Y para que no desesperen...

16 abril 2014

Les confirmo que mañana ya habrá capítulo de POAW (y espero que también de Rita y Key).
Quería publicarlo hoy, pero a mí me sucede cada cosa...
En fin, les aviso para que no desesperen. Y sí, sé que ya pasó un mes desde que publiqué el último capítulo. Lamento eso!
¡Aprovecharé estas vacaciones para escribir como loca!
Que pasen una linda noche... esperemos que ya en el cap. 12 sepan el sexo del bebé :D

Saludos!


Jalando algunas orejas... estoy muy molesta!!!

08 abril 2014

Hace semanas (creo que meses en realidad) quería hacer esta entrada.
¿Qué fue lo que motivó para finalmente escribirla?
No, no es porque esté enojada en estos momentos (y se podría decir que esto contribuye, pero solo es la punta del iceberg). He estado molesta (cabreada, enojada, furiosa, shrek en acción) por otras cosas... pero esto fue la cereza del postre. Y no, no lo hago porque sea una perra o una egoísta que se cree el ombligo del mundo y que ahora quiera "imponer" reglas.
Se trata del tema de los plagios y adaptaciones.

Aquí hay un listado de todas las personas que están ADAPTANDO Y PUBLICANDO varias de mis novelas. Algunas con mi permiso, y otras... simplemente deberían darles vergüenza ¬¬ 





En lo personal, no me molesta que quieran adaptar cualquiera de las historias que he escrito, es más, me siento totalmente halagada de que quieran hacerlo porque eso demuestra que les gustó. Pero únicamente si dan los respectivos créditos.
No me pasé horas y horas sentada frente a la computadora, horas y horas tratando de corregir todo lo humanamente posible para poder traer capítulos con pocos errores ortográficos, solo para que después algunas tengan el descaro de decir que estas son sus historias.
Sinceramente me duele que no hagan las cosas de manera correcta y traten de comerse los créditos (que ocupan como máximo un par de renglones). Pero se los aviso por si alguna no se ha dado cuenta: LA HISTORIA NO SE ESCRIBIÓ SOLA.
Sé que no es de las mejores que circulan por la web o por el mundo. Sé que no es la gran cosa y que su trama sea para muchos un cliché. Sé que para varios fue aburrida, insoportable de leer, infantil, inmadura, tonta, más similar a una telenovela de Televisa, Teve-azteca, etc, etc, que a un libro. Sé que para otros fue una novela más del montón. Pero con todo y todo, es mía, y aunque, en este inmenso universo de novelas, las mías sean apenas un punto en comparación a otras, todavía sigue siendo el trabajo de alguien que involucró horas, sueños y alma, a cada palabra que escribía.

Personas que NO dan créditos (y casualmente unas cuantas -no todas, eh- creen ser las orgullosas escritoras de estas novelas. Chicas, si ustedes escribieron esta historia, corran porque hay otras veinte que profesan haber hecho lo mismo!!!)




Personas que sí dieron los créditos, pero no los pusieron en la primera página (pero que necesito que los pongan en la primera página, por favor)



Personas que sí agregaron mi nombre... pero solo eso (necesito los créditos completos, más abajo, al final de esta entrada, encontrarán qué es lo que deben poner)



Quienes aclararon que es una novela adaptada... pero solo eso. ¿Y lo demás? Ni siquiera pusieron una de mis iniciales.


Y no solo PEAW o POAW se plajean... también están estas otras:
No dieron créditos



Quienes sí dieron los créditos... o más bien dicho quien sí dio los créditos:


Y como definitivamente se deben dar los créditos (felicidades chicas, están en mi lista de favoritas, se merecen un chocolate!!)


Como ven, son muchos los que simplemente se dedican a copiar y pegar, sin tomar en cuenta que robar un crédito es como quitarle la identidad a alguien. Si no les ha pasado todavía... se siente feo.

Y como la bella escritora Ann Rodd dijo en su entrada (de la que por cierto me siento extremadamente halgada y agradecida) ¿Quieren adaptar, copiar o plagiar?

Así que ahora en adelante, no se permitirán adaptaciones a menos que cumplan los siguientes requisitos:

*En la primera página (no después de la sinopsis, no en el epílogo o en "notas") escribirán los créditos siguientes
-Aclarar que es una adaptación (en caso de serlo)
-Nombre de la autora (osea yo)
-Nombre Original del libro (en caso de que lo cambien)
-Link directo del blog (y si es posible hasta el link directo de mi correo, o twitter, o cualquier medio social en el que esté involucrada en caso de poderse dar esa opción).

Me decepcionó ver que varias hasta cambiaban la sinopsis, la portada, y hasta los títulos que asigné a cada capítulo.
Daré hasta el fin de semana para las que quieran editar sus entradas y aclarar de quién son los créditos antes de dejar comentario por comentario (algo que considero muy vergonzoso si fuera ustedes) en cada historia que no esté respectivamente acreditada. Las que definitivamente no den los créditos: hablaré con alguna de las administradoras para que la publicación sea borrada.
Si este problema no disminuye, me veré en la obligación de dejar de publicar capítulos, o prohibir cualquier creación de PDFs en un futuro.
Lamento tener que hacer esto, pero no me dejan ninguna otra alternativa.

PD: lamento si sus nombres aparecieron en los listados de la vergüenza (como a mí me gusta llamarlos) pero si por accidente las agregué y no tenía motivos para hacerlo, entonces avísenme en un comentario o correo.
Gracias!

:)

¿Cumpleaños de quién?

18 marzo 2014

Bueno, para los que suelen leerme en Twitter saben que hace una semana (o más, ya no me acuerdo) les comenté que hoy, 18 de Marzo, era el cumpleaños de Adam.

¿Cumpleaños de quién?

Cumpleaños del chico idiota encantador



Y para eso, les agradezco que lo hayan puesto en el mapa :3

Encontré esto en Facebook:


Sus respuestas:
(Si hay alguna que no quiera ver su nombre aquí, solo tiene que decirme y la difumino!)






Por Twitter:










Con Imágenes:









Muchas gracias a todas... lamento no hacer más pero estoy que ya me caigo del sueño -_-
Las quiero a todas (y a todos, también hay chicos que me leen), y les agradezco celebrar este día conmigo :)


POAW - Capítulo 11... finalmente!

09 marzo 2014

De acuerdo, sé que me tardé una eternidad en subir capítulo. No siempre puedo ser constante, tengo deberes y otras obligaciones que tengo que cumplir primero :/ Así es la vida.
Agradezco enormemente todos sus comentarios (leo cada uno, créanme), pero a veces me falta tiempo para responderles.
Ahora sí, antes de que se aburran (y aclarando que el capítulo no está muy bien revisado y pueden haber errores) los dejo con:


Capítulo 11
Sufre, Adam, sufre



Algo de cabello negro se enredó en su frente, ocultando de mí su mirada furiosa. Él parecía no creer lo que estaba viendo. Entonces se percató de Shio, y su expresión se tornó aún más violenta; las fosas de su nariz se ensancharon, sus ojos verdes se dilataron y sus mejillas se pusieron de un tono rojo cereza.

—¿Qué hace Anna aquí? ­—gruñó él—. Dije que no quería verla en un sitio como este. ¿Y por qué rayos me encerraron en una bodega?

Su abuela se dio cuenta del estado de su nieto, y rápidamente se paró frente a él, tomándolo de los hombros para calmarlo.

—Tranquilízate, hijo —le respondió—. Sabíamos que te pondrías así si te decíamos que queríamos traer a Anna a un club nocturno. Estás reaccionando de manera exagerada.

—¡¿Exagerada?! ¡¿Dices que estoy reaccionando de manera “Exagerada”?! —gritó él, haciendo que el ambiente se pusiera tenso al instante. 

Gloria, una de las chicas que trabajaba conmigo en el restaurante, quitó la atención del chico que estaba a punto de invitar a bailar, y su mirada se volvió agria mientras fulminaba a Adam.

Mi madre, que se venía tambaleando con dificultad, se detuvo frente a nosotros, con su bebida en la mano y luciendo medianamente borracha.

—¡Adam! —lo regañó ella—. Deja a mi niña disfrutar de su despedida de soltera… ¿Qué crees que va a pasarle estando con nosotras? Pfftt —al final soltó un largo eructo y luego se rio a carcajadas—. ¿Dónde están los chicos colombianos? —chasqueó los dedos e inmediatamente dos apuestos morenos se acercaron hacia ella—. Oh, mis niños —les acarició la cabeza—, quiero que me carguen y luego le den un baile privado a mi pequeña de aquí… Esperen, primero el baile y luego me cargan y me llenan de tequila. ¿O mejor hacen un baile especial para mí…?

¿Dije medianamente? Corrección: ella ya estaba muy borracha.

Me giré de nuevo hacia Adam, todavía no había respondido mi pregunta. ¿Él trabajaba allí? Pero no necesitaba que él me lo dijera para saber que la expresión de su cuerpo lo decía todo.

Cada cosa empezó a encajar en su lugar: el primer baile que me había hecho, la mirada pícara que se le formó aquella vez que me dijo que me mostraría su lugar de trabajo, el dinero que siempre cargaba en sus bolsillos… ¡Eran sus propinas!

De repente me sentí enferma.

Estaba a punto de decirle que me explicara lo que sucedía, pero un escuálido brazo se coló sobre mis hombros: el de mamá.

—¡Toda mujer embarazada necesita un baile en el regazo, hecho por un extraño! —interrumpió ella, ignorando mi enojo que aún se palpaba en el aire—. Anna, siéntate y deja de hablar tanto. Ah, y espera a ver los regalos tan atrevidos que te compramos.

—La tocan, y son hombres muertos —advirtió Adam, sus puños cerrándose con fuerza; entonces su mirada se enfocó en algo detrás de mí—. ¡Alto todo el mundo! —gritó, conmocionado—. ¿Esa de ahí es Nicole, con los ojos vendados?

Me encogí de hombros, asustada por su reacción, deseando desaparecer en el aire. Él lucía maniático… peor que cuando se peleó con Mason mientras se apareció en mi puerta.

Adam era capaz de prenderle fuego al lugar con solo parpadear.

—Yo no sabía que venía con nosotras hasta que… —me callé al ver su mirada fulminándome con potencia; pero entonces alguien me tomó de la cintura, levantándome del suelo y haciéndome gritar instantáneamente.

Adam devolvió su atención hacia la persona que me sujetaba, y su expresión cambió a una mortalmente destructora. Iban a rodar cabezas, lo sabía.

—Suél-ten-la-in-me-dia-ta-men-te ahora. ¡Está embarazada, imbécil! —su gruñido se escuchó por todo el salón a pesar de que la música estaba a un volumen alto.

Su mandíbula se apretaba demasiado, y los músculos de sus brazos comenzaron a flexionarse.

—Oye —habló el chico que me cargaba en brazos—; ya pagaron por las horas de ella, ve a atender las mesas de allá afuera.

Sentía cómo esos mismos brazos fuertes se cerraron sobre mi abultada cintura, y me cargaban en contra de mi voluntad, llevándome lentamente hacia el centro del escenario levemente iluminado.

Miré a Adam, pidiendo ayuda con la mirada, pero mi madre (junto con Mirna y el resto de las chicas), se encargaron de retenerlo en su lugar, formando una barricada que mi chico trataba de romper.

—Muy bien cariño, te vas a divertir mucho —susurró el chico en mi oído mientras me depositaba suavemente en el suelo una vez que alcanzamos el escenario.

—No, no, no. Alto, de verdad no estoy de ánimos para un baile… —protesté—. ¡Espera! ¡El bebé acaba de patear!

—Bueno, está a punto de querer salir a la superficie después de que te mostremos lo que sabemos hacer mejor.

—No…

Las luces se apagaron de repente, y quedó solo una parpadeando en mi dirección.

Me sentaron en una silla, y un atractivo y musculoso rubio, con micrófono en mano, habló, anunciando que el show estaba a punto de comenzar. Todas las chicas que venían conmigo en el autobús se agitaron y gritaron hasta quedar roncas.

—Y aquí tenemos a nuestra hermosa novia —dijo el rubio una vez que la lunática de mi madre dejó de gritar algo sobre un baño de cerveza—. Esta noche es sólo para ella, ¿verdad, damas? Quiero oírlas gritar cuando vean lo que esta novia va a experimentar de primera mano. Pero antes, quiero saber si ella desea ser seducida.

Acercó el micrófono a mi boca, y yo me quedé pasmada sin saber qué hacer.

—Eh…

Miré de nuevo hacia donde Adam se encontraba, pero ahora un enorme sujeto lo tenía agarrado de los hombros: el guardia de seguridad.

Tragué saliva mientras regresé la mirada hacia el rubio. Sin decir nada, él quitó el micrófono de mi cara e hizo un sonido de protesta.

—Al parecer nuestra novia es tímida. Vamos a hacer que entre en calor entonces…

Acto seguido se arrancó los pantalones, enseñando su diminuto calzoncillo decorado con la bandera de Estados Unidos, y comenzó a mover las caderas, de adelante hacia atrás, todo al ritmo de una canción tecno que comenzó de manera sincronizada justo cuando se arrancó la ropa.

Los gritos aumentaron así como habían aumentando al ver a Leo hacer su número en el autobús… pero fue peor, mucho peor. Al menos éste chico sabía cómo moverse; Leo era un aficionado comparado con él.

La luz blanca estaba directamente sobre mi cara, dificultándome el trabajo de ver algo más que no fuera al sudoroso chico que no dejaba de apoyar la mano en el respaldo de mi silla. Mover su entrepierna en mi dirección era lo único que parecía saber hacer; eso, y guiñarme el ojo mientras transpiraba por todos lados. En otra persona seguramente se vería asqueroso el exceso de sudor, pero debía admitir que, en él, quedaba bien… bastante bien.

No podía ver a Adam por ningún lado, pero sabía que estaba furioso, abriéndose paso entre las chicas alborotadas que no dejaban de lanzar billetes hacia los gemelos que rodeaban la habitación y que hacían su acto personal.

—¡Anna! Baja del escenario ahora mismo —escuché que gritaban. Sí, ese era mi chico celoso, retenido por Rita y Dulce.

El guardia de seguridad también lo sostenía de la parte trasera, todavía agarrándolo por los hombros.

Intenté, de verdad intenté, ponerme de pie, pero el rubio tenía una fuerza de hierro en sus muslos. Me empujó suavemente contra el asiento, sonriéndome y dándome la espalda por un momento para acercar su trasero a mi cara y agitarlo.

—En confianza —gritó él por sobre la música—, toca lo que quieras, bombón. Las tímidas son las mejores…

—Ay, Dios… —tragué saliva. ¿Qué hacía yo allí?

El chico acercó demasiado su trasero que, si mis labios se estiraban, lo estaría besando.

No me gustaba que otro me diera bailes privados; yo sólo quería los de Adam, en la intimidad de nuestra habitación, no en frente de mi madre y… ¿dónde estaba Nicole?

Busqué a Shio con la mirada, pero ella estaba distraída gritando como las demás.

Conté exactamente a los gemelos en la habitación, eran un total de doce chicos para aproximadamente veinte de nosotras; y esos mismos doce subieron al escenario y lentamente comenzaron a rodearme. 

Como si estuviera coreografiado, los doce se quitaron los pantalones de un solo tirón con una mano, y la música subió de potencia. Todos usaban únicamente calzoncillos con banderas de otros países; suponía que usaban las de su país de origen. Había una diversidad cultural enorme.

—¡Que bailen los colombianos! —gritó alguien, seguramente mi madre.

Entonces ambos hermanos se acercaron hacía mí, moviéndose expertamente en sus muy diminutos calzoncillos con la bandera de Colombia. Jamás se me ocurrió que a una bandera se le podía dar ese uso… o ni siquiera sabía que se podía hacer. Todavía recordaba las clases de civismo en mi escuela mientras la maestra nos recalcaba una y otra vez que la bandera no podía tocar el suelo, y si lo hacía; la quemaban inmediatamente. No podía imaginar qué harían si supieran que la bandera tocaba… esas… partes.

—¡Anna, que ni se te ocurra mirar más allá de ese pedazo de tela! —rugió una voz furiosa.

La misma voz obtuvo un rostro cuando lo vi a un paso de llegar al escenario.

Adam seguía enojado, y ahora cargaba a Nicole con un brazo mientras que con el otro empujaba a las hormonales mujeres de su camino. El guardia de seguridad estaba justo detrás de él, intentando atraparlo. Pero Adam no pudo llegar más lejos porque inmediatamente las chicas se encargaron de agarrarlo por las pretinas de su pantalón. Lo empujaron lejos, dejando que lo último que viera fueran sus tatuajes en blanco y negro que tomaban posesión de su torso y su brazo.

La marea de gemelos aprovechó para acercase a mí y hacer unos movimientos en los que sentí que me robaban un pedacito de inocencia. Uno de ellos me sujetó del muslo y me hizo rodear su cintura estrecha con mis piernas.

Parpadeé muchas veces intentando desviar la vista, pero estaban por todos lados.

Fue difícil concentrarse cuando el chico que estaba entre mis piernas comenzó a moverse enfáticamente.

Iba a morir aquí. Lo sabía.

Ni siquiera fui capaz de notar los gritos a mi alrededor, principalmente los de Adam que eran más fuerte que los demás.

Finalmente me pusieron de pie, rodeándome y comenzando a agitar de adelante hacia atrás sus pelvis; mi rostro se puso demasiado caliente y no pude cerrar la boca a tiempo cuando uno de los atrevidos chicos se acercó demasiado a mí y me tomó por la nuca, bailando sensualmente al ritmo de la música.

Por un momento llegué a pensar en finalmente soltarme y hacerles caso a las chicas, pero justo en ese instante de vacilación, Adam finalmente llegó hasta mí, apartando a los chicos que me rodeaban como aves de rapiña en busca de su presa.

Le dio un golpe en la nariz a aquel que me había tocado del muslo, y me tomó posesivamente del brazo, haciendo que me pusiera detrás de él.

—Te vienes conmigo —gruñó con ira.

Comenzó a arrastrarme por el escenario, bajando rápidamente las pocas gradas que nos separaban de las demás chicas.

—No puedo creer esto —masculló cuando mi madre se puso frente a nosotros, cruzando sus brazos y apuntando a Adam con un dedo acusador.

—A mi hija no te la llevas de aquí hasta que no hayamos terminado y abra sus regalos al final de la noche. Ya que no puede beber, al menos vamos a emborracharla de strippers.

—Recuerdo que dije muy claramente que no quería que la trajeran a este lugar en específico —respondió él—; además, ¿qué hace la niña en un lugar como este? ¿Cómo las dejaron entrar con ella?

—La escondimos —dijo mamá tajantemente—. No es como si pudiéramos dejarla afuera; ah, y tiene puesta una venda. No sabe nada de lo que estamos haciendo aquí… ¡já!

—Me llevo a Anna, y punto.

—Adam, la jodiste de por vida (no solo hablo del sentido físico). Me refiero a que la arruinaste para cualquier posible pretendiente o chico que se le presente en el futuro. No tienes por qué sentirte celoso cuando ella apenas y se atrevería a mirar a otro chico que no fueras tú. Ahora, salgan, hablen y luego traes a mi hija de regreso.

Mi madre no puso objeción y nos dejó el camino libre después de eso. De hecho, nadie había puesto resistencia.

Adam renovó su agarre y me sacó del salón privado, dirigiéndonos a la zona general que estaba igual de abarrotada que cuando entramos hace unos minutos.

Me ruboricé por millonésima vez mientras veía todo, y apreté el paso cuando Adam nos llevaba a mí, y a una Nicole vendada, fuera del local.

—¡Les dije que aquí no! ¡Mieeerda! —explotó él una vez que estuvimos en la calle. Se jaló una buena porción de cabello negro antes de hacer un sonido exasperado.

Escuché a Nicole jadear cuando oyó a Adam maldecir, y al parecer él también se dio cuenta.

—Lo siento —dijo inmediatamente. Se agachó para quitarle la venda de los ojos a la niña y le frotó la cabeza mientras intentaba forzar una sonrisa.

Nicole parpadeó, mirando a su alrededor y luego mirando entre Adam y yo.

—¿Por qué estás sin camiseta? —le preguntó ella—. ¿Y por qué Anna tiene un velo en la cabeza? ¿Se van a casar?

Adam me fulminó con la mirada, como si yo tuviera la culpa de su estado, y luego se giró hacia la pequeña, ofreciéndole una sonrisa.

—Pues nos vemos así porque venimos de una fiesta de disfraces —mintió.

Bufé inconscientemente.

—¿No querrás decir que es porque trabajas aquí? —lo acusé—. Increíble. No sabía de tu doble vida.

—Anna…

Él se oía furioso todavía mientras decía mi nombre, pero yo tenía más razones para sentirme enojada. Al menos no me podía culpar por lo de esta noche, no sabía qué planeaban las chicas.

—¿Trabajas aquí, Adam? Te empeñas en no responder mi preguntar.

—¿Por qué siquiera estamos discutiendo esto? No quiero comenzar a enumerar los cientos de cosas que me hicieron molestar esta noche. Juro que me va a explotar una vena… ¡Aggg!

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que…?

Pero él gruñó una vez más.

Al ver su reacción, Nicole se apresuró a añadir:

—Nunca van a adivinar lo que aprendí hoy en casa de la abuela Cecile.

Todavía estábamos de pie, en las afueras del local de baile exótico, con un Adam furioso que en cualquier momento se transformaría en ogro de lo enojado que estaba.

—¿Me lo puedes decir después? —le contestó él a la pequeña—. Ahora quiero hablar con Anna; pero primero, ¿tienes hambre? Vamos a comer.

—¡Pero la abuela me dijo por fin de dónde venían los bebés! —gritó ella para que le prestáramos atención.

Esta vez sí la escuchamos, ambos.

—¿Qué te dijo? —preguntó Adam, si es posible se oía más furioso todavía.

—¡Ustedes son unos mentirosos! Los bebés no vienen de besarse durante media hora —hizo un puchero y se cruzó de brazos—. ¡Los bebés vienen cuando, la pareja, pasan la noche entera juntos!

—Mmm, este no es lugar para discutir eso —respondió Adam—, lo hablaremos después, ¿sí?

—No, yo quiero saber ahora. Ella dijo que los niños y las niñas somos diferentes y que esas diferencias en nuestros cuerpos se conectaban para hacer un nuevo bebé. ¿Cómo hicieron tú y Anna con Noah? ¿Durmieron juntos Ya había escuchado algo de eso en internet pero todavía no entiendo algunas cosas. ¿Ustedes qué conectaron? ¿Esas partes que los hacen ser chico y chica?

Me ruboricé. Rojo tomate. Rojo cereza… rojo chillón.

—Y como siempre tu madre: metiendo la pata —gruñó Adam, comenzando de nuevo a halarse el cabello.

—Ella se iba a enterar tarde o temprano —murmuré, enojándome de igual forma—. Sé que no es la mejor manera de saberlo, pero no puedes culpar a mi madre de todo.

—No, cierto. También te culpo a ti.

—¿A mí? —alcé la voz—, ¿de qué me estás culpando? ¿Qué hice?

—¡Te viniste corriendo detrás de ellas! Cualquiera pensaría que querías escapar de mí.

—¿Qué..? ¡Estamos hablando de Nicole, grandísimo idiota!

—Cierto, hablamos de cómo tu madre la está depravando.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan enojado? ¿Porque vinimos a tu lugar de trabajo?

—No.me.provoques.

Los dos explotábamos de ira. Me sentí realmente cabreada de que me echara la culpa por algo que no tenía sentido.

—¡Yo no sabía que estábamos viniendo a un sitio como este! ¡No me culpes! Además, estuve como idiota llamándote y dejándote mensajes todo el día… ¿pero me respondiste uno? ¡NO!

—No tenía mi celular a mano… tus amigas me encerraron con ese tipo con mal acento italiano que…

—¡Claro, y tuve que pasar yo sola por la espantosa noticia de enterarme que esperaba trillizos! ¿Y dónde estabas tú? Probablemente bailándole en las piernas a una gata arrastrada. Exacto, todo tiene sentido para mí ahora: eres muy bueno bailando striptease. Además, cuando intentabas impresionarme comprando a todo el mundo con tu dinero, siempre andabas llenos los bolsillos; imagino que esas eran tus propinas. ¡Este es tu trabajo! ¡Por eso no querías que me trajeran aquí! ¿Pero qué…?

Me detuve cuando observé la reacción de la pequeña: sus cejas se habían elevado, y su boca se abrió bastante.

Miré a Adam que bien podía simular ser una estatua por lo quieto y rígido que se encontraba.

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —pregunté cuando noté que ni un solo músculo de su cuerpo se movía.

Me preocupé. Mi ira iba aplacándose momentáneamente.

Pasaron por lo menos unos tres minutos enteros hasta que él finalmente dio señales de vida… o al menos su boca, que no dejaba de abrirse y cerrarse.

—¿Dije algo malo?

Miré a Nicole, preguntándole silenciosamente con la mirada.

Ella me sonrió enormemente.

—¿Trillizos son tres bebés? —preguntó ella al fin—. ¿Vas a tener tres bebés? ¿Cómo te caben tres en el estómago? ¿Tiene eso algo que ver con las partes de tu cuerpo que se conectan con las del tío Adam? La abuela Cecile me dijo que sus partes nacieron para pertenecerse… aunque no entiendo cómo funciona. ¿Entonces? ¿Cómo haces para tener tres bebés?

Ahí me di cuenta de mi error.

Me llevé ambas manos a la boca y la tapé con mis dedos, negando con la cabeza.

Nicole aprovechó mi estupefacción y me abrazó desde la cintura, rodeándome con sus manos que no llegaban siquiera a tocar mi espalda.

—¡Voy a formar una banda de chicos! Espera, ¿son tres Noahs? ¿Alguna es una niña?

No pude responderle nada a la pequeña; todavía estaba preocupada por Adam: tenía una mirada distante, casi cómica. Pero podía ver el terror dentro de sus ojos; estaba asustado... en pánico.

Negué nuevamente.

—No es eso… Adam, escúchame.

El músculo de su mandíbula se tenso visiblemente. Comenzó a negar con la cabeza.

—No estoy listo para esto —susurró, apenas audible para mis oídos.

Entonces empezó a caminar lejos, dándome la espalda y alejándose de mí.

Ahora la que abría y cerraba la boca era yo.

¿A dónde iba?

¿Me estaba…? ¿Me estaba dejando?

Entonces se detuvo y se dio la vuelta, yendo de regreso hacia donde Nicole y yo seguíamos paradas.

—Adam, lo de los trillizos fue simplemente una…

—Me llevo a Nicole —me cortó, evitando verme a los ojos—. Si quieres, puedes regresar a tu fiesta. Lamento arruinarla para ti.

Tomó a la niña del brazo, arrastrándola lejos de mí. 

Inmediatamente lo seguí.

—Espera —supliqué—, ¿qué estás haciendo?

Él no se tomó la molestia de mirarme a los ojos al responderme:

—Necesito espacio ahora mismo. Entra allí con tus amigas... No puedo ni verte a la cara en estos momentos.

¿Qué?

—Estás malinterpretando todo...

—Es suficiente —me interrumpió, apretando el paso y cargando a la niña en brazos mientras ella nos miraba con tristeza.

Me detuve en mi lugar, sin saber muy bien por qué había reaccionado de esa manera. Cuando estaba a unos buenos pasos de distancia, y vi que él estaba demasiado lejos, lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. 

Por eso no me contuve cuando le grité con fuerza:

—¡Eres un imbécil! ¿Simplemente te vas y me dejas botada?

Él no paró, ni siquiera se giró para verme.

—¡No son trillizos, idiota! ¡La doctora me dijo que estaba bromeando!

Pero él ya estaba muy lejos como para escucharme. Las lágrimas salieron fluidamente, perdiendo el control. ¿No podía verme a la cara? ¿Tan malo era para él tener trillizos? No es como si los tuviéramos... Aunque sí que eran gemelos.

Ni siquiera intenté seguir a Adam; la furia continuó y no esperé a que él regresara de ninguna manera.

Me abrí paso de nuevo dentro del local. No me importaba lo maniática que podía verme luciendo un velo de novia en mi cabeza, con lágrimas en los ojos y con un embarazo que presentía no iba ser muy bien aceptado.

Lo odiaba. ¿Por qué se fue de esa manera? Entendía que se sintiera abrumado por la noticia, pero no esperé que reaccionara de esa forma.

Apostaba que la psíquica que me leyó las piedras nunca vio venir esto.

Pensé en seguirlo, pero simplemente me sentí muy cansada como para lidiar con eso.

Lloré un poco más en mi camino al baño.


*****

Las chicas fueron muy amables al no preguntarme qué había sucedido conmigo o por qué lucía destrozada. Tampoco se molestaron en ponerme de frente con otro hombre y se limitaron a disfrutar de la noche (una noche que no incluía a Adam); y aunque albergaba la esperanza de verlo cruzar el salón para venir a buscarme, la desilusión se hizo aplastante cuando pasó más de una hora y no lo vi atravesar esas puertas.

Finalmente, decidí que lo mejor era tranquilizarme y pasar la noche en casa de mamá.

Arruiné por completo la despedida que Shio se esmeró en hacer, y ya nada fue lo mismo mientras nos reunimos en una mesa alejada del bullicio y se repartieron los regalos. Al finalizar la noche tenía un buen número de lencería atractiva y para nada inocente, junto con otros materiales que ni siquiera me atrevería a nombrar.

Mamá no preguntó nada cuando le dije que me quedaría con ella, y simplemente se limitó a asentir, cayendo sobre los múltiples cojines que aún mantenía en la sala en lugar del típico sofá.

Se quedó dormida instantáneamente, roncando boca abajo y nombrando a la abuela Rose en sus sueños.

Aproveché para revisar mi teléfono y comprobar si Adam me había enviado al menos un mensaje, pero lo dejé caer cuando sentí un pequeño movimiento en mi estómago. Tuve que apoyar mis manos en la mesa del comedor porque toda la habitación comenzó a dar vueltas repentinamente, y respiré hondo mientras los mareos cedían.

Podía sentir cómo aumentaba el movimiento en mi barriga, como si los bebés se estuvieran agitando por algo, o intentaran dar sus primeras patadas.

Me incorporé poco a poco, recuperando el equilibrio mientras mi mano acariciaba mi vientre.

—Ya, ya —dije con voz ronca—, tranquilos. Todo está bien. Mami quiere sentir sus pataditas, no sean tímidos.

Los acaricié por unos minutos más, hasta que después de eso parecieron calmarse y me dejaron agacharme para recoger el teléfono.

No había ninguna llamada del engreído Walker. Ni un mensaje de texto.

Resoplé mientras apagaba el estúpido aparato.

Me senté en una silla del comedor para seguir frotando mi barriga por sobre la tela de mi vestido. 

Si Adam creía que iba a ser la primera en ceder y llamarlo, estaba muy equivocado.

Era un idiota por haberse ido de esa manera, era un idiota por no decirme que trabajaba en un club de striptease; pero sobre todo, era un idiota por pelear conmigo sabiendo que mis revolucionadas hormonas me hacían llorar hasta por... ¡por el estúpido Bambi!

Solo pensar en Bambi me recordó a las muchas veces que Adam provocaba ese efecto en mí... El efecto Bambi. Ya nunca podría ver la película sin pensar en él; o ya nunca podría escuchar Dangerous and Sweet sin sentir que es él llamándome. Y definitivamente me arruinó para Adam Levine y sus futuras canciones.

Él me arruinó por completo... Me llevó a la ruina. Sus palabras ahora se estaban volviendo realidad: él sería mi perdición.

Ya ni siquiera podía pensar en el virus ébola y no dejar de imaginármelo a él diciendo esas palabras cuando creía que lo iba a juzgar por esas cosas que le pasaron con su hermano o con Emilia. De acuerdo, ya no podría escuchar absolutamente nada sin primero no acordarme de él.

Lo detestaba en estos momentos.

Esa noche lloré mientras me iba a dormir sola.





Los bebés estuvieron muy agitados durante toda la noche, moviéndose e intentando dar pataditas sin parar, creando pequeños calambres en mi estómago.

No pude dormir nada debido a lo incómoda que me sentía, no importaba la posición en la que me pusiera. Además, un dolor agudo punzó en mi vientre, despertándome del poco sueño que logré en la madrugada. El dolor desapareció después de unos minutos.

A la mañana siguiente, cuando me levanté como zombi y me dirigí a la cocina, no era la única que parecía destrozada: mamá se miraba aterradora. Con su lápiz labial embadurnado más allá de su boca, y el delineador de sus ojos formando una raya por su mejilla. Además de que hoy estaba caminando algo encorvada mientras preparaba café y arrastraba los pies por la cocina.

Me vio cuando me acerqué para beber un vaso de leche, y sus ojos se ampliaron con sorpresa.

—¿Anna? —preguntó, casi temiendo que yo no fuera real—, ¿estás aquí?

No pude rodar los ojos como quería porque el cansancio me impedía hacer otro movimiento que no fuera hablar o sentarme.

—Sí, me quedé contigo toda la noche —respondí finalmente.

Me moví para buscar fruta en la refrigeradora, pero en su lugar encontré una bolsa con bagels y croissants. Ahí se fueron las intensiones que tenía de comer sanamente.

—¿Te quedaste toda la noche? Bien, casi no recuerdo nada... —se llevó una mano a la cabeza—. Por favor, no dejes que beba de nuevo.

Bufé en voz alta.

—Si logro que sueltes una botella de cerveza en una noche, ese sería el mayor logro que habría hecho en la vida.

—Shhh, no hables tan fuerte. No puedo creer que me dejaras dormir en los cojines de la sala. Mi espalda está deshecha. Estaré caminando encorvada de aquí al nacimiento de los gemelos.

—Hablando de gemelos —dije, dándole la primera mordida a mi croissant—, anoche no me dejaron dormir tus nietos. Estuvieron agitados hasta altas horas de la madrugada.

Me sobé la espalda, estirándome mientras volvían los calambres en mi estómago.

—Mastica despacio… Y deberías comer más, estás muy delgada. Por eso se quejan los bebés, porque no te estás alimentando bien. Pero no sabría decirte lo que pasa; te recomiendo ir al médico. Oh, se me olvidaba: oficialmente les quiero dar a mis nietos su primer regalo.

Ella no esperó a que preguntara qué era, cuando ya estaba moviéndose hacia su habitación.

Salió tres minutos después, caminando de forma encorvada, cargando una maleta gigante que tenía un bordado de flores azules y rojas.

—Aquí está la bolsa que usé cuando viniste al mundo. La encontré el otro día y le repuse el contenido necesario para que te ayudes en la difícil tarea. Hay ropa de bebé —inmediatamente sacó un par de vestidos de color magenta—, hay pañales extra y toallitas húmedas para un aseo rápido. Talco —levantó la botella—, loción de primera mano, un termómetro, toallitas de tela, biberones y peluches para distraerlos.

Me enseñó un pequeño venadito café en su mano izquierda, y un cocodrilo púrpura en su mano derecha.

Casi lloré al ver el parecido enorme que tenían los ojos del venado con Bambi. Increíble, jamás pensé que un animal fuera la causa de las lágrimas en mis ojos.

—También hay estos pequeños aros a base de gel para cuando le salgan los primeros dientes y quiera morder algo —ahora sus ojos también se nublaron. Mierda—. Empaqué un termo para cuando salgas con los pequeños y quieras darles la leche calientita. Y esto de aquí —sacó unos parches extraños de color piel—, son para proteger los pezones… a ti te gustaba morderlos y protestabas cuando no había más comida en ellos. Créeme, te ayudarán.

Rió por lo bajo, y yo hice una mueca pensando en mi madre y en “pezones” en la misma oración.

—Por último, y aunque esto no cabe en la maleta —continuó—, un extractor de leche materna —levantó un aparato que parecía mas bien una mascarilla de plástico conectado con un tubo, y lloró más fuerte—. Estoy tan orgullosa de lo valiente que has sido, mi niña hermosa.

Corrió a abrazarme, ignorando su dolor de espalda, y me apretó en sus brazos, contándome emocionada todas las cosas en las que pensaba invertir con los bebés.

—Y si es niña… —dijo cuando terminó de sollozar en mi hombro—, espero que la llames con al menos uno de mis dos nombres: Cecile o Leharitt. O a ambas nómbralas como yo. Nunca te pediría nada en esta vida. Palabra de madre.

—Mamá…

—Oh, y otra cosa: ¿qué ocurrió con Adam? ¿Por qué te quedaste esta noche en mi casa y no con él? ¿se enojo bastante por llevarte a ese lugar? Si es así, es un exagerado dramático.

Antes que pudiera decirle algo, un golpecito que provino desde mi estómago, nos sobresaltó a ambas.

Mamá se separó inmediatamente, buscando mi mirada y luego atrayéndola a mi estómago. Colocó una mano en mi vientre, y otro golpecito vino en consecuencia.

—Un bebé está pateando —chilló—, ¡está dando patadas!

También coloqué la mano junto a la de ella y sentí las pataditas débiles que lanzaba contra mi estómago. Pronto, mi costado izquierdo empezó a agitarse y hábiles golpecitos comenzaron a reproducirse por ese lado.

—Ahora están pateando los dos —dije con melancolía en mi voz.

Automáticamente los ojos de mamá se pusieron llorosos.

—Se siente muy extraño —confesé—. Como si palomitas de maíz estuvieran reventando en mi estómago.

Pasaron varios minutos haciendo esto, y luego se calmaron.

—Ay, ya vienen mis bebés en camino —chilló mamá—, ¿y dónde está el padre de los niños? Ausente. ¿Me dirás qué pasó finalmente?

De pronto ella se puso bastante seria y se cruzó de brazos.

—Pues resulta que Adam es stripper.

Hasta ahí duró su seriedad.

—¿Qué? Jooooder. Con razón el cuerpo… y la actitud… ¡y el dinero!

Asentí con la cabeza mientras terminaba de comer mi croissant y comencé a devorar el bagel con jalea.

—No puedo estar con una persona tan mentirosa.

—¿Por qué no dejas que sea yo quien juzgue si soy un mentiroso? —preguntó alguien a mis espaldas.

Casi me atraganté con la comida. Cuando volteé mi rostro, vi a Adam de pie en el marco de la puerta. Llevaba lentes oscuros y una chaqueta negra.

—¿Podemos hablar? —preguntó de manera hosca.

Me metí un trozo de bagel en mi boca, saboreando la jalea de frambuesa.

—No en estos momentos —dije, regresando la vista a mi delicioso bocado—. No sé cómo entraste pero…

—La puerta estaba abierta. Vine hace media hora, tu madre estaba babeando un cojín rosa.

Mamá rápidamente agarró su taza de café y salió corriendo de la cocina, como ratón asustado.

—Alto ahí —dijo Adam señalando a mamá—. Anoche tuve que explicarle a una niña de diez años, casi once, de dónde vienen los bebés y si las mujeres pueden dar a luz por la boca. No estoy de buen humor esta mañana.

—¿Qué quieres Adam? —lo ataqué. Mamá nos miró de uno a otro.

—Quiero saber por qué no estabas en mi cama anoche.

—De acuerdo —interrumpió mi madre—, es hora de que yo me vaya.

Avanzó por la cocina, dejándome sola con el neandertal.

—¿Por qué? —bufé— ¿Por qué? Como si no te hubieras ido cuando te dije que tendríamos tres…

—Es tu culpa —me acusó—, a un hombre no le das noticias como esas, de esa forma.

—¿Dijiste que es mi culpa? Oh, no —en un arrebato, le lancé mi bagel justo a la cara. La jalea comenzó a escurrirse por su mejilla y a bajar por sus lentes—. ¡Eres un stripper y ni siquiera tuviste el valor de decirme! ¡Ahora me culpas!

—No me diste el tiempo de explicarte —se quitó los lentes y se lamió un poco de la jalea que tocaba su boca.

—¡Para todo tienes una explicación! ¡Para todo! —grité.

Empecé a agitarme y a moverme en el mismo lugar. Hasta que vi una bolsa en el suelo, cerca de la puerta, de la cual se asomaba un pedazo de tela roja.

Caminé hasta la bolsa y saqué apresuradamente su contenido: una tanga roja con un muy diminuto sujetador de encaje a juego. La prenda era de tela tan fina, que era imposible que cubriera algo una vez que me la pusiera; fue un regalo de Mindy, y aunque no era uno de los más atrevidos, era muy sensual.

Se la lancé a Adam en el rostro.

—Ahora sufre, Adam, sufre porque no vas a volver a verme en ropa interior. ¡Y desaparece de mi vista!

Su mandíbula se apretó bastante, y tomó la pequeña prenda entre dos de sus dedos, examinándola atentamente.

—¿Entonces así me vas a tratar de ahora en adelante?

—Es lo que te mereces.

—Bien.

Se dio la vuelta, con intenciones de irse, pero de último momento cambió de rumbo y se apresuró a ir en mi dirección.

—¿Qué estás…?

Me agarró de la cintura y llevó una de sus manos detrás de mis rodillas. Me levantó del suelo, caminando hacia afuera de la casa.

—No me voy a ir contigo —protesté golpeando su pecho—. Bájame.

—Nena, no te molestes conmigo…

—Es que no puedes venir aquí como si nada y no responderme directamente a la cara. Tengo que enterarme de cosas malas gracias a otras personas. Odio que no me digas la verdad.

—Anna, no soy stripper… pero lo fui.








La complicada vida de Irina - Historia de una página

26 febrero 2014



Si hay algo que logra distraerme mientras estoy concentrada, dibujando, son las miradas que recibo de la gente. Pero esta vez es diferente, es algo casi tangible, palpable, se siente como si alguien rastrillara sus dedos por mi cuello y me dijera: mírame.

Levanto la vista del boceto a lápiz que estoy casi terminando, y me encuentro con un par de ojos color azul celeste observándome desde la otra banca en el parque.

Está sentado con sus piernas cruzadas, sosteniendo una cámara en la mano, jugando con el cigarrillo que tiene en su boca.

Me sonríe tentativamente cuando conecta con mis ojos. Tiene hoyuelos. Corrección: un hoyuelo, y se forma cuando eleva la comisura de sus labios.

Dejo que mis ojos lo aprecien por unos segundos más, y luego regreso a mi dibujo.

Mis dedos se sienten congelados, entumecidos, y me encuentro de nuevo levantando la vista para ver si el chico continúa viéndome.

Pero no. Él ahora mira hacia su cámara, acariciando los bordes e inspeccionando la correcta posición del lente. Y como si fuera atraído por mi mirada, alza la vista y me ve observarlo.

Rápidamente quito mis ojos de su figura, regresando a mi dibujo. Un rubor empieza a formarse en mis mejillas mientras intento sombrear el rostro que llevo dibujando durante semanas.

Mi hermana me convenció de participar en este concurso de dibujo, pero verdaderamente sólo lo hago cuando estoy inspirada, no al contrario. Estos últimos días me encontré levantándome temprano, tomando café como una posesa, y sentándome por horas en el parque que divide mi calle con la calle en la que vive mi hermana y su marido. Todo para inspirarme y recibir alguna idea brillante que me hiciera no avergonzarme enfrente de tanta gente que participará en el concurso. No es hasta hace unas horas cuando finalmente tengo la motivación necesaria para llenar mi libreta de bocetos. Aunque es inútil, mi curiosidad por este chico llama mi atención a tal grado que me obliga a detener mi lápiz y a querer verlo de nuevo.

Siento que me mira, lo sé porque mi cuello empieza a quemar y a mis labios los recorre un hormigueo incesante. Es como si pudiera tocarme con la vista... No, es más que eso, no me toca con la vista, me quema.

Resisto la tentación de verlo otra vez. Sigo con mi dibujo... o al menos lo intento.

Soy consciente del peso de su mirada sobre mí todo el tiempo; mi corazón late un poco más rápido, pero no vuelvo a despegar mis ojos de mi hoja de papel.

Pasan unos segundos en donde me siento más tranquila y el fuego urgente deja de calentar mi rostro; vuelvo a concentrarme en mi dibujo. Pero ese pedazo de felicidad se esfuma en el aire mientras noto un movimiento por el rabillo de mi ojo.

—Hola —dice una voz masculina a mi lado.

Me asusto momentáneamente y presiono tan fuerte el lápiz, que le abro un hoyo a la hoja justo mientras remarco las líneas de arruga en la frente de la persona que estoy dibujando.

Giro mi cabeza cautelosamente, y veo al chico hermoso que miraba con descaro hace unos segundos atrás. Está sentado a mi lado, esta vez con la correa de su cámara echada al hombro, sin el cigarrillo pero siempre dejando un leve olor a humo que permanece en su ropa y en sus dedos.

Desde tan cerca puedo notar mejor sus labios, el inferior es más carnoso que el superior, y tiene una diminuta e imperceptible cicatriz en su ceja izquierda.

—Creo que a ella no le queda bien el tercer ojo —dice viendo mi dibujo. Inclina su cabeza hacia mi libreta y luego me sonríe de lado.

Parpadeo unas cuantas veces antes de seguir la dirección de su mirada y veo cómo al rostro de la chica que dibujé está siendo atravesado por mi lápiz, haciendo que parezca que tiene un tercer ojo en la frente.

—Sí, bueno, lo tengo todo fríamente calculado. Esto era parte del diseño —le respondo, tratando de no ponerme en ridículo con él.

Escucho su suave risa, y varias terminaciones de mi cuerpo comienzan a tener un mini infarto.

—Dibujas muy bien. No te había visto antes por aquí, ¿siempre vienes a esta hora?

—¿A las seis de la mañana? No, nunca. Por lo general estaría durmiendo o viendo algún episodio repetido de Friends.

Él sonríe ante mi sinceridad.

Es extraño que no me sienta cohibida con su presencia. Hay algo en su forma de ser que me atrae, que se me hace familiar y reconfortante.

—Y yo estaría probablemente escuchando los ronquidos de mi compañero de cuarto. Oh, por cierto, mi nombre es Lucas. Noté que no podías dejar de verme y quise venir a que me apreciaras mejor desde esta distancia.

El calor crepita en mis mejillas y trato fuertemente de no ruborizarme, pero no sirve de nada, me pongo más roja que la luz de un semáforo.

—Yo... yo no te estaba viendo. Eras tú quien no podía dejar de verme a mí.

Paso mi mano debajo de mi nariz porque por lo general me suda el labio superior siempre que me pongo nerviosa.

—Cierto, lo admito: te estaba viendo totalmente embobado. Es que estabas tan concentrada y quería saber qué era lo que estabas haciendo. Tomé un par de fotos... Digo, no soy ningún acosador ni nada, yo solo...

—Está bien —sonrío tentativamente, sorprendiéndome con su confesión, pero más por mi respuesta inusual. ¿Está bien que me fotografíe?—. ¿Puedo verlas?

—Claro —dice encogiéndose de hombros y encendiendo su complicada cámara Nikkon.

La primera imagen que veo es de mi rostro, en un acercamiento que en otros tiempos me aterrorizaría, pero me veo bastante bien. Bien para tener tantos lunares como cráteres tiene la luna; y un rizado cabello rubio que metí en un apresurado moño esta mañana.

—Es hermoso —murmuro acercándome más hacia él para ver mejor la cámara.

Pasa la imagen y me muestra una pose a distancia. Las líneas de mi rostro comprueban lo concentrada que estaba mientras dibujaba, incluso puedo ver a mi lengua asomándose a través de mis labios fruncidos.

La siguiente fotografía es un plano directo de mis piernas.

Frunzo el ceño y arrastro mis ojos hacia el chico de mirada azul glaciar.

—¿Esas son mis piernas? —trato de no reír ante ello. Estoy usando shorts con estampado de la cara de Hello Kitty, y un suéter de lana de color gris haciendo juego con mis botas de tela del mismo tono.

—Lo siento por esa, pero tengo que admitirlo: tienes unas hermosas piernas. Las piernas son mi debilidad —admite. Sus ojos de hielo me miran, sintiéndose apenados.

Al instante comienzo a ruborizarme por completo. Mi cara se siente caliente y ardiendo.

—No es un cumplido que escuche todos los días —murmuro casi sin aliento. Tengo que obligarme a repetir mentalmente que él sólo es un chico. Un chico al que no conozco y que probablemente no volveré a ver.

—Pues alguien debería decírtelo al menos cinco veces al día, es bueno para el ego. Por cierto, cambiando de tema, aún no me has dicho tu nombre.

Arrugo un poco la nariz. Por lo general nunca tengo demasiada confianza con gente extraña; aunque en grandes rasgos no tengo confianza con nadie. Punto.

—Me llamo Gianna —respondo con cierta reticencia—, pero mis amigos me dicen Gia.

—Gianna —pronuncia mi nombre como si lo respirara—. ¿Nombre italiano? 

Asiento con la cabeza.

—Mi papá es de Venecia.

—Bien —sonríe con este nuevo conocimiento—, veo que tienes un enorme talento dibujando. Lamento haber convertido en cíclope a tu retrato; déjame compensarlo haciendo de ti la chica de la portada de mis libros.

Sus palabras tardan un segundo en hacer eco en mi cerebro.

—¿Qué...?

¿Dijo portada de libros?

—Sí, ¿te interesaría?

Lucas lleva una mano detrás de su nuca y la pasa sobre su cabello tan negro como el carbón quemado.

De pronto mi garganta se seca y mi rostro vuelve a ponerse de todos los tonos de rojo.

—Lo siento —me apresuro a decir—. Tengo que irme.

Acto seguido empiezo a guardar mis cosas en el diminuto bolso que traje desde casa, y comienzo a ponerme de pie.

—¡No! —dice Lucas un poco demasiado fuerte. Me sobresalto y él nota mi reacción así que baja la voz—. Perdón, no quise ponerme histérico. Yo sé que es raro que un extraño te diga que quiere que seas la chica de su portada, pero de verdad, Irina se parece bastante a ti, físicamente hablando.

—¿Irina? —me pica la curiosidad y una parte de mí no quiere irse porque quiere escucharlo.

—Sí, es el nombre de mi protagonista.

—¿Entonces eres escritor? ¿Qué escribes?

Él me regala una sonrisa con un hoyuelo, y mis piernas se convierten en fideos incapaces de sostenerme en pie. Caigo de nuevo en el asiento.

—Escribo novelas —dice— básicamente ficción o fantasía. Lo sé, es vergonzoso. Pero aunque deteste decirlo, se me da bien inventar nuevos mundos y habitarlos con gente extraña.

—¿Y me quieres a mí? ¿Para tu portada? Pensé que los escritores no se involucraban en el trabajo del diseño.

—Bueno… —sonrió con suficiencia— mis obras han sido como... auto publicadas. Un amigo tiene una imprenta, él invierte en la publicación y yo solo le entrego sus ganancias.

—¿De verdad? Y... ¿eres bueno? Pregunto porque hay mucha gente que dice ser buena pero termina decepcionando gravemente.

—¿Por qué no lo averiguas por ti misma? Te dejaré una copia de uno de mis primeros libros.

Rápidamente se lleva una mano hacia su chaqueta, y saca un puñado de papel arrugado.

Revisa lo que parece ser una factura y luego toma el lápiz que aún conservo en la mano para garabatear un par de números.

—Este es mi número de teléfono, me gustaría verte de nuevo en persona para presentarte a Irina y a Pablo, y a todos los demás personajes locos de "La Complicada Vida de Irina Ruiz".

Sonríe de nuevo, y siento que mis pies se despegan del suelo.

Soy una tonta que se deja impresionar con facilidad, ¿lo peor de todo? Disfruto cada momento.

—La Complicada Vida de Irina Ruiz —repito—, se escucha interesante. ¿De qué trata? No será otra novela de vampiros, ¿verdad?

—No —se ríe e voz alta—, no lo es. Lo prometo. 

Su risa me es familiar. Si él no tuviera un rostro difícil de olvidar, creería que lo conozco desde toda la vida.

—¿Y bien? —pregunto con curiosidad—. No dijiste de qué trata la historia.

—Oh, cierto —suspira—: Irina es un ser sobrenatural destinada a matar todo lo referente al amor. Ella es la encargada de destruir relaciones amorosas sólidas, y está condenada a destruir la suya propia. Es solitaria pero siempre ha deseado enamorarse. Precisamente trabaja junto a alguien que es todo lo opuesto. En estos tiempos modernos sería llamado Cupido.

Ríe en voz alta al ver la expresión de mi rostro.

—¿Cupido? No entiendo —digo tratando de procesar cada palabra que sale de su boca.

—A Cupido en realidad no se le conoce con ese nombre —me explica con paciencia—, es más bien un agente que hace todo lo contrario a Irina: él crea relaciones y procura que se establezcan y sean sinceras. Está condenado a encontrar el alma gemela de cada ser humano en el mundo, menos la suya. No puede rastrearla como haría con las parejas a las que enlaza; no puede saber quién es o si ya la conoce; eso lo ha convertido en amargado, alguien completamente distinto a Irina que cree en el amor.

—Oh, ya entiendo. Ella, quien no puede enamorarse porque destruiría su relación, sí cree en el amor. Y él, quien está obligado a emparejar a todos menos a él, no cree en el amor.

—Ya has comprendido mi idea.

—Vaya, déjame adivinar: ¿Pablo, el protagonista, es el amargado?

Él asiente con la cabeza.

—Guau. Si de relaciones complicadas hablamos, esa se lleva el premio. Estoy ansiosa por leerlo. Espero que ambos terminen enamorándose.

—Oh, lo hacen.

El único hoyuelo vuelve a aparecer en su rostro. Saca un cigarrillo de su bolsillo trasero, y me ofrece uno de los muchos que abundan en la caja, yo niego con la cabeza.

—¿Te molesta que fume? —me pregunta pacientemente.

Niego con la cabeza.

El olor del cigarro siempre ha tenido un factor de calmante para mí. No fumo pero me recuerda viejos tiempos, me recuerda extrañamente a casa.

—Entonces se enamoran —digo rememorando la historia que me acaba de contar—. Suena romántico. Ya quiero leer cómo logran superar ese enorme problema.

—Mmm, no logran superar nada. No importa lo que hagan, de igual forma no pueden estar juntos —dice Lucas con amargura—. Están condenados desde el principio. Él a no encontrarla, y ella a destruir lo que sea que tienen. O si por casualidades de la vida intentan estar juntos, estarán obligados a separarse. Su historia no tiene un final feliz y está destinada a repetirse una y otra vez con el paso de los años.

Una increíble melancolía me abruma por completo. Como si Irina y Pablo existieran realmente y sintiera lástima por ellos.

—Eso es triste —murmuro finalmente—. Soy una persona de finales felices. 

—Se pone peor —dice dando una calada a su cigarrillo, expulsando el humo en dirección contraria a mi rostro—. Irina lo deja. Se va. Y él no es capaz de encontrarla nuevamente porque es a la única persona en el mundo entero sobre la que no puede tener información. ¿Aunque quieres saber algo?

Me inclino más cerca de su cuerpo, esperando con anticipación para oír el resto. Mi corazón late cada vez más rápido de lo normal, y estar tan cerca de Lucas me deja casi sin respirar.

—Él ha logrado encontrarla un par de veces —admite—. Ella usa diferentes cuerpos y diferentes vidas para esconderse, pero hay ocasiones en las que comete deslices y él aprovecha para verla y saber si está bien, si lo ha superado, o si tiene una oportunidad más de estar con ella.

Mis ojos se sienten pesados por las lágrimas que parecen acumularse en ellos. Ni siquiera sé por qué estoy actuando de esta forma. Jamás he llorado con nada, ni con películas, mucho menos con historias que sé que son producto de la imaginación.

Ahora, por alguna razón, me siento desolada.

—¿E Irina es tan tonta como para no notarlo, aun cuando está frente a sus narices?

—No es tonta —la defiende—, ella simplemente se engaña a sí misma. Y al igual que ella, Pablo también se esconde con otros rostros. Le es difícil reconocerlo a primera vista.

—Eso es triste —comento después de unos segundos cuando toda la información se adentra en mi cabeza.

—Es realista —se encoge de hombros—, y tengo la convicción de que todo lo real se compone de tristeza.

Dudo unos instantes antes de decirlo, pero ciertamente todo sobre él llama mi atención. Tal vez cometa un error de depositar mi confianza en un extraño, pero digo:

—De acuerdo. Me sentiría complacida de leer tu libro... y de que me fotografíes.

—¿En serio? —sus ojos se iluminan notablemente, sacando el cigarrillo de su boca—. Te va a encantar. Irina tiene el cabello rubio cenizo como el tuyo, además es buena dibujando también.

Esta vez no logro oprimir el impulso de sonrojarme.

—Ella suena maravillosa.

—Lo es.

Bota el cigarrillo y lo aplasta con la punta de su zapato.

—Entonces —continua diciendo mientras se pone de pie—, ¿qué tal si nos vemos mañana a esta hora?

—Claro —respondo con entusiasmo—, pero ¿qué debo ponerme?

Miro hacia abajo, a mi ropa informal.

—Oh, lo que sea que uses estará perfecto.

Me recorre con la mirada, y de nuevo, el fuego que me atrajo de él desde un principio, se hace presente.

Sonríe con ternura cuando sus ojos azul hielo conectan con los míos.

—Te veré mañana entonces.

Comienza a caminar, cargando su cámara en un hombro y rebuscando por más cigarrillos en su bolsillo.

Luego se pasa la mano por el cabello, y no puedo reprimir el impulso que nace en mi boca para llamarlo de regreso.

Debería dejarlo marcharse, pero mi mente comienza a formar las palabras, mi lengua se desenrolla para pronunciar su nombre y comprobar si lo que nada en mi subconsciente es real.

—Pablo —grito antes de que se pierda de vista.

Él se detiene y gira de lado para verme, confirmando mis sospechas.

—¿Sí? —responde con ese bello y único hoyuelo formándose en su rostro.

Trago saliva, reuniendo valor para lo que voy a decir.

—Por favor deja de buscarme.

Él se acerca hacia mí con cautela.

Mis ojos están fijos en el suelo, con la tristeza consumiéndome lentamente. Mi mente está trabajando a toda su capacidad.

—¿Cómo dijiste? —pregunta. Ahora está lo suficientemente cerca como para ver mi propio reflejo en sus ojos de hielo.

Lamo mis labios y la razón de todo entra en mi sistema.

—Dije que dejaras de buscarme —repito—. Sabes cómo van a terminar las cosas.

Esta vez él parpadea, viéndose ofendido por un momento. Aprieta sus puños y se esfuerza por mantener mi mirada.

—No puedo —dice finalmente, mirándome con melancolía—. Irina, no intestes alejarme. Ya no más, te lo ruego.

Él suspira audiblemente cuando nota que no digo nada.

—¿Cómo supiste que era yo? —pregunta después de unos segundos.

—Porque en tus ojos siempre hay hielo. Hielo y fuego —muy tardíamente añado—: además, recuerdo que una vez dijiste que hubieras sido perfecto si te llamaras Lucas. Siempre usas ese nombre.

Mira al suelo por unos momentos, presionando la cinta de su cámara.

—Te juro que si te alejas, Irina, no me importa dónde vayas o en qué rostro te escondas… voy a encontrarte.

—No pienso alejarme —digo con convicción—. Te dije que estaría aquí mañana, y voy a cumplir con mi palabra.

Él suelta el aire que ha estado conteniendo en sus pulmones, y me regala una pequeña sonrisa.

—Me he pasado mil vidas buscándote, y tú has pasado las mil escondiéndote. Perdona si no creo en tu palabra ahora que me reconoces.

—Sabes perfectamente que estamos destinados a una catástrofe. Lo arruinaré todo.

—Y yo estaré ahí para juntar las piezas, una por una —responde con paciencia—, solo ya no huyas de mí.

Pasan unos largos minutos de silencio, hasta que levanto el rostro con seguridad, y extiendo mi mano para tomar la suya.

—Prometo ya no huir —susurro para que nadie nos oiga, como si de esa manera pudiéramos engañar eso que nos hace ser lo que somos, para darnos esperanzas aunque sean falsas, y para tratar de engañarme aunque ambos sabemos que esto va a terminar mal.

Él se acerca cuidadosamente y planta un beso en mi frente antes de bajar y depositarlo en mis labios.

—¿Por qué será que no te creo? —sonríe mientras me besa de nuevo, esta vez por más tiempo.

—Me gusta este cuerpo —admito después de que suelta mis labios—, mi familia es simpática, y aunque solo les traiga conflictos, ellos igual me quieren. No pienso esconderme en otra persona, ya no.

—No más juegos, entonces.

Niego con la cabeza, poco segura de mantener esa promesa.

—No más juegos —digo aunque sé que pronto me encontraré huyendo de nuevo. Pero no le digo nada de esto, en su lugar disfruto el poco tiempo que tenemos antes de que destruya lo que nací para destruir desde un comienzo.