Mis largas ausencias... y otras cosas que no he explicado

14 julio 2014

De verdad les pido que perdonen mis largas ausencias.
Estas últimas semanas han sido muy complicadas para mí: trabajos en grupo (aggg, los odio tanto, casi todo me toca hacer a mí)...



...Tareas odiosas que requieren de mi atención por un largo tiempo; padres complicados, libros fascinantes, amigas que no he visto en años y problemas con gente poco inocente...
En fin, no crean que me gusta pasar tanto tiempo sin postearles nada, es que la vida pasa y... y las manzanas se vuelven escasas.


Con esto no estoy buscando excusas... busco que me entiendan. Aprecio sus comentarios, pero en serio, si recibo otro diciendo "Dejaré de leerte porque te tardas dos meses en postear un simple capítulo" de verdad que le desearé que tenga un buen día y que regrese cuando los marcianos se apoderen de Marte... tal vez para ese entonces pueda tener lista la historia completa tal y como ellos quieren. Les informo que no soy esa clase de autora que en un día escriben hasta cien páginas. Yo no me dedico solo a escribir, por más me quisiera, no puedo hacerlo. Estudio en la universidad y mis vacaciones son más cortas que un parpadeo. Y no solo es el factor tiempo... a veces simplemente necesito un descanso, porque créanlo o no, un escritor se cansa de escribir sobre el mismo personaje tan seguido.
Si no aguantan leer de capítulo en capítulo, entonces esperen a que por fin informe cuando la historia haya terminado (si es que están dispuestos aún a leerla para ese entonces).
Jamás ha sido mi intensión demorarme tanto, y definitivamente tengo pensado llegar hasta el final. No me gusta dejar las cosas inconclusas.

Muchas gracias por su paciencia y muchas gracias por entenderme y aguantar en esta eterna espera.
Buenos días, buenas tardes y buenas noches a todos...

Pronto habrán pequeñas sorpresas... no desesperen!

Amor y Paz ;)

Capítulo 11 - PFQMG

11
Cómo aprendí que no eras lo peor que me podría pasar

Rita



De acuerdo, hay que llamar las cosas por su nombre: resulta que la "suite de lujo" en el motel, es simplemente una engañosa forma para etiquetar a su única habitación limpia y con una mano de pintura fresca. Ésta es diferente a las otras habitaciones que vamos pasando y que casi se consideraría como ruinas más antiguas que las mismas pirámides de Egipto (y no estoy exagerando).

Nuestra suite es del tamaño de una caja de zapatos, con una sola y diminuta cama y con un mini refrigerador lleno de bebidas energéticas y barras de cereal que ya casi alcanzan su fecha de caducidad.

El colchón de la cama es duro como cemento y hay una sola ventana en todo el dormitorio.

El aire acondicionado no parece funcionar muy bien que digamos y, cuando lo enciendo, una espesa nube de polvo flota por unos instantes antes que un ruido de motor ahogado le siga.

Observo todo con gesto horrorizado, pensando en lo mejor que me sentiría estando en el campamento, en lugar de estar encerrada con Key en una habitación en donde seguramente ocurrieron un sinfín de asesinatos.

—¿Quieres darte un baño primero o...? —Key se detiene de hablar, sus ojos repentinamente observan lo que hay debajo de la cama.

Yo también sigo su ejemplo y me inclino más cerca para ver lo que él mira.

—¿Qué ocurre? —susurro lentamente.

Él frunce el ceño y se acerca más para ver algo que se esconde bajo la cama.

—¿Qué estás...? ¡Santo cielo, ¿eso es una rata?! —comienzo a gritar con fuerza y me lanzo a los brazos de Key mientras mis gritos rompen la barrera del sonido.

—¡Rita, cállate que atraes a la rata!

—¡Aaahh! —me pego a su cuerpo como si fuera una garrapata, y mis gritos aumentan.

—No... puedo... cargarte... Rita...

Pero no lo escucho una vez que la rata gris decide salir de su escondite y corre hacia la esquina más cercana.

Inmediatamente mis pies suben más arriba del torso de Key y mis pechos están restregándose en su cara.

—¡Haz que se vaya! —grito histérica—. Key, la rata. ¡Sácala, sácala!

Pero entonces la rata hace un movimiento inesperado y se acerca hacia nosotros, deteniéndose prudentemente a unos buenos cincuenta centímetros.

—¡Aaaahhh!

Empiezo a escalar otra vez por el cuerpo de Key.

—Rita... ¡Basta! —grita él. Inconscientemente mis dedos agarran su cabello claro y comienzo a jalarlo con brutalidad.

Key pierde el equilibrio, lanzando una maldición, cayendo al suelo conmigo todavía en sus brazos. Esta es la segunda vez en la noche que ambos terminamos en el suelo.

Estoy segura que ahora estoy gritándole en el oído, pero no me importa. Jamás me llevé con una rata... Las madres y las ratas son la epidemia para mí.

Escucho a Key rogando para que me calle, pero lo único que mi cuerpo siente es a la rata, parada a poca distancia de nosotros. Eso es hasta que se va la luz en la habitación y todo queda a oscuras.

Entonces ahí es cuando el pánico comienza y los gritos verdaderos empiezan.

—¡Keeeeeeeeeeeeeeeeeeeey! —sollozo—. La rata, la rata…

—¡Rita... aleja tu rodilla de ahí! —gruñe él en la oscuridad. Hay algo peludo que está trepando por mi pierna y no puedo evitar tratar de aferrarme a él en todo lo que pueda.

—Odio las ratas —murmuro/sollozo al mismo tiempo.

—Rita —la voz de Key suena cerca de mi oído, casi al borde de perder la paciencia—. Tu rodilla está... masacrando mis partes privadas. Suelta...

—Oh, perdón, lo siento. Pero la rata...

—La rata seguro ya se escondió con todos tus gritos. Ahora levántate y mueve tu rodilla con cuidado y lentitud… y por todos los cielos: deja de gritar como si te estuviera torturando.

De nuevo algo toca mi tobillo, siento una cola restregándose por mi pantorrilla y... grito por millonésima vez; subo mis rodillas a la altura de mi pecho, o más bien del pecho de Key.

—Au... —Murmura él como si le hubiera sacado el aire—. Ahhh, creo que me dejaste estéril.

Su voz suena aguda, no deja de sollozar al igual que yo. En un arrebato me empuja fuera de su cuerpo y me hace rodar de lado.

Entro en pánico y me pongo de pie rápidamente, corriendo a lo que creo que es la cama. En mi camino resbalo con algo y caigo de cabeza al suelo.

Sin importar cuánto me duele el golpe, vuelvo a ponerme de pie y esta vez uso mis manos para palpar las cosas que tengo frente a mí y que no puedo ver en la oscuridad.

Encuentro finalmente la cama e inmediatamente abrazo mis rodillas.

—¿Key? —llamo una vez que mis niveles de adrenalina bajan y no se escucha un tan solo sonido en todo el lugar— ¿Key dónde estás? Ya no te escucho llorando.

Repentinamente oigo cómo él se aclara la garganta y pequeños sonidos de protesta salen de sus labios.

—Yo no estaba llorando —gruñe finalmente.

—Te acabo de escuchar. Sí llorabas.

—No, yo no lloro. La única vez que lloré fue en el kinder, cuando creí que mis padres me dejaban ahí para siempre.

—Bien. ¿Te subes conmigo a la cama? La rata puede trepar fácilmente y… tengo miedo.

—¿Y para qué me quieres en la cama? Yo no puedo ahuyentar tus temores.

—Entonces pretende que por esta noche sí puedes; además creo que las sábanas huelen a orina de gato y acabo de tocar algo pegajoso que puede ser pupú de ratón.

—Asco. No gracias, yo no subo. Después de ese golpe, seguro y me quedo sin descendencia.

—Por favor. No me hagas suplicar; voy a entrar en pánico si no me dices que lo que estoy tocando es simple champú derramado en la cama.

Lo escucho suspirar mientras hace el intento de levantarse del suelo. Sofoca un grito de dolor cuando se pone de pie y luego se estira

—Bien. Sigue hablando, para guiarme por tu voz —dice.

—Oww, eso sonó romántico.

—Estoy rodando los ojos.

—Y yo estoy sacando la lengua.

—Subiendo mi tercer dedo

—¿Tu tercer…? A ver: uno, dos, tre… ¡Eres un grosero! Ahora estoy cruzando los brazos y haciendo pucheros.

—Y yo vuelvo a rodar mis ojos… ¡Ah!

—¿Qué? ¿La rata? ¿Sigue ahí? ¿La mataste?

—No, tropecé con una lata de soda. Dime una cosa, Rita Fiorella Day: ¿por qué te convertiste en esta persona que... ? —escucho cómo arrastra sus pies y casi de inmediato, la orilla de la cama baja— ¿... carga su propia navaja y tiene gas pimienta en el bolso? ¿Te ocurrió algo? ¿Qué te hizo no creer en el amor y temer a las ratas?

Resoplo cuando noto lo poco sutil que suena para que yo deje de pensar en la misteriosa sustancia que tanteo con mis dedos.

—¿Qué te hace pensar que no creo en el amor? Lo hago, creo en el amor. Pero no creo en los hombres... Saben qué palabras decir para que te enamores y luego abandonarte.

—Odio sonar trillado pero... no todos somos iguales.

—Tal vez no sean iguales pero todos tienen los mismos instintos de cazador y fueron hechos con los mismos huesos.

—¿Y cuáles serían esos instintos?

—No quiero hablar de instintos. Quiero hablar sobre el pupú de ratón en mi mano. No me atrevo a oler nada…

—Bien. Espera ahí, todo está muy oscuro… voy a encender esto…

Y antes que pueda preguntarle acerca de lo que se supone que va a encender, la pantalla de un celular ilumina toda la habitación.

Él apunta con el aparato hacia mi cara y baja hacia mi mano derecha.

Me pide que la extienda y observa atentamente la sustancia café que está untada en mis dedos. Todavía sigo con la boca abierta y con los ojos igual de exagerados.

—Déjame ver… —murmura mientras acerca mi mano a su nariz—. Mmm… tal como temía: es pupú de ratón.

Yo sigo en trance, sin poder ver otra cosa que no sea él.

—¿Rita? —pregunta cuando ve que no me inmuto con sus palabras—. ¿Estás bien? Solo bromeaba. Es chocolate derretido, el que ponen de cortesía bajo la almohada.

Levanta su celular y alumbra directamente mi rostro cuando nota mi carencia de cualquier reacción.

—¿Ri… ?

—¿Tenías contigo un celular todo el tiempo?

Él abre exageradamente sus ojos y se queda observando el aparato.

—Santa mierda…

—No. La mierda no puede ser santa. O es mierda o no es nada —enderezo mi postura y gateo sobre la cama para acercarme a él—. Ahora aclárame una cosa: ¿no dijiste que habías dejado tu teléfono en el autobús? ¿Qué hacía entonces en tu bolsillo?

—Bueno… Da la casualidad…

Sigo gateando hasta detenerme a una buena distancia entre su cuerpo y el mío.

—Y no es por falta de batería porque puedo ver que perfectamente está cargado —lo acuso, mi voz comienza a sonar aguda y mi respiración se está descontrolando, poco a poco la furia va en aumento—. Así que habla o juro que te dejo sin herencia familiar.

Veo hacia su entrepierna para probar mi punto.

Él traga saliva y levanta ambas manos a la altura de su cabeza.

—Ya va, estás actuando como maniaca. Es solo que… se me olvidó que lo tenía guardado. Se supone que en el campamento los teléfonos son prohibidos, lo llevaba en secreto.

—¿En secreto? ¿Quieres saber otro secreto? —me apresuro a llevar una mano entre mis pechos, bajo la blusa, y rebusco cerca del elástico de mi brasier; entonces levanto triunfalmente mi navaja de enchape rojo para que Key la observe. Ésta se abre automáticamente en el aire mostrando una cuchilla afilada de siete centímetros—. Yo también tengo mis secretos.

Él se levanta como resorte fuera de la cama, luciendo más asustado que nunca.

—Rita. Calma.

—Dime, ¿por qué no pudiste llamar a tus hermanas con tú teléfono? Tuvimos que hacer todo un show para que la chica de la tienda nos prestara el de ella… ¡La besaste incluso! ¿Por qué, Key? ¿Por qué?

—No es lo que parece.

—¿Y por qué rayos me trajiste a un motel de los Mil Asesinatos si bien podías haberte ahorrado todo esto? ¿Qué querías hacerme? ¡Violador!

—¿Violador? —tuvo el descaro de reírse en voz alta—. Dijiste que no habías traído tu navaja… Aquí la mentirosa eres tú.

—Ay por favor. No podía confiar en decirte que estaba equipada. Soy una chica, se supone que “soy un mar de secretos”, jodido imbécil. Además, no intentes comparar el esconder una pequeña navaja con esconder un teléfono celular. Así que habla ahora y dime por qué me trajiste a este lugar y no decidiste llamar en primer lugar a una de tus hermanas.

—Hay una simple explicación, y lo hice por ti.

—¿Por mí? Me deseas, ¿no es cierto? ¡Me trajiste a este sitio para violarme! Pero te lo advierto desde ahora: te jodiste, ¡te jodiste si creías que podías hacerlo! Soy una luchadora por naturaleza y antes de que logres tumbarme boca abajo primero te corto las…

—¡No intento violarte, tú, loca desquiciada! —grita él—. Es más, tú intentaste violarme a mí primero.

—¿Cómo? —sueno incrédula.

—Claro, intentabas violarme ahí en el suelo —señala el lugar en específico—. “Oh, Key. La rata, Key” —imita con voz falsa y aguda—, “atrápame en tus fuertes brazos, Key”

—¿Qué? ¿Yo?

—Sí, tú. Pero claro, todo era parte de tu actuación para seducirme. Qué bien fingiste cuando trepabas por mi cuerpo.

—¡No estaba actuando! Le tengo fobia a las ratas.

Lo señalo con mi navaja.

—Apuesto a que las luces se fueron por tu culpa —continúo—. ¿Por qué me trajiste aquí?

—Oh, claro, cúlpame de todo. La culpable eres tú. Si no hubieras aceptado el trato con mi hermana nada de esto hubiera pasado.

Me congelo en mi lugar. Abro la boca para insultarlo pero me ahogo en las palabras.

—¿Tú…? ¿Qué…? ¿Cómo?

—Lo sé. ¡Sé tu plan y el de mi hermana! Ella te iba a pagar por seducirme, lo que me parece ridículo por cierto, y tú aceptaste.

—Eso era entre tu hermana y yo.

—Pero tenía todo que ver conmigo.

La luz de celular se apaga, dejándonos de nuevo a oscuras. Key toca la pantalla con el dedo y continúa alumbrando en mi dirección, aun temeroso por mi navaja.

Finalmente suspiro y bajo la mano que sostiene a Phillip.

—Lo siento —digo luego de un largo suspiro tranquilizador—. Yo no quería hacerlo pero no tuve otra opción. Ocupo el dinero y me pareció sencillo el trabajo… Pero espera, eso no explica el por qué me trajiste a este sitio de mala calidad.

—Te traje porque… porque quería probar que yo podría enamorarte primero.

—¿Que tú qué?

—Quería darte una bonita lección: Key no es un muñeco Ken, aunque el nombre suene parecido, con el que pueden jugar fácilmente. Mia lo intentó una vez, no quiero volver a pasar por la misma jodida cosa de nuevo. Tengo un límite aunque cueste creerlo. Quería volver a intentar la relación con Mia, pero me di cuenta que hacerlo solo es pérdida de tiempo.

—Woa. Alto ahí, vaquero, ¿querías enamorarme? —resoplo—. Es más probable que el mundo se congele primero.

Él me da una mirada ofendida.

—¿Estás apostando conmigo?

—Oh, Key, Key, Key. Yo soy una hábil apostadora; no te recomiendo meterte en aguas peligrosas.

—Estás apostando —afirma—. Bien.

—¿Y para enamorarme tenías que traerme a este sitio? Empezaste con el pie equivocado, vaquero. Lee un poco más, así sabrás lo que le gusta o no a una chica. Y un motel de mala muerte con el nombre “Cama de Fuego” no es precisamente el lugar más romántico para quebrar la voluntad de alguien y seducirlo.

—El motel no estaba dentro de los planes… pero me declaro culpable con lo del autobús. Yo ordené que se fueran.

—¿Tú ordenaste eso? —empiezo a apretar mis puños con fuerza—. ¿Te atreviste a hacer eso? ¡Eres un imbécil!

—Quería hacer una jugada. Tal vez funcionó después de todo.

—¿Funcionó? ¡Estás loco si crees que estás a un paso más de “seducirme” primero? Estás muy lejos de eso. Ahora vas a tener que sacarme de aquí.

—Bien, bien. Viendo que las cosas se arruinaron… y que la habitación me da escalofríos, entonces sí, nos iremos.

—Fabuloso. Pero vas a tener que llevarme en brazos porque ni loca piso el mismo suelo que está pisando esa asquerosa rata.

La luz de su celular se apaga de nuevo, pero esta vez lo deja de esa forma. Lo escucho moverse en mi dirección.

—Antes que nada —dice de repente—, guarda esa navaja. Casi haces que me orine en mis pantalones al sacarla. Te veías muy desquiciada.

—Y ahora soy yo la que está rodando los ojos.

—Te saco la lengua.

—Te muestro mi tercer dedo.

—Já, ni siquiera sabías cuál era el tercero hasta que lo contaste.

Se acerca a la cama y empieza a tantear en la oscuridad al igual que yo lo estoy haciendo. Doy con su cuello y él acomoda mis brazos y baja sus manos por mis hombros y por mi espalda hasta quedar en mi cintura.

—Tienes una bonita cintura —lo oigo carraspear cerca de mi oído.

Sé que no puede verme pero de igual forma aparto la mirada de su dirección.

—Gracias —carraspeo también.

Key me recoge de la cama con mucha facilidad y me carga en sus brazos.

—Mi teléfono está en el bolsillo, ¿podrías buscarlo para iluminar la puerta? —dice.

Mis dedos están temblando mientras intento llegar hasta la parte trasera de sus pantalones.

Doy con el aparato e inmediatamente lo enciendo para iluminar a nuestro alrededor.

—Oh, y hagas lo que hagas no mires el suelo —dice él.

—¿Por qué?

Mis ojos se dirigen inmediatamente al suelo.

—Porque ahí sigue la rata, comiéndose tus frituras.

—¡Sácame de aquí, rápido!

—Tranquila, Patchie, te prometo que saldrás ilesa de esta habitación.

—Agg, te detesto.

—Y… dime, si tanto me detestas, ¿por qué me hiciste acompañarte al baño si supuestamente traes tu navaja? ¿No será que simplemente me querías a tu lado?

—No te emociones. Intentaba obligarte a pasar tiempo conmigo; al menos así he visto que las parejas comienzan a enamorarse.

—Pues eres muy convincente Rita Day, mucho. ¿Entonces es verdad que le temes a las ratas o solo es otra estrategia?

—¡Con las ratas no bromeo! De todas formas recuerda que el corazón es un mar de secretos… no puedo revelarte todo.

—De acuerdo, solo no vuelvas a gritar de esa forma tan espantosa.

—Bien. Lamento lo de tu herencia familiar… y por haberte acusado de violación.

—Disculpas aceptadas.

—Ahora… ¿dónde se supone que vamos?





****



El amigo guapo de Key, Adam, nos llega a traer en un Jeep de último modelo. Milagrosamente no está pegado a la garrapata naranja de Marie o sino yo seguro ocasionaría un descontrol en el auto.

Adam se ríe de ambos cuando observa que es Key el que me carga en brazos.

—¿Puedo preguntar qué pasó? —dice él, baja el volumen de la canción que suena en la radio y nos mira de pies a cabeza.

—Se me arruinó mi zapato —respondo encogiéndome de hombros—. Además tu amigo es un idiota que hizo que casi me diera un ataque de pánico dentro del motel ese.

—Le tiene miedo a una rata —se bufa Key—. Ella, que puede castrar a un hombre con los ojos vendados, le da miedo una rata.

—Todo gran elefante tiene sus pequeños temores. Déjame en paz —ataco.

—Veo que tu plan de seducción no funcionó —dice Adam—. Te dije.

—Es mejor que te mantengas en silencio, Walker.

—Esperen —digo de mal humor—, ¿tú ya sabías las intensiones de Key?

Adam se encoge de hombros casualmente.

—Por supuesto. Es mi amigo, me lo cuenta todo.

—Ow, qué linda pareja. ¿Seguro que ustedes no son novios? ­—bromeo un poco mientras Key me empuja en la parte trasera del vehículo sin techo.

Adam se ríe y pone en marcha el Jeep, subiendo el volumen de la radio nuevamente. Key simplemente se gira desde su asiento para verme.

Una vez en la oscura carretera mi corto cabello se mueve a merced del viento, algunos mechones entrando en mi nariz y haciéndome cosquillas en el cuello.

Pronto llegamos al lugar destinado al campamente, aunque llamarlo así sería un insulto.

Esto no es un campamento. Es un jodido complejo de cabañas de lujo.

Estas eran algunas de las ventajas de salir con un chico con dinero: podías llegar a conocer interesantes lugares.

Desventajas: su familia te mira con sospecha y con desconfianza. Principalmente cierta tía de carácter fuerte a la que le encanta humillarte en público.

—¿De dónde vienen? —pregunta la mujer, la “tía Morgan”, es la primera en recibirnos con los brazos cruzados —. Tienen el cabello revuelto y están sudados y sucios.

La tía Morgan no ha dejado de vernos de los pies a la cabeza. Los padres de Key también se encuentran observándonos, solo que sus miradas no son de odio y hostilidad sino más bien de simpatía y curiosidad. Y, oh, son tan jóvenes que siento envidia de poder llegar a una edad madura luciendo ese cuerpo y ese rostro con pocas arrugas.

—Les di condones. Por favor díganme que los usaron —continúa la tía Morgan—. ¿Lo hicieron?

—¡Por supuesto que no! Escuche muy bien señora…

—Rita, ¿qué haces? —murmura Key en mi oído. Puedo decir que está muy enojado, pero lo que no sabe es que yo estoy más enojado que ella.

—Déjame hablar. Esta mujer no me conoce y no tiene idea de quién soy. Debería darle vergüenza ser tan boca suelta frente a niñas de doce años —señalo el grupo de chicas que husmean y nos observan al igual que los demás—. ¿Soy yo o usted tiene una pequeña obsesión con el sexo? No ha parado de mencionarlo desde que me vio con Key. Hola, alguien con un trauma aquí frente a mí.

Escucho risitas provenir desde el interior de una de las cabañas y eso me da valor para sacar todo lo que llevo dentro.

—Y otra cosa…

—¡¿Quién te crees?! —explota la mujer—. Tengo derecho a entremeterme en la vida de quien me dé la gana. ¡Keyton, di algo!

—No me provoque, señora… ¿Cómo? —me callo por un momento y observo a Key detrás de mí—, ¿tu nombre real es Keyton?

—Basta…. No comiences con las burlas —me acusa y yo trato de regresar a mi estado enojado pero es casi imposible.

—Sabía que no podías tener todo el paquete de chico bonito con dinero.

—¿Y si mi Key fuera feo? —se mete la horrible mujer—. ¿Qué pasaría entonces?

—Pues que sería feo y punto. ¿Qué otra cosa se imagina?

—Rita, ya es suficiente —me corta Key—. Todos tenemos una cruz en la familia.

—¡Pero no debería de ser así! Esta mujer es entrometida y… y­… —me quedo en silencio cuando veo un chico altísimo salir por la puerta principal. Tiene un rostro tremendamente bien parecido y unos ojos tan extraños, uno es de color azul y el otro es de color verde. Mandíbula cuadrada y un cabello tan oscuro como la noche que nos rodea. Está usando lo que parece un uniforme de camisa color verde musgo y pantaloncillos caqui.

Él me observa y de inmediato sus ojos se abren con sorpresa y algo de vergüenza.

—¿Rita? —pregunta casi con temor.

El tema de la tía Morgan ha sido olvidado y ahora todos los ojos están en mí. Me encuentro paralizada por un momento hasta que la rabia vuelve con fuerza, como un huracán.

—Gabriel —saludo secamente—. Muy lindo verte, claro, cuando no estás embarazando chicas y acostándote con mis amigas de la infancia.

—Oh, por favor… Eso fue hace siglos —él se calla abruptamente, notando la enorme cantidad de público que tenemos.

En un arrebato, me giro hacia Key y le señalo a Gabriel.

—Esta —digo con voz firme—, es la razón por la cual decidí dejar de creer en el amor. Esta clase de sinvergüenza es quién me provoca tener mi gas pimienta a tres centímetros de distancia con mi mano.

Y en otro arrebato, y sin necesidad de que alguien me lo pidiera, tomo a Key de la mano y me dirijo a Gabriel:

—Y este es mi novio. Supongo que estás trabajando para su familia y ya debes conocerlo. Por favor evítanos tener que ver tu cara por mucho tiempo.

Puedo ver que Gabriel luce perplejo cuando mira atentamente mi mano sobre la de Key, pero se queda sabiamente en silencio. Así como todos los presentes. Presentes a los que confesé ser novia de Key.

Ahora soy yo la avergonzada.

¿De verdad acabo de decir eso?

Sí, lo he dicho. Ahora la mamá de “Keyton” me observa con calidez y me sonríe con orgullo.

No quiero saber todavía en lo que me he metido. Solo sé que es un grave problema.

POAW - Capítulo 14 - Parte 1

29 junio 2014

Capítulo 14
Bienvenido a la boda, Bambi



Mensajes de incógnito entre la pareja, antes que Evelyn se diera cuenta y les confiscara sus celulares a ambos.


¿Estás nerviosa, nena?


Se supone que no deberíamos estar hablando en estos momentos. Evelyn parece la chica del exorcista, me da miedo.


Tú tranquila ;)


Claro, lo dices porque no la tienes a la par.


Dime qué estás usando. Quiero leer todos los detalles. Pieza por pieza. Siempre quise intercambiar mensajes de texto “sucios” con mi nena.


Pues te vas a quedar con las ganas. Estoy usando una bata andrajosa mientras me peinan y me maquillan un grupo de estilistas que tus bolsillos cargados de dinero me patrocinaron.


Mis bolsillos están siempre a tu disposición para ser saqueados; al igual que otras partes de mi cuerpo ;)


Sucio.


Demasiado. Ocupo un baño, ¿estás dispuesta a tallar la suciedad con jabón? Estoy sucio en tooodas partes.


jjakdsfhsiwuln


¿Qué significa eso? ¿Sí o no?


jjdaaaaaaabbsbsbbsbsbbdemwn


¡¡¡¡!!!!


Oo2pi2edjwjbs2hxbnjnaknsa9


Annabelle…

wuwuwuuwas nmmxmmxm


Me estoy sintiendo frenético. ¿Se descompuso tu teléfono?


kalklalkdbnsaanksnmkks





¡Lo siento! Eveleyn estaba cerca, tuve que ocultar el celular dentro de mi brasier. Se marcó solo.


Ahora sí estamos llegando a una buena parte. ¿De color es?


¿De qué color es el qué?


Tu ropa interior.


Blanco.


¿Sabes lo que dicen de las chicas que usan ropa interior de color blanco?


Tú y tus chistes sin gracia… A ver, ¿qué dicen de ellas?


Van a un entierro chino.


¡¿?!


Van.a.un.entierro.chino.


No entiendo.


Nena, hemos hecho de todo para quitar la inocencia de tu mente. No entiendo por qué todavía no captas la broma. Como pista te diré: en China usan el blanco en los funerales.


¿?


Así que van a un entierro… ¡con un chino! Es gracioso.


Jnjsnjdfnjndekjnnknskn


Jajajaj

Laskajbsdkajnlaxmmxl


¿No te da risa?


Jghagshagjadhsgajhslka


¿Por qué respondes de esa forma? ¿Evelyn está cerca de nuevo?


No, esta vez lo hago a propósito para ignorarte. No me escribas ahora con tus chistes malos. Ve presentable a la boda. No quiero sorpresas.


Oh, pero tendrás muchas, muchas sorpresas… eso es imposible de evitar.


Adam…


Kakjnsjsnjnans


¡Adam! Nada de sorpresas, dije.


Lknkwnnajbsakjshajgagaggaagsjshka


Solo yo puedo hacer eso, tú no. Grrrr…


Akslkakjqijjkanjcbsn


Dije que nada de sorpre… ¡¡¡Los dos!!! RESPETEN TRADICIONES. Te advertí a ti, Walker, que no llamaras a Anna. Voy a apagar el teléfono. No puedo creer esto, como si fueran dos niños a los que tengo que regañar.


Noooo…



Teléfono sin señal.



****



El lugar donde me casaría quedaba a unos cuarenta y cinco minutos.

No sería en una iglesia (según lo dijo Evelyn) pero sí se haría toda la ceremonia oficial al aire libre, cerca de un campo de flores.

Evelyn había rentado una limosina para que todas las damas de honor, y yo, nos fuéramos al sitio sin ningún problema. Pero al final mis damas se multiplicaron y la limosina quedó llena.

Tenía a Nicole por un lado, tocando las flores de mi trenza y comparando la suya propia, y tenía a Mirna del otro, que no dejaba de llorar y hablar acerca de lo hermosa que me veía y de lo mucho que se sentía celosa porque su boda no fue igual de romántica que la mía.

Rita, Shio y Mindy no dejaban de pelear sobre a quién le quedaba mejor el vestido, y Dulce se negó a usar otra cosa que no fuera negro para la boda.

Mamá y Gerty nos acompañaban también. Mi madre nunca paró con el llanto desde que me vio en mi vestido de novia.

El interior de la limosina era un caos, todas bebiendo champaña y riendo ocasionalmente de alguna broma, Evelyn gritando al teléfono, y algunas maquilladoras que decidieron hacernos compañía por si necesitábamos un retoque.

Pero a pesar todo el ruido y la diversión, yo no había hecho otra cosa más que preocuparme y enterrarme las uñas en la palma de la mano.

Tenía el estómago revuelto a tal punto que nos tuvimos que detener a mitad de camino para que yo pudiera vomitar en un recipiente plástico (lo que nos atrasó quince minutos en la carretera).

Estaba demasiado nerviosa y me temblaban un poco las manos. Nunca había sido el centro de atención por más de un minuto, así que me sentía incómoda solo de imaginar todas las miradas sobre mí y sobre las pequeñas que crecían en mi vientre.

Evelyn me dio Ginger Ale para calmar mis nervios y me puso a hacer respiraciones en una bolsa de papel.

—…Y todavía recuerdo cuando Anna aprendió a decir mamá —pude escuchar que mi madre decía mientras nos faltaban diez minutos para llegar al lugar y yo iba por mi tercera respiración profunda en mi bolsa de papel—, o cuando llegó de la escuela sin un diente porque se le cayó mientras jugaba. Era una cosita que no llegaba a medir ni un metro. Ahora… ahora mírenla, hermosa y… radiante en su… vestido de… novia.

Lloró con fuerza en la última oración, derrumbándose emocionalmente cada vez que me veía. Ella también contagió a la pequeña Nicole que ahora lloraba junto con mamá.

—No lloren, por favor —suplicó Mirna al ver a ambas—. Me van a hacer llorar a mí… también… ¡Mierda! Ya estoy llorando de nuevo.

Se abanicó la cara con la mano, y pronto fue obvio para todas que no pudo evitar las lágrimas.

Rápidamente se le unieron Rita y Shio.

—¡Nunca me voy a casar! —confesó entre sollozos ésta última—, seré por siempre soltera… y pareceré mayor que Anna…

Lloró de nuevo.

—Muy bien —grité—, basta todas. Dejen de llorar.

Pero fue inútil. Para cuando la limosina se estacionó frente a lo que parecía un castillo de la edad media, todas, excluyéndome, salieron con los ojos rojos y marcas de maquillaje escurrido por todo el rostro.

Llegábamos tarde a la ceremonia y Evelyn se descontroló, pasando pañuelos descartables y haciendo que sus maquillistas retocaran el maquillaje de todas.

Arregló a mamá y la obligó a que tomara asiento antes que comenzara la ceremonia. Mi madre puso resistencia y no se quiso apartar de mi lado, pero finalmente se fue, no sin antes darme un beso en la mejilla y decir que me amaba.

Mirna y Dulce también ocuparon sus lugares, dejándome con mis damas de honor y con la pequeña a la que quería como una hija.

—Este lugar es increíble —dijo Shio viendo el espacioso vestíbulo en el que nos encontrábamos. Todo estaba combinado con la piedra y la madera de la fachada. El amueblado era acogedor y de buen gusto. El lugar era tan grande que bien pudimos haber hecho la boda y la recepción sólo en ese espacio.

Parecía demasiado lujoso, tuvo que costarle una pequeña parte de su fortuna a Adam.

Había dos amplios caminos de gradas de piedra que daban a un segundo piso, en donde Evelyn me dijo que tenían habitaciones. Era bello y perfecto, pero todavía no alcanzaba a ver los jardines o el patio en donde se haría la boda, aunque con el interior yo ya me encontraba fascinada. Incluso había arte de buen gusto en las paredes; reconocí algunas obras y algunos artistas famosos que decoraban el vestíbulo.

—Muy bien todos —gritó Evelyn aplaudiendo, su voz hizo eco—. Quiero que las damas de honor hagan una fila frente a esta puerta y esperen por su pareja —señaló la puerta en cuestión—. Avancen cuando la música comience, recuerden los pasos que ensayamos en la tarde. Nicole entra primero lanzando los pétalos de flores, luego las damas, en orden. Por último Anna y su papá…

Justo cuando lo mencionaron, el susodicho apareció detrás de Evelyn, usando un traje negro y una corbata gris que combinaba con sus ojos. Se detuvo cuando me vio, y si pudiera adivinar, diría que parecía querer llorar justo en ese momento.

Evelyn siguió hablando pero yo dejé de escucharla cuando papá se acercó casi al borde de las lágrimas.

—No me digas que tú también vas a llorar —murmuré con voz ronca—, ya vi demasiadas lágrimas como para ser saludable.

Él no dijo nada pero se apresuró a abrazarme, estrechándome con fuerza.

—Te vez increíblemente hermosa—susurró en mi oído. Se separó un poco para verme a la cara y luego besó mis mejillas—. Ese hijo de puta es un afortunado por tenerte.

Rodé los ojos y evité hacer otra cosa que no fuera concentrarme en su rostro, o me pondría a llorar sin ningún control.

—No puedo creer que mi pequeña se casa hoy —dijo él después de unos segundos—. Si ese degenerado te hace algo sólo tienes que decirme y yo le rompo la cara.

—De acuerdo. Yo te aviso si el degenerado hace un movimiento en falso.

—Oh, y otra cosa más… Voy a golpearlo si veo algún tipo de contacto con la lengua mientras se den el beso oficial de casados.

—¡Papá!

—Solo estoy advirtiendo.

Ambos seguíamos tan compenetrados en la conversación, que no escuchamos a Evelyn llamándonos.

—Ya informé a los invitados para que se sentaran —gritó ella—, y los músicos ya comenzaron a tocar para que las damas hagan su entrada. Afuera de esa puerta estarán sus parejas para acompañarlas hacia al frente. Recuerden los pasos… luzcan felices y por favor que nadie vaya a vomitar.

Una por una, mis damas de honor atravesaron la puerta, Evelyn les iba a dando a cada una un pequeño ramo de flores que combinaba con sus vestidos verdes primaverales. Cuando todas salieron, unos minutos después, ella se volteó hacia mí.

—Anna, es hora. Te toca salir.

Miré hacia la puerta, viendo cómo las chicas desaparecían ante mis ojos. Era mi turno.

Las mariposas en mi estomago crecieron y se agitaron. Tuve ganas de vomitar una vez más.

Toda esa gente… viéndome. Probablemente tropezaría y haría el ridículo.

Papá me extendió su brazo y dejó que lo tomara con tranquilidad.

Sujeté mi ramo de flores (y pastelito azul) muy fuertemente, ocultando el leve temblor de mis manos y mis rodillas.

—No me importa lo que digan —dijo papá mientras caminábamos hacia la puerta—, eres mi pequeña y siempre lo serás. Y ahora respira, tranquila, te estás poniendo blanca como papel.

Besó mi mejilla y nos detuvimos un momento en el marco antes de dar cualquier paso.

—Espera ahí —susurró él. Sus manos fueron a mi cabello, más específicamente a mi velo, y lo acomodó frente a mis hombros—. Listo. Ahora vamos a que ese hijo de lujuria siente cabeza de una buena vez.

Abrió la puerta para mí, y finalmente tuve un vistazo del lugar en el que me iba a casar.

Mi boca se abrió levemente. Todo el aire que estaba reteniendo se expulsó de repente. No sabía dónde mirar primero.

Mis ojos estaban puestos en la alfombra de pétalos blancos en el suelo, luego se desviaron hacia las rosas color rosado antiguo que cubrían todo el jardín. Había flores de todos los estilos, por todas partes; pérgolas de color blanco marcaban el área por la que se suponía debía caminar. Las sillas de los invitados tenían pequeñas cintas amarradas en el respaldar, una del mismo tono que la que yo tenía en mi vestido. Pero lo más impactante fue el pequeño kiosko que formaba el altar. Desde donde estaba podía observar claramente cómo colgaban lirios y rosas del techo, cubriendo toda la superficie; donde sea que mirara, el blanco y el rosa salmón dominaban.

Era hermoso.

Y más porque cierto chico de ojos verdes me esperaba al final.

Él no despegaba la vista de mi rostro, incluso irguió su postura y su boca se abrió ligeramente al verme. Yo no pude despegar mi mirada de la suya, él se veía apuesto en su traje de color negro con una sola rosa blanca adornando su bolsillo delantero. Sonreí sin pensarlo, y los miedos y nervios se disiparon milagrosamente de mi mente. 

Detrás de él se encontraba un hombre vestido con lo que parecía una túnica de color celeste tradicional y un pequeño libro negro en su mano.

Más allá de ellos, y del kiosko de madera, había un grupo de músicos tocando la guitarra y cantando lo que parecía una versión acústica de una canción que nunca había escuchado. Las voces de los chicos sonaban melodiosas y suaves mientras caminaba hacia el altar, me entretuve escuchando la letra y sonriendo con todas las partes.



Es asombroso cómo [1]
le sabes hablar a mi corazón. 
Sin decir una palabra 
puedes iluminar la oscuridad 
Por mucho que lo intente, 
nunca podría explicar 
lo que oigo aun cuando 
no dices nada…



La sonrisa de tu cara 
me dice que me necesitas 
La sinceridad tus ojos, 
dice que nunca me dejarás 
La fuerza de tu mano 
me dice que me agarrarás 
siempre que me caiga...



Sonreí demasiado fuerte y me aferré al brazo de papá cuando comenzamos a dar el primer paso.

El lugar estaba lleno. Había personas a las que no había visto en más de diez años. Tíos, primos, e incluso la abuela Rose (aunque ella no era mi persona favorita en el mundo), se encontraban ocupando cada asiento, tomando fotos o simplemente sonriendo cuando pasaba junto a ellos. 

Podía ver cómo mis damas de honor fueron escoltadas por amigos de Adam y cada una tomaba su lugar a los costados del kiosko improvisado como altar.

No pude evitar soltar un par de lágrimas mientras observaba la pasión que salía de los ojos de Adam. Todo era de ensueño, bello y sencillo, tal como quería.

Lloré un poco más al escuchar partes de la canción que me recordaban a mi chico de cabello negro. Mi maquillaje estaba arruinado.

—¿Anna? ¿Estás bien? —susurró papá, obligándome a detenerme en medio del camino de pétalos de rosas y césped—. Lo estás pensando mejor, ¿verdad? Ya no te quieres casar. Vamos, tengo un contacto que nos espera en la entrada. Él te puede llevar cerca de la frontera de Guatemala en tan solo un parpadeo.

—¿Qué…? No, no es eso. Lloro porque mi sonrisa no es suficiente para demostrar lo feliz que me siento.

La gente pronto comenzó a notar que yo no me estaba moviendo y empezaron a murmurar en voz baja.

—Bien, espero que sea sólo por eso. Nunca, jamás, volveré a admitir esto pero, él te hace feliz. Y una persona que te hace feliz no puede ser tan mala como su apariencia de lujurioso lo indica —susurró para que sólo yo lo oyera.

Miré a papá fijamente, sorprendida porque de su boca salieran esas palabras.

—Pensé que tenías un contacto esperando por mí, ¿ahora, de verdad, quieres que me case?

Él suspiró y me obligó a dar un paso al frente, luego otro y otro.

—Tengo que dejar ir a mi pequeña para que se convierta en toda un mujer.

—Vaya, sí que has avanzado notablemente.

—Y tú también. Ya casi llegamos —sonrió. Podía ver las lágrimas que se acumulaban detrás de sus ojos.

Dirigí la mirada hacia el frente, y ciertamente estaba cada vez a poca distancia de Adam. Se podía decir que estaba a cinco pasos de casarme con este hombre.

Mi mano viajó a mi vientre, pensando en que también tendría sus bebés. Él era mi debilidad.

Finalmente los pasos se convirtieron en cero y me encontraba antes unas cuantas gradas para subir; la música seguía sonando como un suave fondo de acompañamiento. Tenía ganas de llorar de nuevo pero me controlé.

Papá lentamente fue soltando su mano de mi brazo y me dio un último beso antes de entregarme a los brazos de Adam.

Sostuve su mano con fuerza, no queriendo soltarlo. Había un nido de mariposas creciendo en mi vientre, a punto de liberarse y saltar.

—Luce usted hermosa, futura Sra. Walker —murmuró él en voz baja contra mi oído—. No sabes lo mucho que esperé ver este día. Casi el mismo tiempo que esperé ver tu ropa interior negra.

—No me hagas sonrojar —le di un golpecito en el hombro.

Él inclinó su rostro y con una mano retiró el velo que caía por uno de mis costados y lo acomodó por detrás de mi hombro.

—Tu familia me va a matar después de esto pero… es algo que tengo que hacer.

Entonces me tomó de la nuca y sus labios descendieron a los míos. Su beso no fue dulce o gentil, fue urgido y apasionado.

Instintivamente llevé mis manos a su cuello, casi botando el ramo de flores.

Fue hasta que escuché aplausos y silbidos que logramos separarnos.

Mi lápiz labial de color coral ahora se encontraba también en su boca. Sonreí al verlo.

—Caminemos antes que tu padre me destroce la cara por haberte besado antes del sí acepto.

Avanzamos y nos detuvimos frente al hombre de túnica que nos iba a casar. No tenía idea de quién era pero no dejaba de sonreírnos y de asentir con la cabeza.

Noté que tomaba impulso para hablar, pero Adam lo detuvo con una señal de su mano. Él se giró hacia los invitados e hizo señas a sus padrinos para que se acercaran.

Todos se movieron con precisión, al igual que mis damas de honor, como si ya hubieran ensayado sus movimientos desde antes.

Ellos rodearon el kiosko y empezaron a desatar unas cintas de seda que se encontraban atadas a los costados, y dejaron caer una tela alrededor de todo el lugar.

Quedamos completamente envueltos, la tela que rodeaba las pérgolas y las mallas ahora se encontraban ocultándonos de la vista de los invitados, los músicos y hasta de los mismos padrinos y madrinas de boda.

Por donde sea que volteara, todo estaba bien cubierto. Nadie podía vernos y no podía ver a nadie.

—¿Qué…? ¿Qué estamos haciendo? —pregunté, confundida a la décima potencia.

—No quiero que nadie nos interrumpa en un momento como este. Además de eso nos saltaremos la parte de “si hay alguien que se opone” y toda esa mierda que no necesitamos justo ahora.

—Pero… ¿qué va a hacer toda esa gente que vino a vernos?

—Nos verán, claro —señaló a su izquierda y miré a un chico de cabello naranja colocar una cámara de video en una base—. Van a grabarnos en vivo. No se van a perder de nada.

—¿Entonces por qué…?

Me silenció con un beso y me estrechó lo más cerca que pudo con mi barriga en medio de los dos.

—No quiero que nada salga mal, que nadie se entrometa. Si quieren vernos, solo tienen que levantar la vista a una pantalla gigante que está a su alcance, pero nada más.

Me sonrió antes de devorarme la boca de nuevo.

Una garganta aclarándose fue lo único que me trajo de vuelta al presente.

Ni siquiera habíamos dicho los votos pero yo ya estaba bizca por el beso. 

Bienvenido a la boda, Bambi.

Me separé con dificultad y observé todo a nuestro alrededor. 

Sinceramente se sentía como nuestro espacio íntimo para pronunciar los votos. Me encantó. Me hizo sentir menos nerviosa.

—Mi papá de verdad te va a llevar a la cárcel por esto —dije viendo su boca. Adam en un traje negro… era la cosa más deliciosa que mis ojos hubieran visto.

—Entonces que así sea. 

Mis ojos se desviaron por un momento hacia el techo, y lo que vi me dejó sin aliento una vez más. Había cientos de rosas y lirios con todo y sus hojas y sus tallos que colgaban a unos cuantos metros de nosotros. Era hermoso. Como si alguien hubiera plantado un jardín en el cielo falso.

—Comencemos o sino el rabino greco-ortodoxo que contrató Evelyn nos va a fulminar —susurró Adam, acomodándose la chaqueta de su traje.

—¿Greco-ortodoxo? —pregunté. Él negó con la cabeza e indicó al… ¿rabino? para que continuara con la ceremonia.

El hombre con la túnica azul se aclaró la garganta y pronunció unas palabras en hebreo para luego cambiar a nuestro idioma.

Desde donde estábamos podía escuchar la conmoción de los invitados que se susurraban cosas y que parecían tratar de calmar a mi papá.

No le presté atención y centré mi mirada en Adam.

—Este día es un día de celebración, de amor y de nuevos comienzos. Este es el día en el que ésta joven pareja decidió dejar de tomar rumbos separados y unir sus caminos para ser una sola carne, un solo matrimonio y una sola familia…

Él ¿rabino? continuó con su discurso sobre la institución familiar y sobre lo que la iglesia opinaba acerca que el hombre no debía estar solo. Sonaba motivador cuando habló de los problemas a los que una pareja de recién casados se enfrentan, y sin darnos cuenta llegó a la parte importante de los votos.

Mis nervios regresaron otra vez.

Adam acarició mi mejilla antes que el hombre en túnica siguiera hablando.

—No te pongas nerviosa —susurró en mi oído—. Solo estamos tú y yo aquí.

Besó lentamente mi cuello y sus labios pasaron a mi mentón antes de apartarse.

Asentí, dándome valor y sonreí de vuelta.

—Muy bien. Repite después de mí —dijo el rabino en dirección a Adam—. Yo, Adam Tadeus Walker, te tomo a ti, Annabelle Green, como mi futura esposa…

Adam repitió exactamente esas palabras.

—Mi futura amante… —prosiguió el hombre.

—Mi futura amante…

—Mi futura compañera de vida…

—Mi futura compañera de vida.

—En este largo camino que quiero recorrer junto a ti.

—En este largo camino en el que seguro me equivocaré más de una vez —continuó Adam por su cuenta. Sostenía entre sus dedos un anillo de platino con pequeños diamantes—. Pero aunque cometa cientos de errores, y diga cientos de chistes malos, prometo hacerte la mujer más feliz. A ti y a nuestros hijos, los que vengan. Prometo honrarte en la salud y en la enfermedad. Cuidaré de ti en todo momento, anteponiendo mis necesidades por complacer las tuyas. Y…

Hice un puchero. 

Él rodó los ojos.

—Y prometo también cuidar de tus libros —continuó— los buenos y los malos. Los nuevos y los más gastados. Procurando tratarlos con respeto y veneración… y jamás intentar meter de nuevo uno entre mis pantalones, o bromear sobre lo irracional que es enamorarte de un chico que vive entre páginas. O hacer cualquier intento de broma con respecto a ese libro erótico que tanto te gusta… aprendí mi lección la primera vez, muchas gracias. Todo esto, hasta que el sueño eterno nos separe.

Sonreí con aprobación y algo de vergüenza, asintiendo con la cabeza cuando terminó.

Puso el anillo en mi dedo, y me besó tiernamente en los labios.

El rabino tosió para nada disimuladamente.

Sonreí y me aparté de Adam antes de atraerlo para otro beso.

—Ahora Anna, con el anillo en tu mano, repite después de mí…

Mis ojos cayeron al dedo de Adam, en donde todavía tenía una bandita tapando su anillo tatuado. ¿Cómo pensaba simbolizar el dárselo?

—Solo jala la bandita —susurró él con clara diversión en su rostro.

Tomé una de las esquinas de la bandita de su dedo y comencé a levantar un poco el material.

—Yo, Annabelle Green…

—Yo, Annabelle Green…

— Te tomo a ti, Adam Tadeus Walker, como mi futuro esposo…

—Te tomo a ti, Adam Tadeus Walker, como mi futuro esposo… mi futuro amante, mi futuro compañero de vida —El rabino me instó a proseguir por mi cuenta. Y así pensé hacer mientras miraba a Adam a los ojos—: Mi futuro dolor de cabeza y el futuro padre de mis hijos. Prometo cuidar de no enojarme por tus locuras, o por tus chistes que nunca logro entender con facilidad. Cuidaré de tu hermoso cuerpo en la salud y en la enfermedad, procurando alejar a las moscas que quieran interponerse en nuestro camino y hacernos separar. Prometo ante… esta cámara y la gente que nos está viendo a través de una pantalla, amarte en la riqueza y en la pobreza. Todo esto hasta que el sueño eterno nos reclame y nos separe.

Él sonrió, de acuerdo con mis palabras.

Finalmente, y con mucha curiosidad, quité la bandita de su dedo para ver lo que se había hecho como anillo.

Mi boca se abrió ligeramente y mis ojos se empañaron con lágrimas.

—No puedo creer que hicieras esto —murmuré.

—Por ti nena, quemaría el mundo entero —susurró llevando sus labios a los míos.

Y yo de verdad creía que así podría ser si se lo proponía.







Canción que se canta en la boda:


Y entre otras cosas, un extra:




Leelo sólo si estás curioso...

13 junio 2014

¿Les había contado hace unos días que me iban a hacer una entrevista en el blog de Alma Castillo?


Bueno, pues ya está listo.
Anímense y lean las respuestas a preguntas que se me hicieron entretenidas y locas.



.....


¡Y ya dejen de decir que es muy divertido lo de los zapatos!


Es verdad!!!! Se ha vuelto parte de una manía... un trauma personal











jajjaaj ok... no soy tan mala. Ríanse pues...


Capítulo esta semana... no se desesperen. Ya faltan pocos capítulos antes del gran final!

Nos vemos dentro de poco.




POAW Cap.13

25 mayo 2014

Gracias por la paciencia (si es que la tuvieron). Gracias también por sus comentarios, los leo TODOS!
Y disculpen la ENORMEEEE demora. Recuerden que yo escribo solo en mis tiempos libres, y que por más que me encantaría, no me dedico enteramente a esto. A veces me absorben los deberes de la universidad u otros motivos diferentes.
Igual aprecio su apoyo y siempre trato de responder sus comentarios.

Oh, y antes que lo olvide: encontrarán una escena... "hot" (no tanto tampoco, o al menos eso pienso... ustedes tienen una mente más pervert que yo) cerca de la mitad. Las que quieran saltarla solo tienen que reincorporarse justo donde están los asteriscos: ****
Solo eso. Disfruten.



Capítulo 13
De pastelitos y escritorios de cien años



Había una ardilla observándome desde la ventana. Sus enormes ojos negros me miraban sin perderse un solo detalle de lo que estaba haciendo con mis manos; siguiendo mis movimientos cada vez yo arrancaba uno de los extremos de mi pastelito de mora azul con relleno de frambuesa y lo masticaba lentamente.

Mientras tanto, Evelyn hiperventilaba en el suelo, gritando ordenes a través de su celular.

—¡Dije rosa pálido, no lila! —gritó encolerizada. Jaló con una mano su usual y ordenada trenza y comenzó a desenredarse el cabello, liberándolo para cayera en capas sobre su espalda —. ¡Idiota! No, las otras flores se colocan en el... —me miró de reojo, susurrando el resto de la frase para que yo no escuchara ningún detalle de la decoración. Me había prohibido mirar el lugar en donde se celebraría la boda y no quiso revelar una sola pista de lo que me esperaba una vez allí.

Pedía mi opinión en cuanto a colores y gustos en general, pero la verdad era que mi participación en la preparación de la boda había sido nula (no que me molestara, sinceramente, yo era un asco tratando de organizarme).

Ahora había una mujer de aspecto regio tomando las medidas de mi cuerpo semi desnudo, asegurándose de disimular muy bien mis cinco, casi seis, meses de embarazo en mi vestido de novia.

Tenía una cinta métrica en el brazo, midiendo desde mi codo hasta mi cuello, desde mi cuello hasta mi cintura, y de allí a mis tobillos; sacando medidas de todo lo que pudiera.

Mis pies dolían por mantenerme tanto tiempo de pie, pero, según la mujer, faltaba poco para terminar.

Di otra mordida a mi delicioso pastelito, viendo a la ardilla cuando se acercó aun más hacia la ventana, ladeando su cabeza y tratando de transmitirme algún mensaje secreto para que le compartiera de mi comida.

Bufé en silencio y continué siendo testigo del ataque de pánico que tenía Evelyn, viendo cómo maldecía y lanzaba por el aire una insana cantidad de tarjetas con pintura y telas de muestra, descargando su ira contra el pobre sujeto al otro lado de la línea telefónica.

Finalmente gruñó y colgó la llamada, contando hasta diez para serenarse antes de mirar la habitación entera.

—¡Mañana es la boda, gente! —gritó a todas las personas que estábamos reunidas a su alrededor (que esencialmente eran: mi mamá, Rita, la diseñadora que había sido contratada a última hora, y una desconcertada Nicole que aplicaba algún producto a las cicatrices y quemaduras de su cara)—. Todas conocen su misión en este día: el novio no puede, por ningún motivo, mirar a la novia. Mucho menos puede hacerlo estando Anna en su vestido; quiero un día entero sin contacto entre ambos.

Las tres asintieron seriamente; hasta la pequeña Nicole en su vestidito verde, a juego con sus ojos. Todas parecían bastante compenetradas con el papel de ser mis vigilantes.

—Anna —Evelyn pronunció mi nombre como si fuera una advertencia—: nada de escaparte para estar con él. Estás bastante ocupada por este día... Y aún nos falta encontrar lo nuevo y lo azul para completar las tradiciones.

Me fulminó con la mirada, retándome a llevarle la contraria.

Rodé los ojos mientras sumergía otro pedacito del pastelillo a mi boca.

—No es como si no pudiera mantener las manos fuera de Adam —murmuré aún con la boca llena—, pasamos meses distanciados, no habrá problema con que no nos veamos por un día.

Me encogí de hombros, aunque extrañamente comencé a echarlo de menos. Si estuviera en la habitación con nosotras, seguramente ya hubiera soltado alguna broma que le causaría más espasmos a mi corazón idiotamente enamorado.

La ardilla, que antes vagabundeaba cerca de la ventana, ahora estaba en el alfeizar, olisqueando en dirección al vidrio, como si tratara de hallarse un hueco para entrar.

Evelyn notó que miraba al animal con atención, y al verlo ella misma también, corrió a espantarlo.

—¡Chú, chú! —gritó histéricamente agitando las manos con desprecio—. Odio esos animales, me recuerdan a murciélagos caminando en dos patas.

Ella se estremeció mientras seguía asustando a la pequeña ardilla.

El animal terminó por irse corriendo a través de los cableados que había en la casa vecina.

—Pero a mí me parecen adorables —dijo mamá cuando la ardilla se perdió de la vista—, deberíamos tenerlos en la boda. ¡Podríamos hacer que lleven los anillos! ¡O tal vez mejor un par de palomas grises que suelten los anillos en la mano de cada uno!

Nicole gritó, secundando la idea.

—¡Tenemos a Ricky Martin! Él puede llevar los anillos también —dijo ella con entusiasmo.

Desde que Mindy me había regalado a Ricky, Nicole se apropió de él y se encargó de hacerle espacio en su habitación, limpiando su jaula y alimentándolo mejor de lo que yo hubiera podido alimentarlo.

Evelyn le dedicó una de sus miradas mortales a mamá, esas que decían: no jodas conmigo. Y luego miró soñadoramente a la pequeña.

—¿Tienen a Ricky Martin? ¿De verdad harían que llegue a la boda y lleve los anillos? —ella comenzaba a sonar maravillada.

—Sí, claro —respondió Nicole—. De hecho está en mi habitación, no ha dejado de comer desde que despertó. Si quieres, te lo presento.

A Evelyn casi se le salieron los ojos.

—¿Por qué nadie me dijo que Ricky Martin estaba en la casa? —comenzó a arreglarse el pelo, ordenó su camisa para lucir más profesional y revisó su aliento, soplando sobre su palma para comprobar el olor.

La detuve antes que Nicole la llevara más lejos.

—Ricky es nuestro hámster. No te engañes.

—¿Qué? ¿Un hámster?

Asentí, avergonzada por derribar sus ilusiones.

—¿No estás jugando conmigo? —pronunció cada palabra con una ira ciega—. Pffftt, este es el colmo.

Ella fulminó a ambas, a mi madre (quien se reía descaradamente) y a la niña.

Después de eso mamá se calló y Nicole notó la incomodidad entre ambas.

—Hablando de anillos —Rita carraspeó para cambiar de tema—, ¿cómo es el anillo de Adam? Ya hemos visto el tuyo, pero él no ha dado señales de ninguno.

Sonreí de lado al recordar la tarde pasada.

—Es porque se lo tatuó.

Mamá, Rita, y hasta la misma diseñadora, abrieron los ojos como platos.

—¿Se lo tatuó? —chilló Rita—. Vaya, y yo que pensaba que iba a huir a última hora...

—¿Qué cosa se tatuó? —interrumpió mamá—. Ay, qué romántico.

—Esa es la cuestión —dije encogiéndome de hombros—: él no quiso enseñarme lo que se hizo al final. Se cubrió el tatuaje con una curita de Hello Kitty que le pertenecía a Nicole. Dijo que lo vería hasta el día de la boda.

Pude escuchar a mi madre suspirar con emoción para luego decir:

—Ojala tu padre marcara varias partes de su cuerpo con recuerdos míos. ¿Sabes que si ustedes dos se separan, Adam tendrá mucho material para nunca recuperarse? Te vería cada vez que observara su muñeca o simplemente bajara la vista a su brazo.

—¿Si nos separamos? —pregunté, incrédula—, qué buenos deseos de tu parte, mamá —dije con sarcasmo.

—Lo siento, pero tengo razón.

—Pues no veo por qué tendríamos que separarnos. Haremos que esto funcione, lo sé.

Me mostré optimista por un momento, olvidando lo poco sincera que me había vuelto. Aparte de ocultarle que seríamos padres de gemelos… gemelas, en realidad, él no sabía que lentamente estaba convenciendo a su abuela de llevarme hacia el lugar donde tenían a Aarón, su hermano.

Cualquiera pensaría que estaba loca por querer conocerlo, pero existía algo realmente fuerte que me pedía verlo. Quería creer que era real, que Adam no me había mentido al respecto como me había mentido en tantas otras cosas.

Quería verlo con mis propios ojos.

La idea se había apoderado de mí, y hasta no llevarla a cabo no podría dormir con tranquilidad. Sí, yo debía estar loca.

Después de unos largos minutos de silencio y de escuchar cómo la anciana mujer tomaba mis medidas y ajustaba su cinta métrica, Nicole comenzó a reír.

—A mí sí me enseñó el anillo —comentó entre sonrisas—, es muy bonito.

—¿Cómo? —preguntó mamá—. Tienes que decirnos cómo es.

Sentó a la niña en sus piernas y comenzó a acariciarle el cabello para que ella soltara la información.

Nicole sonrió abiertamente, y negó con la cabeza.

—Tío Adam me dijo que no dijera una palabra —ella hizo el ademán de poner un zipper en su boca.

—Bueno, la ventaja es que la boda es mañana —comenté—, y que podremos ver el diseño del anillo hasta e...

—¡Ni hablar! —gruñó mamá—, quiero saber cómo es. Anda, habla pequeña.

La sonrisa de Nicole se hizo más amplia.

—Bueeeeno... —se inclinó cerca del oído de mamá, y a ella se le nublaron los ojos de inmediato mientras la pequeña le susurraba las cosas.

Mi madre se llevó una mano a su pecho, tratando de contener una lágrima.

Fruncí el ceño. ¿Por qué lloraba? Solo esperaba que Adam no hubiera hecho nada muy romántico porque últimamente me encontraba ultra sensible y me ponía a llorar con facilidad. No quería llorar en mi boda... Bueno, lo sé, decir que no iba a llorar era una gran farsa. Lloraría. Mucho.

Estaba a punto de preguntarle a mamá el por qué de sus lágrimas, cuando un golpecito en la puerta nos distrajo a todas.

—¡¿Quién es?! —gritó Evelyn. En sus manos tenía un catalogo de modas.

—Soy Key, el amigo de Adam —respondió él por el otro lado de la puerta.

Inmediatamente Rita se tensó como un cable y maldijo por lo bajo.

—¿Qué quieres? —gruñó Evelyn—. Estamos ocupadas.

—Traigo un regalo… para Anna, lo envía Adam.

Evelyn negó con la cabeza.

—Increíble. Bien, ya abriré.

Me apresuré a colocarme una bata de seda para cubrir mi cuerpo mientras le lanzaba miradas interrogantes a Rita, ella me evitó como la peste.

Entonces Evelyn lo dejó pasar.

Key entró a la habitación, usando una de sus ya conocidas camisas a cuadros y sus hebillas enormes; pero con lo que nadie contaba, era con ver a Adam que caminaba en un andar confiado, tras él.

Evelyn gruñó como loba poseída.

—¡¿Qué te dije, Walker?! —gritó—: ¡La verás hasta mañana! ¡LÁRGATE!

—Woa, tranquila, mujer. Solo vengo a ver a mis chicas en la habitación —me guiñó un ojo.

—Lár.ga.te —espetó Evelyn una vez más, estirándose para que de alguna manera él no me viera.

Adam la ignoró, inclinándose frente a Nicole para darle un beso en la frente.

—¿Has estado cuidando a Anna por mí? —le preguntó.

La niña sonrió mientras asentía con la cabeza.

—Sí. Todas quieren saber cómo es tu anillo, pero solo le conté a la abuela Cecile.

Adam levantó el dedo tatuado, cubierto ahora por una curita de un dinosaurio.

—Mañana será el gran día… mañana lo verán, especialmente tú, nena.

Por el rabillo del ojo pude ver a Evelyn con la cara roja, murmurando acerca de pisotear tradiciones.

—Antes de que lo olvide… —comentó él—, mira lo que te conseguí, piraña.

Le tendió un libro de cubierta rosada que escondía tras su espalda.

La niña chilló cuando vio el título.

—¡Me lo compraste! Eres el mejor papá del mundo.

La niña estaba tan consumida viendo su nuevo libro, que no notó cómo Adam se quedaba con la boca abierta cuando ella por error lo llamó papá.

—¿Me llamaste...?

Ella no lo dejó terminar porque lo asfixió en un abrazo apretado. Con la misma velocidad lo soltó y corrió hacia mí.

—Mira, Anna, para que me leas en las noches —me entregó el libro—. ¡Y la chica tiene mi nombre! Ya quiero que lo leas conmigo.

Adam se recuperó del shock y sonrió con orgullo.

—Pero ya sabes —le advirtió a Nicole—, esa historia es ficticia... no es verdadera, más si incluye chicos. Las chicas en la vida real esperan hasta los veintisiete para involucrarse con ellos. Anna se saltó esa regla porque tiene una mente más acelerada que el resto, y porque no se pudo resistir a mis encantos, ¿entendido?

La pequeña rodó los ojos pero de igual forma repitió:

—Entendido —y salió corriendo con su libro en mano fuera de la habitación.

Key se rió en voz alta, y noté cómo Rita lo fulminaba con la vista.

Evelyn gruñó con desesperación, más cuando notó que Adam ladeaba la cabeza para verme mejor. Luego ella se alteró cuando él se acercó para darme un beso en el cuello.

—Me rindo —gritó, desesperada—. Ustedes no se comportan.

No le presté atención, concentrándome únicamente en el delicioso olor de Adam, intensificándose mientras él se paraba detrás de mí y llevaba sus manos a mi vientre en un abrazo perfecto.

—¿Nena? —susurró en mi oído—, te ves bien. ¿Cómo está mi pequeño? ¿Ya comió allí adentro?

Sonreí de lado.

—Manzanas verdes como siempre, y esta cosa deliciosa que encontré a mi lado esta mañana cuando me desperté —levanté el pastelito a medio comer. Adam le dio una mordida gigante, haciendo sonidos placenteros mientras masticaba.

—¿Esta mañana? —preguntó aun con la boca llena—. Pues yo no lo dejé.

Me giré en sus brazos para verlo a la cara. Lucía realmente confundido.

—¿Cómo que no me lo diste tú? Estaba en tu lado de la cama.

—Tal vez fue mi abuela quien lo puso.

Inmediatamente mis mejillas enrojecieron.

Esta mañana yo apenas y tenía puesta, escasamente, una sábana. Nada más. Sin ropa.

Si hubiera sido su abuela la que entró furtivamente… estaría muerta de vergüenza.

Adam rió al notar mis mejillas enrojecidas.

—Es broma, amor, fui yo quien lo puso ahí.

Me besó el hombro y mordió otra porción del pastelillo, mordiendo también uno de mis dedos.

—Hay momentos en los que te odio con desesperación —dije.

—Sí, pero también me amas con locura, y eso lo supera todo. Ahora dime, nena, ¿tienes ropa puesta debajo de esa bata?

Me ruboricé de nuevo, esta vez porque todos los ojos estaban puestos en mí y en la forma en la que Adam parecía querer desnudarme con un solo chasqueo de dedos.

—Es poca —susurré todavía más bajo que antes.

Hubo un fuerte silencio de su parte, hasta que comenzó a aplaudir para llamar la atención de la habitación completa.

—Muy bien, todos —gritó él, agitando sus manos hacia Rita y Key que permanecían sentados uno junto al otro—. Será mejor que nos dejen solos a mí y a mi dama.

Mamá rodó los ojos pero mantuvo la sonrisa permanente en su rostro mientras se ponía de pie y dejaba la habitación no sin antes mirarme de una forma sugestiva.

Evelyn, a mi lado, bufó, lanzando miradas groseras a mi prometido.

—Ni siquiera se te ocurra hacer lo que pienso que vas a hacer, Walker —amenazó ella, elevando una de sus cejas pelirrojas.

—Y según tú, ¿qué es lo voy a hacer?

—Vas a... alborotar las hormonas de Anna. Exijo que respetes mis reglas. Les pedí solo un día, ¡un día! para que ambos conservaran un poco del misterio antes del matrimonio.

—Pues, verás, yo no soy alguien que siga las reglas. Además, no me gusta el misterio.

—Ya veo. ¡Aminda! —gritó hacia la diseñadora—. Deja a la Sra. Walker con su futuro esposo. Quieren "privacidad" para hacer solo Dios sabe qué cosas. Vámonos.

Adam sonrió complacido cuando la habitación se quedó sola.

Sus labios regresaron inmediatamente a mi cuello, sus manos desatando el nudo de mi bata.

—Adam —murmuré entre risas—, ¡en cualquier momento puede aparecer Evelyn para ensartarte un tenedor en la espalda! No sigas provocándola.

Él lamió mi clavícula, haciendo que mis rodillas temblaran. Se alejo sólo para comer lo último que quedaba de mi bocadillo.

Una vez que terminó de comer, me acarició la mejilla y susurró:

—No importa. Siempre y cuando pueda hacer esto —se acercó cuidadosamente a mi costado y acto seguido se inclinó sobre mi seno izquierdo y lo mordisqueó ligeramente sobre la tela de mi bata.

Tuve que cruzar mis manos detrás de su cuello para evitar caer echa pudín al suelo.

—¡Ahí está, mi pequeña de ojos bizcos! —dijo él, sonriendo. Su mano bajó por mi muslo, apartando la tela de la bata que aún se interponía entre él y mi piel—. No necesitas de mucho para que tu Bambi interno salga a la luz.

Mordisqueó mi cuello, sus dientes clavándose en mi piel.

—Creo que me voy a derretir en el suelo, mis pies no pueden conmigo.

—¿Te duelen?

Asentí con la cabeza, pegando mi nariz a su cuello para olerlo sin vergüenza.

—Bueno, esto amerita que cambie mis planes.

—¿Tus planes? —murmuré mientras agarraba puñados de su cabello negro y lo jalaba solo porque tenía el poder y el derecho de hacerlo.

—Sí, vamos a tener que follar sobre el escritorio de cien años de antigüedad de la abuela, ya no podremos hacerlo contra la pared, como yo quería.

Mis ojos se ampliaron. Mis oídos jamás se acostumbrarían a escucharlo hablar de esa forma.

Ambos miramos, al mismo tiempo, el espacio donde dicho escritorio se encontraba.

—¿Estás bromeando? —pregunté—. Esa cosa parece que se va a caer en cualquier momento.

—Tiene cien años, es resistente. Perteneció al bisabuelo...

—Y ahora lo vamos a "hacer" ahí.

—¿Vamos a "hacer" ahí? ¿"Hacer" el qué, nena? —su boca buscó mi garganta para mordisquearla otra vez, y pasar su lengua sobre la marca que dejaron sus dientes anteriormente.

—No empieces con eso —lo regañé. Mi voz sonaba ronca.

—De acuerdo, Srta. Green, agárrese de mis hombros porque la pienso cargar a usted, y a mi hijo o hija, para luego tomarla sobre el escritorio una última vez antes que cambie de apellido y use el mío.

Me reí en voz alta, con las mejillas sonrosadas. Hice como me dijo y dejé que me llevara al escritorio. Mis pies enlazados en su cintura.

El mueble rechinó con un crujido cuando me depositó sobre la madera de cien años; traté de acomodarme lo mejor que pude mientras Adam comenzó a deslizar la sedosa bata por mis hombros, dejando que cayera hasta mis codos para apreciar mi ropa interior (que consistía únicamente en mis braguitas y una banda elástica que tapaba mis pechos).

Le dio un beso sonoro a mi barriga y luego susurró en voz baja:

—Muy bien, a cubrirse los oídos porque no quiero traumar esa mente pequeña de bebé.

Me sonrió cuando sus ojos estuvieron a la altura de los míos.

—Cuando nos vayamos de luna de miel —habló muy cerca de mi boca, retirando las únicas piezas de ropa en cuestión— no quiero que empaques nada de ropa interior... y no bromeo.

—¿Vamos a tener luna de miel? —pregunté algo escéptica.

—Por supuesto, nena —lamió cuidadosamente mis senos expuestos.

—¿Aunque ya nos hayamos comido el pastel antes de tiempo? —señalé mi vientre.

—Aunque nos hayamos comido el pastel, los dulces y las galletas. Claro que no te llevaré muy lejos, no quiero que mi pequeño Noah se maree y haga que su mami vomite en el camino.

Me ruboricé por completo.

Ni siquiera le había dicho que esperábamos niñas. Las posibilidades que fuera un pequeño Noah ahora eran tan escasas... Yo era una terrible persona por no decirle nada.

—Adam hay algo que no sab... —mi boca enmudeció cuando rápidamente me besó, su lengua demandando entrada entre mis labios.

Tuve que reclinarme contra él para no caerme de espaldas.

Sus labios pasaron de demandantes a tiernos en cuestión de segundos.

Luego de un momento tomó espacio y se separó de mi boca.

—De verdad... —murmuré sintiéndome mareada por sus besos—, deberías dejarme hablar...

Su boca regresó a la mía. Sus manos tomando mis caderas, sus dedos trazando patrones cerca de mi ombligo un poco abultado.

—Y tu deberías entender que difícilmente puedo pensar en momentos como este. Nada de hablar.

Sus besos siguieron torturándome, empujándome cada vez más cerca de la orilla del escritorio. Hasta que el patrón de la tela de su camisa se plasmó sobre mi piel desnuda.

Sus caderas comenzaron a chocar contra las mías, con sus dedos sujetándome firmemente en mi lugar.

Me aparté esta vez para detenerlo.

—Estás demasiado vestido.

Él sonrió de lado, encantando con la idea de quitarse la ropa para mí.

Mis ojos no pudieron evitar comérselo entero mientras subía sus manos y tiraba de su camisa para luego lanzarla al suelo.

Me perdí observando desde el más pequeño de sus tatuajes hasta su ombligo, por la línea de su pantalón.

—¿Quieres algo de música mientras me desnudo? —preguntó, divertido al ver que no podía estar menos absorta en su cuerpo—. ¿Moves like Jagger?

Negué con la cabeza, esperando a que regresara a mí.

—Se va a llevar mucho tiempo. Apresúrate.

A propósito comenzó a quitarse lentamente sus pantalones, quedando en ropa interior.

Oh, mi... madre con tres gatitos.

A esta altura ya debería aburrirme verlo siempre de esta forma, pero no. Adam Walker no era alguien aburrido de ver.

Definitivamente escribiría esa novela sobre él, claro, lo haría menos idiota, y a mí me daría un poco más de valor... pero la escribiría solo para detallar unas buenas dos páginas de sus tatuajes y su cuerpo... y ese cabello espeso, y su forma de hacer sonidos graciosos cuando besaba mi vientre y hablaba con nuestro pequeño. O la manera en que trataba de tomarse la vida con humor y calma, riendo aún en los malos momentos. O...

Él llegó rápidamente hacia mí, mirándome con anhelo y adoración. Pegó su frente contra la mía, cubriendo el pequeño jadeo que salió de mi boca cuando bajó su bóxer y me llevó más al borde del escritorio para que nuestros cuerpos comenzaran a unirse sin la interrupción de la ropa.

—Me dices si estoy siendo muy brusco —susurró en mi oído, besando después mi mejilla, acariciando mi nuca con su mano.

Su boca se tragó otro de mis jadeos cuando comenzó a empujar lentamente sus caderas contra las mías, abriendo mis piernas hasta que estuvo dentro por completo.

—¿Anna, me escuchaste? —habló casi ahogadamente, me sujetó de la barbilla para que abriera los ojos que, de alguna manera, sabía estaban bizcos.

Vagamente asentí, embelesada por sus caricias.

De pronto sus manos bajaron por mi costado, sus dedos se detuvieron para pellizcar mis pezones y luego descendieron un poco más, recorriendo caminos que ya habían sido besados por su boca: mi espalda, mi cintura levemente perdida a causa del embarazo.

Sus manos también fueron a mi trasero, levantándome para acomodar entre nuestros cuerpos mi barriga. Me inclinó levemente hacia atrás, haciendo que mis codos tocaran la madera del escritorio.

Sus caderas pronto empezaron con su ritmo tentadoramente lento, sus empujes fuertes y precisos, aumentando después la velocidad hasta que el único sonido que se escuchaba era el de nuestras respiraciones aceleradas y nuestros cuerpos explorando su unión, él siempre siendo cuidadoso por los bebés.

Mis caderas se encontraban las suyas, mi labio fue salvajemente mordido cuando él se detuvo e hizo un movimiento que me provocó más jadeos. Nuestro sudor se mezclaba, dejé de pensar y mi mente quedó en silencio.





Cuando finalmente logramos detenernos una media hora después, sonreí como siempre lo hacía cuando me sentía así de satisfecha con él.

Sus manos seguían aferrándose a mis caderas, evitando que mi cuerpo abandonara el suyo.

Pasó su mano por mi frente sudorosa y sopló cerca de mi boca.

—Tengo que admitir —dijo él, intentando recuperar el aire—, ahora me gustas un poco más con curvas rellenas.

—¿Curvas rellenas? —jadeé cuando se movió a su derecha—. ¿Quieres decir... que te gusto más estando gorda?

—¿Gorda? No estás gord... ¡Santo cielo, Anna! ¿Cuántas hamburguesas comiste ayer? No había notado este pequeño rollito de carne bajo tus brazos. Eso es nuevo.

Tocó el brazo en cuestión.

Lo golpeé en el hombro, queriendo separar sus caderas de las mías.

Él no lo permitió, sus dedos hundiéndose en la piel de mis muslos.

—Anna, solo bromeaba. En realidad... Me gustas flaca, me gustas gorda. Me gustas verde, me gustas rosa. Entiende que me gustas de cualquier forma.

No pude evitarlo, reí un poco. Mi respiración trabajando con dificultad.

—¿Acabas de hacer un poema para mí? —pregunté entrelazando mis manos detrás de su cuello.

Se encogió de hombros.

—Estás viendo mi lado poético en su estado más puro.

Sonreí con facilidad.

—A ver, qué más tienes en el repertorio...

Él negó con la cabeza.

—Eso fue “Poema improvisado” que sucede muy raras veces. Además soy de los que piensan que la mejor poesía que te puedo dedicar es la que dice mi cuerpo. Más que palabras, son acciones de lo mucho que te amo y me importas. ¿Entonces, dejas hablar a mi cuerpo una vez más, mi futura Señora Walker?

—¿Otra vez? —pregunté con incredulidad.

Él sonrió y asintió con la cabeza.

—Déjame enseñarte los mil usos de un escritorio de cien años... —palmeó dicho mueble.

Sonreí también, recordando cuando me dijo lo mismo sobre el uso de las camas.

—¿Y de repente todo tiene mil usos? ¿Por qué no mil dos?

—Puedo considerarlo... ¿Entonces? ¿Mil dos usos del escritorio de cien años?

Asentí, contenta.

—De acuerdo —murmuré apretando mis pies alrededor de sus caderas—. Probemos los mil dos usos.

—Bien. Ahora solo dame un minuto mientras tomo aire.

Respiró hondo, inconscientemente haciendo movimientos que causaron que me estremeciera por dentro. Luego la lujuria se hizo cargo de nuevo.

Lastimosamente no pudo enseñarme todos los trucos bajo su manga porque, curiosamente, un escritorio de cien años de antigüedad no era una superficie muy estable para hacer "movimientos pélvicos" o darse el lujo de tener un tórrido arranque de pasión sin provocar quebrarle al mueble una pata, haciendo que el efecto dominó se desatase y termináramos sobre el suelo, encima de trozos de madera.

La abuela de Adam se quedaría sin su escritorio por un buen tiempo… y no llegué a descubrir todos sus usos.



****



Había visitado a la Dra. Bagda Kamali una vez más, contándole (y suplicándole) que nunca jamás me reasignara a otros médicos a menos que se cerciorara que eran estables mentalmente.

Ella se disculpó y actuó de manera profesional, lamentando el hecho de haberme enterado de esa forma el sexo de los bebés. Pero todo era cierto, ya estaba confirmado: serían niñas.

Adam se volvería loco.

Yo me volvería loca.

Pero de igual forma no dejé de sonreír cuando salí del consultorio y miraba con adoración el ultrasonido de las bebés.

Últimamente les daba por dar patitas en la noche, moviéndose como si estuvieran listas para salir corriendo. Y ahora sostenía la prueba contundente de los cuerpecitos que llevaba en el vientre; al final metí la imagen en mi cartera mientras regresaba a casa, dispuesta a dársela a Adam como un pequeño regalo para la boda.

Me pasé toda la mañana pensando en posibles nombres, sonriendo como estúpida y tarareando de felicidad.

El resto de la tarde pasó en un borrón, y finalmente llegó el tan esperado día de la boda.

Decir que Evelyn estaba loca era decir poco; ella estaba demente, desquiciada. Incluso su cabello rojo fuego, que por lo general permanecía inmaculado, ahora se encontraba hecho un desastre.

Sus ojos estaban llenos de delineador mal aplicado, y ojeras moradas aparecían bajo sus párpados remarcados de corrector facial.

Me dio una mirada mortal cuando vio que mi mano buscaba instintivamente otro trozo de manzana verde condimentada que había dejado en un cuenco de cristal justo al lado del tocador, donde, el hombre más gay del planeta estaba arreglándome el pelo.

—Anna, no quiero que ensucies tus manos y después toques tu arreglado cabello —dijo ella, parecía necesitar un exorcista por la cantidad de veces que me gruñó. Faltaba poco para que su cabeza comenzara a dar vueltas—. Además, Aminda, la diseñadora, traerá personalmente tu vestido de novia por el cual se desveló toda la noche confeccionando con su equipo de trabajo.

Dejé que el trozo de manzana se deslizara de mis dedos y cayera de nuevo al bol.

Cuando Evelyn se dio vuelta para atender una llamada, agarré de nuevo la fruta y rápidamente la metí en mi boca, masticando a toda prisa.

—Come un poco más —me susurró Octavio, el estilista—. Quedará entre nosotros.

Me guiñó un ojo y procedió a poner pinzas en mi cabello para rizarle las puntas. Lo usaría suelto, con la mitad cubierta por el velo.

Octavio, quien muy amablemente me había pedido que lo llamara Ocho, me pasó el bol con los trozos cortados de manzana y lo escondió bajo unas revistas de estilo para que pudiera tomar cuanto yo quisiera, libremente.

Evelyn regresó cuando “Ocho” miraba mi rostro desde todos los ángulos frente al espejo.

—Octavio —llamó ella—, te dije que solo las puntas irían rizadas. Y esta vez pon bastante fijador, no quiero que se repita el error de la boda Davadi-Hamilton.

Él puso los ojos en blanco, haciendo una mueca que provocaba que su espeso bigote rubio se moviera de manera graciosa (hacía eso bastante).

—Ya te dije que soy Ocho, no Octavio. Vi esta película hace unas semanas: el chico tenía el nombre de un número, no pude evitar pensar en lo bien que me quedaría a mí también. Ocho es más profesional que Octavio. Además, el cabello de esta adorable chica está siendo rizado solamente en las puntas. Sé lo que hago.

Evelyn murmuró algo acerca de lo fuerte que la menopausia les daba a algunas personas, y se retiró de la habitación para supervisar el servicio de cáterin.

Ocho también me maquillaría, y a pesar de parecer un tipo de cuarenta años con un mal tinte de pelo, estaba mejor actualizado que yo en cuanto a tendencias.

—Evelyn me enseñó lo espectacular que está quedando el sitio —comentó mientras aplicaba un poco de fijador en mi cabello—. Hay un pequeño altar al aire libre, hermosísimo, de madera, pintado de blanco. No tienes idea, del techo cuelgan estas… —se calló abruptamente—. Ups, lo siento. Se supone que no debo decir nada. Debes verlo con tus propios ojos. Solo puedo decir que Evelyn se lució con este trabajo.

—Cuelgan, ¿qué? —pregunté, ansiosa y nerviosa al mismo tiempo. No quería nada extravagante. Sólo pedía que fuera sencillo.

Ocho le restó importancia, agitando una mano y moviendo su bigote de lado a lado.

—Nada. Te aseguro que te va a gustar, tú tranquila.

Estaba a punto de coger otro pedazo de manzana y de pasar por alto las ganas que tenía de saber cómo estaba decorado el sitio, cuando Rita, Shio y Mindy abrieron la puerta de la habitación, haciendo una entrada ruidosa.

—Buenas, buenas, casi Sra. Walker —saludó Shio con un beso en el aire—. Ya estamos aquí tus damas de honor.

Les sonreí a todas, viéndolas por el espejo.

—¿Tienen ya sus vestidos?

Mindy levantó de mala gana un vestido strapless verde claro envuelto en una lona plástica.

—Voy a parecer fenómeno —dijo ella, viendo el suelo y haciendo una mueca.

Rita se rió por lo bajo, observando a Ocho con curiosidad mientras él les sonreía animadamente a todas.

—Mindy se volvió a pintar el cabello —anunció Shio—. Piensa que se va a ver como un elfo del bosque encantado.

—¿Qué color te lo pintaste? —le pregunté.

Ella llevaba un gorro rojo que tapaba cualquier hebra de su pelo. Se la quitó para dejarme ver.

—Me gusta cómo te queda —sonreí—, ¡blanco!

Combinaba con su piercing de aro ubicado en su boca, y el otro que tenía en la nariz. Incluso había decolorado un poco sus cejas. El cabello blanco realmente realzaba su belleza, más cuando le caía en hondas hasta la altura de su cintura.

—Vestido verde, cabello blanco —masculló ella, su voz se escuchaba más desinteresada y adormitada que nunca—. Seré el fenómeno entre los niños. Solo me faltarían las condenadas alas y… listo: hada del bosque. Pero no me interesa, si me dicen algo, los mando a comer lodo con mierda de cabra.

Reprimí una risa cuando vi lo sensible que se puso.

—Y cambiando de tema —agregó—, mi regalo de boda está trepando por las cortinas de la sala.

—¿Trepando?

Rita se echó a reír cuando vio mi expresión.

—Sí, es una iguana traída de Honduras. La llamé Sebastián. Pero claro, puedes cambiarle el nombre.

De acuerdo, este no era momento de preocuparse porque una iguana estuviera suelta en la sala de la casa. Era momento de preocuparse porque mi estómago era el que más ruido hacía en la habitación… y porque ya faltaba poco para la boda.

Ignoré la sensación de hambre combinado con nervios, y me concentré en jugarle bromas a Rita (con Key) y a escuchar las relaciones fallidas de Shio.

Las horas de la mañana pasaron rápido, el equipo de Ocho apareció al medio día para peinar y maquillar a las damas de honor, y Evelyn finalmente había limpiado su maquillaje mal aplicado pero no se despegaba del teléfono. La boda sería a las cinco para aprovechar los rayos del sol y recibir la noche al aire libre. Todos podían percibir que el gran momento se acercaba.

Una chica asiática limaba y pintaba mis uñas con un tono rosa antiguo, mientras Ocho se dedicaba enteramente a mi cabello, dejándome unos rulos plásticos con algún producto para mantenerlos naturales una vez que los retirara. Él se movía entre mi mamá y la abuela de Adam, secando, planchando, alisando y estirando el cabello de alguna que otra de mis amigas.

Aproximadamente unos minutos después que Evelyn nos dejara almorzar y tomar un descanso de toda la laca para el cabello, alguien dio un tirón a mis pantalones elásticos.

Cuando bajé la vista se encontraba Nicole, con el rostro bañado en lágrimas. Su peinado estaba sin terminar y su camiseta se encontraba mojada.

Inmediatamente me agaché para estar a su altura. La pequeña se lanzó a mis brazos en el instante.

—¿Qué ocurre? —mi imaginación voló a posibles y trágicos escenarios.

—Anna… —solo pudo decir esa palabra antes que se echara a llorar de nuevo, con fuerza. Sus sollozos cada vez fueron más ruidosos.

La tomé en brazos y la llevé a la sala en busca de privacidad; la senté en mis piernas y dejé que cubriera mi camisa con sus lágrimas.

—Nikky, ¿qué pasó? ¿Todo está bien? ¿Qué ocurrió?

Acaricié su cabello sin molestarme en arruinar o no su peinado.

Finalmente despegó su cabeza de mi pecho y me miró a través de las lágrimas frescas que aún descendían por sus mejillas rosadas.

—¿Es verdad que vas a tener niñas? —hipó.

—¿Quién te lo dijo?

—La abuela Cecile. Entonces, ¿es verdad?

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso con el que estés llorando, pequeña?

—Porque si son niñas… si son niñas… ¡vas a dejar de quererme a mí!

—¿Qué? ¿Por qué piensas esa cosa tan terrible?

—Porque ya vas a tener a dos niñas de qué ocuparte. No me necesitarías y no me dejarías vivir contigo y con el tío Adam.

Se echó a llorar una vez más.

Besé su frente y limpié sus lágrimas con mi pulgar hasta se detuvo y pude hablar.

—Eso es mentira. Yo jamás te dejaría de lado. ¿Por qué dices que no te voy a necesitar? ¿Que no te voy a querer? Te quiero con toda mi alma, jamás le haría algo así a alguien que amo tanto. Tú te quedas con nosotros.

—Es que… Adam me dejó siempre con la abuela, y ella se va a un crucero después de la boda, y… ¡nada de esto hubiera sucedido si fueran niños y no niñas! Yo quería dos Noahs, no dos niñas.

Gimió con un nuevo sollozo, sus ojos rápidamente se llenaban de lágrimas que caían hasta su camiseta y la mía.

—Tranquila, preciosa —le susurré, devastada por verla en ese estado—. Yo no puedo ordenarles a las bebés que sean niños. Pero no tienes por qué ponerte celosa, voy a quererte a ti como las querré a ellas —llevé una de sus manitos a mi vientre—. Tú eres parte de esta familia y ellas estarán felices de tener una hermana mayor que les enseñe posibles trucos para evadir a su celoso y posesivo padre mientras intentan salir con chicos que él no apruebe.

Nicole rió con eso, dejando salir las últimas lágrimas de sus ojos.

—¿Entonces no me van a mandar lejos? —preguntó con cautela.

—Claro que no. Eres parte de la familia, a la familia no se le manda lejos… a menos que tengan colas, ¿recuerdas lo que hablamos de la gente con colas?

Ella asintió con la cabeza, mostrándose un poco más animada con la idea.

—¿Estás segura? Tendrás dos niñas de quienes ocuparte.

—Jamás he hablado tan en serio.

—¿Lo prometes? ¿Prometes nunca dejar de quererme?

—Lo prometo. Eres mi niña hermosa, Ni Adam o yo podríamos funcionar sin ti.

Sorbió unos pocos mocos.

—¿Yo seré su hermana mayor? —acarició mi estómago— ¿Y tú serás mi segunda mamá?

Le di besitos en ambas mejillas. Mi corazón ablandándose con la idea.

—Por supuesto que sí. No esperaría menos.

Sonrió ampliamente esta vez, besando también mi mejilla.

—Bien. Lo entiendo. ¿Pero de verdad no van a abandonarme? ¿Aunque ya tengas dos niñas?

—Siempre estaremos a tu lado, pequeña.

—De acuerdo.

Sonrió aun con los ojos hinchados.

—Ahora sí, a bañarse y cambiarse para la boda —le dije—. Mi chica de las flores tiene que verse bellísima.

Su sonrisa creció más.

—Y no quiero oír esas locas ideas de nuevo. Tú eres como una parte vital de mi cuerpo. Recuérdalo.

La niña asintió y pronto comenzó a caminar lejos. Se detuvo mientras estuvo a punto de subir las gradas, se giró una vez más, y luego corrió para abrazarme.

Después de eso todo sucedió de forma rápida. Sin darme cuenta, ya era hora de ponerme mi vestido (dicho vestido que aún no había visto) y la mayoría de mis damas ya se encontraban vestidas.

La diseñadora llegó con un “elegante” retraso de una hora, y ya casi eran cerca de las cuatro de la tarde. Evelyn estaba traumatizada.

—Anna, desnúdate. Tengo que seguir supervisando a los chicos que dejé arreglando los últimos detalles en el lugar de la boda —me gritó ella frente a varios empleados que corrían de arriba para abajo cargando flores y maquillando a todo aquel que lo necesitara.

—¿Cómo? ¿Aquí?

—Entra en una habitación. Aminta, “Ocho” y yo te vamos a ayudar a entrar en el vestido sin que te arruines el peinado.

Por supuesto que no quería que se me arruinara. Era tan perfecto (de verdad lo era). El estilista pasó horas perfeccionando mi rostro y mi cabello.

Mi peinado estaba arreglado para que luciera suelto. Ocho hizo una trenza que cruzaba la mitad de mi pelo, casi cerca de mis orejas. Colocó unas pequeñas flores rosadas y roció un brillo plateado sobre ella. Lo demás caía en rizos sueltos hasta llegar cerca de mis omoplatos.

Cuando Evelyn entró con un grupo de cuatro para ayudarme con el vestido, mis nervios se multiplicaron al nivel máximo.

Respiré hondo mientras la diseñadora abría el impermeable donde se encontraba escondida la pieza en cuestión.

Poco a poco comenzaron a sacar la impecable tela blanca con encaje. Finalmente Evelyn lo extendió para que lo viera por completo, y... me quedé sin palabras. Era absolutamente hermoso.

—Te va a quedar perfecto —susurró la anciana mujer.

No pude decir nada y me limité a asentir con la cabeza.

Rápidamente me despojaron de mi ropa, sin poder protestar por dejarlos verme en mi lencería blanca.

El vestido no era vaporoso pero se ajustaba a la perfección con mi cuerpo y con mi barriga abultada. Era de espalda descubierta, con finos tirantes apenas visibles en mis hombros.

Caía hasta el suelo para cubrir mis pies. La zona de mi vientre no lucía desagradable sino más bien disimulada.

El vestido era… sencillo, elegante, hermoso. Con encaje en la parte superior y con un material sedoso en la parte inferior. Era perfecto para mí. Entonces la diseñadora llegó por detrás de mí, con una cinta del color de las flores en mi cabello y la colocó en unas pretinas bien escondidas, justo donde el escote de la espalda terminaba, atándola en un moño que realzaba de buena manera mi trasero. Sonreí cuando noté que ese toque de color le daba vida al vestido.

Me acerqué al primer espejo de cuerpo entero que encontré. No podía ni siquiera reconocerme; las lágrimas casi se salían de mis ojos. Si no fuera por Ocho que insistió en que soportara hasta las fotografías oficiales para después llorar todo lo que quisiera una vez que mi día especial estuviera registrado en imágenes.

Sonreí enormemente, viéndome con atención. Jamás me sentí tan hermosa como me estaba sintiendo en esos momentos.

Mi maquillaje estaba listo.

Mi vestido lucía grandioso

Mi ramo de flores era una combinación ideal entre los colores de los trajes de mis damas de honor y mi vestido. Incluso Evelyn, a última hora, había añadido un toque especial para incorporar lo “azul” a mi ramo: clavó un pastelito de mora azul en el centro del ramo. Lucía adorable y único.

Todo estaba listo. Solo faltaba ponernos en marcha.

Mi corazón casi se salía de mi pecho.

Hoy me casaría. ¡Me casaría con Adam!

Traté de no morder mis labios para no echar a perder el maquillaje en ellos, y volví a sonreír como idiota cuando Evelyn se situó detrás de mí, sonriendo junto a mí.

—Ya es hora, querida. Tu novio te está esperando.

Colocó el velo sobre mi cabeza, haciendo que una de las flores de mi trenza se asomara por un lado.

—¿Preparada? —preguntó siempre con esa sonrisa.

Asentí con la cabeza.

—Nerviosa pero preparada.

Y así fue como hice mi camino a través de la habitación, hacia las gradas, lejos de casa para casarme con el idiota encantador que tanto amaba.