16 marzo 2017

PFQMG - Cap. 18 - Cómo descubrí quién era Rita Day

Rita

—Esta es tu última advertencia, Rita —dice Cliff, señalándome con su dedo gordo y rosado—. Si me entero que le hiciste eso a otro importantísimo cliente, te echo de este respetable lugar.
Ruedo los ojos, cruzándome de brazos mientras Marie, sentada en una silla frente al escritorio de Cliff, sonríe de forma presumida.
—¿Quedó claro? —pregunta mi jefe. Su frente está completamente cubierta en sudor y, desde donde estoy de pie, puedo ver el círculo de humedad que se forma en sus axilas, también debido al calor.
—Está bien —digo de mala gana.
Al parecer hoy me falló la sutilidad porque Marie identificó que su comida tenía un sabor demasiado extraño. Ella confirmó las sospechas cuando casi obliga a Anna a probar una de las papas con mezcla especial de Mirna, y yo corrí a detenerla antes que la llevara a su boca.
Es más que obvio que Marie me delató al instante con Cliff y con su padre, el dueño del restaurante que raras veces se tomaba el tiempo de venir de visita.
Ahora estamos en la oficina de Cliff, absorbiendo el olor a humedad mezclado con sudor, esperando mientras soy regañada por quinta vez en el mismo minuto. También el padre de Marie, técnicamente el gran jefe, está ahora al teléfono que Cliff mantiene en altavoz para nosotras.
—No toleraré este comportamiento —dice él a través de la línea telefónica—. Debería despedirte de inmediato…
—¡No lo haga! —chilla Cliff, su frente se cubría con más sudor, de ser posible—. Rita es un elemento valioso para esta compañía, un ejemplo a seguir. Ella seguramente tiene alguna clase de envidia o rencor contra su hija y se le pasó la mano, eso es todo. Además, esta es la primera vez que se mira un comportamiento de este tipo por parte de la empleada.
Fulmino con la mirada al puerco de mi jefe.
¿Envidia a Marie? Debe estar drogado.
Él me hace una mueca para que mantenga la boca cerrada, sus ojos casi se salen de sus cuencas y el sudor resbala por toda su grasienta cara mientras me mira como si deseara poner sus manos en mi cuello y estrangularme.
—Debe ser sancionada —dice el padre de Marie—, es imperdonable lo que le hizo a mi hija. ¿Poner sustancias desconocidas en la comida de ella? ¡Pudo haberse intoxicado! ¿Qué clase de inmadurez es esa? ¿Y si lo hace con otros clientes? Así es como empiezan las demandas.
—Lo entiendo señor, pero…
—No eran sustancias desconocidas, papi —Marie interrumpe a Cliff, aclarándose la garganta como digna víctima—. Puso cabello humano, restos de uñas y algo blanco que parecía mucosidad. De solo pensarlo quiero vomitar.
—Usé también piel muerta de los pies de… —me quedo en silencio cuando Cliff hace un sonido estrangulado al escuchar mi voz, su rostro está rojo y brillante debido a la grasa natural de su piel mientras me indica que me calle.
Abro la boca para completar mi frase, pero él me hace otra mueca para que me quede en silencio. Me quedo callada entonces.
—De nuevo, Sr. Benson —dice Cliff—, mil disculpas con ambos. Este episodio no va a volver a ocurrir nunca. Y por supuesto que ella será sancionada. Estará suspendida por dos semanas de su trabajo, sin derecho a paga.
Mi boca se abre para protestar, pero Cliff rápidamente niega con la cabeza.
—¿Solo eso? —pregunta el Sr. Benson—, merece una demanda.
—Ah —Cliff comienza a cantar como canario—: no sería recomendable, señor. Le prometo que yo mismo la voy a supervisar de ahora en adelante. Prácticamente le estaré respirando en la nuca.
—¿Es que acaso no lo hacías antes? —se escucha un resoplido por parte del padre de Marie—. Tal vez a quien deba despedir es a ti.
—No, no, no, no, no… usted no querrá hacer eso. Déjeme encargarme de esta situación ahora mismo.
—Bien —dice el Sr. Benson después de unos instantes, su voz suena resignada—. Si recibo una sola queja más de ti, Rita Day, estarás inmediatamente despedida.
—Por supuesto, señor —acepto.
Marie es ahora la que rueda los ojos.
—No puedo creer que valga poco mi salud y seguridad —dice ella.
—Hija, tampoco es como si fueras alguien fácil de llevar —responde su padre aun en la línea telefónica—. Entiendo la necesidad de querer pelea, de verdad, pero deberán encontrar otra forma de solucionar sus problemas. Sé que a veces tengo ganas de mandarte a comer mierda, pero esto no puede suceder en el negocio, ¿entendido?
—Claro —respondemos ambas, Marie y yo; yo con mi gran sonrisa, evitando reírme en voz alta, y Marie con la nariz arrugada, haciendo pucheros de pura rabia.
Cliff se despide del Sr. Benson, colgando la llamada mientras Marie se pone de pie para retirarse de la oficina. Antes de llegar incluso a la puerta, ella se gira en mi dirección y me señala con un dedo.
—Vas a pagarlas caro —susurra su amenaza—. Puede que hayas comprado la lealtad de este cerdo, pero no la mía.
Su dedo acusador señala a Cliff cuando menciona la palabra “cerdo”. Con eso ella se retira de la oficina, como diva agitando sus caderas.
—Muy bien, no fue tan malo —le digo a Cliff cuando solo estamos los dos.
Él saca un pañuelo de tela de la primera gaveta de su escritorio y se lo pasa por la frente.
—Eres una psicópata —dice él—. No puedo creer que puse mi trabajo en juego solo por esto.
—Era eso o contarle al gran jefe que te estás robando el dinero de las ganancias del restaurante —murmuro en su dirección.
Esa es la única razón del por qué él me defendió como lo hizo hace unos momentos atrás: tiene pavor a que suelte la boca y hable todo lo que sé de sus robos al restaurante. Al parecer él está comprando alimentos descompuestos y dañados a un precio más barato a como está descrito en el presupuesto, de esa manera él puede quedarse con el dinero extra que sobra de las compras. Es un cerdo ladrón.
—No necesitas recordármelo —comenta él de mala gana—. Que no vuelva a pasar, Rita. No puedo defenderte siempre que te metas en un lío de esta magnitud.
—Entonces esta boca hablará sobre los desajustes en el presupuesto y de cómo tienes comprado al chico de salubridad —digo con total calma—. Debí decirlo hace ya varios años, cuando te vi hacer tratos extraños con gente de poca confianza. Lo bueno es que tomé fotos y grabé situaciones vergonzosas.
—De acuerdo, de acuerdo —dice limpiando el sudor de su frente—. Tú quédate callada que ya cumplí con mi parte, no serás despedida.
—Bien —asiento con la cabeza, poniéndome de pie para salir de la oficina con mal olor—. Un trato es un trato. Te prometo que mantendré el perfil bajo por estos días; ya no más problemas con Marie, de verdad.
Cliff asiente en mi dirección y pronto me despacha con un gesto de su mano.
—Oye —pregunto antes de salir por la puerta—, ¿era cierto lo de la suspensión?
—¿Y todavía dudas de si es cierto o no? —resopla en voz alta—. ¡Por supuesto que sí! Comenzarás a partir de mañana. No puedo permitir que el Sr. Benson quiera venir a inspeccionar si hice o no mi trabajo.
Asiento con la cabeza.
—Bien, serán como unas vacaciones forzosas —comento—. Oh, y espero mi paga por esos días. No quiero sonar como una rata, pero… sí, sí quiero sonar como una porque ocupo el dinero.
Cliff rueda sus ojos.
—Tendrás la paga. Ahora largo de mi oficina, tengo que terminar de revisar unas facturas.
—Ah, y antes de irme —comento—, existe algo que se llama velas de olor. Le pediré a Mirna que te compre algunas porque aquí apesta.
Cliff vuelve a hacer el gesto de mano, y es así como continúo con mi salida y voy directo al área para empleados.
Al llegar allí, la primera en reclamarme es Anna, quien rápidamente se pone a mi lado a medida que me preparo para recoger algunas cosas antes de ir a las clases de salsa en las que quedé de verme con Key.
—¿Estás bien, Rita? ¿Te despidió? —es lo primero que pregunta mi amiga.
Rápidamente niego con la cabeza.
—Estoy bien, tranquila —la sujeto de los hombros cuando veo que no puede evitar dejar de caminar de un lado al otro—. Relájate, Cliff me debía unos favores que con gusto mantendré en secreto a cambio de conservar mi trabajo.
—¿Estás segura?
—Al cien por ciento.
Anna suspira en voz alta, como si hubiera estado conteniendo la respiración.
—Qué bueno. Aunque no sé qué te picó para hacer algo así, ¿en serio escupiste en su comida?
—Sí —asiento con la cabeza mientras busco mis cosas personales—. Hice más, pero no es tiempo para que tus oídos virginales lo escuchen.
—No tengo oídos virginales, para tu información.
Ruedo los ojos.
—De acuerdo. Mi turno oficialmente termina aquí —digo luego de unos instantes—. Cliff no me dejó irme ilesa, así que me suspendió por dos semanas.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque así es la vida —digo con mi voz constipada por la gripe—. Ahora, me retiro porque mi vecina me obligó a tomar estas clases de salsa para principiantes.
—Bien —dice ella—, suerte con tus clases. Supongo que tendré que conformarme con verte después de esas dos semanas, ¿cierto?
Asiento con la cabeza mientras le doy una amable sonrisa.
—Tienes que ser fuerte con Adam, ¿entendido? Él está con Marie, la diva de cuatro cuernos. Tienes que alejarte de ese chico.
—Lo sé, no me lo recuerdes.
—¡Recuerda ser sarcástica! Y mucho.
Anna asiente con la cabeza.
—No sé qué haré sin ti todos estos días.
—Vas a estar bien. Mirna te puede instruir. Ahora sí, tengo que irme porque voy demasiado tarde.
Me despido de Anna y salgo corriendo al lugar donde será la clase. No sabría decir si estoy emocionada por aprender a bailar salsa, o por el chico que me va a acompañar.
Puede que sea más de lo segundo, y eso es aterrador para alguien como yo. Las cosas nunca acaban bien cuando empiezas a perder el control de tus sentimientos, y peor cuando dichos sentimientos incluyen a un chico.
No quiero tener la razón acerca de esto.

**********

El edificio donde se reciben las clases de baile se encuentra no muy lejos del restaurante, es un centro de formación educativa donde se imparten clases de idiomas, baile y cocina.
Mi vecina, Lucy, toma la clase más avanzada de salsa los martes y jueves, así que es poco probable que la encuentre el día de hoy. Ella me prometió que me iba a encantar tanto la clase que no querría perderme ninguna otra, ahora no sé por qué me dejé influenciar por su mente maestra.
No es sino hasta que estoy en el salón de baile que noto la ausencia de Key en el lugar; trato de buscarlo con la mirada pero no logro encontrarlo por ningún lado.
Es allí, cuando tomo mi teléfono para marcarle, que noto el mensaje de texto que parpadea en mi pantalla. Es de él.

«Lo siento, surgieron cosas y no podré ir hoy. ¿Puedo compensártelo de alguna forma?»

Al leerlo siento una molestia que me hace contener la respiración, un familiar sentimiento al que suelo estar acostumbrada, pero que últimamente, junto a Key, se había adormecido: la decepción.
 De inmediato le envío un mensaje en respuesta:

«¿Estás bien?»

No creo que nada pueda compensar a como me estoy sintiendo justo ahora. Tal vez le pasó algo, un accidente, o tal vez le pasó algo a un miembro de su familia. No debo juzgarlo tan rápido, aunque mi decepción crezca con cada segundo que pasa.
Después de cinco minutos no recibo respuesta al mensaje que le envié, así que escribo otro.

«¿Key? ¿Ocurrió algo? Entiendo que no puedas venir»

Una gran parte de mí se siente más que desilusionada, pero la otra parte ya lo presentía. Las cosas con Key eran demasiado perfectas como para sentirse reales.
Nunca debí perder el control de mis emociones, para empezar.
Pronto mi teléfono vibra cuando un nuevo mensaje entra, es de Key:

«Tuve problemas. Los estoy solucionando en este momento. Todo bien, lo prometo»

Suelto el aire que estoy conteniendo, y le pido a mi corazón que se quede calmado por unos instantes antes de responderle.

«Está bien, me tendrás que compensar a lo grande. Es una clase de sala, Key, ¡DE SALSA! Hay pasos que es obligatorio hacer en pareja… ¡Y puede que me toque con el de aliento a pescado! Me debes, en grande»

«Jajaja, perdón por reír, pero ya me puedo imaginar tu cara. No te enparejes con el de mal aliento, eres demasiado franca y, conociéndote, le dirás que se lave la boca o que se mantenga alejado de ti»

«Es probable que eso suceda, sip… Y, por cierto, se escribe *Emparejes* No enparejes, antes de “b” y “p” se escribe “m” Mi maestra de primer grado me enseñó esa valiosa regla»

«De.a.cuer.do. Deberían prohibirle la licencia a tu maestra. La mía me enseñó que se escribía N… como en eNparejes»

«Oh por… ¡Es a tu maestra a quien deberían prohibirle la licencia educativa! Ahora entiendo a tu profesora de geografía y por qué te reprobó, eres un caso perdido. ¿No tienes auto-corrector en el teléfono? PD: se escribe M, de Mierda en el zapato»

«¡Qué boca más sucia! Tú eres la que necesita auto-corrector. Debería instalarte uno en el teléfono para sustituir todas tus malas palabras por palabras inocentes. Pienso hacerlo, ya verás. PD: N de November Rain»

Key es un terco. Resoplo mientras mis dedos vuelan para escribirle otro mensaje:

«Con mi teléfono no te metas. Y es M de Macho Man»

Sonrío a mi pantalla mientras observo cómo se empieza a llenar más y más el salón.
Pronto recibo otro mensaje de Key:

«Es N de Nirvana, y N de “no te vas a dar cuenta de cuando tome tu teléfono»

«M de Madonna y M de “Mejor considérate hombre muerto si piensas tocar mi teléfono»

«Nine Inch Nails y NOP. Haré lo que quiera»

«M de… ¡Mierda! Se me acabaron las ideas»

«N de insuperable»

«No comienza con N. ¿Sabes qué? Mejor me voy antes que llegue el instructor de la clase»

Estoy considerando irme del salón porque no me está gustando mucho estar sola, haciendo una actividad que requiere de una pareja; pienso marcharme ahora que todavía tengo la dignidad bien puesta, pero el siguiente mensaje de Key me detiene en mi lugar.

«No lo hagas. Quédate, disfruta la experiencia, aunque eso incluya eMparejarte con el chico oloroso. No te vayas solo por mí»

«Voy a pensarlo. ¡Felicidades! Usaste la M de Mejor ten una buena excusa por abandonarme»

«Confía en mí, la tengo»

Pienso realmente en si debo quedarme o no, pero antes de siquiera poner un pie fuera del lugar, noto que un chico realmente apuesto, de ojos azul celeste y de cabello marrón, entra por la puerta principal de la clase, cargando lo que parece ser una pesada bolsa de lona, impidiendo mi salida.
—Hola a todos —dice él, depositando la bolsa en el suelo—. ¿Este es el curso de salsa para principiantes?
Algunos asienten con la cabeza, ¿yo? Yo solo pienso en cómo escabullirme.
—Bien —dice otra vez el chico—. Seré su profesor el día de hoy.
El atractivo muchacho aplaude una vez y luego sacude un poco su cabello; es allí cuando noto un pequeño piercing en su ceja izquierda y lo perfectamente ceñida que está su camiseta.
Esta debe ser la motivación de la que me habló Lucy. Tiene razón, es una motivación muy fuerte, el chico es altamente atractivo.
—Hoy vamos a practicar los pasos básicos para uno de los bailes más sensuales que se pueden hacer en pareja —dice el profesor atractivo. Tengo que recordarme parpadear de vez en cuando para parecer humana y no aterrarlo. Sus ojos son hipnóticos—. La sensualidad es la clave, sobre todo.
Sigue hablando pero mi mente está perdida en la forma en que lucen sus brazos. Tiene la cantidad perfecta de músculos; nada demasiado pretensioso como para ser aterrador, pero tampoco era algo modesto como para pasar desapercibido.
—Quiero que se pongan en pareja —continúa diciendo él, aplaudiendo una sola vez, de nuevo. Cada vez que lo hace su pecho se infla más y los músculos de sus brazos sobresalen—. Todos aquí se inscribieron juntos, supongo. Así que vamos, a formar parejas.
Sus palabras me despiertan de mi adormecimiento y es entonces que recuerdo que mi pareja me dejó plantada.
Pronto la gente comienza a reacomodarse, listos para empezar. Algunas chicas todavía están impresionadas por el profesor atractivo y tratan de convencer a sus novios para bailar cerca de él.
Al parecer, todos tienen ya sus parejas, y me encuentro observando si alguien fue lo suficientemente torpe al igual que yo como para que los dejaran plantados, pero al único chico que puedo observar es al que le huele mal la boca, como a pescado seco.
Veo cómo se acerca lentamente hacia donde me encuentro, mirando por mucho tiempo mis pechos.
No, no, no.
Intento buscar a alguien más, pero todos tienen ya su pareja.
Cierro los ojos, pensando en cuánto tiempo deberé aguantar la respiración mientras baile con el chico de olor a pescado. Además, Key dijo que no me emparejara con él.
Al abrir los ojos, noto que el chico ya no viene en mi dirección, sino que avanza más allá de donde yo estoy. Lo sigo con la vista y me encuentro con que saluda a una mujer de mediana edad quien, aparentemente, será su pareja de baile.
Oh no, soy la única solitaria en medio de un mar de parejas.
La vida a veces puede ser una perra.
Empiezo a notar la mirada intensa que me dan todos mis nuevos compañeros de baile, esperando a que me reacomode en algún lado o que me pierda de vista por hacer perder su tiempo.
Gracias, Key, por dejarme sola.
—Mmm —comienzo a titubear en voz alta—, al parecer mi pareja decidió abandonarme. Dijo que quería finalmente salir del closet y eligió este día para decírselo a sus padres.
Nadie parece reír de mis bromas. Todo es incómodo, me siento muy fuera de mi elemento.
—Bien —escucho al profesor carraspear su garganta, sus ojos azules caen en los míos, apuesto a que mi rostro se encuentra rojo cereza—, como eres la única que no tiene pareja tendrás una difícil tarea.
—¿Qué es? —pregunto, insegura sobre si quiero o no escuchar la respuesta.
—Bailarás conmigo. Tú me ayudarás con los ejercicios de ejemplo para la clase.
¿Bailar con el sexy profesor de baile? Por supuesto.
¿Quién era Key, de todas formas? De seguro el nombre de una enfermedad sexual.
—¡Claro! —digo de forma muy entusiasmada.
Él me hace señas para acercarme a su lado, lo huelo disimuladamente. Es delicioso.
Puedo notar rápidamente que me convierto en la envidia de las mujeres de la clase.
—Muy bien, hay algo que tienen que saber de la salsa en parejas —él extiende su mano para tomar la mía, estoy sudando—: las mujeres comienzan con el paso hacia atrás, y los hombres hacia adelante.
Con mi mano en la suya, él ejerce un poco de presión para que me acerque más a su cuerpo.
Lo hago sin necesidad de decir más, y luego deja ir mi mano.
—En salsa hay ocho pasos básicos por aprender. La hermosa dama presente aquí conmigo cuyo nombre aún no sé, nos ayudará para conocerlos.
—Me llamo Rita —digo repentinamente.
El chico de ojos azules sonríe y hace una pequeña reverencia.
—Hola Rita, mi nombre es Diego y hoy serás parte de mi enseñanza —dice—. Bien, como decía, salsa se basa en ocho pasos, y Rita y yo les enseñaremos los primeros.
Sonrío con triunfo cuando noto la mirada de la clase sobre mí. Así es, sientan envidia.
—Bien —dice Diego, su mano vuelve a la mía—. Paso básico, Rita: pie derecho atrás. Si pueden ver, mi pie izquierdo va al frente. Dos, el pie izquierdo de Rita pisa el mismo lugar, y tres, el primer pie que movimos regresa a su sitio. Prueben hacerlo.
Todos en la clase comienzan a moverse con torpeza y lentitud, incluyéndome. ¿Dijo que el pie derecho iba al frente?
Accidentalmente piso su pie y luego vuelvo a hacerlo con el otro pie.
—Lo siento —me disculpo—, soy un desastre. Tengo dos pies izquierdos.
—Estás aprendiendo, está bien equivocarse… ¿y de verdad tienes dos pies izquierdos? Si es así, deseo tomarme una foto con ellos.
Sonrío coquetamente.
—No es literal, literal. Es que soy pésima bailando, tengo cero coordinación.
—Me cuesta creerlo —dice él—. Ven, prueba de nuevo para que avancemos con los otros pasos.
Hacemos el mismo paso una y otra vez hasta que soy capaz de finalmente lograrlo.
—Bien —me felicita el atractivo maestro—. Lo haces bien Rita, lo dominaste. Ahora solo faltan los otros pasos.
—¿Hay más pasos?
—Hay muchísimos más.
Entonces pasamos la siguiente media hora tratando de aprender el resto de pasos. Obviamente la clase está atrasada por mi culpa, no mentí cuando dije que era pésima bailando.
—Lo siento —me disculpo por vigésima vez, otra vez aplasté el pie de Diego—. Yo advertí antes de comenzar.
Diego asiente con la cabeza, tratando de disimular la leve cojera que tiene su pie derecho, aplastado por el mío.
—Bien. Tal vez la parte erótica se te haga mejor —dice de manera casual—. ¿Quieres probar algo erótico conmigo?
Mi cara se torna roja y apenas puedo respirar. ¿Dijo erótico? ¿Quiere perder su mano, su trasero, sus genitales?
Inmediatamente me retiro de su cuerpo, indignada por su comentario.
Mi mano, por inercia, vuela para plantarse sobre su mejilla. La clase entera queda en silencio, observándonos con los ojos abiertos, curiosos todos ante mi alta práctica poniendo en su lugar a pervertidos como estos.
—¡Cerdo! —grito lo más fuerte que puedo—, qué falta de respeto. ¿Probar lo erótico contigo? ¿Estás drogado?
Diego parpadea y luego se echa a reír, doblándose a la mitad mientras sostiene su estómago.
—¿Qué es tan divertido? —pregunto, enojada.
—Rita —dice él después de haberse reído—, esta clase es sobre “salsa erótica”. Es el nivel uno para aprender todo sobre el baile erótico.
—¿Baile erótico? ¿Cómo ese que hacen los strippers?
Diego asiente con la cabeza, esperando mi reacción.
Pienso que es una broma, pero nadie en la clase se ríe.
—¿No leíste bien el folleto de información antes de inscribirte? —me pregunta Diego—. Yo soy stripper. Enseño baile erótico solo los sábados. Hoy es salsa erótica, después aprenderemos otros estilos.
Niego inmediatamente con la cabeza.
—En el folleto decía Salsa para Principiantes —me defiendo.
Diego sonríe, recogiendo su bolsa de lona del suelo para mostrarme uno de los folletos similares a los que Lucy me ofreció el otro día.
Decía en letras grandes: Salsa para Principiantes. Nivel erótico.
—¿Quieres ver cómo hacemos el nivel erótico? —preguntó Diego—. Por eso aconsejamos que sea con sus parejas.
—¡Eso está escrito en letra pequeña! ¿Cómo se supone que iba a saberlo?
—Todos lo saben —dice una chica desde el fondo—. Ahora, ¿podemos continuar? Mi boda es en cuatro semanas y quiero darle una sorpresa a mi esposo.
Le saco el dedo medio mientras tomo mis cosas, abandonadas en una esquina, y me impulso para salir del salón.
—Rita, espera —grita Diego, pero es tarde porque desaparezco de la clase.
¿De verdad? ¿Erótica? Lucy es una pervertida.
Camino todo lo que puedo hasta salir del edificio, dirigiéndome a cualquier parte.
Rápidamente le envío un mensaje de texto a Key.

«No vas a creer lo que me acaba de pasar»

Espero una contestación de parte suya, pero al parecer mi mensaje tendría que esperar ya que justo en ese momento veo a Key dentro de una cafetería, no muy lejos de donde se recibían las clases de salsa.
Para mi sorpresa, él no está solo. Hay una chica de cabello rubio sentada frente a él.
Puedo recordar sus rasgos de la última vez que la vi, es ella, es Mia.
Un cierto dolor agudo me sobrecoge cuando noto la cercanía de ambos.
Duele, pero no sé por qué.
Y como si mi vida fuera una película, veo cómo ambos, lentamente, acercan sus bocas. Entonces se están besando y Key la toma de la mejilla para profundizar el beso.
Comienzo a sonreír, aunque creo que una parte de mí está llorando internamente.
Mia era el inconveniente del que él me habló, ella era su “problema” a solucionar. Y sí, tal vez ya estaba solucionando todo con ella por la manera en que ambos desgastaban sus bocas.
¿Entonces para qué hizo que me ilusionara de esa forma?
Al menos lo comprendía ahora con toda la claridad del mundo: no soy alguien importante para Key. Soy alguien con quién le gusta pasar el rato, soy otro más de sus “amigos”.
Veo que ambos se separan, Mia y él, entonces la atención de Key se dirige a su teléfono sobre la mesa, probablemente leyendo mi mensaje.
Camino de espaldas, tratando de retroceder del lugar donde se encuentran.
Key sonríe mientras pulsa su teléfono; pronto recibo la respuesta a mi mensaje.

«¿Qué te acaba de pasar? No me digas que te eMparejaste con el chico oloroso»
Trago lo que siento, sonriendo como desquiciada por fuera.
Yo soy Rita Day, soy fuerte y no me dejo intimidar, puedo lograr lo que me proponga. Respiro hondo y luego de unos segundos, le respondo de inmediato.

«Nop. Acabo de abrir los ojos. Eso pasó»

Me alejo todo lo que puedo, hasta que me detengo a mitad de camino.
Soy Rita Day, soy fuerte y no me dejo intimidar, puedo lograr lo que me proponga.
Entonces lo pienso mejor y regreso de nuevo hacia la cafetería. Mi teléfono vibra en mi mano pero lo ignoro, lo ignoro porque soy una chica en una misión.
Corro los últimos pasos hasta que llego al lugar.
Key y Mia siguen en el mismo sitio, él tiene una expresión confundida en el rostro y ella agita su café, aburrida.
Decido entrar a la cafetería, con el sudor resbalando por mi frente debido al esfuerzo y con el pulso acelerado. Una pequeña campana suena al abrir la puerta, y me acerco a pasos agigantados hacia la mesa donde está Key.
Él me nota al instante, sus ojos más confundidos que nunca; entonces, sin decir nada, lo tomo del cuello de la camisa y lo obligo a ponerse de pie. Cuando sus ojos se amplían es cuando aprovecho y empujo su boca contra la mía, con fuerza.
Mis labios y los suyos chocan con fuerza, su lengua y la mía asomándose con timidez y velocidad. De alguna manera él se mueve para presionarse contra mi cuerpo, sin abandonar nuestro beso, enredando sus dedos sobre mi cabello, sujetándolo mientras mueve mi boca en un mejor ángulo.
Él tiene la altura perfecta para mí, y quiero que sepa que yo tengo la altura perfecta para él. Quería recordárselo.
Pasados unos segundos me alejo de sus labios, sintiéndome renovada.
—Te vi desde afuera, quise decir hola —digo con una enorme sonrisa—: ¡Hola!
Key tiene la boca abierta, la cierra por un segundo y la vuelve a abrir a la misma velocidad. Sus ojos no dejan de verme mientras intenta procesar lo que ocurre, no puede hablar.
Sonrío de manera brillante.
—Ahora sí —digo sin dejar de verlo a los ojos, ignorando la presencia de Mia—, será mejor que me vaya.
Me acerco de nuevo a su boca, y tomándolo desprevenido, lo beso nuevamente. Sus dedos corren a tomar mi cabello, su lengua vuelve a querer asomarse, aunque esta vez lo detengo a mitad del beso.
—Y te lo recuerdo —digo reacomodando mi pelo—, tú y yo estamos em.pa.re.ja.dos. con M de Más te vale no volver a dejarme sola para la siguiente lección de salsa.
Entonces me volteó en dirección a Mia, haciéndome la sorprendida cuando la noto.
—Oh, lo siento —me disculpo—, no sabía que Key estaba con una amiguita. Los dejo a ambos; y por favor, cuida a mi vaquero.
Sonrío con suficiencia al ver la expresión en su rostro.
Su boca se abre y se cierra al igual que la de Key anteriormente.
Así es, hago énfasis en “mí vaquero”, con M de Mejor te preparas porque pienso dar pelea.
Camino lejos de ambos, despidiéndome una vez más mientras salgo de la cafetería.
Al fin de cuentas soy Rita Day, y no me dejo intimidar.

Carajo, estoy loca y la gente loca debería ser tratada con respeto.
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03 marzo 2017

PFQMG - Cap. 17 - Cómo me empezaron a gustar más las peras que las manzanas

Rita

El sábado es un día común y corriente en el trabajo. Cliff, el puerco de mi jefe, está obligándonos a usar otro de sus trajes pervertidos e inventados que simplemente se limitan a denigrarnos porque muestran demasiada piel. Pero no nos quejamos mucho ya que dejan muy buenas propinas, y en este empleo se trata todo sobre las propinas porque la paga inicial es un asco.
Estamos a unos cuantos minutos de abrir el restaurante, así que por lo general nos tomamos ese tiempo para limpiar nuestras estaciones de trabajo. Hoy estoy junto a Anna atendiendo la caja registradora, sintiéndome mejor y viendo cómo mi resfriado empieza a curarse progresivamente.
Anna, a mi lado, se encuentra tensa y concentrada mientras que yo me debato sobre si contarle acerca de Key o no; ni siquiera había tenido el valor de decirle a mi mejor amiga que me atraía cierto chico con complejo de vaquero. No sabría por dónde empezar, y ciertamente no sabría cuánto iba a durar esta cosa que tengo por Key.
Pero todo indica que Anna está en su propia burbuja de angustia así que decido esperar para contarle.
—¿Qué te pasa? —le pregunto a ella pasados unos minutos, cuando la veo limpiar una y otra vez la misma mancha inexistente en la barra de pedidos.
Ella alza la vista, deteniéndose de su labor.
—Nada —frunce el ceño, regresando a la mancha—. ¿Por qué lo preguntas?
—Te miras… distinta. ¿Qué ocurrió?
—Nada, en serio.
—No me mientas —la regaño—. Te conozco demasiado bien como para que niegues que me estás ocultando algo. ¿Qué ocurre? Sabes que puedes confiar en mí.
Ella suspira audiblemente.
—Es que… —hace una pausa, desviando la vista—. Adam y Marie han estado pasando mucho tiempo en el departamento. El otro día… los encontré a punto de hacer… eso.
Mis ojos se abren de gran manera. ¡Ese idiota!
—No me digas que se acostó con Marie mientras tú escuchabas todo —llevo una mano a mi frente.
Anna asiente con la cabeza.
—Y ella no fue precisamente silenciosa al respecto —murmura ella de mala gana—. Digo, es obvio que todo este tiempo debieron haberlo hecho en casa de él porque nunca los había encontrado en el departamento antes, pero fue toda una sorpresa presenciarlo, verlo con mis propios ojos.
—Eso es jodido. ¿Por qué no le dices a Adam que Marie ya tiene novio? O al menos deja que le diga a Eder que su “novia” lo engaña.
Anna niega con la cabeza.
—A veces tengo tantas ganas de hacerlo —admite—. Pero creo que Adam debería llevarse una lección con ella.
Noto la mirada triste de mi amiga. A ella obviamente le atrae él.
—No deberías torturarte de esa manera —le digo, pasando mis manos por sus hombros—. Eres una chica hermosa que merece mucho más que las sobras de un chico tonto que se acuesta con la equivocada.
—Lo sé. Pero de todas formas no me importa, ya no más.
—Yo sé que todavía te importa.
—No, ya no tendría que importarme.
—Mira, te voy aconsejar ser fuerte. Aléjate de Adam porque no vale la pena. Que no te intimide en ningún momento, ¿escuchaste? No demuestres que te afecta.
—Definitivamente no me afecta —miente ella.
Niego con la cabeza.
—Anna, Anna, Anna —murmuro—. No te mientas a ti misma. Haz todo lo posible para ignorarlo y sacarlo de tu vida.
Ella no dice nada, simplemente regresa a su labor de limpiar su espacio.
Si Anna no es capaz de decirle a Adam sobre quién es en verdad Marie, entonces yo debo decírselo. Es una promesa.
—Es difícil alejarse —dice mi amiga luego de unos instantes—. Está bien. Dejaré de mentirme a mí misma: creo que me gusta Adam, un poco. Pero no quiero que me guste, lo tengo que evitar a toda costa.
—Me parece perfecto —estoy de acuerdo—, cualquiera que se mete con tu prima ninfómana no debería ser digno de merecerte.
Anna suspira con cansancio.
—Pero tienes que ayudarme, Rita —dice—. Tienes que enseñarme a cómo evadirlo y a cómo no dejarme influenciar por él. No quiero que me afecte.
—Anna, cielo. Eso es muy fácil. Tengo maestría en ese tipo de situaciones. La regla número uno: siempre sé sarcástica.
—¿Sarcástica? ¿Eso en qué me va a servir con Adam?
—El sarcasmo siempre es la respuesta cuando no sabes qué responder, te lo digo por experiencia. Y no dejes que vea lo mucho que te importa. Hazte la difícil… no, difícil no. Hazte la imposible por todo el tiempo que puedas soportar.
—Bien —dice ella, resignada—. Lo intentaré.
—Y tienes que contarle sobre Eder. El chico merece saber que su “novia” esconde otro “novio”
—No creo que el momento sea el conveniente. Siento que ella me odiaría si sabe que soy yo la que le dice eso a Adam… o a Eder.
Niego lentamente con la cabeza, llevándome ambas manos a la cintura.
—Entonces tendré que encargarme de eso yo.
—No lo hagas, ¿quieres?
—Oh, Anna. Tienes que ser fuerte y no dejarte manipular por tu prima. Ese lagarto vestido de mujer que tienes por prima no merece tu compasión y tu lástima. Sé fuerte.
Ella frunce el ceño.
—La verdad es que tienes razón —murmura luego de unos momentos—. Pero sería mejor si Adam se entera por sí mismo lo que es capaz de hacer Marie.
—Entonces pongámosle una trampa para que la perra caiga —estoy casi gritando, pero no me importa—. Esto será muy emocionante.
Y yo definitivamente quiero ser parte de eso.
—No lo creo conveniente, Rita.
—Anna, deja ya de ser tan mojigata y únete a mí.
—No soy mojigata.
—Sí, lo eres. Y eso es perfecto porque es así como eres tú. ¿Está bien? Pero yo no lo soy y definitivamente no tengo ninguna conexión con tu prima; si me hace algo, por más pequeño que sea, considérala muerta.
Marie tiene que caer y golpearse el trasero con fuerza.
—Está bien —suspira Anna—. Haz como quieras.
—Bien.
Así lo haría.


El día pasa de manera lenta, hay muchos clientes que esperan por sus pedidos y hay otros que se acercan tanto a Anna como a mí para ver nuestros escotes y salivar un poco en sus bebidas. Solo basta de una de mis miradas asesinas para ponerlos quietos y luego se retiran sin dar pelea.
Justo es pasado el mediodía cuando, juntas, Anna y yo, vemos a Adam entrar al restaurante, tomado de la mano de Marie. Ella se pavonea frente a nosotras mientras va en busca de una mesa vacía en donde deja a Adam esperando, como buen perro con dueño.
Ella camina moviendo de manera exagerada las caderas y agitando su cabello naranja mientras se detiene frente a nosotras para ordenar comida.
Con tanto que come esta mujer no entiendo cómo no se ha convertido en un cerdo. Probablemente sea bulímica, o anoréxica. O ambas.
—Quiero… —dice ella mirando el menú detrás de nosotras, luego pasa su completa atención deliberadamente sobre Anna—. Mmmm. ¿qué me recomiendas, Anna, para reponer fuerzas después de una maratón de sexo con mi novio?
Esa perra.
Veo a Anna titubear, sus ojos casi estrechándose por el desagrado. Si ella no le va a responder, responderé yo:
—Te recomiendo una prueba de enfermedades de transmisión sexual, así puedes advertirles a los chicos de todas las enfermedades que posees antes de acostarte con ellos —digo—. Y un examen de vista para el chico, porque no entiendo cómo, en la vida, puede acostarse con alguien como tú un día y al día siguiente no sienta deseos de suicidarse o arrancarse los ojos. Lo que venga primero.
Marie frunce el ceño, molesta por mi comentario.
—Hablaba con Anna, no contigo —responde de manera enojada.
—Y yo pensaba en voz alta, querida. ¿Qué vas a ordenar? Si no ordenas nada deberías moverte porque tenemos más clientes por atender.
Ella aprieta su mandíbula, furiosa. Esta vez se acerca más a mi estación y ordena directamente en mi cara.
—Quiero todo lo que hay en el menú —dice demasiado alto, como para que todos en el restaurante la escuchen, para simplemente humillarme—. Y quiero que tú los sirvas, empleada.
—Claro —sonrío de buena gana. Ella no sabe con quién se está metiendo—. ¿Refrescos agrandados o normales?
—Los más grandes.
Con eso ella se retira, agitando su cabello en el aire, y toma su asiento junto a Adam.
Esa perra va a caer, y a lo grande.
—Hubieras dejado que yo la atendiera —murmura Anna, paranoica—. Ahora está furiosa.
—Es que las gatas se enfurecen cuando se sienten amenazadas.
—¿Quieres que yo les lleve el pedido?
Niego con la cabeza.
—Oh, no. Eso no será un problema. Sé cuándo tragarme mi orgullo.
Y Marie está a punto de tragarlo también.
—¿Estás segura? Marie puede ser una desquiciada, mezquina y ninfómana persona cuando se lo propone.
—Estoy segurísima —comento.
—¿Qué estás tramando, Rita?
—¿Yo? Nada.
Anna suspira y dejo que atienda ella sola la caja registradora mientras voy al área de preparación de alimentos, dispuesta a servirle una buena dosis de lección a Marie.
Lo primero que sirvo es una orden muy cargada de papas fritas con queso derretido y tocino. Obviamente le tengo que poner de mi toque especial.
Primero me aseguro que no haya nadie observando, y luego voy al ataque.
—¿Las papas de quién estás escupiendo? —pregunta Dulce detrás de mí. Al parecer no me aseguré de vigilar lo suficiente.
—Las de nadie —me apresuro en decir, tragando lo último de la saliva que iba a mezclar con la salsa.
Dulce frunce el ceño, mirándome detrás de esos lentes de contacto color rojo vampiro que tanto me dan miedo y que decidió ponerse hoy.
—No te creo, Rita —dice ella, cruzándose de brazos—. Te dije que quería ser parte y tú me excluyes.
—¿Segura quieres ayudar a la causa?
—¿Para quiénes son? —pregunta señalando las papas—. ¿Algún depravado te miró de más por el escote? ¿O es para Cliff, otra vez?
Niego con la cabeza.
—Es para Marie, la zorra sin control en su válvula de escape.
—¿Qué?
—Olvídalo. Estas son para ella.
Dulce frunce el ceño y luego de unos instantes toma la hamburguesa más cercana a ella, levanta el pan y la lechuga, y la escupe.
—Bienvenida al club, querida amiga —le digo con orgullo—. Dejaremos unas cosas sin escupir para su novio, Adam. El chico todavía no me ha hecho nada malo así que… separaremos las cosas contaminadas de las que no.
—De acuerdo.
Ambas nos ponemos a escupir, a cortar pedacitos de nuestras uñas y a colocar del polvo que Mirna todavía no ha limpiado del suelo.
—Esto es divertido —dice Dulce.
—¿Qué es divertido? —pregunta Mirna detrás de nosotras, viendo mientras enrollo uno de mis cabellos entre la carne de hamburguesa de pollo picante para Marie.
—Nada —me apresuro en responder.
—Oh, por favor —contesta Dulce—, es Mirna. Ella va a colaborar. Todo esto es para Marie, la “diva” hija del dueño.
Mirna eleva una ceja y pronto se frota las manos.
—Perfecto —dice, sonriendo con picardía—. Me uno. Digo que pongamos laxante en sus nachos también… oh, y quiero raspar los cayos de mis pies, pasarán por queso rallado.
—Eso es nauseabundo —digo arrugando la nariz—, y malévolo. Pero me agrada. ¿Acaso estoy siendo muy malvada?
—Para nada —responde Mirna—. En mis tiempos conseguía pulgas de los animales de granja donde me crié, y luego los ponía en las ropas de mis hermanas mayores, para vengarme de ellas cuando me trataban mal.
—Mmm, pulgas —murmuro—, es buena idea también. Lástima que no tengamos acceso a ellas en este momento.
Me encojo de hombros y, entre las tres, nos ponemos a trabajar lo más rápido que podemos, hasta que separamos toda la comida comestible de la que no.
Mirna cumple su labor y me entrega una pequeña bolsa donde ralló sus pies hace no menos de un minuto atrás mientras iba al baño.
Me aseguro de esconder cada cosa para que Marie no lo vaya a notar, una especie de camuflaje.
—¿Qué hacen todas aquí? —se acerca Anna a nosotras.
Me sobresalto de inmediato.
—Ellas me ayudan a preparar lo de Marie —respondo de manera casual.
—¿De verdad? —pregunta—. Porque siento como que no les creo.
Comienzo a apilar las cosas comestibles en una bandeja y las otras en la siguiente bandeja.
—Llevaré la comida —digo en voz alta—. No estamos haciendo nada malo.
—Mjum.
—Es cierto —dice Dulce—. Seguiré en mi labor de ignorar al mundo y regresaré a la parrilla.
Las dejo solas mientras pongo una sonrisa para nada fingida en mi cara y me dirijo a la mesa de Marie.
—Aquí están las cosas —le digo a ella mientras deposito la bandeja en la mesa—. ¿Algo más?
Marie niega con la cabeza, acariciando el cuello de Adam.
—Nada más, empleada.
—Muy bien —respondo—. En un momento traigo el resto.
Aprovecho que Marie se pone de pie y se dirige a los baños, y así me acerco a Adam, sentándome frente a él.
—Mira, chico —lo señalo con mi dedo índice—. Te haré una pregunta y si la respondes bien te diré algo que salvará tu vida el día de hoy.
Adam me mira con sus enormes ojos verdes, confundido.
—Adelante —responde—. Pregunta.
—¿Te gusta mi amiga, Anna?
Su boca se abre y mira en todas las direcciones antes de enfocarse nuevamente en mí.
—¿Por qué lo preguntas?
—¡Responde rápido! —lo detengo cuando veo que toma una papa de la tanda de Marie. Esas tienen raspado de pies de Mirna.
Él libera la papa y la suelta en su lugar.
—No, no me gusta de la manera que crees —responde finalmente. Puedo decir que está mintiendo.
Ruedo los ojos.
—Bien, veo que tú también lo niegas, son idénticos en eso.
—¿Qué?
—Mantente alejado de mi amiga, entonces. Eres un tiburón de agua salada y mi amiga es como… —frunzo el ceño, pensando en una descripción de Anna—, no sé, ¿un delfín? Oh, ¡una sardina! Exacto. Eres un tiburón y ella una sardinita en plena formación de sus facultades. No la vayas a seducir.
Adam se ríe, resoplando con fuerza.
—¡No lo voy a hacer! Me agrada Marie y tengo una relación seria con ella.
Ahora la que ríe soy yo.
—Sigue ciego entonces, muchacho.
Me levanto de la mesa, no queriendo encontrarme con la bestia de pelo naranja.
—Te doy un consejo —digo antes de retirarme—: no tomes nada de esta bandeja, todo lo comestible se encuentra en esta otra.
Le señalo ambas bandejas. Él me mira con mayor confusión.
—La comida de Marie tiene otro tipo de preparación —le advierto—. No digas después que no te lo dije. Además, no dejes que ella coma de esta otra bandeja. Me lo agradecerás después.
Mi conciencia se queda tranquila mientras me alejo, al menos pude advertirle.



Key

—¡La estás utilizando de excusa! —grita mi hermana mayor, Eileen, mientras se pinta de rosado sus uñas del pie.
Pam, a su lado, asiente con la cabeza. Sus uñas ya pintadas en tonos púrpuras.
—Keyton Higinio Miller —dice ella, pronunciando el nombre que tanto odio con pasión—. Mamá y papá no criaron a un cerdo por hijo.
Ruedo mis ojos.
—En primer lugar —digo—: no me llames así, nunca. Lo detesto. Soy Key, simplemente Key. Y, en segundo lugar, no estoy usando de excusa mi fiesta de cumpleaños.
Eileen y Pam elevan sus cejas al mismo tiempo.
—Sí, lo haces —responde la primera—. Sabías que Mia vendría, aunque no fuera invitada. Ella siempre encontraría la manera de colarse. Y aun sabiendo que no tienes nada con Rita, la estás involucrando en esto.
—Ella se ofreció voluntariamente a hacerlo, les recuerdo.
—¿Crees que a ella no le importas o no le gustas? —pregunta Pam—. Key, es una chica, aunque sea en el nivel más básico de enamoramiento, ¿crees que no le dolerá ser utilizada por ti mientras te vengas de tu ex? Ni siquiera ella, aunque fuera de hierro, soportaría esa condición.
—Rita y yo no tenemos nada —me defiendo, sintiendo la culpa quemándome por dentro. La verdad es que desarrollé un cariño especial por ella.
—Si no tienes nada por ella, ¿entonces por qué la has estado yendo a visitar todos estos días?
—¿Cómo sabes que es a ella?
—Corazonada.
—Eso y que Pascal, el conserje, te ha visto acompañado de una chica con las descripciones de Rita —se entromete Eileen—. Por si no lo sabías, él vive a unas calles de ella así que nos mantiene informadas.
—Ese viejo chismoso —me quejo—. Veo a Rita porque ha estado enferma. Solo la voy a visitar, ya sabes, para preguntar cómo está, como amigo.
—Aja —dice Pam, sin creérselo—. Admite de una vez que te importa lo que le pase.
Desvío la mirada.
—Me importa porque soy su amigo —digo, encogiéndome de hombros.
—Su amigo, pero quieres ser más, ¿no es cierto? ¿Saldrás con ella hoy?
—Sí, es simplemente una visita médica.
Eileen se ríe en voz alta.
—Lo siento, Dr. Miller —dice ella.
—En realidad es Enfermero Miller —le aclaro en son de broma—. Chicas, no vean manzanas en donde solo hay peras, por favor.
—Es que no solo tienes manzanas, Key. Tienes todo un coctel de frutas en la olla —responde Pam.
Resoplo con fuerza
—No hay otras frutas —aclaro—. Solo hay una.
—¿Y esa fruta es pera?
—En realidad, es manzana… o tal vez no.
—La pera no será manzana, pero es pera —dice Pam—. Deja ir ya a la manzana y tómate un buen jugo de pera de una buena vez.
—No me gusta la pera, aunque no la detesto.
—Si le das la oportunidad —dice Pam—, incluso te puede sorprender.
Eileen nos mira a ambos, confundida con nuestro intercambio.
—¿Qué? —pregunta—. Me perdí, ¿quién es la pera y quién la manzana?
—Leen —responde Pam, rodando los ojos—, la “pera” es Rita, Mia es la “manzana”.
—Oh, ahora entiendo. ¡Elige la pera, Key! La manzana ya está muy sobrevalorada.
—Es que no se trata de elegir —la regaña Pam—, se trata de que ella lo elija a él.
Eileen asiente con la cabeza.
—Basta ya —las silencio—. No más peras y manzanas. Déjenme en paz.
—¿Sabes una cosa? —pregunta Pam, observándome de manera metódica—. Rita te hace bien. No eres tan tóxico como lo fuiste con Mia. Trata de darle una oportunidad, ¿quieres?
—Bien —ahora el que pasa rodando los ojos soy yo—. Prometo darle una oportunidad, de ahora en adelante, a las peras.
—No, no —dice rápidamente Pam—. No son “peras” en plural, tú solo tienes una pera en esta vida y esa es Rita. Ella es tu media pera.
—Bien, basta de hablar sobre las metáforas de las peras. Me iré dentro unas horas, no hagan conclusiones apresuradas sobre lo que pasa entre Rita y yo.
Camino lejos de la sala, en donde mis hermanas siguen murmurando sobre más frutas, y me dirijo directo a mi habitación. Estoy a punto de tomar mi teléfono y hablarle a Rita sobre la clase de salsa de hoy, cuando me cae una llamada inesperada.
Es de Mia.
Me debato en si debo responderle o no, pero mi debilidad por ella es grande así que contesto después de unos segundos.
—¿Mia? —pregunto sin poderlo creer.
—¡Key! —grita ella—, qué bueno que respondes.
Mi boca se abre y se cierra a la vez. Ella suena feliz.
Camino lejos de donde se encuentran mis hermanas y hablo en voz baja para que nadie nos pueda escuchar.
—¿Cómo estás? Te oyes contenta, ¿qué sucedió?
—Estoy emocionada —admite—, y no adivinarás nunca el por qué.
—Podrías comenzar por darme una pista.
—Bien —suspira ella—. ¿Sabes quién te verá el día de tu cumpleaños? ¡Yo!
Su tono de voz es bastante alegre, mi conciencia se agita. Pensaba vengarme de ella ese mismo día.
Tal vez lo mejor sea cambiar de opinión.
—Qué bien —digo tratando que no escuche la decepción en mi voz.
—¿Qué pasa? ¿No estás contento? —pregunta ella. Probablemente no lo oculté tan bien como creía.
—Sí, lo estoy —le respondo—. Pero, Mia, pensé que habíamos aclarado todo la última vez que hablamos.
—¿Estás bromeando? —resopla a través de línea telefónica—. No aclaramos nada, y dijimos muchas cosas. Pienso recuperarte Key.
Trago saliva, nervioso por sus palabras.
—No entiendes…
—Espera —me interrumpe ella—, antes que digas cualquier cosa, déjame decirte primero algo.
—¿Qué es? —murmuro.
—Pues que no deberías ser maleducado y no dejar esperando a alguien afuera de tu puerta por mucho tiempo.
—¿Cómo? ¿Estás aquí? —pregunto, desconcertado. Me apresuro a caminar en dirección a la puerta principal.
—¡Sí, aquí estoy afuera! Abre de una vez, ¿quieres?
—Pero… ¿cómo?
—Pedí unos permisos especiales en mis clases y me dieron toda esta semana de vacaciones. Quise venir antes de tu cumpleaños para sorprenderte, vengo directo del aeropuerto.
Justo en ese momento llego hasta el pomo de la puerta y la abro. Delante de mí está una muy hermosa y sonrojada Mia. Su cabello rubio ha adoptado nuevos reflejos marrones, y sus labios están igual de deseables como siempre.
—¡Sorpresa! —chilla mientras corre a saltar sobre mí al verme, dejando su maleta olvidada en el suelo.
—Wow —murmuro mientras el olor de su cabello se entromete en mis fosas nasales—. Estoy muy sorprendido.
—¡Lo sé! —se separa de mí—. Qué bueno verte de nuevo, Key. Tengo muchas, demasiadas cosas planeadas para estos días. Vine con la intención de volver a intentarlo, de volver a lo que éramos antes.
—Mia… no sé qué decir.
—No te pienso abrumar. Hablaremos más tarde. Ahora, ¿piensas dejarme aquí todo el día? ¿No me vas a invitar a pasar?
Señala el interior de la casa.
—No, claro, pasa.
Salgo para sostener su maleta y la acompaño a la sala, en donde encontramos a mis hermanas mayores todavía discutiendo sobre Rita.
—¡Hola, chicas! —murmura Mia, saludando alegremente.
Pam es la primera en fruncir el ceño, no intenta siquiera ocultar su desagrado.
—¿Qué haces aquí? —pregunta ella.
Noto cómo la sonrisa de Mia titubea. Ese gesto en sí me hace dudar sobre si es o no buena idea llevar a cabo los planes que tenía con Rita sobre la venganza. Mia se mira tan… vulnerable.
—Lamento molestar —responde ella—, pedí unos días de permisos especiales en mis clases para poder aclarar unas cuantas cosas con Key. Espero que podamos reiniciar todo, no quiero que me odien ustedes también.
Eileen resopla con fuerza, desviando la vista a sus uñas recién pintadas.
—Eso lo hubieras pensado antes de serle infiel —responde Pam, su tono es mordaz y expulsa veneno con su mirada.
El rostro de Mia se vuelve rojo.
—Quiero aclararles que pasaba por un mal momento —dice ella—, no pienso pretender que me perdonarán rápidamente, pero quiero que sepan que me arrepiento mucho de las decisiones que tomé en el pasado.
Mia mira en mi dirección, sus ojos suplicando clemencia.
—Por favor, ahórratelo —responde Pam—. No quiero seguir escuchando esto… Eileen, vámonos.
Eileen y ella salen de la sala, enviando miradas de odio hacia Mia mientras caminan a la segunda planta.
—Key —grita Pam antes de perderse del todo—. Eres un idiota si decides perdonarla. No olvides todo lo que sufriste, todo lo que te lastimó, lo que ella te hizo.
Mia desvía la mirada, sus ojos comenzando a empañarse.
Frunzo el ceño, haciéndole un gesto a Pam para que cierre la boca y nos deje a Mia y a mí solos. Ella hace lo que silenciosamente le pido y sigue avanzando hasta perderse de vista no sin antes haberme sacado el dedo medio.
—Lo lamento —murmuro—, mis hermanas son muy maleducadas.
—Pero ellas tienen razón —dice Mia—. Te lastimé mucho… creo que fue un error haber venido.
Justo cuando ella estaba a punto de salir huyendo de la habitación, mi mano cobra vida propia y la detiene a tiempo.
—No te vayas —le susurro—. Viniste a hablar y eso haremos.
Sus ojos lucen esperanzados ante mis palabras.
—¿Podemos ir a otro lado? Creo que no será prudente si tus hermanas ven que sigo aquí. Ellas me odian.
Asiento con la cabeza.
—¿Quieres que lleve tu maleta en el auto?
—Por favor.
La escolto fuera de la casa, cargando con su pesada maleta mientras veo cómo se limpia la humedad de sus ojos.
—Perdona que viniera sin avisar —murmura ella—. Tal vez tenías otros planes…
—No, no importa.
Entonces me detengo, recordando que tengo que ver a Rita para la clase de salsa a la que prometí asistir este mismo día.
—¿Qué ocurre? —pregunta Mia, deteniéndose a mi lado.
—Nada —murmuro de mala gana. Tendré que cancelar los planes con Rita.
—¿Te interrumpo en algo el día de hoy? Porque si es así no hay problema, puedo ir a casa a ver a Rosie, ella sabe que llego hoy.
Niego rápidamente con la cabeza.
—Está bien. Cancelaré lo que tenía para hoy, no te preocupes.
Caminamos hacia mi vehículo estacionado y me apresuro a abrirle la puerta. Mia nunca se acostumbró a la altura de mi camioneta así que la ayudo a darle un empujón para que suba y se siente.
Ambos reímos al recordar que solía hacer eso por ella hace mucho tiempo atrás, cuando éramos novios.
Con Rita no había necesidad de hacerlo, probablemente me golpearía antes de dejar que la tocara de “forma inapropiada” y, además, ella me daría un discurso sobre lo independiente que es y de cómo no necesita a un hombre en su vida para subir a un auto, aunque secretamente creo que amaría que la trataran como una flor delicada.
Ruedo los ojos, riendo por dentro.
—Veo que estás de mejor humor —comenta Mia cuando me subo a su lado y pongo el motor del viejo vehículo en marcha.
Sonrío al pensar en Rita. Luego me retracto, ignorando esa sensación de malestar al tener que abandonarla el día de hoy; tendré que enviarle un mensaje para cancelar los planes.
—No es nada —digo después de unos minutos, cuando Mia no puede dejar de verme—. Solo estaba pensando en cosas que me ponen de buen humor.
—Espero ser una de esas cosas.
—Claro que lo eres —le digo, sin querer admitir la verdad. Tal vez las peras no sean tan malas después de todo, no pueden serlo si me acuerdo de ella a cada instante.
—¿En qué piensas tanto? —pregunta Mia luego de unos instantes—. No has podido borrar esa sonrisa de tu cara.
Mi sonrisa se extiende al escuchar sus palabras.
—Pienso en peras.
—¿En peras?
—Sí. En lo mucho que destacan de otras frutas.
Mia se queda en silencio por unos segundos, resoplando con fuerza.
—Para mí no tienen nada de excepcional —dice finalmente.
—Últimamente no puedo dejar de pensar en peras —murmuro—. Olvídalo, es algo tonto.
—A veces resultas ser todo un extraño, Key.
—Lo sé, Mia. Lo sé.
Suspiro en voz alta. Tengo que decepcionar a Rita el día de hoy, y no estoy preparado para lidiar con lo que eso me hace sentir.
 No estoy preparado para nada de lo que ella me hace sentir.
Lo mejor será guardar eso en un compartimiento cerrado por los momentos, al menos hasta que Mia y yo tengamos una larga conversación.
Sí, eso será lo mejor.


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