 mayo 2017

PROMETO FINGIR QUE ME GUSTAS - VOL. 2




A él lo dejaron… Aunque esta vez él fue quien abandonó.

A ella nunca la amaron… y se prometió que nadie la lastimaría jamás.

Y cuando ambos, por casualidades del destino, se encuentran: todo puede salir mal.

Ahora fingirán no conocerse porque ya no son esa pareja perfecta que suele ir al cine y que comparte cenas románticas o que declaran su amor públicamente; porque no lo son.

Son dos personas que se abandonaron en el momento equivocado, en el lugar equivocado y en situaciones pésimas.

Puede que finjan ignorarse, pero tarde o temprano sus sentimientos cambiarán… ¿o no?



****Proximamente...
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30 abril 2017

PFQMG - Cap 22 - Final- ¿Porqué tuvimos un final?

Rita


—No puedo creer que nunca hayas visto esta película —digo mientras mastico de mi balde de palomitas de maíz, provocando que algunas se vayan al escote de mi camisa.
Key mastica de su propio balde y extiende sus pies hacia el vacío asiento de enfrente.
Tenemos todo el cine para nosotros, somos casi los únicos viendo El Resplandor. Claro, nosotros y otra pareja que no ha dejado de besarse y comerse el rostro desde que se sentaron en sus asientos a cuatro filas por debajo de los nuestros… ¿De verdad hay gente que paga por besarse dentro del cine, sin ver la película? ¡Eso es un sacrilegio!
En fin, esta tarde es “clásicos de terror” y animé a Key a entrar conmigo, incluso prometí tomar su mano cuando sintiera miedo en algunas escenas sangrientas. Ha pasado una semana desde que ambos practicamos ese hábito, así que ahora es más fácil sostener su mano sin romper en sudor o mentalmente empezar a contar ovejas para no sentirme incómoda. Tal vez sea porque me voy acostumbrando a tener a Key en mi vida.
Es lindo tener a alguien que cuide de ti de vez en cuando.
Key, a mi lado, sigue absorto en la película; así que repito mi pregunta inicial:
—No puedo creer que no hayas visto El Resplandor antes.
Esta vez me escucha y me presta atención, sonriendo al ver mi rostro de estupefacción.
—No me atraían mucho las películas de terror —contesta él mientras lleva un puñado de palomitas de maíz a su boca—. Siempre se me dieron más las actividades al aire libre, estar en contacto con la naturaleza y esas cosas; casi no soportaba tener que vivir a base de ver televisión así que me perdí de mucho de eso mientras crecía.
Le lanzo unas cuantas palomitas al rostro y él parpadea, viéndome con confusión.
—¿Vivir a base de ver televisión? —pregunto—, ¿en serio?
—¿Qué?
—Yo no vivía a base de ver televisión. Estos son clásicos que todo el mundo ve alguna vez en la vida; y para que sepas, a mí nunca se me dieron las actividades al aire libre. Las odiaba.
En definitiva, la naturaleza y yo no somos amigas, soy alérgica a casi cada planta que existe en el planeta, y me aterran los animales, en especial si tienen escamas o si se arrastran por el suelo… Solo de pensarlo me entran escalofríos.
—Bueno, yo era anticuado —se defiende Key—. No me gustaba ver televisión, prefería ver crecer a mi planta de frijol en su frasco lleno de algodón.
—¿Tú también hiciste eso?
Veo que asiente con la cabeza al mismo tiempo que lleva sus labios a su refresco de soda.
—No hay niño en esta tierra que no haya hecho crecer una planta de frijol en su respectivo frasco mientras estaba en la escuela. Yo lo hice cientos de veces —admite una vez que termina de sorber de la bebida—. Era el mejor de la clase. Siempre me gustó todo lo que tuviera que ver con la tierra.
—Yo soy lo opuesto. Mi planta se marchitó cuatro veces antes que lograra brotar algo, y luego cuando brotó, se murió.
Escucho la risa de Key, pero pronto se disipa cuando se distrae viendo la escena en donde Wendy golpea a Jack con el bate de beisbol.
—¿Por qué no simplemente lo noqueó con el bate? Sabe que él está loco ya —murmura Key en dirección a la pantalla—. ¡Vamos, mujer, golpea fuerte!
—Key —lo regaño—. La pantalla no te va a escuchar; en cambio, la pareja que se come la cara, sí.
—Esos dos están en su propio hábitat —responde él—. Apuesto a que, si les lanzamos palomitas, ni siquiera se van a dar cuenta.
—Claro que se van a dar cuenta. No pueden simplemente ignorar que no están solos.
—Rita, solo les falta quitarse la ropa y hacerlo en público. Y tal vez la única razón por la cual no lo hayan hecho ya es por falta de preservativos.
Suspiro en voz alta.
—Debes decirle a tu tía regala-condones que visite los cines y lugares oscuros, son como imames para gente como ella.
—Lo tendré en cuenta —murmura distraídamente—. ¿Qué te parece si les lanzamos algunas palomitas y ponemos en práctica nuestras teorías?
Me muerdo el labio mientras analizo lo gracioso que será cuando Key las lance y el chico, que parece que va a succionar la nariz y boca de la chica, quiera golpearlo.
—Bien —termino aceptando—, pero si se desconcentran, tú pierdes.
—¿Qué, exactamente, pierdo? —pregunta él.
—Veremos maratones de películas de terror, todo el día, si pierdes.
—Trato hecho. Ahora, si tú pierdes…
Se queda pensativo, llevándose a la boca uno de sus dedos para lamer la mantequilla mientras sus ojos se pierden en la película por unos breves instantes.
—Si yo pierdo, ¿qué? —insisto mientras él está hipnotizado viendo la escena.
Le toco el hombro y eso llama su atención.
—Oh —murmura, parpadeando varias veces—. Si tú pierdes entonces la próxima vez que vengamos al cine nos besaremos como esa pareja lo hace: sin detenerse a respirar aire y haciendo sentir incómodo al resto del mundo. Comenzaremos a besarnos desde el momento en que nos veamos.
Ruedo los ojos.
—Qué mala apuesta. Además, pides demasiado.
Se encoge de hombros.
—Es mi precio, Patchie.
—Quiero agregar más a lo mío —añado—. Si pierdes, no solo verás películas de terror conmigo, sino también besarás a todos lo que ese día te llamen por tu nombre. Me encargaré de que lo hagas. Beso en la boca, nada de esa mierda barata en la mejilla.
Él se limita a elevar una de sus cejas, el desafío escrito en toda su cara. Entonces extiende una mano para que la estreche con la mía.
—Trato hecho, nada de mierda barata —dice—. Aunque no debería dejar que agregues más a tu lista.
Nos damos la mano y luego comenzamos con la ardua labor de lanzar palomitas de maíz en dirección a la pareja que, sorprendentemente, aún se sigue besando.
Key se encarga de lanzar unas de prueba, y luego comienza a experimentar con los lanzamientos reales. Yo también me uno, pero están demasiado lejos como para ser alcanzados.
—No funciona —me quejo en voz baja, tratando de contener la risa—, ¿y si nos acercamos?
—No, no, no —dice él, negando también con su dedo índice—. Nada de trampas.
—No es hacer trampas.
—Si vamos más cerca, vas a hacer que yo pierda la apuesta.
—Bien, aunque aquí el único tramposo eres tú.
Suspiro mientras procedo a atacar con un puñado de palomitas.
Para nuestra sorpresa, esta vez sí caen directo a sus caras. Entonces la pareja se despega de la boca del otro, y lo primero que hacen es alzar las miradas, justo en nuestra dirección.
—¡Al suelo, al suelo! —grito en un murmullo. Empiezo a descender en mi asiento hasta que la mitad de mi cuerpo está tocando el suelo, apoyándose de las puntas de mis pies mientras la otra mitad está todavía en la silla, sujetándome con los codos.
Key, a mi lado, hace lo mismo que yo.
—Creo que nos vieron —dice, masticando palomitas de maíz de manera incontrolable.
—¿Crees que siguen mirando en nuestra dirección? —pregunto yo a cambio.
Key eleva la cabeza, e inmediatamente la vuelve a bajar, su mano buscando más palomitas de forma incontrolable.
—Sí —responde él, sudor bajando por su frente—. Yo digo que esperemos unos minutos antes de levantarnos, tal vez cuando vuelvan a besarse y se olviden de este pequeño incidente.
Con cierta dificultad elevo también mi cabeza, y para mi consternación, el chico besador se está levantando de su asiento, dirigiéndose directamente hacia nosotros.
—No te vayas a alterar —murmuro—, pero el chico viene hacia aquí.
Key maldice en voz baja, tomándome de la mano.
—¿Y si gateamos hasta el otro lado de la sala? —pregunta finalmente.
Niego con la cabeza.
—Presiento que vendrá por nosotros.
—Oh, tengo una idea —dice Key, sonriendo con ganas.
—Pues ponla en práctica rápido.
Después de decir esas últimas palabras, él me toma de los hombros y me tira a sus brazos, haciendo que ambos perdamos el equilibrio y caigamos al suelo.
—Ahora tienes que besarme —murmura, sin aliento.
Mis ojos se abren enormemente cuando veo su mano trasladarse a mi nuca, y repentinamente nos estamos besando. Mis labios chocan contra los suyos mientras me encuentro totalmente desprevenida, su mano impidiendo que me mueva de lugar.
Justo cuando estoy a punto de darle un rodillazo en las bolas… alguien detrás de nosotros se aclara la garganta. Y es ahí cuando nos separamos.
Inmediatamente me siento en una posición más erguida, dando espacio para que Key haga lo mismo mientras se abotona la camisa que, aparentemente, se había desabrochado en su repentino arrebato.
Ambos miramos al tipo parado frente a nosotros: cuerpo bastante atlético, alto, de cabello oscuro y con la camiseta tan pegada que parece casi tatuada a la piel.
—¿Podemos ayudarte en algo? —pregunta Key.
Apuesto a que mis labios lucen rojos debido al beso, aunque no creo que lo vaya a notar en una sala tan oscura.
—¿Fueron ustedes los responsables de lanzarnos esas palomitas? —pregunta el chico, lleva en su mano una bebida de tamaño gigante.
—Oh, lo siento, hombre —se excusa Key—. A mi novia y a mí se nos fue un poco la mano. Ella es tan intensa que de seguro botó algunas en tu dirección.
El chico parece conformarse con esa respuesta y pronto lo vemos mover los pies, como queriendo regresar a su asiento.
—De acuerdo —dice él antes de bajar—. Aunque opino que deberían conseguirse una habitación; al cine no se viene para hacer esa clase de cosas, se viene para ver la película.
Mi enojo toma el control cuando escucho sus palabras. Es como si me transformara en Hulk casi al instante y no pudiera hacer nada para evitarlo.
¿De verdad nos está diciendo eso, aun cuando era él quien parecía que iba a succionarle la cara a esa chica?
—Mira —lo señalo con mi dedo índice—, chico “toma-esteroides” eras tú el que no dejaba de meterle la lengua a tu novia como si fuera el fin del mundo y temieras morir virgen…
—Rita —Key me detiene, siento la tensión salir de su lado mientras aprieta mi hombro—. Basta ya, deja al hombre en paz.
—No he terminado —continúo con mi ataque—. No vengas a decir que consigamos una habitación porque, hace apenas unos minutos atrás, tú y tu chica se veían listos para ocupar una.
No puedo ver bien la expresión del “toma-esteroides”, pero sé que se encuentra molesto. Así que decido agregarle más sal a la herida:
—Si no fuera por la intervención de nuestras palomitas de maíz, ustedes dos estuvieran fornicando justo allí en el asiento, así que disculpa por interrumpirte.
Key está más tenso que nunca.
—Rita… esto no es buena idea —murmura en mi oído, se encuentra realmente asustado.
—Relájate, vaquero —respondo en tono desafiante—. Si este tipo quiere atacar, sé muy bien dar un buen apretón de bolas para dejarlo noqueado por un par de minutos. Yo cuido tu espalda.
—Se supone que yo haga eso —responde Key—. Soy el novio, por cierto.
Dice esto último en dirección al “toma-esteroides” que suspira con cansancio.
—Como soy un caballero —habla él—. Los dejaré en paz, pero que esta sea la última vez que nos molestan en medio de una película tan buena.
Ruedo mis ojos, porque, ¿en serio?
—¡No estaban viendo nada! —grito con desesperación, necesitando defender mi punto—. A menos que hayan desarrollado superpoderes para ver aun cuando sus ojos no están abiertos.
Tal vez sea buena idea ponerme de pie para mostrar mi altura y dejarle en claro que no me voy a intimidar, pero antes de que pueda hacer nada, mi mano encuentra una goma de mascar pegada en el suelo.
—¡Qué mierda! —grito, exhausta.
—No —responde chico “toma-esteroides” —. Esto sí que lo es.
Entonces, usando la mano que no sostiene su bebida, agarra del cuello a Key. Justo cuando creo que va a golpearlo o de alguna forma lastimarlo, muy tardíamente me fijo que su bebida va en mi dirección.
Muy pronto siento el impacto de lo helado del refresco, mojando mi cabello y mi ropa en el acto. Luego el “toma-esteroides” lanza a Key de nuevo al suelo, pero para mi sorpresa, Key se pone rápidamente de pie y veo su puño ser lanzado en dirección a la cara del chico. El golpe suena en la vacía sala y veo con horror la escena frente a mis ojos.
—Rita, corre —murmura Key.
No lo pienso dos veces y me pongo de pie, corriendo al final de la fila de asientos para ir a dar a la salida. Key me sigue, corriendo a igual velocidad que yo.
Chico “toma-esteroides” nos sigue también y ahora nosotros parecemos sacados de una de las escenas de la película de terror.
—Corre, corre, corre —grito con fuerza.
Salimos de la sala, directo a las brillantes luces del pasillo. En algún punto Key toma de mi mano y ahora corremos juntos.
Pronto logramos abandonar del pasillo y encontramos la salida del cine. A estas alturas el chico “toma-esteroides” no nos sigue ni nos siguió más allá de la sala. Key y yo finalmente nos detenemos a tomar aire. Luego de unos minutos nos estamos riendo con fuerza mientras caminamos hacia el estacionamiento en busca de su auto.
—Creo que nunca deberíamos provocar a nadie más en el cine —murmura él mientras se limpia el sudor de la frente.
—Estoy de acuerdo con eso —digo, riendo como posesa al recordar su expresión cuando pensó que el chico lo iba a golpear y terminó empapándome a mí de refresco.
—No puedo creer que me metiera en una pelea más por ti, Rita.
—Así es esto, supongo. ¿Crees que somos novios convencionales?
Key lo piensa por unos segundos y luego niega con la cabeza.
—Lo convencional ya pasó de moda. Tenemos nuestra propia normalidad, creo.
—Bien.
Y con eso tomo de su mano nuevamente, caminando cuidosamente hacia su vehículo, riendo porque acabo de ganar la apuesta y eso hace más reconfortante el caminar empapada en soda.
—Por cierto —murmuro, limpiando algo del refresco que cayó en mi cabello—: gané.
—No me lo recuerdes.
—Besarás a todo el que, prácticamente, diga… Además, verás películas de terror conmigo.
—Comencemos por ésta que no pude terminar de ver —dice negando con la cabeza, parece que todavía no puede creer todo lo que pasó.
—Ojalá hubiera tenido mis botas puestas —suspiro—, lo hubiera pateado en las partes blandas con gusto.
—Yo sé que así sería, mi Patchie. Yo sé. Ahora vamos a casa a limpiar todo este desastre.


*****

Key y yo tenemos una semana increíble, a pesar del incidente con el chico en el cine y de cómo pienso cobrarme muy pronto mi premio por ganar la apuesta. Al final de cuentas todo sucede como en un sueño, y sí, sé que sueno jodidamente cursi y lo detesto; y sí, probablemente me salgan unicornios del trasero y vomite mariposas, pero no lo puedo evitar.
Estoy teniendo sentimientos reales por Key, como más que gustar, como realmente reales-reales, de los de verdad, no los confundidos sino los reales… Agg, de acuerdo, me está gustando demasiado y eso me aterra. No me quiero involucrar mucho porque sé que en algún momento puedo terminar con el corazón roto y eso me sería difícil de procesar. Pero también sé que debo arriesgarme y atreverme a darle a Key una oportunidad, se lo merece.
Después de su cumpleaños él ha estado con un ánimo sombrío, así que nuestra salida al cine lo reanimó por completo, a pesar de que casi pudo recibir una paliza y que yo tuve que rehacer todo mi maquillaje, por no mencionar el hecho de que una de mis blusas favoritas se arruinó; pero en general, la pasamos bien juntos.
Luego de eso, nuestros días han sido muy normales, pero para nada aburridos. A veces él viene a mi casa y juega con mis hermanos, o si no sus hermanas me insisten en ir con ellas y mostrarme las fotos vergonzosas de un Keyton de diez años apasionado por libros del viejo oeste.
Todavía sigo suspendida en el trabajo, pero falta unos cuantos días para regresar nuevamente así que paso la mayor parte de mi tiempo con Key, prácticamente parezco su siamesa. Por esa misma razón, es realmente extraño cuando esa mañana nunca se aparece por mi casa o me llama desde muy temprano para despertarme con alguna de esas canciones de rock que tanto le gusta escuchar en su auto.
E incluso, él siempre avisa en caso de que no pueda venir o se ausente por periodos largos. Pero hoy se siente diferente, demasiado.
Me paseo dentro de mi habitación, pensando en si le habrá pasado algo. Al final dejo mi temor de lado y decido llamarlo de una buena vez; tampoco quiero ser como esas novias neuróticas que necesitan saber con desesperación cada movimiento que da su chico, pero no es normal en él no aparecerse. Y es aún más anormal que la llamada caiga directo al buzón de voz. Lo que significa que Key tiene apagado su teléfono.
Key nunca tiene apagado su teléfono.
¿Qué está pasando con él?
¿Le habrá ocurrido algo? ¿Se ahogó? ¿Accidente de tráfico? ¿Se murió la batería de su móvil? ¿Lo asaltaron? ¿Lo violaron? ¿Podría seguir al lado de Key en caso de que lo violaran? ¿Por qué estoy haciendo tantas preguntas?
Sí, me pongo un poco paranoica al respecto. Pero basta, no soy de esa clase de novias, no lo soy.
Necesito repetirlo unas diez veces más hasta que me tranquilizo.
Decido dejar mi teléfono a un lado y esperar por saber de él; tampoco es como si se lo hubiera tragado la tierra.
Para el final del día, y luego de veinte llamadas fallidas después, estoy realmente perdiendo los estribos. No he recibido una sola llamada o mensaje de texto de Key.
No sé nada de él, y no puedo seguir pretendiendo que no me afecta y que no estoy preocupada; así que decido tomar la iniciativa en esta ocasión y le envío un mensaje de texto, en caso de que decida responder:

«¿Estás bien? No me has llamado en todo el día…»

Y luego de cinco minutos vuelvo a hacer lo mismo:

«Responde, responde, responde… ¡Keyton! ¿Key?»

Pasados otros diez minutos mis dedos se ven en la necesidad de enviarle otro mensaje para aclarar el anterior:

«Lo siento, no soy de esa clase de novias posesivas que necesitan saber a cada minuto lo que hace, come o defeca su novio, pero estoy preocupada. ¿Estás bien?»

Esta vez espero solo un minuto para enviarle el siguiente mensaje:

«Lo de defecar era una broma, no lo tomes tan literal»

Otros treinta segundos para enviar el siguiente:

«La palabra “defecar” es muy extraña, ¿lo has pensado? “Defecar”»

Ruedo los ojos mientras me encuentro acostada en mi cama, alejando el teléfono antes de escribirle alguna otra tontería. ¿En serio utilicé “defecar” con él? Estoy mal de la cabeza. Vuelvo a escribirle:

«Por favor, olvida todo acerca de defecar. Soy terrible con las palabras… y olvida todo sobre lo posesiva que sueno al escribirte constantemente. Prometo no volver a molestar»

Con ese último mensaje dejo de lado mi móvil y me concentro en no pensar en Key.
Espero una media hora, alternando la vista entre el teléfono sobre mi almohada y entre la laptop que estoy usando para revisar mis correos electrónicos, y es ahí cuando recuerdo que puedo molestar a Pam o a Eileen, ambas me dieron sus números de teléfono para casos como estos. Adiós a mi promesa de no molestar.
Rápidamente, y casi de forma frenética, voy en busca de mi celular para contactarlas.
A la primera que llamo es a Pam, y ella responde casi al instante.
—¡Pam! —saludo inmediatamente una vez que ella contesta; estoy tratando de no sonar desesperada—. Hola, solo quería…
—Rita —suspira ella, como si se sintiera repentinamente aliviada—. ¡Qué bueno que llamaste!
—¿Sucede algo? —pregunto—. He tratado de llamar a Key en todo el día, pero no responde.
Pam empieza a maldecir en voz baja.
—Pensé que Key estaba contigo. Yo también he intentado llamarlo, pero no contesta. Creí que tú sabrías dónde se encuentra.
—¿Yo? No.
Pam suspira de nuevo, puedo notar la irritación y preocupación en su voz y eso me asusta de gran manera.
—Esta mañana, mientras estábamos desayunando, recibió una llamada —explica ella—. Salió corriendo después de eso, y no hemos sabido nada de él en todo el día.
—Pero, ¿quién lo llamó?
—No lo sé. Estoy preocupada, Rita. Key no es así.
—No creo que sea algo grave, él ya hubiera llamado —miento miserablemente—. Talvez solo quería un respiro de todo.
—Sí, tienes razón —dice Pam, esta vez se escucha más animada—. Puede que solo esté alterándome sin sentido alguno. Aunque es extraño que no haya hablado contigo.
Me encojo de hombros, aunque ella no pueda ver mi gesto.
—Puede que su teléfono se arruinara.
—Sí… o puede ser que esté herido, sangrando en el suelo, con un objeto punzante en la cabeza…
—Eh, ¿Pam? —pregunto, alarmada—. No estás ayudando.
Escucho el suspiro de su parte.
—Lo siento. La única vez que hizo esto anteriormente fue cuando te atropelló y te trajo a casa. Siempre que tiene un secreto, nos evade.
—Oh.
Mi ceño se frunce, pensando en las locas teorías de Pam. ¿Qué secreto puede posiblemente tener Key? ¡Es un libro abierto! Y no es ni siquiera uno de esos que vienen escritos en griego, sino más bien de esos que hasta traen imágenes porque son para niños. Ese es Key.
—¿Crees que esté herido? —pregunto.
—No —responde ella inmediatamente—. Lo hubiera sentido, tenemos algo así como sensación entre gemelos.
—¿Sensación entre gemelos? —resoplo—. Tú y Key no son gemelos, no lo puedes “sentir”
—Bueno, pero podríamos serlo… En fin, probablemente esté bien. Si en algún momento él te llama, dile que se comunique también conmigo.
—Bien, yo le digo. Haz lo mismo en caso de que te llame primero, me lo haces saber.
—¡Claro! Oh, espera —escucho que el sonido de su voz se aleja, entonces regresa conmigo—. ¡Es Key! Me está llamando en la otra línea.
Mis preocupaciones se disuelven cuando escucho esa oración.
—De acuerdo —digo de mala gana—. Colgaré para que ustedes dos hablen; dile que se comunique conmigo en cuanto…
No espero recibir una respuesta de Pam porque pronto ya me está colgando la llamada.
Espero pacientemente unos cuantos minutos para ver si Key me llama a mí también; para mi pesar, no recibo ninguna llamada por la siguiente hora, ni de él o de Pam.
Me dedico a revisar mi teléfono para ver si tal vez haya algo malo con él, o si tengo alguna función bloqueada, pero todo está normal.
¿Entonces por qué no me ha llamado?
Niego con la cabeza, reconociendo que estoy actuando extraña de nuevo. De seguro su plática con Pam se extendió.
Al cabo de dos horas, y a punto de cerrar los ojos por el sueño, todavía sigo esperando su llamada… pero nunca llega.
Me quedo dormida rápido, con la preocupación marcada en mi rostro y el pensamiento de qué puede ir mal con Key.

Al día siguiente repito el proceso del anterior y empiezo a imaginar que talvez Pam nunca habló con Key. Entonces procedo a llamar a Pam, esperando una explicación.
Para mi sorpresa, ella es quien tiene el celular apagado en esta ocasión.
Frunzo el ceño mientras me dedico a llamar esta vez a Key.
No responde. Mi llamada cae al buzón de voz.
Allí es cuando decido enviarle nuevamente un mensaje de texto:

«Hola…»

La preocupación me tiene abrumada. ¿Habrá pasado algo malo? Espero un minuto para seguir enviándole otro texto:

«Key, ¿qué ocurre? ¿Hablaste con Pam anoche? Estoy preocupada, escríbeme»

Espero otro minuto para enviarle el siguiente:

«Si es sobre mis mensajes de ayer, solo ignórame. Olvida todo lo que dije sobre defecar y eso… Sabes que soy terrible tratando de expresarme, pero oye, ya sabías que era rara»

Como veo que no responde, le doy tiempo y me apresuro a hacer desayuno para mis hermanos, aunque a estas alturas seguramente ellos ya se prepararon algo de comer.
Ambos están en la mesa, sus ojos pegados a la televisión que se puede divisar desde la sala hasta el comedor; ambos alzan la vista al verme y Russ hace un sonido de desaprobación.
—¿Hoy no vendrá tu novio? —pregunta de mala gana.
—No estoy segura —digo mientras me encojo de hombros—. Tal vez sí, tal vez no.
—¿Va a venir a jugar con nosotros? —pregunta Rowen, mirándome con esos ojos color miel, masticando su cereal mientras habla con la boca llena—. Porque quiero la revancha por lo del otro día.
—Puedes jugar con Russell —lo animo—, una vez que vengas de la escuela y hayas hecho todas tus tareas.
Rowen frunce el ceño, haciendo un puchero extraño con la boca.
—La escuela es para débiles. No creo en el sistema educativo de este país, es defectuoso —dice él, masticando lentamente.
Ahora la que frunce el ceño soy yo.
—¿Quién te dijo eso? Esas no son palabras que tú usarías.
El niño sonríe, como si tuviera el mejor secreto guardado.
—Me lo dijo el abuelo.
Justo en ese momento, el abuelo entra a la cocina, sirviéndose una taza de café.
Cuando nota que lo observamos, se detiene abruptamente y eleva ambas cejas.
—¿Qué? —pregunta—, ¿ahora qué hice?
—¡Abuelo! —lo regaño—, deja de decirle tus teorías sobre el sistema educativo a Rowen, es solo un niño.
—¡Esas son estupideces! —grita él, a cambio—. Sabes que es defectuoso, Rowen debería educarse en casa, como yo lo hice.
—Por favor —respondo—. No empieces con tus teorías raras.
—Yo puedo educarlo —dice él—. Se convertiría en alguien como su abuelo, en alguien grande.
—Agg… eso sería terrible —añado—, sin ofender.
—No me ofende.
Me desestima con un gesto de su mano mientras continúa tomando café.
—Y… ¿bien? ¿Cuándo viene la comida de primera clase? —pregunta él luego de un rato.
—¿Cuál comida de primera clase?
—Se refiere a tu novio —responde Russell por el abuelo.
Mi rostro se contrae, recordando que no me ha devuelto las llamadas o los mensajes.
—No estamos pegados todo el tiempo —me defiendo—. Él tiene cosas que hacer y yo tengo las mías.
—Lo que significa —explica Russell—, que no sabes dónde está. ¿Cierto?
—¡No es eso! Es solo que él tiene una vida, y yo tengo la mía. Somos una pareja moderna, que confía el uno en el otro.
O eso me engaño a creer.
El abuelo me observa sin decir nada, tomando de su taza y mirando minuciosamente en mi dirección, evaluándome.
—¿Qué pasa entre ustedes dos? —pregunta luego de unos minutos—. ¿Se pelearon?
—No lo sé —respondo con sinceridad—. No me ha llamado desde ayer, pero supongo que es algo normal. Tal vez estoy reaccionando como novia posesiva y celosa. No me prestes atención.
—Dale su espacio —dice el abuelo—, tal vez algo haya ocurrido y a su momento te lo dirá.
—Sí, eso creo.
—Es una lástima —continúa hablando él—, como que ya me había acostumbrado a la buena comida.
—Yo también —dice Russ.
—Igual yo —imita Rowen.
Ruedo los ojos mientras me sirvo un tazón de cereal, sin querer admitir que lo que más extrañaba era la compañía de Key, él y sus ridículas camisas a cuadros que lo hacían lucir sensual.
Por primera vez en la vida, deseo poder tener trabajo que hacer en lugar de quedarme en casa y estresarme pensando en lo que habrá ocurrido; y eso es preocupante porque nunca antes necesité de nadie para sentirme completa. No quiero empezar a necesitarlo ahora.
Sacudo la cabeza mientras alejo esos pensamientos. Soy independiente y capaz de funcionar sin compañía. Puedo con esto.
Al final, en todo ese día, no recibo ninguna llamada de Key o de Pam, incluso me veo en la obligación de llamar a Eileen, prometiéndome que es la última vez que voy a molestarlos. Pero ella también tiene el teléfono apagado. Esta vez no hay nadie que me responda.
Eso es realmente alarmante, pero no llamaría otra vez o iría a buscarlos; no está en mí comportarme de esta forma y no lo voy a hacer. No sé qué ocurre con Key, pero merezco una buena explicación.
Mientras me encuentro divagando sobre lo mucho que me cuesta creer cuánto lo necesito, Russell, a mi lado, me toca el hombro con insistencia para llamar mi atención.
—¿Qué ocurre? —pregunto de mala gana. Sus ojos están fijos en la ventana con vista la calle, su ceño se frunce mientras sigue observando.
—Mira allá —señala con el dedo la dirección.
Sigo con la mirada hacia donde señala, y mi cara toma la misma postura que la de él.
Lo que faltaba.
Justo frente a nuestra casa, y saliendo de un taxi, una flameante mujer de cabello rojo se aproxima en nuestra dirección. Pero eso no es lo más preocupante; lo que más me deja en estado de coma es la enorme barriga de embarazo que carga con ella.
—¿Esa es? —balbucea Russell.
Asiento con la cabeza, con la boca abierta de la impresión y con el malestar cada vez que veo a esa mujer.
—¿Quién es ella? —pregunta Rowen, viendo hacia donde nosotros observamos atentamente.
Trago saliva mientras no puedo creer mi suerte.
Esto debe ser una broma.
—Esa mujer —digo sin disimular mi enojo—, ella es nuestra madre.
Rowen era demasiado pequeño cuando ella lo abandonó, y sus visitas cesaron con el tiempo, así que es normal que el niño no la conozca. Y al parecer está embarazada, así que eso solo significa una cosa: viene a sacar el inexistente dinero de papá y a dejar a su futuro bebé  su cuidado, así como lo ha hecho en el pasado.
Niego con la cabeza, sin poder creerlo.
Ella luce igual a como la recuerdo, solo que esta vez su cabello está teñido con un color rojo fuego y no con el rubio de bote que suele usar.
Pronto la vemos tocar el timbre de la casa, plantando una sonrisa falsa.
Como nadie se atreve a abrir la puerta, papá sale del encierro de su habitación y es el primero en verla.
—¡Mira quién volvió! —es lo primero que dice ella, emocionada.
A papá casi se le salen los ojos al verla; el pobre hombre siempre estuvo enamorado de ella.
—Rita —dice papá, balbuceando al verla—. Esto es toda una sorpresa.
—Y no de la buena —digo, atreviéndome a acercarme en su dirección—. ¿Qué haces aquí?
Mamá, si es que la puedo llamar así, sonríe aún más. Sus siguientes palabras suenan entusiastas y reveladoras:
—Pues obviamente vengo a quedarme —responde—, esta vez de forma permanente.
No, no, no. Esto es una pesadilla.
No puede estar sucediendo.
Pero sí, está pasando de nuevo, y sé que será un caos total tenerla.
Mierda.


Key

Enciendo mi teléfono por quinta vez en el día.
No hay llamadas de Rita. Pero supongo que eso es lo quiero, ¿verdad? Yo fui quién deliberadamente la ignoró por toda la semana, y ella se cansó de enviarme mensajes y de llamarme perdidamente.
Si esto es lo que quiero, ¿entonces por qué me siento como si repentinamente estuviera vacío sin ella?
—¿Key? —La voz a mi lado me sobresalta.
Inmediatamente me pongo alerta y voy en su dirección.
—Aquí estoy —respondo, tomando de su frágil y delicada mano—. Siempre aquí.
Mia está acostada sobre la cama, apenas y puede abrir los ojos del sueño debido a las pastillas que le dan. Cuando me mira, me sonríe como si hubiera visto el sol y a las estrellas del cielo juntas.
—Gracias por estar —murmura con voz suave y ronca—. Perdona que tengas que venir a mi rescate.
Con la mano que tengo libre me rasco la nuca y trato de desviar la vista.
Mia luce frágil y delicada, postrada en una cama y no precisamente por voluntad propia.
—Tienes que explicarme —le pido, mi voz rozando la desesperación—. ¿Qué pasó contigo? ¿Por qué lo hiciste?
Ahora es ella quien desvía la mirada y oprime sus labios.
—Lo siento mucho —empieza—, de verdad lo lamento por todo.
—Deja de pedir disculpas y empieza por darme explicaciones, por favor. No me has dicho nada en estos días, y hoy es el último que puedo esperar.
Veo cómo traga saliva mientras aparenta formar palabras con su boca, su mano abandona la mía y hace el intento por sostenerse en sus codos, pero no tiene la suficiente fuerza como para mantenerse erguida por mucho tiempo.
Mia abre y cierra su boca, sus ojos rápidamente se llenan de lágrimas que decide no soltar.
Mi corazón se contrae, pensando que yo soy uno de los culpables en esto, tal vez el principal.
—Estaba deprimida —comienza a decir, su voz bajando hasta convertirse en un suave murmullo—. No pensé que verte con alguien más iba a dolerme.
Aprieto el puño de mi mano, pensando en lo egoísta que suena en este momento, pero sé que no es algo que deba decirle justo ahora que está tan frágil. Tengo muchas ganas de decirle que a mí me dolió mucho más cuando la encontré engañándome con otro, pero me refreno, sin querer agrandar esta situación.
—¿Entonces estabas deprimida? —pregunto— ¿Por eso intentaste acabar con tu vida? ¿Porque me viste feliz y tratando de seguir con la mía?
Tengo que respirar varias veces para no perder el control y elevar mi voz
—¿Esa es tu razón para hacerlo? —insisto—. ¿Es esa tu motivación principal? ¿Es que acaso soy tan importante como para que tu vida se centre en si me tienes o no?
Ella no me mira a los ojos, y su mano hace mucho tiempo se apartó de la mía y ahora juega con sus dedos.
—No lo entiendes —murmura, finalmente sus ojos se encuentran con los míos—. Me sentía demasiado… vacía, sola. No tienes ni idea de lo culpable que me puse por haberte sido infiel con alguien que no valió la pena en absolutamente nada.
Se aclara la garganta al mismo tiempo que continúa hablando:
—Eres un buen chico, Key, el mejor. Todavía no puedo creer que ya tengas otra novia mientras yo sigo pensando en recuperar lo nuestro. Puede que sea tarde, pero de verdad quería continuar con lo que teníamos. Todo era mejor cuando estábamos juntos, y no tenerte a mi lado a creado un peso enorme en mi interior.
Sus ojos finalmente sueltan las lágrimas retenidas.
—Mia…
—Key, te necesito conmigo —suplica ella, tratando de limpiar su rostro sin tener mucho éxito—. Contigo todo era sencillo y fácil de llevar. No sabes lo mucho que me odio a mí misma por haber roto lo que teníamos. Soy una estúpida por no ver lo que había frente a mí.
Niego con la cabeza, tratando de mantener mi expresión de disgusto.
—No digas eso —murmuro—. Nosotros tuvimos lo nuestro, pero era momento de pasar…
—No, no sigas Key —suplica ella—. Sabía que no me comprenderías. Y por eso decidí seguir los pasos de Emilia. Todo se sentía… mal, equivocado. Tú ya no mostrabas importancia por Emilia y, sé que es realmente tonto, pero me dolió que no la tomaras en cuenta en tu cumpleaños. Realmente no sé por qué sigo aquí cuando pensé que estaría ahora viendo el rostro de mi hermana.
Sus lágrimas se acentúan más y me muerdo el labio para evitar compadecerme más de lo que ya lo hago. Todo lo que Mia pide es comprensión, debería entenderla.
—Estás con vida gracias a un chico que lo impidió —le refresco la memoria—. Si no hubiera sido porque él estaba cerca de donde pretendías suicidarte, lo hubieras logrado. ¿De verdad te ibas a lanzar frente a un auto?
Tal vez estoy siendo duro con ella, pero me siento enojado por lo que intentó hacer.
—El chico está muy preocupado, por cierto —sigo hablando, aprovechando que ella está en silencio—. Ha estado viniendo a verte casi todos los días, aunque sea solo para recibir noticias tuyas.
—Perdón —murmura—. No quería incomodar a nadie, y sí recuerdo al chico. Supongo que debería agradecerle.
Suspiro mientras me paso una mano por la cara.
—Mira —digo con cansancio—. Voy en busca de Rosie para que te cuide mientras yo voy a hablar con el chico que te salvó. El pobre está preocupado.
Eso, además que tengo finalmente que hablar con Rita. He sido un completo imbécil con ella y, porque les pedí a mis hermanas guardar el secreto, ambas desconectaron momentáneamente los servicios en sus teléfonos para evitar decir algo. Quiero ser yo quien le explique y me disculpe.
Estoy a punto de marcharme cuando siento una mano en mi brazo.
—No te vayas —suplica Mia—. Key, no me dejes.
—Solo es por unos minutos, además Rosie está cerca.
Ella sabe que he pasado mis días y mis noches a su lado, no debería dudar ahora.
—Sé que vas a hablar con… —ella traga saliva, como si intentara pronunciar una palabra difícil— con tu novia. Pero no sabes lo mucho que me duele verte con ella. Sé que es extremo pedirte algo como esto, así que, por favor, déjala. Déjala por mí.
Mi boca se abre y se cierra con rapidez.
—Mia yo no…
—Por favor —suplica sin soltar mi mano—. Sé que es mucho pedir, pero te necesito más de lo que te necesita ella en estos momentos. Tampoco te pido que volvamos en plan romántico, solo te suplico por no hacerme daño de esta forma. No con ella, no en este momento.
Mia comienza a llorar gravemente, su llanto volviéndose más fuerte.
—Key —dice, su voz rota—. No me hagas esto… Te necesito conmigo, y sé que sueno completamente egoísta contigo y que no te merezco después de todo lo que te hice, pero te lo suplico…
Su llanto se vuelve ruidoso, atrayendo la atención de Rosie que ahora asoma su cabeza por la puerta.
—Mia, no sigas llorando —digo, elevando mi dedo pulgar para limpiar sus lágrimas.
—¡Por favor! —sigue insistiendo ella—. Sé que estoy pidiendo demasiado, sé que no merezco que siquiera llegues a considerar mi petición, pero no me dejes. No lo hagas porque me lastima en estos momentos.
Suspiro mientras Rosie entra por completo en la habitación.
—¿Está todo bien? —pregunta, su rostro compungido al ver a su hermana acostada en esa cama.
Mia llora un poco más hasta que niega con la cabeza.
—¿Ves? —me pregunta ella—. Por esto quería largarme de este mundo. Parece que cada cosa que digo suena egoísta y te hace miserable. No te estoy pidiendo el mundo entero… te pido únicamente que te quedes a mi lado, por favor.
Veo a Rosie elevar una ceja mientras observa mi reacción.
Finalmente, y con un nudo enorme en la garganta, asiento con la cabeza.
—Me quedaré —digo en voz baja—. Sé que me necesitas contigo, así que me quedaré a tu lado el tiempo que sea necesario, ¿está bien?
Eso hace que Mia baje el nivel de sus lágrimas, y ahora simplemente se escucha un leve sollozo.
—Gra… gracias —respira entrecortadamente mientras más lágrimas salen de sus ojos—. Lo siento, lo siento, lo siento…
—No te disculpes —le aprieto la mano y luego beso su palma—. Pero de verdad necesito que estés con tu hermana por unos minutos, debo hacer algo importante.
Debo enfrentar a Rita, explicarle para que tal vez así entienda.
Pero sé que no lo hará, no lo entenderá. Mia tiene razón en algo: me necesita más de lo que Rita lo hace.
—¿Estarás bien por unos minutos? —pregunto.
Mia finalmente, y de mala gana, asiente con la cabeza.
—Bien —susurro, luego me inclino para besar su frente—. Ya regreso.
Me alejo de ella, dándole una mirada preocupada a Rosie para que la cuide y evite que intente hacerse daño a sí misma de nuevo.
Rosie asiente con la cabeza, como si entendiera el mensaje no hablado entre los dos.
Me marcho de la habitación, preparándome mentalmente para, o seguir ignorando las llamadas de Rita, o hablarle con la verdad; la verdad sobre quedarme junto a Mia.
Sé que ella preferiría la verdad, así que seré honesto, sobre todo. Al menos mis hermanas ya podrán dejar de ignorarla para no hacerla sentir mal. Y sí, me siento como un imbécil en toda categoría.
Cuando salgo a la zona de recepción, noto que el chico que le salvó la vida a Mia sigue sentado en la sala de espera de la clínica, como casi todos los días que ha venido.
El chico es de mi estatura y de mi edad, con cabello marrón y ojos celestes. Se levanta al verme y puedo notar que su mirada luce atormentada.
—Hola, lamento no presentarme antes —hablo, extendiendo mi mano para tomar la suya—. Tengo que darte muchas gracias por haber salvado la vida de Mia.
Él hace un gesto negativo.
—No es un problema —responde—, debe ser una situación complicada para todos.
Asiento con la cabeza, preguntándome por qué sigue esperando solo si ya cumplió con su deber.
—Me imagino que te debes estar preguntado por ella, ¿no es así?
—Sí, me gustaría verla, si se puede. Ella y yo hablamos un poco cuando la rescaté, y quisiera saber más, si no te molesta que robe algo de tiempo con tu novia.
—Claro, no te preocupes. Y ella no es mi novia, así que tranquilo —respondo, entonces llevo una mano a mi frente—. Perdona, no me presenté como era debido. Me llamo Key.
—Gracias por dejarme verla Key, y mi nombre es Diego.
Asiento en reconocimiento mientras le muestro la habitación de Mia.
—Puedes entrar ahora, está con su hermana —digo—. Solo tengo que hacer una llamada y pronto estoy con ustedes.
Diego asiente mientras se apresura a verla.
Es ahora o nunca, el momento en el que debo sincerarme con Rita. Tal vez soy un loco por pensar que ella me puede llegar a esperar mientras veo que Mia se recupere. Una vez que ella esté lista, yo iría de nuevo por Rita, lo haría. Ahora solo falta saber si Rita lo miraría de esa manera.
Cuando estoy lejos de la habitación de Mia, finalmente me decido a marcar el número de Rita.
No espero que conteste de inmediato, pero me sorprende cuando lo hace. Mi angustia aumenta al escucharla, preocupada por mí todo este tiempo y yo, como cobarde, ocultándole lo de Mia.
—¿Key, eres tú? —pregunta Rita, como si no se lo pudiera creer.
—Mmm, sí, soy yo.
Trago saliva mientras pienso en dejar a Rita, aunque sea temporalmente.
Noto que Rita queda en silencio, solo se escucha su respiración.
—¿Estás bien? —pregunta finalmente.
—Sí, lamento haberte preocupado tanto todos estos días.
—¿Entonces por qué lo hiciste? ¿Por qué me ignoraste tanto?
Ahora el que se queda en silencio soy yo.
—Key, por favor habla de una buena vez. Toda tu familia me da tratamiento de silencio y no dejo de preguntarme si hice algo malo o si les caigo tan mal como…
—No —la interrumpo—. No es nada de eso, de verdad. Lo que sucede está muy lejos de eso. Perdóname por haber demorado tanto en decirtelo.
—De acuerdo —responde con confusión—. Dime, tal vez entienda.
—Hace unos días recibí una llamada de Rosie —comienzo a explicar—, ella estaba muy alterada y me contó que Mia intentó suicidarse, intentó lanzarse frente a un auto en una de las autopistas más concurridas.
Escucho un jadeo al otro lado de la línea.
—¿Está bien? —pregunta Rita.
Asiento con la cabeza, como si ella pudiera verme a la cara.
—Sí, un chico la salvó a tiempo. Tuvimos que internarla en una clínica porque amenazó con volverlo a hacer.
—Eso suena… —se queda en silencio y luego vuelve a hablar— eso suena ¿manipulador?
—Entiende, ella está en estado frágil en estos momentos. Se tiene que recuperar completamente.
—¿Y por qué no pudiste decírmelo desde el primer día que sucedió?
Esta es la parte complicada:
—Porque Mia... Mia me pidió permanecer a su lado desde el principio. Ella, incluso hoy volvió a repetirme, quiere me quede hasta que se sienta mejor y logre procesar lo nuestro.
El resoplido de Rita no se hace esperar.
—¡¿Y no te das cuenta de que te está manipulando?! Lo siento si parezco brusca con la pobre chica, pero me parece muy conveniente que esa fuera su petición. Parece como si tuviera todo planeado desde antes.
—¡Rita! —le digo, sin poder creer sus palabras hirientes—. No es así; ninguno conoce al chico que la salvó y él asegura que Mia se iba a lanzar al tráfico. No es algo que se pueda planear con tanta precisión.
—¿Y qué me estás sugiriendo entonces? —pregunta ella.
—El problema es… A Mia la internarán todo este tiempo, y yo acepté quedarme con ella durante el proceso.
Por unos instantes Rita no dice nada, luego vuelve a hablar. Su voz suena histérica.
—No puede ser —dice—. ¿Acaso estás terminando conmigo por teléfono? ¿Es eso?
Su voz suena casi a punto de romperse.
Soy un imbécil, un idiota.
No sé cómo explicarle a Rita, no sé cómo hacerla entender sin que crea que la estoy traicionando. Así que digo lo que será más justo en estos momentos, hasta que la pueda recuperar de nuevo si es que me deja:
—Así es —lo confirmo—. Lo siento mucho, pero es lo mejor que puedo hacer por ti.
—Dijiste que Mia no era tu responsabilidad —ataca ella—, ¿ahora de repente sí lo es? ¿Decir eso me hace egoísta?
—Rita…
—Ayúdame a darle algo de sentido a esto.
—Es temporal, solo pido que me esperes por favor.
Escucho su resoplido mientras noto la agonía en su voz.
—Claro —dice de repente—, debí imaginarlo. Puedo ver que, entre ambas, la prefieres a ella. Perfecto.
—No, Rita. No lo veas de esa forma. Ella me necesita…
—Ya, ya. Entiendo, supongo que yo no lo hago, ¿correcto? No te necesito.
Se queda callada por unos momentos y luego vuelve a hablar.
—Entiendo, Key —dice—. Se terminó, listo.
—No lo veas así, por favor. Tienes que…
—Se terminó —repite una vez más—. Lo entiendo. Es simple como eso.
—Rita…
Ella cuelga el teléfono sin esperar a escuchar más.
No le regreso la llamada.
Ella no vuelve a llamar más.



Rita


Entiendo.
Sí, lo hago. Eso no significa que deje de doler menos.
Duele mucho.
Pero lo entiendo. Fui la culpable por dejarlo entrar a mi vida, y eso no volverá a pasar.
Jamás.
Entiendo, ¿entonces por qué no puedo dejar de llorar? La última vez que lo hice fue por el estúpido de Gabriel, mi ex novio. Y ahora por Key, también un ex. Hay que ver que mis lágrimas solo brotan en momentos tan superficiales.
Me limpio el rostro con la palma de la mano, pero pronto vuelven a caer más.
Pero al final de cuentas lo entiendo; además, no soy la chica que suele quedarse con el chico al final de la historia, ¿por qué creí que podía ser diferente?


Key

¿Terminamos?
Pensarlo hace que se me forme un nudo en la garganta. Decirlo en voz alta va a ser diez veces peor.
No sé por qué me incomoda demasiado. No es como que fuéramos el amor eterno del otro, ¿o sí? ¿Entonces por qué se siente tan mal, tan equivocado, estar sin ella?


Rita

Nunca va a ser diferente para mí. No sé por qué lo pensé por un instante.
De nuevo, lo entiendo.


Key

No lo entiendo.
¿Por qué?


Rita

Así es mejor. No es bueno depender de nadie, o llegar a necesitarlo.
Está bien. Estoy bien.


Key

No está bien, no estoy bien. No puedo simplemente hacerle esto; me siento como la peor clase de ser humano.
Tomo el teléfono y le marco, espero a que conteste.


Rita

Mi teléfono suena. Es Key.
Sonrío por dentro, sabiendo que sus modales, o lo que sea que lo comprometa a actuar como buen ciudadano, no le permite hacerme sentir mal; probablemente sienta la necesidad de reconfortarme.
Así que le hago un favor: no le respondo. Y no creo que le pueda responder nunca más.
¿Por qué? Porque es mejor así. Él mismo lo dijo antes, es mejor para ambos. No vale la pena dedicarle un solo minuto de mi tiempo a algo que no va a llegar a ninguna parte.
Ninguno va a llegar a ninguna parte.
Comprendo, está bien.


Key

No contesta.
Ahora el que lo entiende soy yo; entiendo que la perdí y no creo que la pueda recuperar.

Lo he arruinado todo. ¿Qué hice?






*** Recuerden que habrá un volumen 2***
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