28 enero 2015

POAW Capítulo 18-Parte II

PARTE II

Por alguna razón la enfermera lo puso en mis brazos y me dijo que me acercara a Rosie.

Lo siguiente que supe fue que ella estaba sacando una cámara fotográfica y la apuntaba en nuestra dirección.

—Espero que no les moleste. Siempre tomamos una foto de todos los niños recién nacidos en este hospital junto a sus padres, pegamos las fotografías en el mural que está al fondo —explicó la chica.

—Oh no —negó Rosie, su rostro se puso rojo de vergüenza—. Él no es el padre de mi bebé.

Bajó la cabeza para ocultar su rubor y luego sonrió amablemente a la chica todavía con la cámara.

—Pero sí aceptamos una foto como amigos —dijo en su lugar.

Yo aprobé con un asentimiento de cabeza, y la enfermera se apresuró a tomar la foto.

Nos dejó solos después de eso, prometiendo que hoy mismo se añadiría a la colección en el mural. Luego de darle unas indicaciones a Rosie, se marchó cerrando cuidadosamente la puerta.

—Espero que no te haya molestado —murmuró Rosie—. De verdad que aprecio que te quedaras a mi lado, pero bien sabes que no eres el responsable por este bebé.

Lo tomó en sus manos y lo acarició lentamente y con cuidado.

—Para mí no es ningún problema —dije encogiéndome de hombros—. ¿Y finalmente sabes qué nombre le vas a poner?

Ella hizo una mueca graciosa con la nariz y luego negó con la cabeza.

—No lo sé, solo se me ocurren nombres tontos y no quiero que mi hijo se llame Bruce Lee o Wilbur.

Casi me rio pero Rosie me amenazó con una mirada para que no lo hiciera.

—¿Sabes? —comenté después de unos segundos—. Anna y yo elegimos los nombres de todos nuestros hijos el otro día. Nuestra niña que viene en camino se llamará Belle, y los siguientes que le seguirán serán Bella y Noah; así nuestra familia de seis tendrán letras en común.

—¿Letras en común? No entiendo.

—Sí, ya sabes, Anna y Adam, A y A. Belle y Bella, B y B. Nicole (mi sobrina) y Noah, N y N. Estoy seguro que nos ganaremos nuestro propio reality show. Adiós a las Kardashians, hola a los Walkers.

Rosie se echó a reír alto y fuerte; detuvo su risa cuando notó que el bebé comenzó a protestar.

—Me gusta tu teoría... y también me encanta el nombre Noah.

Se mordió el labio mientras contemplaba a su hijo y le hacía mimos.

—Sé que esto sonará envidioso —dijo ella luego de unos momentos—, pero... ¿Le puedo poner Noah al bebé? Es que sólo míralo, tiene cara de Noah.

Traté de relajar el rostro para no expresar el pequeño disgusto que me provocó aquello. ¿Quería llamarlo Noah?

Sacudí mi cabeza y sonreí. Ella era libre de elegir el nombre; además, no era exclusivo solamente para Anna o para mí.

—Adelante, este amiguito sería un perfecto Noah. Solo recuerda comentárselo a Key. Ustedes tal vez quieran discutir sobre eso más adelante.

Ella asintió, entusiasmada.

—¡Entonces ese es, se llamará Noah! Me encanta ese nombre, estoy segura que a Key también le gustará. ¿Cómo se te ocurrió?

—Umm, es una larga historia... En ese tiempo quería ganarme el corazón de Anna.

Hice una mueca al recordar lo duro que luché por tenerla, solo para dejar que discusiones como esta nos separaran. Era un tonto.

Al parecer Rosie se percató de lo mismo porque suspiró mientras me miraba con interés.

—¿Has hablado con Anna? —esperó a que negara con la cabeza—. ¿Entonces qué haces aquí todavía? Ve a buscarla.

—¿Estás hablando en serio?

—Por supuesto. Yo te quiero mucho, Adam. Sé que lo que te pedí que hicieras antes de entrar al hospital fue un enorme sacrificio —ella se refería al beso—. Pero jamás había pasado por esto sola. No tengo a mis padres a mi lado, ni a Key, ni a mi hermana... Lo que trato de decir es que no te sientas presionado por eso. Yo no quiero seducirte ni nada; eres mi amigo y te respeto, aunque para serte sincera tal vez me sentí enojada en nombre de Emilia.

Mi ceja se alzó en una mueca para nada disimulada, y ella suspiró con cansancio.

—Sí, pensaba que estar con Anna era una manera de traicionarla...

—Rosie —tragué saliva—, teníamos trece años, ni se nos ocurría por la mente casarnos a esas alturas, ¿en qué sentido podría traicionarla? Además, ella está en un mejor lugar que nosotros después de tanto tiempo con su ausencia.

—Lo sé, lo sé. Solo trato de decir que lo siento. Me sentí molesta con Anna, aunque de verdad ella no tenía que ocultarte cierta información, como lo de tu hermano, supongo que eso me enojó...

—Ahora que lo pienso siento que fui muy duro con ella.

La escuché suspirar antes que el bebé empezara a llorar frenéticamente.

La enfermera que nos tomó la foto se pasó de nuevo por la habitación para verificar que todo estuviera bien, y finalmente dejé a Rosie sola para que alimentara al pequeño Noah, aunque no sin antes de decirme que arreglara las cosas con mi esposa.



/////



—¿Quieres que te acompañe a la consulta o eso resultaría demasiado incómodo? —me preguntó Diego mientras hacía maniobras para estacionar entre un Kia color rojo y una minivan golpeada. Todos los otros parqueos parecían llenos y ya llevábamos varios minutos en dar vueltas y vueltas.

—Puedo ir yo sola, no te preocupes. Ve a buscar a tu novia.

Él soltó un largo suspiro que hizo que el solitario cabello que caía por su frente se estremeciera.

—Ella todavía no ha llegado; está atrapada en el tráfico. Al menos eso me dijo antes que saliéramos de casa de mi abuela.

—Oh... Bien, creo que esta es nuestra última parada entonces. Después del chequeo me iré a casa, a esconderme de mis problemas.

Diego terminó de estacionarse y apagó inmediatamente el auto; me encontraba a punto de abrir mi puerta cuando él me detuvo con la mano.

—Espera —dijo con lentitud—, no puedo dejar que te vayas de esta forma. Si no te digo algo ahora me sentiré peor después.

—¿Qué es? ¿Qué quieres decirme?

Suspiró una vez más.

—Pienso que te estás dando por vencido demasiado rápido. En teoría, estás empujando a tu esposo a los brazos de su amiga.

No dije nada después de un momento, pero pronto comencé a abrir mi boca, mirando hacia sus ojos azules.

—Ella no es su amiga, es su "amiga", entre comillas. Y no lo estoy empujando a sus brazos...

—Lo haces —me interrumpió él—. Recuerda que ustedes son esposos, no puedes correr a la primera metida de pata que uno de los dos haga. Ambos tienen que estar comprometidos seriamente para que las cosas funcionen y dejen de portarse como niños.

—Lo intenté —murmuré viendo hacia otro lado; en realidad era feo ser regañada por un casi extraño—. Pero es difícil dejar de enojarse cuando tu esposo duda de su paternidad... O se refugia en los brazos de otra chica, y la verdad es que ya no tengo fuerzas para lidiar con nada de eso. Las perdí hace mucho tiempo.

Unas pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer en el parabrisas, sorprendiéndonos tanto a Diego como a mí. El cielo sobre nosotros se volvió nublado de forma repentina.

—Sigo muy furiosa con él —continué después de observar más gotas caer sobre el parabrisas—. Me dolió mucho lo que me dijo... Quizás es hora de madurar y reconocer cuando uno fracasa, y mi matrimonio con Adam ciertamente fracasó.

—Ni siquiera lo han discutido. Perdóname por meterme pero creo en el matrimonio de una vez en la vida... O tal vez sea en el amor de una vida; no digo que sigas en una relación tóxica que te produzca daños, pero sí que deberían hablar cara a cara.

—Es probable que tengas razón, aunque con Adam no funciona hacer las cosas de esa forma. Hablaremos, yo sé que sí, solo que no en este momento. Gracias por el consejo pero por favor déjame revolcarme en mi enojo.

Sonrió, abandonando el tema con un último suspiro de su parte.

—Bien, revuélcate en tu enojo. Ahora de seguro sería bueno salir del auto porque el olor me está mareando —dijo, cambiando de tema y mirando en dirección a la canasta de pastelillos que su abuela tenía preparados y que lo obligó a llevar—. Mi estómago me sigue susurrando para que me coma uno.

El mío también me susurraba lo mismo, pero no le iba a decir eso.

Por desgracia mi estómago tenía otros planes ya que gruñó ahí mismo, fuerte y claro.

Diego elevó sus cejas de manera cómica y entonces se echó a reír.

—Veo que no soy el único que quedó con hambre —murmuró, luego llevó su mano hacia el asiento trasero, junto a mí, y tomó la canasta de pastelillos. Desenvolvió el arreglado paquete rosa en el que lo había envuelto la señora Ross, y al finalizar me tendió uno con trocitos de frutas.

—¡Son para la hermana de tu novia! —lo regañé.

—No importa —se encogió de hombros—. Se supone que ella está en una dieta especial... La cuestión de los cuarenta días y eso.

Sacó otro para él y luego le dio una enorme mordida.

—Menta con chocolate —dijo dando otra probada a su pastelillo—, es delicioso.

Mirándolo comer sin remordimientos, tomé el mío y también lo devoré con hambre, todo mientras la lluvia comenzaba a caer de manera frenética y nosotros nos encontrábamos refugiados dentro del coche.

—¿De qué es el tuyo? —me preguntó.

—De arándanos. Es muy bueno... Tu abuela es magnífica cocinera.

Él sonrió, viendo de forma distraída a la ventana y luego girando su cuerpo para verme en el asiento trasero.

—No sé si mi abuela te dijo pero ella tenía una pequeña cafetería a unas horas de aquí. Él y mi abuelo le pusieron "Noah y Lila". ¿Cursi, no crees?

Se echó a reír y yo me atraganté un poco con el bocado de pastelillo.

¡Recordaba esa cafetería! Claro, de ahí se me hacía familiar su abuela, la conocí cuando el hijastro de Laura (mi antigua jefa de la librería) me pidió encontrarme con él y llevarlo de paseo.

—Es increíble —murmuré—. Rara vez en mi vida había escuchado el nombre Noah, ahora parece seguirme a donde sea que vaya.

—¿De verdad? Curioso, ¿a quién más conoces que se llame así?

—Oh, Noah... solo era una broma entre Adam y yo, hace mucho tiempo.

Diego terminó su pastelillo en cuestión de dos bocados y no dudó en tomar otro de la canasta.

—¿Qué clase de broma? Cuéntame, claro, si no es mucho problema.

—Cuando empezamos a salir, tenía un ex novio que no dejaba de molestarme. Adam le dijo que yo estaba embarazada para que él desistiera y me dejara en paz... y hasta recuerdo con claridad que le mintió diciéndole que ya teníamos escogido el nombre de nuestro futuro bebé: Noah.

Diego comenzó a reír tan fuerte que todo el auto comenzó a moverse. La lluvia seguía azotando afuera, absorbiendo el sonido de nuestra risa.

—Y no solo le dijo a él sino que también se lo contó a todos nuestros amigos y conocidos —continué diciendo—. Lo gracioso es que, después de decirle a casi todo el mundo que yo estaba embarazada, aunque no fuera verdad, terminé estándolo.

Señalé mi estómago.

—Vaya... ¿funcionará si yo le digo a todos mis conocidos que soy millonario? De tanto repetirlo podría terminar siéndolo, quién sabe.

—Tal vez, hay que probar.

Comencé a reírme una vez más, pero me detuve cuando la mitad de mi pastelillo de arándanos cayó en la impecable alfombra del auto.

—Ay, lo siento —comencé a disculparme—. Mi culpa.

Intenté agacharme pero, en serio, era imposible a menos que me acostara a lo largo del asiento.

—Ya, déjalo así, yo lo recojo —dijo Diego. Se apresuró a agacharse, pero cuando lo hizo, su pastelillo también se cayó.

—Bueno, esto es grandioso —se quejó por el desastre.

—Déjame ayudar, yo soy la que provocó todo esto...

—Nop, espera un poco. Me voy a pasar al asiento trasero, de esa forma tengo un mejor ángulo para limpiar.

No esperó mucho más cuando él ya estaba desabrochando su cinturón de seguridad y saliendo del auto solo para pasarse a mi lado.

Entró en la parte trasera, su cabello ya se mostraba bastante mojado al igual que su camiseta. Me sonrió de forma simpática antes de empezar a recoger el desastre de los pastelillos.

—Deberías probar el de chocolate con menta, es delicioso.

—No puedo probarlo, eran para tu cuñada —además no me sentía con la libertad de hacerlo. Ya estaba abusando bastante de su tiempo como para también devorarme su comida.

Vi a Diego abrir la boca pero de manera rápida la volvió a cerrar. Su ceño comenzó a fruncirse en concentración, viendo hacia la parte delantera de su vehículo, olvidando por un instante la mancha en la alfombra y nuestra discusión sobre pastelillos.

—Mmm. No quiero alarmarte pero... —tragó saliva y comenzó a hacer señas para que dirigiera mis ojos hacia adelante—. Creo que alguien ha estado observándonos desde hace unos minutos.

Miré hacia donde indicaba, pero el agua que caía era tan fuerte que difuminaba todo a nuestro alrededor; aunque podía distinguir bien una camiseta azul a lo lejos. Una persona.

—¿Quién piensas que es? Debe ser sólo alguien que pasaba por aquí —murmuré, agachándome para apoyarme en el respaldar del asiento de adelante y tener una mejor vista.

—No lo creo, nos vigilaba desde que estacioné el auto. Es extraño.

—De seguro está pasando la lluvia, igual que nosotros.

—De acuerdo... Oh, espera —gritó de manera sigilosa—. Se está acercando.

Era cierto, la persona de camisa azul se abrió paso bajo la lluvia para dirigirse hacia nosotros.

—Debe ser un extraño que se perdió.

—Está más cerca...

Diego levantó ambas cejas cuando la persona de camisa azul se detuvo frente al vehículo. No fue hasta que tocara la ventana del asiento del copiloto, que pudimos verle la cara. La camiseta azul resultó ser de una chica.

—¡Es mi novia! Vaya, por un momento pensé que era algún psicópata con un bate en mano.

Yo también pensé lo mismo pero no se lo dije.

Él se apresuró a moverse hacia la parte delantera y apretar el dispositivo para abrir las puertas. Una vez abiertas, la chica se metió, frotándose los brazos y con la ropa empapada.

—Mia, ¿qué sucedió? ¿Por qué no solo me llamaste para saber que estabas ya en el hospital?

Mia era muy bonita, de cabello rubio y tez blanca de una textura parecida a la porcelana. Ella me miró de reojo antes de llevar ambos brazos en dirección a su novio y tomarlo de las solapas de su camisa para plantarle un beso posesivo en los labios.

—Es que me asusté por un momento. ¿Quién es ella?

Esta vez me examinó de mala gana.

Yo también actuaría igual si mi novio estuviera en la parte trasera con una chica... embarazada.

—Perdón por no presentarlas —se disculpó el chef/stripper—. Ella es Anna, Anna, esta es Mia mi novia.

Mia me dio un asentimiento de cabeza mientras hacía todo lo posible por no mostrar su desagrado.

—¿Puedo preguntar dónde la conociste, o cómo? —dijo ella de forma seca.

—La conocí esta mañana, en el restaurante. Se puso un poco mal y la llevé donde la abuela. Ya sabes cómo es ella y me pidió que la trajera aquí para una segunda opinión.

Mia suspiró, ya más calmada.

—Bueno, llegué hace diez minutos y reconocí tu auto. No quiero enfrentarme a esto sola.

Ambos se tomaron de la mano y de repente yo salía sobrando en la escena.

—Umm... Si alguno tiene un paraguas, yo podría marcharme justo ahora —indiqué.

Diego me dedicó una sonrisa mientras Mia simplemente negaba con la cabeza.

—La lluvia todavía está muy fuerte, espera un poco más —sugirió Diego.

No quería decirle que su novia ya me estaba viendo muy mal, como si yo fuera su competencia y tuviera que eliminarme.

—Como sea —respondió ella—. Estoy así de cerca de descubrir si ese bebé es o no de mi hermana… Bueno, de él.

—¿Sigues con ese asunto? —le preguntó Diego.

Ahora sí, me sentía tan inadecuada entre ellos dos.

—Es que no es justo. Rosie siempre quiso lo que yo tenía… ¡ahora esto!

Por un momento mi cerebro se congeló y no supe qué decir; hasta que al final pude balbucear las palabras.

—¿Rosie? ¿Cómo? ¿La conoces? —Ahora recordaba a Adam mencionando a una Mia, hermana de Rosie. ¿De verdad el mundo podía ser así de pequeño?

Mia me dio una mala mirada por interrumpirla y luego asintió.

—¿Conoces a mi hermana menor?

—Espera —dijo Diego—. ¿Conoces a su familia?

—No, yo solo…

—Mi hermana menor —interrumpió Mia—, la embarazada que acaba de dar a luz.

—Sí, a ella la conozco. Es la “amiga” de mi esposo, la que te conté —dije mirando a Diego. Traté de no dejar que Mia viera el desprecio que invertí en la palabra amiga.

—Rosie no es amiga de nadie —ella no disimuló el desprecio—. Deberías advertirle a tu esposo que ella solo anda buscando un padre para su bebé. Sigo negándome a creer que ese niño que lleva en el vientre es de… de él.

—¿De Key? —pregunté.

—Al parecer también lo conoces. Solo espero que no digas que también estás embarazada de él. Tengo miedo de entrar ahí y confirmar si es o no hijo de Key.

Diego no se vio muy entusiasmado por las palabras de Mia y se limitó a apretar la mandíbula.

—Déjame llevar a Anna adentro, primero, y luego regreso al auto —le dijo él a Mia. Ella asintió con la cabeza y se despidió de mí con dos dedos.

—Un gusto en conocerte, Ada.

Vaya, otra que se olvidaba cómo mencionar bien mi nombre. Al parecer era herencia de familia.

—Y escucha bien mis palabras —dijo cuando su novio se bajó para abrir mi puerta—: Rosie te va a devorar viva si la dejas cerca de cualquier hombre.

No dije nada y esperé a que Diego me ayudara a salir del auto.

—Lamento no tener paraguas, pero la lluvia ya se calmó —me dijo él justo cuando bajé del vehículo—. Y perdona la actitud de Mia, ella es bastante celosa y preocupada. No sabía que de la persona que hablábamos era su hermana, la misma “amiga” de tu novio. Lo siento.

—No te preocupes, soy yo quien lo siente ahora. Deberías decirle a Mia que yo ya estoy en un matrimonio complicado y que, por si no lo notó, estoy embarazada de un idiota que no eres precisamente tú o su ex.

Diego me llevó lo más lento posible, tomándome de la mano en todo ese tiempo para que no fuera a caerme con el suelo mojado, hasta que llegamos a la seguridad del hospital.

Terminé parcialmente empapada pero no me importó.

—Bueno... Gracias por ser una excelente persona y ayudarme. Creo que me puedes dejar hasta aquí, voy a llamar a Adam para que me recoja. Supongo que hasta ahí llegó mi plan de escape.

—Supongo —él me sonrió—. Ustedes dos son muy especiales. Nunca olvido un rostro y, en definitiva cuando te vi, te identifiqué con rapidez. Espero que las cosas vayan bien... Y fue un placer conocerte. Espero que más adelante nos encontremos otra vez; aunque el mundo es tan pequeño que estoy seguro que lo haremos.

Sonreí de lado y le di la mano.

—Un placer también. Gracias por los postres y la preocupación.

Nos despedimos y yo fui a la recepción a pedir información sobre donde podía examinarme.

Todavía estaba en shock por enterarme que todo este tiempo estuve con el cuñado de Rosie. Espera, se suponía que Diego venía a ver a su cuñada que acaba de dar a luz. ¿Entonces Rosie ya tuvo a su bebé? Ahora era yo la que se contagió del miedo de Mia. Solo que yo tenía miedo de encontrar a Adam al lado de Rosie. De seguro él tenía que haberla traído o como mínimo estar a su lado.

Pero no, esta vez no me iba a dejar. Diego tenía razón; no se lo iba a dejar a Rosie pero tampoco se lo pondría fácil. Eso no significaba que entre Adam y yo las cosas ya estuvieran bien.

Me pidieron hacerme unas muestras de sangre y me mandaron a maternidad. Aproveché a verificar si Rosie se encontraba en el mismo hospital.

Después que la amable señora de recepción me dijera que debía ir al tercer piso, subí el elevador directo a maternidad.

Para mi sorpresa, lo primero que encontré cuando las puertas se abrieron fue la cosa que más me dejó en shock.

Justo en una pared, de tamaño mural, se encontraban cientos y cientos de fotografías, y en medio, como centro de atención estaba... ¿Adam con Rosie y un bebé?

—¿Qué? —balbuceé. La foto tenía un tamaño mayor que las otras, por eso fue fácil identificarla.

Me acerqué para ver la fecha, y precisamente esa fecha era hoy.

—Tiene que ser una broma —dije para mis adentros. Ya sabía que él estaría donde Rosie estuviera pero no pensé que fuera de esta forma.

Sin pensarlo demasiado, me acerqué hasta el cubículo de enfermeras y pedí información.

No fue tan difícil encontrar la habitación de la vividora. La puerta se encontraba semi abierta y había tres globos azules amarrados al pomo.

Ahora era yo la furiosa. Me acerqué con sigilo y entré en la habitación dándome cuenta que Adam no estaba en ninguna parte de ella, pero sí la rubia con un bebé en sus brazos.

Me detuve por un momento, sin saber muy bien cómo manejar la manera en la que me sentía en esos momentos.

No pude retroceder por más que lo deseara porque Rosie me notó en ese exacto momento.

—¿Anna?

Ni siquiera dejé que terminara de hablar cuando, por impulso, me acerqué lo más que pude a su cama y levanté mi mano para golpearla directo en la cara.

Se quedó quieta y con la boca abierta, todavía con su bebé en brazos.

—Entiende que si no me lancé y te arranqué el cuero cabelludo fue debido a que estás cargando un bebé y tienes los brazos ocupados.

Ella abrió y cerró la boca, todavía en shock y sin hablar.

—Pero estoy cansada que sigas confundiendo mi nombre y que le digas cosas a mi esposo que lo único que hacen es lastimarme a mí —continué—. Si tienes algo que decir, dilo en mi cara y no a mis espaldas.

Pensé que ella estaría furiosa pero en cambio bajó la vista y se movió con lentitud sobre la cama, directo hacia la cuna que tenía a la par para depositar a su, debía admitirlo, hermoso bebé.

—En verdad, Anna. Lo siento muchísimo, supongo que Adam te contó lo del beso. Ni yo misma puedo justificar lo que hicimos pero lo necesitaba en ese momento. Sabía que entre él y yo no podía…

—¿Beso? ¿De qué beso me estás hablando?

Por primera vez desde que la conocí e invadió nuestra luna de miel, Rosie se miraba arrepentida.

—¿No te lo dijo? Nos besamos, Anna. Nos besamos varias veces pero fue por…

Me acerqué de nuevo y esta vez planté mi mano de forma más fuerte que la anterior. Su rostro se comprimió y su mejilla quedó roja.

—Deberías tener algo de vergüenza —murmuré echa una furia—. ¿Acostumbras besar hombres casados?

—Lo siento… él y yo siempre fuimos solo amigos y claro que lo veo como uno.

—¿Y eso que tiene ver con que le des ideas equivocadas o el beso que supuestamente tuvieron, o qué tiene que ver con que le cuentes sobre mi visita a la clínica de su hermano? No es asunto tuyo lo que sea que pasemos Adam o yo.

—La clínica me informó de la visita. No pudieron contactar con Adam y yo le comenté casualmente, pensando que él ya lo sabía. Yo soy la segunda persona en su contacto de emergencia; después de lo que le hizo a mi hermana yo quise vigilarlo más seguido…

—¿De lo que le hizo a tu hermana?

—Sí, a Emilia. Después de lo que le hizo, yo…

—¡Ahora entiendo! Es seguro que estás utilizando a tu hermana muerta para querer generarle simpatía a Adam, pero te lo advierto de una vez —la señalé con mi dedo índice—. No te metas más con nosotros, mucho menos pongas en duda su paternidad. ¿Qué querías lograr con eso? ¿Afectarnos? ¡Pues felicidades porque lo lograste!

—¡Yo intentaba hacerle un bien! ¿De verdad te afectó tanto que le comentara mi idea de si tu bebé era o no suyo? Es normal que quiera preguntarlo. Perdona por entrometerme.

—Ya que te parece tan normal este tipo de cosas, entonces déjame que te lo pregunte yo a ti. ¿De verdad Key es el padre de ese bebé?

—¡Por supuesto que lo es! Y no puedo creer que Adam te mencionara eso, es algo privado.

—Y no puedo creer que él también te mencionara lo que ocurrió hace meses atrás. ¿Verdad que no es bonito que alguien te confronte de esa manera?

—Anna, mira, ya me disculpé y te juro que lo siento. No sé qué piensas de mí pero yo no soy una mala persona… No trato de manipular a Adam de ninguna manera, y definitivamente no sé qué clase de complot crees que estoy armando; créeme que lo siento. Ahora tengo en mi vida a mi bebé Noah y nunca me ha importado nadie más. Lo único malo que hice fue besarlo… y sé que está mal, ya lo sé.

¿Noah? ¿Había escuchado bien? Esto era el colmo.

—No te creo nada; pedazo de basura que estás hecha —me limité a decir—. Ni una sola palabra de lo que dices es sincera. Nunca le voy a creer a alguien como tú, y por una vez te lo advierto: aléjate de nosotros. Deja de arruinar lo poco que queda de nuestro matrimonio. Y en definitiva, no creo ni de cerca que Key sea el padre, espero que tu hijo no crezca con la clase de madre que serás tú.

Para mi sorpresa, Rosie se echó a llorar de manera ruidosa y fuerte.

Grandes gotas de lágrimas salían de sus ojos, incluso llevó sus manos a su rostro para taparlo pero siguió llorando y sollozando con fuerza.

Una mano se cerró en mi codo y comenzó a llevarme en dirección a la puerta.

Esa misma mano me apretó hasta que logró sacarme.

—¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —me gritó Adam—. ¿Qué mierda, Anna?

Su rostro se encontraba contraído y rojo. Jamás lo había visto tan enojado.

—¡¿Y qué mierda se supone que haces tú?! ¿Por qué siquiera estás aquí, con ella? ¡Ya hasta te consideran el padre de ese niño que apareces incluso en los murales! ¿Es una jodida broma?

—Soy su amigo…

—Vaya, qué buen amigo te has hecho. Esa misma frase la usan los infieles para excusarse con sus esposas. No llevamos ni un año de casados y ya estás mintiéndome como siempre. Estoy cansada de esto.

—¿Por qué la hiciste llorar de esa forma? —me reclamó. Me llevó cerca de los elevadores, otra vez pude contemplar el mural de fotos.

—¿Y por qué me lo preguntas a mí? Deberías estar preguntándoselo a ella. No puedo creer que lloré toda la noche por un imbécil que anda besando a sus “amigas”. Creo que no tienes idea de lo mucho que te odio justo ahora. Te odio.

Hice espacio para comenzar a caminar lejos de él, pero me detuvo con la mano.

—No me odias, esa es una palabra muy fuerte.

Lo odiaba del tal manera que él nunca iba a enterarse de mi parte que estaba esperando gemelas. De hecho, ese no era castigo suficiente… Me alejaría todo lo que pudiera de él. Me alejaría hasta que le doliera como a mí me dolían sus palabras.

—Siento que ya no te quiero lo suficiente como para aguantar nada de esto.

—Es que no entiendes las razones que tengo para acercarme tanto a Rosie… Su hermana, ella…

—Ya lo sé. Su hermana era Emilia, ¿no? Aquella chica que conociste a los ¿trece años? Déjame adivinar: ahora te sientes culpable por dejarla sola y te estás desquitando con nuestro matrimonio.

—No es tan sencillo…

—No te preocupes en explicarme —interrumpí—. Pienso apartarme de tu lado para que puedas pasar tiempo con tu Rosie. De todas formas recuerda que yo ya no te quiero y espero nunca quererte otra vez.

Adam frunció el ceño, viéndose ligeramente enojado.

—Sé que me quieres —dijo él en un tono firme—. Sé que lo haces todavía, no puedes simplemente despertar un día y decir que ya no me amas porque sé que mientes.

—No deberías darlo por hecho. Puede que te quiera pero estoy cansada de jugar juegos en los que tú siempre te apartas y yo quedo como la triste y desolada Anna.

Miré hacia otro lado y abracé mi estómago con fuerza.

—¿Entonces piensas apartarte primero para darme una lección?

—Yo no haría algo tan cobarde como huir —mentí. Esa misma mañana me escapé de él... así como haría de nuevo en el momento en que se diera la vuelta y no notara mi ausencia. Me iría porque sí, lo admitía, yo también era una cobarde.

Observé el suelo desgastado por un largo momento hasta que Adam finalmente habló, y no fue precisamente para decir lo que esperaba escuchar:

—Entonces haz lo que tengas que hacer Anna. Yo necesito estar aquí con...

Lo interrumpí poniendo un dedo sobre sus labios.

—No lo digas, ya lo sé. Necesitas estar aquí para Rosie pero no puedes estarlo para mí. Bien —mis ojos se estaban nublando a una rápida velocidad así que comencé a seguir mi camino—. Solo... estaré en el hotel.

Y sabía, por la mirada de arrepentimiento en sus ojos, que él notó el dolor que me había causado en ese momento. Esperé que me siguiera o que dijera que lamentaba ser un idiota, pero no hizo ninguna de esas cosas porque regresó junto a ella, junto a "su" Rosie, y consideré esta batalla perdida. Me alejé lo más pronto que pude para que nadie me viera llorar.

Era cierto, entonces, lo nuestro ya estaba acabado en varios niveles. No iba a pasar de nuevo por el papel de tonta, estaba cansada de todo. Ahora el que quedaría como tonto sería él, y me encargaría de hacérselo saber de todas las maneras posibles.

Adam Walker era un idiota de ligas mayores.
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08 enero 2015

POAW - Capítulo 18-Parte 1

El capítulo es cortísimo porque no me quedó tiempo de revisarlo o escribirle más... estoy muerta de cansancio así que perdonen las faltas de ortografía y los errores o incoherencias que encuentren, las corregiré pronto. Les dejo exactamente la parte que tengo escrita... justo donde me quedé escribiendo e_e



Capítulo 18
¿Cuántos Noahs son suficientes Noahs?




Rosie fue ingresada en una habitación y luego fue llevada directamente a la sala de partos, en donde ella me suplicó que no la dejara sola mientras esperaba a que Key se apareciera y no se perdiera el momento exacto en el que conocería a su bebé.

Ahora ella sostenía mi mano como si yo me fuera a desmaterializar en cualquier segundo. Apretaba mis dedos cada vez que venía una fuerte contracción hasta que se tranquilizaba y su respiración se acompasaba.

Al poco tiempo, una enfermera la revisó y le indicó que estaba lo suficientemente dilatada como para comenzar el parto. El bebé ya venía en camino.

—¿Key no ha venido? —me preguntó Rosie, en sus ojos se podía ver el pánico que la invadía.

—Lo siento, no traje mi teléfono y ya las enfermeras hicieron el favor de avisar. No tardará en venir.

Esa era una pequeña mentira ya que estábamos a unas dos o tres horas lejos de casa... Definitivamente él tardaría en llegar.

—No me dejes, Adam —suplicó ella con lágrimas en los ojos cuando llegaron los del equipo médico para atenderla—. Si Key no puede venir, por favor entra tú conmigo.

Antes de que pudiera decir algo, una enfermera negó estrepitosamente con la cabeza.

—Solo se permiten familiares... o al padre del bebé —dijo ella mientras le tomaba la presión sanguínea. La mujer debía andar por sus cuarentas pero se miraba de mayor edad gracias a la mueca de amargura permanente en su cara.

Iba a disculparme con Rosie, cuando ella comenzó a gritar muy fuerte.

—¡Llama a Mia! —chilló otra vez justo cuando una contracción la atacó demasiado fuerte—. Mi hermana sigue en el hotel...

Cerró los ojos y apretó mi mano hasta el punto en el que pensé que me quebraría algunos huesos.

La misma enfermera amargada se acercó hacia mí y me tomó del codo, llevándome hacia el lado opuesto de la habitación, directo a la salida. Me encontraba indeciso sobre si salirme o hacer algo para quedarme.

—¡Adam! —gritó Rosie antes que me sacaran del todo. Su mirada me decía lo desgarrada que se sentía sin ningún conocido a su lado, sus ojos me suplicaban que me quedara con ella.

Si Emilia no se hubiera suicidado hace ya tanto tiempo atrás, ella luciría exactamente igual a Rosie ya que ambas compartían casi los mismos rasgos. Al ver sus ojos azules me entró el remordimiento y la culpa. Claro, Rosie ya sabía todo lo ocurrido con su hermana, se lo había contado meses después de su muerte, pero ella nunca me culpó de lo sucedido y me ayudó a sobrellevar la carga, sintiéndose dolida porque se lo ocultara durante tanto tiempo pero a la vez logró perdonarme con facilidad por haberme callado. Ahora era Rosie la que me necesitaba en este momento y yo no podía marcharme cuando lucía así de... vacía.

Con cuidado me zafé del agarre de la mujer quien me llevaba de salida, y me planté junto a la camilla de mi amiga.

—Me quedo —dije con cierto tono de autoridad, dirigiendo mis siguientes palabras hacia la enfermera con expresión aburrida. Iba a pronunciar las palabras que me harían ganar el título de tonto, pero eran para ayudar a una amiga... una amiga que quería lo mejor para mí y para Anna, así que lo haría, las diría—, y me quedo porque yo soy el encargado de ese bebé. Yo me hago responsable por él.

—¿Es usted el padre? —me interrogó la mujer, mostrándose escéptica.

No dije nada pero ella ni siquiera esperó una respuesta cuando ya se encontraba ladrando órdenes a alguien para que volvieran a llamar al doctor que atendería el parto.

Tragué saliva, declarando una guerra interna que me hundía poco a poco. 

Rosie me dedicó una sonrisa cansada y alargó la mano para estrechar la mía.

—Gracias —murmuró—. No sabes lo mucho que aprecio que te quedes.

—Es lo menos que podía hacer después de que te mostraras comprensiva con mi situación con Anna.

—Hablando de eso, no te enojes con ella, ¿quieres? Pensé que tú ya sabías lo de su visita para ver a tu hermano. Lo siento, también lamento haberte contado lo otro.

Apreté mi mandíbula por un instante antes de obligarme a relajarla. Ese asunto seguía molestándome bastante.

—No te preocupes. Hablaré con ella cuando pueda.

Antes de decir algo más, Rosie ya se encontraba gritando de nuevo; a tiempo se asomó el doctor para comenzar.





///////





La sangre se había detenido, dejando una mancha un poco notable en mi ropa pero al menos ya no tenía que preocuparme... o eso me dijo la abuela de Diego quien se había portado muy amable conmigo. Por un momento pensé que se trataba de un aborto espontáneo pero ella se encargó de tranquilizarme y de explicarme que la pérdida de sangre no fue mucha como para crear una situación alarmante pero sí lo suficiente como para poner un llamado de atención. Era por el estrés, tenía que descansar y más cuando mi embarazo era múltiple. Si no empezaba a dormir bien y a tranquilizarme, podía complicar los riesgos de la salud de mis niñas.

Por supuesto, como si relajarme fuera fácil en estos momentos.

Por suerte para mí había subido mi pequeña maleta al auto de Diego y pude cambiarme con facilidad, poniéndome mis leggins favoritas y mi camisa de cuello bajo de color azul celeste que hacía resaltar mis ojos grises.

La casa de la abuela de Diego era acogedora y muy bonita. De dos pisos, con aire antiguo pero a la vez pacífico. Todo influía para hacerme sentir mejor.

—¿Ya mejor, chica Walker? —dijo Diego, asustándome cuando entró en el comedor donde yo me encontraba con una taza de té en las manos. 

Él se sentó a mi lado y pasó su mano por mis hombros.

—¿Chica Walker? ¿Necesito preocuparme porque tengas el número de mi... de Adam? —iba a decir esposo pero la palabra se negaba a salir ahora que quería tenerlo cerca pero no podía porque él seguía enojado conmigo y yo seguía enojada con él.

Diego suspiró a mi lado.

—Lo conocí en tu despedida de soltera. Él me pagó una pequeña fortuna por dejarlo entrar y prestarle un uniforme de trabajo mientras se colaba en la fiesta para ir tras de ti. Después de eso me dio su número de teléfono y un jugoso anticipo a cambio de informarle si te aparecías en el club otra vez, sola o acompañada.

—¿Qué? ¿Te pagó para que me vigilaras?

Quitó su mano de mis hombros, como si presintiera que estaba a punto de golpearlo en cualquier segundo.

—No pregunté por sus razones, pero el chico de verdad se miraba desesperado porque lo llamara si tú volvías a poner un solo pie en ese lugar.

—No es justo —murmuré enojada—, él sí puede prohibirme ver gente... o hacer cosas, y yo, cuando le digo que sus amiguitas son zorras de piernas flojas, decide no creerme y me ignora.

Apreté mi mandíbula con fuerza, dejando el té de lado, sobre la mesa.

—Respira hondo —murmuró el chef/stripper con ceja perforada—, tu presión puede volver a subir y la abuela me golpeará en la cabeza por no cuidarte mientras ella está unos minutos en el baño.

Me obligué a respirar con más naturalidad.

—Bien. Pero es solo otra cosa que empiezo a detestar de Adam. Ojala de verdad lo violaran diez unicornios salvajes.

—¿No eran siete?

—Entre más, mejor.

—De acuerdo... —el timbre de su teléfono interrumpió lo que sea que fuera a decir—. Eh, perdón, debo contestar, es mi novia.

Se puso de pie no sin antes darme una ridícula reverencia y llevar el teléfono a su oreja.

—¿Hola? ¡Mi amor! —se perdió en la siguiente habitación, dejándome a mis anchas en el modesto comedor de su abuela.

Era obvio que él no estaría soltero; parecía buen chico, atractivo a su manera y con bonita personalidad. Tampoco era como si yo lo estuviera analizando desde el punto de vista romántico, porque aunque Adam no me mereciera, yo no entraría en el juego de la infidelidad.

No estuve sola por mucho tiempo ya que la abuela del susodicho apareció bajando las escaleras y sentándose frente a mí.

Llevaba una falda larga y acampanada que lucía vaporosa cada vez que la suave brisa nos golpeaba desde la ventana.

La señora era de cabello canoso, mas sin embargo ella no lucía como alguien de la tercera edad. Su cuerpo era robusto y su piel se miraba más blanca que el papel. Me sonrió al acercarse y ocupó el asiento que Diego había usado hace unos instantes atrás.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó amablemente—. Sé que puede ser algo mortificante estar rodeada de desconocidos, pero mi nieto es una buena persona y me alegra que te trajera a tiempo.

Le devolví la sonrisa. Ella insistió en que tomara una segunda opinión de alguien profesional pero sentía que ya no la necesitaba. De igual forma terminó convenciendo a su nieto para que me llevara al hospital más cercano a que me revisaran.

—Sé que su nieto es magnifico... Y entiendo que también pudo haberse sentido incómoda alojando a una extraña.

Ella hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto.

—En esta casa sobran las habitaciones, eres más que bienvenida.

—Muchas gracias señora Ross.

—Por favor, llámame Lila. Me siento demasiado mayor cuando me dicen Sra. Ross.

Me guiñó un ojo y se levantó de su silla para caminar directamente a la cocina que se encontraba cruzando el comedor.

—Te traeré galletas de almendras con caramelo que acabo de hornear —dijo con serenidad.

No pude negarme, mi estómago ya estaba haciendo sonidos de ultratumba, protestando del hambre… nuevamente.

Me levanté para seguir a la señora Ross pero ella fue me regresó al comedor cuando intenté ayudarle a cargar la bandeja de las recién horneadas galletas.

—Pero qué se hizo ese muchacho —dijo ella cuando juntas tomábamos nuestros asientos—. Te va a acompañar a una rápida revisión en el hospital (que es lo primero que tuvo que haber hecho), y luego te llevará a donde te estés quedando.

Aparté la mirada de sus ojos escrutadores y me ahorré de decirle que si regresaba al hotel sería únicamente para recuperar mi billetera.

Luego di un buen mordisco a la galleta y... ya nada fue lo mismo. La cosa era tan deliciosa que se deshacía en la boca.

—Adivino que su nieto aprendió a cocinar de usted. Están muy buenas.

—Exactamente. Solíamos tener un restaurante... Bueno, más como una pequeña cafetería, con mi marido pero tuvimos que cerrar hace un par de meses; a pesar de eso Diego se mantuvo en la rama de la comida al igual que nosotros.

Él se había quedado en la rama de la comida y en la del baile exótico. Pero no abrí mi boca por temor a no saber si ella ya estaba informada sobre eso.

—¿Una cafetería? —pregunté—. Su rostro se me hace bastante conocido.

Era la verdad. Ella me parecía vagamente familiar, así como el rostro de Diego me pareció familiar desde un comienzo, pero no recordaba dónde la había visto.

—¡Tal vez entraste a mi cafetería en algún momento! Solía atraer a mis clientes regalándoles pequeñas rebanadas de pan.

No, definitivamente no me acordaba.

Me encogí de hombros, comiendo en un cómodo silencio y devorando bastante de las galletas.

—Diego me dijo que sabía de partos —finalmente hablé cuando me obligué a detener mi apetito.

—Así es. Hace diez años trabajaba en un hospital público, pero me retiré rápidamente cuando me casé y me dediqué a lo que verdaderamente me apasionaba: la comida. Todavía guardo el conocimiento pero es bueno que verifiques sobre el diagnostico que te di. ¿Dónde se metió Diego?

Y como si lo hubieran convocado, en ese momento apareció él con una sonrisa en la cara.

—¡Aquí estoy! Culpable —tomó una galleta y se la llevó a la boca, saboreando con lentitud—. ¿Estás lista Anna?

—Me siento muy avergonzada por quitarte tu tiempo —murmuré.

—Oh, no te preocupes. De todas formas mi novia me acaba de llamar para decirme que su hermana menor está dando a luz en el hospital, me reuniré con ella allá. ¿Puedes creer esa coincidencia?

—Wow, ¿en serio? Bueno, al menos no te estoy atrasando.

Me sonrió con simpatía y sacó de su bolsillo las llaves del auto.

—Entonces vamos, yo te acompaño.





//////





Parecía impresionante la velocidad y la eficacia con la que Rosie dio a luz. Tardó veinte minutos en traer a este mundo un muy saludable y hermoso niño.

La experiencia en sí fue muy aterradora. Rosie había comenzado a pujar y lo siguiente que pasó fue que el bebé ya estaba saliendo.

Al final tanto grito no fue necesario porque ahora ella ya se encontraba mejor, feliz, aliviada. Aunque Key todavía no aparecía, al menos pude avisarle a la hermana mayor de Rosie, quien me aseguró que ya venía en camino.

—Gracias por quedarte a mi lado —dijo ella con voz suave. Sus ojos seguían acuosos de todo lo que había llorado al ver a su hijo por primera vez.

—No hay problema, hermosa. Trata de dormir algo... Aunque creo que traerán al pequeño pronto.

Ella asintió, con mirada ausente.

En poco tiempo llamaron a la puerta de su habitación y en seguida entró una enfermera con el bebé dentro de una cuna de hospital.

—Es hora de darle de comer —murmuró ella ajustándolo a orillas de la camilla de Rosie.

El bebé era precioso. Tan frágil y pequeño que yo no sabía ni qué hacer.

Sus manos eran tan pequeñas y su cabello era del tono perfecto de dorado. Piel pálida y pecosa, hermoso.


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21 diciembre 2014

PFQMG - Capítulo 12

12
Cómo admití que no me gustó tu beso
(pero en realidad lo disfruté)

Key… ton


Mi mente todavía sigue nadando en la ira y la vergüenza de que mi nombre real fuera revelado; es por eso que no puedo reaccionar correctamente cuando Rita une su mano con la mía y le da un apretón no tan suave para ser una chica.

Apenas y le pongo atención a lo que dice, pero de repente capto a mi madre que me lanza una mirada divertida y curiosa. Sus cejas se elevan hacia el nacimiento de su cabello y parece que se estuviera mordiendo la lengua para aguantar preguntar algo de lo que siente curiosidad y desprende de ella a raudales.

Hay un chico frente a nosotros, usando el uniforme de los típicos trabajadores del campamento; desde mi lugar puedo notar que el tipo tiene los ojos de distintos colores. En clase de biología, hace un par de años atrás, aprendí el nombre de esa rareza bicolor: heterocromía iridium.

También recuerdo bien el nombre porque pensaba ponerle el mismo a la banda en la que toco; eso fue hasta que aprendí de la ósmosis (en esa misma clase de biología) y me pareció mejor.

El chico con heterocromía me está observando por un momento, calibrando mi aspecto y midiendo mis reacciones.

Entonces, como si me hubieran echado un balde de agua fría, mis oídos se destapan y finalmente escucho lo que está diciendo Rita:

—Y este es mi novio. Supongo que estás trabajando para su familia y ya debes conocerlo. Por favor evítanos tener que ver tu cara por mucho tiempo.

Después de esas palabras ella se congela, su postura rígida y su mano se desprende de la mía.

—¿Rita? —murmuro cerca de su oído.

Ella reacciona y vuelve a tomar mi mano.

—Por favor, finge por mí. Yo te ayudé a ti, ahora finge conmigo —su voz aumenta de volumen al decir la siguiente parte en dirección al chico—: te presento a la tía de Key, ella es aficionada a regalar condones. Deberías pedirle uno para cuando decidas embarazar a otra de mis mejores amigas. ¿Qué tal la vida de padre a los veinte? ¿Deliciosa?

El tipo se encoge de hombros, como si no le importara en lo absoluto.

Eso parece enfurecer a Rita y ella suelta un gruñido desesperado.

—¡Imbécil, hijo de pu…!

—Patchie, ¿no crees que debes cenar antes de destrozar al muchacho?

—Oh no, no lo conoces. Ese imbécil jugó conmigo todo el tiempo. ¿Qué es lo que les pasa a ustedes que no se conforman con una sola mujer? ¿Se creen jeques o se creen con el derecho a tener un harén?

Miro al heterocromático. Me cuesta pensar en él como padre, padre del hijo de la mejor amiga de Rita.

Sabía que ella tenía algún daño psicológico profundo. Todos lo tenemos.

Sostengo su mano y la obligo a seguirme en dirección a la cafetería. El chico está parado frente a la puerta, bloqueándonos el paso, pero no me importa.

—¿Este chico hizo eso? ¿Te engañó por tu mejor amiga? —pregunto en voz alta.

Rita asiente con la cabeza. Puedo ver dolor en sus ojos color marrón.

—Bien —digo tranquilamente. Entonces, sin que nadie lo vea venir, conecto mi puño cerrado contra la mandíbula del sujeto, y él, que tenía una postura desequilibrada, se tambalea hasta que cae de espaldas contra el suelo.

—¡Key!

Escucho los gritos de mamá. Rita está muda mientras yo sigo tomándola de la mano y comienzo a empujar su cuerpo repentinamente quieto hacia la cafetería.

Halo la puerta, ignorando al chico tirado en el suelo quejándose de dolor, y voy directamente hacia la barra de comida que aún permanece intacta.

Rita está impactada. Lo noto porque su cara está blanca como el papel; también se podría decir que sus pies parecen clavados en el suelo debido a su falta de movimiento.

—Tú… tú… ¿tú acabas de golpear a Gabriel? ¿Por mí?

Suelto su mano mientras asiento con la cabeza y me apresuro a tomar un plato de la pila de platos limpios.

Empujo uno en su dirección para que ella también coma.

Lo toma automáticamente pero sus ojos no se despegan de mi rostro.

—¿Lo golpeaste? ¿Por mí?

—Te recomiendo que comas un poco de este pollo relleno con camarones. Es delicioso.

—Nadie había hecho eso. De todas formas —ella carraspea, como si por fin entrara en razón—, yo puedo defenderme sola. De todas formas… De todas formas —repite—, muchas gracias. De todas formas yo…

—Sí, sí. De todas formas tú podías encargarte pero quise hacer esto por ti —tomo un gran cucharón de puré de papás y lo deposito en mi plato—. Es lo menos que puedo hacer. No merecías lo que te pasó. Ninguna chica linda merece que le rompan el corazón.

Ella luce confundida por un momento. Entonces, así como mi puño conectó inesperadamente contra la mandíbula de su ex novio; sus labios conectaron inesperadamente contra los míos.

Sus dedos se enredan en mi cuello y su boca se mueve contra la mía. 

Al principio estoy sorprendido, pero entonces reacciono de manera rápida y suelto el plato con puré y escucho que cae al suelo mientras tomo a Rita por la cintura y la acomodo a una buena posición para saquear más de su boca.

Yo jamás rechazaría un buen beso.

Mis manos se cierran alrededor de su pequeña figura, notando que no tengo necesidad de encorvarme para besarla porque es casi de mi estatura.

Ni siquiera puedo terminar de formar un pensamiento coherente, cuando, la puerta de la cafetería se abre y escucho los jadeos y gritos de sorpresa de quien sea que nos está observando.

Ambos regresamos a nuestros sentidos y rápidamente nos apartamos. Ella no luce ni un ápice de avergonzada. Yo tampoco.

—Esa es mi manera de darte las gracias —dice—, así que… gracias.

—De nada.

—No es una costumbre ni nada…

—Aunque debería serlo.

Ambos sonreímos y yo trato de limpiar el desastre de puré en el suelo.

—Besarte tampoco estuvo tan mal. Al menos no eres como mi primer y gran enamoramiento de toda la vida, Victor Ham. Las manos de él tenían su propia mentalidad y por alguna razón siempre acababan en mis pechos.

—Eso no es nada —contesto—, deberías haber conocido a Susy Gutiérrez. Ella era asmática y yo nunca lo supe hasta el día que nos besamos. Se tuvieron que involucrar los paramédicos, los bomberos y hasta un cura… y digamos que fue un beso que no incluía camiseta porque ninguno de los dos la tenía puesta cuando nos encontraron, en mi habitación.

De ser posible ambos nos reímos más fuerte, jadeando cuando acabamos.

—¿Todo bien por aquí? —pregunta repentinamente mamá, alzándose sobre nosotros, sujetando su cabello marrón detrás de sus orejas.

Rita asiente con la cabeza y se presenta formalmente, extendiendo su mano y pidiendo disculpas de inmediato por la mala actitud con la tía Morgan.

—Discúlpeme por actuar de forma grosera —casi la veo hacer una reverencia—. De verdad que lo lamento mucho.

Mamá le resta importancia mientras alcanza una trufa del buffet a nuestras espaldas.

—No te preocupes por eso, querida. A la tía Morgan era necesario ponerla en orden. A veces ella puede ser intensa.

—Lo siento —vuelve a decir Rita— también por mi sobresalto más temprano cuando encontré a mi ex novio aquí. De verdad él y yo no terminamos en una situación amistosa. Removió algo duro de mi interior cuando lo vi.

—Te entiendo, dulzura. Si estuviera en tus zapatos también lo hubiera apaleado frente al que sea.

Rita, para ser una supuesta persona que no se lleva muy bien con las madres (y las ratas) sabe manejarse a la perfección con la mía.

—Me alegra que mi hijo te haya traído —dice mamá—, por lo general no lleva casi a nadie a casa, mucho menos a eventos como estos. Es agradable un cambio de perspectiva.

Lo bueno con mamá es que ella no pasa mencionando a Mia bajo ninguna circunstancia. Es refrescante dejar de escuchar su nombre dentro de la familia.

—Oh, pero qué torpe soy —se queja mi madre—, no me he presentado aún. Mi nombre es Vivian, puedes decirme Viv. El señor de allá —ella señala a papá—, es Kerrintong. Puedes llamarlo Kerri.

—Claro —Rita sofoca una risa—, puedo ver que les gusta los diminutos de sus nombres.

Dice lo último mirando en mi dirección.

Joder, sabía que no iba a dejar pasar esto del nombre por alto.

Mamá en cambio lanza una risa que inmediatamente llama la atención de todos los reunidos en la cafetería.

—Te refieres a Keyton. Nunca le gustó su nombre, siempre se lo cambiaba y hacía berrinches en el jardín de niños diciéndoles a sus compañeros de clase que él no tenía nombre. Y fue así durante varios meses, hasta que él nos obligó a decirle Key.

—¿De verdad?

—Sí. Como yo trabajaba mucho lo dejaba a cargo de Delores, nuestra ama de llaves, ella y Key amaban ver telenovelas todas las tardes. El nombre era de uno de los protagonistas; le gustó tanto a Key que hizo que Delores se lo cosiera en la ropa interior un día antes de iniciar su primer grado.

Mi sonrojo se hizo visible para ambas y ellas soltaron la risa más ruidosa del lugar.

—Mamá —amenazo lentamente—, deja de contarle mis secretos vergonzosos a Rita. Justo estábamos a punto de comer…

—¡Claro! Sírvete un poco de carne de pollo y luego te espero en la mesa —le dice a Rita—. Tengo más historias de Key para contarte.

Ella se aleja mientras Rita asiente con la cabeza y corre a llenar su plato de comida.

—¿Sabes? —murmura—, me cae bien tu madre. Pensé que sería de esas típicas mujeres esnob que no se juntaban con la gente pobre y obligaban a sus hijos a casarse dentro de su nivel social.

—Ella no es así.

Me sirvo también algo de comer.

—Por cierto —Rita se detiene frente a mí, y para mi sorpresa, une sus labios de forma inesperada con los míos.

Mi plato vuelve a caer al suelo mientras la acerco y envuelvo mis brazos en su cintura.

No es hasta que ambos escuchamos los silbidos y aplausos en el fondo que nos alejamos.

—Gracias —dice una vez más—. Por lo de Gabriel. Y para serte honesta él fue el que hizo que mi gas pimienta fuera indispensable en mi vida.

Sin decir más se aleja y camina en dirección a la mesa en donde se sientan juntos mis padres.

De acuerdo, ese sí fue gran beso. Pero esta vez no lo admitiría en voz alta.



Rita



Me tocó compartir la cabaña de los dormitorios con las hermanas y primas de Key. Para mi desgracia Marie y Elena también durmieron en la misma habitación.

No sé cuál de ellas roncó tan fuerte que evitó que durmiera mis necesarias ocho horas, pero al día siguiente mis ojeras se hicieron notorias. Como no pude dormir sino hasta bien entrada la madrugada, no fui consciente cuando un zancudo chupa sangre decidió hacer de mis piernas su comedor privado.

Al despertarme tenía toda la pierna derecha hinchada, y el tobillo de la izquierda era tan grueso que parecía imposible entrar en mis zapatos con correas.

—Parece que desarrollaste una mutación mientras dormías —señala Elena cuando cojeo para ir al baño. Ella y Marie habían empezado a maquillarse desde tempranas horas de la mañana y aún ahora continúan alaciando su cabello y aplicando más productos de belleza a sus caras—. ¿Eso que tienes es contagioso?

—Curioso. Estoy segura que eso mismo le preguntaste al último tipo con el que te acostaste y de igual forma no te importó.

Necesito mi café de las mañanas, es un hecho. Me vuelvo más gruñona a medida que avanza el día y no he tomado ni una taza. Esto de acampar no está hecho para mí, y definitivamente Elena prueba mi paciencia con cada minuto en el que sigue respirando y con vida.

—Eres una amargada —dice ella, agitando su cabello para hacer énfasis en el hecho de que piensa ignorarme de ahora en adelante (eso, o estrangularme con mi almohada mientras duermo)—. Es por eso que todos los pobres chicos con los que sales han preferido embarazar a otras antes de seguir teniendo que soportarte.

Marie, quien hasta ahora ha estado silenciosa, sofoca una risa gangosa mientras usa la rizadora de pelo en sus puntas naranjas.

Les doy miradas criminales a ambas, miradas que les transmiten mi indiferencia a sus abusos verbales. De todas formas sé que nunca dejarán pasar el tema de Gabriel, mi ex novio, y que en algún momento iban a molestarme por su culpa.

—Esto va para las dos —digo sin que me tiemble la voz—: jodanse de una vez por todas. Aunque es cierto, perdón, eso ya lo hacen a diario, en cada esquina que tenga un área que les permita abrir lo suficiente las piernas de par en par a cada hombre que se sienta valiente como para aventurarse en ese coctel de enfermedades sexuales que habita en sus entrepiernas. Pero de verdad, jo-dan-se.

Después de eso no les doy el gusto de decir algo más porque rápidamente entro al baño y cierro la puerta en sus caras.

—Por cierto —grito para que puedan escucharme a través de la puerta—. Huele a quemado, a alguien se le está tostando el pelo.

Un minuto después escucho a Marie maldecir y soltar la rizadora de cabello contra el suelo.

Sonrío descaradamente.

Nadie se mete con Rita Fiorella Day sin antes no haber recibido un buen insulto. Nadie.





Desayunamos en la misma cafetería por la que entramos anoche Key y yo, y luego de comer, un chico no mayor de veinte años se adentra en el centro del local y empieza a sonar su silbato, silenciando las conversaciones de todos los presentes y llamando inmediatamente la atención.

—¡Hola familia! —saluda alegremente—. Hoy será un día de actividades y ejercicio. Tengo en mis manos una tabla de competencias, pero antes, vamos a armar los equipos.

Se escuchan varios chillidos y la gente comienza a formar grupos de inmediato. El chico del silbato vuelve a interrumpirnos a todos. Somos al menos unas treinta personas en total pero todas se silencian al mismo tiempo.

Key a mi lado suspira fuertemente y termina el jugo de naranja que todavía mantenía de su residual desayuno.

—¿De verdad vamos a hacer esto? —escucho que le pregunta a sus hermanas, ambas sentadas en la misma mesa. No puedo escuchar sus respuestas porque el chico silbato ya está hablando de nuevo, con voz potente.

—Antes que se emocionen armando grupos, quiero decirles que mi planilla y yo ya los hicimos —él señala a unos diez chicos y chicas ubicadas al fondo, cerca de la barra de comida. Todos usando uniforme—. Este año como familia tratamos de unirnos más, por lo tanto vamos a hacer grupos con personas distintas a las que usualmente nos relacionamos. Ya saben, para salir de nuestro mismo círculo de confort.

Escucho varios abucheos y el chico silbato los calla rápidamente.

—Tranquilos, tranquilos. Las reglas son que no pueden cambiarse de grupo y que obviamente se tienen que divertir.

—¡Qué cursi! —dice Marie, mirando hacia sus uñas, apoyada en el hombro de Adam, su novio.

Yo resoplo.

—Bien. Para ser totalmente equitativos y transparentes les voy a decir cómo vamos a hacer para coordinarnos —continúa hablando el chico—. Ahora, les pido que revisen bajo su asiento. Pegado en el centro estará una banda de color, y ese color será el factor determinante de su equipo.

Varios comienzan inmediatamente a dar vueltas a sus sillas, despegando bandas o cintas de diferentes colores. Hay azules, rojas, amarillas, verdes y hasta moradas. En nuestra mesa todos hacemos lo mismo con nuestras sillas, y en la mía veo la cinta azul.

—¿Qué color tienes? —me pregunta Key. En su mano veo una cinta morada.

Levanto la mía y sus ojos se agrandan cuando mira en dirección a Elena. Ella también tiene cinta azul. Genial.

—Muy bien —nos llama de nuevo chico silbato—. Orden, orden. Nada de intercambiarse bandas. Ahora saben cómo funciona el resto: los amarillos con los amarillos, los verdes con los verdes, los rojos con los rojos, y así sucesivamente. Su color debe ser visible para identificarse unos a otros, por lo tanto usen las bandas en sus cabezas o en sus brazos, como quieran. ¡Comiencen a unirse y luego explico los juegos!

—Bueno, Patchie —dice Key—. No seremos compañeros, pero al menos seremos rivales. Juega limpio.

Estrecho mis ojos.

—De acuerdo, Keyton —pronuncio más fuerte su nombre— el que compite conmigo sabe una cosa de antemano: va a perder. Soy demasiado competitiva.

—Habla la chica que dice incoherencias mientras duerme.

—Habla el chico que fingió perder su celular solo para seducirme en un motel barato.

—Habla la chica que carga una navaja en su sostén y me acusa de violación.

—¡Habla el chico que se viste como si fuera vaquero!

—¡Habla la misma chica que le tiene miedo a las ratas!

—¡Habla el chico que... !

—¡Ya basta! —grita una voz, probablemente una de las hermanas de Key—. Los dos hablan mucho. Por favor cállense y vayan a una habitación para sacar toda esa tensión sexual de sus sistemas.

Mis mejillas se enrojecen mientras aparto la vista de Key y me concentro mejor en buscar a mis compañeros azules.

Aparte de Elena también está Pam y unas cuantas primas fanáticas del novio de Marie. Tenemos un chico en el grupo y es realmente... afeminado.

Su banda azul la tiene atada alrededor de su cabeza, como si fuera Rambo. Usa pantalones verdes y zapatos de color neón que de alguna forma combinan con su camiseta extremadamente pegada y rosa.

Antes de que pueda moverme hacia mi grupo, Key me toma del codo y me aparta un poco de los curiosos de nuestra mesa.

—Dejando las bromas de lado —dice él—, gracias por acompañarme. Sería mortalmente aburrido sin ti.

Le guiño un ojo y sonrío misteriosamente.

—Igual tienes que pagarme. Te va a salir muy caro.

—De acuerdo, de acuerdo. Te pagaré. Aunque deberías darme un descuento por golpear a tu ex novio.

—Te doy el descuento… pero te lo vuelvo a quitar porque no lo echaste del campamento —señalo a mi izquierda donde un muy alto y golpeado Gabriel se encuentra. Usa el uniforme que llevan los demás empleados y, a diferencia de anoche, no tiene esa mirada de superioridad.

—Oye, de eso no te preocupes demasiado —susurra Key—. Presiento que con tu mente imaginativa lograrás vengarte de él pronto. Si quieres, podemos meter doce gatos hambrientos en su casillero.

La verdad es que nunca me vengué de Gabriel, estaba demasiado dolida como para hacerlo. Pero ahora no había nada que me lo impidiera.

—Trato —digo, sorprendiendo a Key—. Venguémonos de Gabriel, y yo te prometo que te ayudo a vengarte de Mia.

—Me parece justo. Ambos se lo merecen, ¿cerramos trato con un beso?

—Eso quisieras Keyton, pero mete tu lengua y guarda esa sonrisa para la hora de los resultados. Presiento que caerán pronto.
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15 diciembre 2014

POAW Capítulo 17


Espero que pasen por alto cualquier pequeño error de gramática u ortografía, lo corregiré después.
Gracias por la paciencia... ahora: LEAN!


PD: sólo serán dos capítulos narrados como este. Luego volvemos a los que ya conocemos.





Capítulo 17
Siete unicornios y un enano




Por alguna extraña razón no podía despegar mis ojos del abstracto gato de color fucsia pintado sobre un lienzo que adornaba la sala de la habitación del hotel; al menos para mí parecía un gato aunque no podrías saberlo con exactitud a menos que inclinaras la cabeza en un ángulo poco saludable para el cuello y entrecerraras los ojos con rapidez.

Estuve cerca de diez minutos observando el extraño cuadro cuando una mano se puso en mi hombro y me sacó de mi trance.

—¿Dormiste bien anoche?

Era la voz femenina de Rosie.

Le fruncí el ceño y me encogí de hombros disimuladamente para tratar de sacarme su mano de encima. Tomé asiento en el simple sofá de tres plazas y contesté secamente:

—Fue una mierda. Me siento como el idiota más grande del planeta.

—Lo siento mucho —dijo ella en voz baja, sentándose en el asiento frente a mí. Su cabello rubio era tan largo que las puntas tocaban su estómago con ocho meses de embarazo mientras agachó la cabeza—. De veras lamento todo. No pensé que tu esposa reaccionaría de esa manera. Yo y mi gran boca...

—No fue tu culpa, yo fui el imbécil que la alteró. Deberías haber visto su cara cuando le pregunté... —un nudo se hizo en mi garganta al recordar la estúpida pregunta: ¿Soy yo el padre de esa bebé que esperas?—. Soy un imbécil.

Me levanté de un salto y comencé a avanzar hacia la puerta de la habitación, desesperado por disculparme y sentirme de nuevo bien con Anna, con volver al tiempo en el que nuestra única pelea era en ver o no a las tortugas (que dicho sea de paso no eran de mi agrado), o cuando cenábamos despreocupadamente en la cama después de haberla desordenado un poco. Tenía que buscarla.

—Adam, espera —la voz de Rosie me detuvo antes que llegara más lejos—. ¿No estarás pensando en buscarla, o sí?

Me quedé inmóvil por unos segundos, a punto de alcanzar la puerta.

—No debí dejarla sola anoche —murmuré—, Anna era mi responsabilidad y ayer me enojé bastante con lo que me contaste sobre visitar a mi hermano… y sobre lo demás.

El recuerdo de eso trajo ira a mis pensamientos. Anna no se iba a acercar ni a mil metros de él.

—Créeme, ella necesita tiempo para lamer sus heridas —contestó Rosie—. Soy una chica y creo saber cómo funciona esto. Si la buscas ahora mismo simplemente te cerrará la puerta en la cara. Dale tiempo y luego discuten esto juntos.

—¿Cuánto tiempo más tengo que esperar? Ya fue suficiente tortura por una noche. No debí alejarme de ella. La herí demasiado.

—Adam, cariño, no hiciste nada malo. Deberías mentalizarte a no creer que siempre tienes la culpa de todo; eres un gran chico y definitivamente daría lo que fuera por tener a alguien como tú a mi lado. Por eso te estoy diciendo esto, no dijiste nada que ella no pudiera contestar con sinceridad. Creo que fue estúpido que se enojara.

Escuché cómo hizo el esfuerzo por levantarse del sofá y caminar a mi lado hasta que su mano apretó mi hombro y lentamente me giró para que mis ojos se encontraran con su cara. Sus dedos se deslizaron por mi brazo y se detuvieron en mi muñeca.

—Eres un gran chico pero creo que aparecer ahora no sería realmente justo para ella.

Ella me guió de nuevo hacia el sofá, frente al retrato del gato abstracto.

—Además —añadió como si fuera una ocurrencia de última hora—, son las seis de la mañana. Probablemente esté durmiendo todavía.

Desvié la vista hacia el enorme reloj de la pared opuesta y comprobé que Rosie decía la verdad. Anna estaría aún dormida... y yo debería haber dormido junto a ella.

Era un cabrón, estábamos en nuestra luna de miel pero de repente se convirtió en una luna de vinagre desde el instante que Rosie recibió la llamada de una de las enfermeras de Aarón. Llamaron para confirmar si la visita de Annabelle Green era aprobada para el paciente. Inmediatamente reaccioné, aunque lamentaba la forma en la que perdí el control de todo.

—No tenía que haberle dicho lo que dije. Hubieras visto su rostro, estaba devastada y lastimada.

Rosie dio un largo suspiro, abrazándose a sí misma mientras trataba de envolver su suéter sobre sus hombros. No lo había notado antes pero ella seguía en bata y con el cabello adorablemente revuelto.

—¿Tampoco pudiste dormir? —pregunté observándola.

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—Mia no ha regresado todavía —dijo encogiéndose. Mia era su hermana mayor y antigua novia de Key.

Sí, Rosie estaba embarazada de Key aún cuando Mia fue el amor de su vida durante años.

—Lo cierto, Adam —habló ella, rompiendo el silencio—. Anna debió consultar contigo primero antes de arrebatadamente presentarse ante tu hermano. Lamento decírtelo pero ella parece que quiere esconderte todo, y eso duele porque sinceramente me pareció una buena persona. No sé si es el embarazo que alborota sus hormonas pero sigo pensando que sobreactuó este asunto.

Resoplé. Rosie no tenía idea de lo mucho que Anna y yo empezamos a ocultarnos cosas.

—Es mi culpa también. Las mentiras nos alejaron a ambos.

—Pues es hora de empezar a decir la verdad. De nuevo te digo, no creo que ella debió de reaccionar de esa forma. Tu solo querías saber y tenías todo el derecho a preguntar. Eso no significa que ames menos a ese bebé; significa que aunque no fuera tuyo siempre le darías tu amor y respaldo.

Su mano encontró de nuevo mi hombro y apretó con fuerza una segunda vez.

Ella tenía razón. Anna no tenía por qué reaccionar de esa forma.

Hablaría con ella dentro de unas horas y seguiríamos con nuestra luna de miel ahora que se sentía mejor y ya no seguía vomitando.

Todo estaría bien.

—Ahora duerme un poco más —ella se acercó hasta sentarse a mi lado, poniendo su cabeza en mi hombro y envolviendo una de sus manos sobre mi estómago—. Te ves cansado y patético.

Traté de sonreír un poco pero los músculos de mi cara no ayudaron en nada. Ellos estaban en huelga y al parecer se negaban a sonreírle a nadie más que no fuera Anna.

Pero estaba a punto de compensarlos en unas horas. Claro que lo haría.





///////



Mi intensión de haber pasado la noche en el hotel era para dormir con tranquilidad antes de marcharme, pero con lo que no conté fue con las pesadillas y el llanto que no me dejaron en ningún momento de la madrugada. Ahora, a plenas diez de la mañana me encontraba cansada, malhumorada y con hambre, sentada en un comedor a menos de veinte minutos del hotel.

El fastidioso taxista se negó a llevarme más lejos cuando se enteró, de mi propia boca, que había olvidado mi billetera en la mesita a la par de la cama y que me negaba a regresar por ella porque, a esas alturas, Adam ya se habría enterado que había escapado.

Llevaba más de dos horas sentada en la misma silla, frente a la misma mesa con mantel cuadriculado y cerca de las mismas camareras que se arreglaban sus sostenes de coco y subían sus faldas fabricadas con una tela tan transparente que enseñaban más allá de sus piernas, como si los lujuriosos comensales necesitaran ver más pechos de los que ellas ya exhibían con su atrevido atuendo.

Moría de hambre pero no me atreví a pedir nada muy costoso porque apenas y tenía lo suficiente para una botella de agua tamaño miniatura y una barrita de arroz con jengibre (“especialidad de la casa”).

Me dolía la espalda y todavía seguía sumamente herida al recordar cada palabra de Adam, preguntándome dónde estaba aquel chico que en sus votos matrimoniales había prometido cuidarme y protegerme.

Lo quería de vuelta. No, lo necesitaba de vuelta conmigo.

Mis ojos se estaban cerrando y sabía que tenía la boca ligeramente abierta pero no podía hacer nada que no fuera concentrarme en no caer dormida de la silla. Hasta que de repente, y de manera sorpresiva, alguien depositó un trozo de pastel de chocolate en mi mesa.

Abrí mis ojos, instantáneamente alerta y despierta. Una mano tocó mi espalda mientras se inclinaba para susurrarme.

—¿Desearías algo más?

El dueño de la voz, gracias al cielo, no era Adam. Pero al igual que él, se trataba de un chico.

Mis ojos se movieron al pastel frente a mí; olía delicioso y tenía un relleno de chocolate puro que se derretía por los costados del abundante trozo. Fruncí el ceño.

—Lo siento, yo no ordené eso.

—Lo sé —dijo el chico a mis espaldas, todavía no le había visto el rostro—. Me tomé el atrevimiento de prepararte una rebanada cuando vi cómo casi vomitabas la barrita de arroz.

Señaló con la mano la barrita en cuestión y se rió con cierta familiaridad. Entonces giré el rostro para verlo claramente y me sorprendió encontrarme con unos ojos azules como el cielo. El chico tenía cabello marrón, nariz ligeramente rota y un piercing atravesando su ceja izquierda. Era apuesto, o al menos lo era entre los estándares del gusto popular. Usaba un uniforme de camisa abotonada blanca y pantalón de tela negro que marcaba unas potentes y musculosas piernas de deportista; obviamente trabajaba en el local ya que llevaba el logo impreso del restaurante en el costado de su camisa.

—Lo siento —volví a repetir, tragando saliva cuando observé una vez más el delicioso trozo de manjar en la mesa—, pero yo no puedo pagarlo.

—La casa invita —sonrió ampliamente.

Yo negué con la cabeza, alejando el pastel.

—No estoy segura de que deba.

—Oh, vamos —tomó la silla vacía frente a mí y le dio la vuelta para sentarse al revés, de manera que sus codos se apoyaran en el respaldar—, sé que quieres devorarlo. Además es gratis, no te cobraré nada por él.

Miré a mi alrededor en busca de alguna mesera que me mirara recriminatoriamente, pero ninguna observaba nuestra mesa, prestaban más atención al grupo de hombres que preferían desnudarlas con la vista a plena hora del desayuno.

—¿Estás seguro que tu jefe no te regañará? —pregunté ya con la cuchara en mano, acercando el platillo que despedía olor a chocolate y pan casero.

—Estoy seguro ya que el jefe es mi mejor amigo, somos socios. Además yo soy el chef, así que si dice algo, simplemente me pongo en huelga y la cena de hoy la dejaría en manos de “Las Cuatro Fantásticas” que no saben ni freír un huevo —señaló a las cuatro camareras que se dividían por todo el lugar, retocando sus labios con más lápiz labial y ajustando sus sostenes de cocos.

—Bien —murmuré—. Me lo comeré.

No esperé a escuchar su respuesta cuando ya estaba engullendo el pastel casi con los dedos.

—¿Tú lo hiciste? —pregunté con la boca llena, el trozo era celestialmente sabroso.

—Sí, es una de mis especialidades.

—Está delicioso.

Tragué con fuerza y continué con la labor. Mientras comía la mitad, noté a la olvidada barrita de arroz aún sin tocar en el plato.

—Lamento lo del otro platillo —me disculpé—, las barras de arroz no son lo mío. Pero definitivamente tienen buen sabor.

—Yo sé que me estás mintiendo —bromeó—, esas barras son horribles. Fueron un experimento mal hecho que se quedaron simplemente porque de vez en cuando, cada luna llena, atraen a hermosas jovencitas de ojos… —se acercó a mi cara para ver mejor mis ojos, al parecer— grises.

—Claro, y seguro ese comentario te hubiera funcionado de no ser por este pequeño detalle —señalé mi redondeado vientre.

Esperé ver la sorpresa cruzando su rostro, pero en cambio se rió y negó con la cabeza, como si lo hubiera subestimado o como si ya se hubiera percatado de mi embarazo desde el momento en que entré al local.

—Sí —habló con una sonrisa en los labios—, ya lo había notado. Es algo bastante pequeño a tomar en cuenta pero aún así logré verlo bien. También logré ver ese otro pequeñísimo detalle.

Señaló el dedo donde mantenía mi anillo de bodas.

Hice una mueca cuando recordé el por qué me encontraba comiendo sola en primer lugar: Adam.

Sonreí sin enseñar mis dientes llenos de chocolate y asentí con la cabeza.

—Se supone que estoy en mi luna de miel —comenté con cierto rencor.

—¿Y dónde está el novio y, supongo, padre de tu hijo?

Resoplé.

—Está con la señorita “trasero frondoso y pelo color más amarillo que el sol”.

—¿Auch?

—Así es.

—Pues sí que se lo pierde en grande. Comes muy divertido, incluso haces agradables sonidos de gatito cuando tragas.

Me sonrojé un poco y disminuí la velocidad con la que consumía el pastel.

—No, por favor, continúa. Es agradable —dijo él cuando vio que me detuve.

—Lamento mis modales, en verdad, pero es que a veces mi estómago se desenfrena y la única manera de apaciguarlo es con comida, en muchas cantidades.

—Entiendo, no te preocupes. ¿Quieres algo de beber? ¿Qué tal una soda? La casa invita, claro.

—De acuerdo —respondí con cierta confusión.

—Por cierto, no nos hemos presentado. Soy Diego —extendió su mano para que la tomara—, veintidós años, Sagitario y fanático de los sándwiches de helado.

Se levantó de la silla y se movió hacia la barra de pedidos, de donde sacó dos sodas de uva en lata y luego regresó a su asiento y me entregó el refresco.

—Soy Anna. Diecinueve años, embarazada, de luna de miel y muy, muy enojada con mi esposo —dije.

—Ya veo. ¿Estás escondiéndote?

—Más bien estoy huyendo. Pero no se puede considerar huir a olvidarte de tu dinero en efectivo y esperar, en secreto, que tu esposo entre por esa puerta y llore pidiendo perdón de rodillas, con los pantalones rasgados y la mirada desesperada por no haberme visto esta mañana… ¿y lo peor? Estar dispuesta a dejar toda la ira si él me dice cuánto lamenta ser un imbécil al que le gusta romperme el corazón en millones de pedacitos y de astillas. Y es triste esperar eso porque ni siquiera me ha llamado, y lo sé porque no me he despegado del teléfono.

Respiré hondo después de ese largo discurso y pude notar que mis ojos se empañaban levemente con las lágrimas no derramadas.

Diego se quedó callado por un momento, inclinando la cabeza como si estuviera procesando la información. Finalmente asintió y me sonrió con la misma facilidad de antes. Había algo realmente familiar en él pero no lograba saber qué.

—Te entiendo —dijo asintiendo con la cabeza—, el amor puede ser idiota algunas veces. Me ha sucedido más de lo que me gustaría en realidad. ¿Puedo preguntar por qué los pantalones rasgados?

Tragué el nudo en mi garganta y forcé a mi voz a tranquilizarse.

—Porque así sabré lo miserable que se sintió sin mí.

—Umm… ya puedo imaginarlo. Y dime, ¿estás segura con eso de escapar? ¿Tanto quieres huir de él?

—Si me hubieras preguntado hace unas horas te hubiera dicho que jamás hablaría de nuevo con él, ni aunque lo estuvieran violando siete enanos y un unicornio salvaje y yo fuera su única ayuda en todo el mundo —hice una pausa cuando escuché la risa disimulada de Diego—. Ahora lo veo inútil, mi resolución se vino al suelo, sigo sin querer mirarlo a la cara de nuevo pero sufro si de igual forma no lo tengo. Al menos quiero estar enojada por hoy... o por el resto del año. Él dijo cosas muy feas y creyó la palabra de una zorra carismática antes de creer en la mía, no puedo dejar pasar eso así de fácil.

Y ahora que lo pensaba, Adam no me había dicho cómo era que la tipa de dos cabezas sabía que yo quería visitar a su hermano.

—Como dice mi abuela —la voz de Diego me sacó de mis cavilaciones—: la forma más fácil para desenredar un nudo es cortándolo de raíz. Sería bueno que hablaras con él.

Negué frenéticamente con la cabeza, dándole un sorbo a mi bebida de uva, viendo al chico de ojos azules hacer lo mismo con su soda.

—Lo nuestro va más allá de una simple charla —no sabía por qué le contaba a un perfecto extraño mis problemas pero sentía la necesidad de hablar con alguien, desahogarme con quien sea.

—Lamento escuchar eso. Pero soy de los que piensan que todas las cosas tienen reparo; más cuando se trata de una relación.

—Esta vez no estoy tan segura de eso —murmuré, dejando el pastel sin terminar, mi estómago sufriendo falta de apetito repentino—. Pero no hablemos más de eso, ¿sí?

Diego asintió con la cabeza.

—De acuerdo, prometo cambiar de tema —él imitó poner un zipper en su boca y se puso de pie—. Bien, por más que me guste pasar el tiempo contigo tengo clientes que atender. Espero nunca ganarme tu enemistad como para que desees que siete unicornios y un enano (o era al revés) quisieran abusar de mí. Este lugar puede ser tu escondite hasta las siete de la noche; eres bienvenida de pedir lo que desees, va por mi cuenta.

—Gracias... por todo. ¿Por qué eres tan amable conmigo?

—Porque veo que lo necesitas. ¿A quién no le gusta un poco de compañía y un trozo de pastel cuando más solo y deprimido se siente? —se encogió de hombros—. Ahora si me disculpas, tengo que regresar a la cocina.

Hizo una exagerada reverencia y luego se retiró mientras yo todavía me devanaba los sesos por pensar en si conocía o no al chico porque su cara no dejaba de hacérseme familiar.



Pasar toda la mañana en un restaurante era mortalmente aburrido. Como teníamos la orilla de la playa a una corta distancia decidí abandonar el lugar seguro de mi silla y caminar por donde las olas golpearan los dedos de mis pies.

Casi al instante de haber caminado por la arena, un calambre hizo que me tambaleara y tuviera que sujetarme el estómago. Este todavía seguía resentido por la gripe que me plantó en cama por tres días, tenía que tomarme las cosas con calma.

Tal vez lo más sensato de hacer era regresar al hotel pero no me veía tentada de escuchar a Adam decir que su gran amiga Rosie me acusaba ahora de cualquier estupidez que a la tipa se le viniera en gana.

Odiaba esta situación, la detestaba.

Tampoco sabía por qué no me iba directamente a casa de mi madre a refugiarme en sus brazos llenos de múltiples pulseras baratas y su famoso té de chocolate blanco que de alguna forma lograba alegrar mis días, o su actitud de "ya superé por completo dedicarme a leer la fortuna de la gente pero secretamente todavía acepto clientes".

Ufff, pero seguro también tendría que contarle la verdad a mamá, y decírselo a ella implicaba decírselo también a mi padre y eso sería motivo de tercera guerra mundial.

Tenía tantas ganas de llorar al pensar lo que haría una vez llegara a casa, pero desde el momento en que Adam pronunció las palabras más hirientes que me había dicho nunca, la decisión fue tomada. Iba a separarme de él antes que termináramos haciéndonos más daño. O al menos creía que eso era lo mejor para los dos. No quería ni imaginarme la cara de la pequeña Nicole cuando se enterara. Me miraría de una forma miserable por haberle roto el corazón a toda la familia.

Ese fue uno de mis últimos pensamientos antes de que otro calambre sacudiera mi sensible estómago y me hiciera vomitar sobre la arena, todavía preocupada.





////////



Me.quedé.jodidamente.dormido.

Eran más de las once de la mañana y mi mejilla seguía pegada al borde del sofá de la sala. Si no hubiera sido por los quejidos y los gritos de alguien en la habitación de al lado, jamás me hubiera despertado.

Parpadeé varias veces hasta que los gritos aumentaron e hicieron que mi mente nublada se peleara con el sueño.

Anna. Tenía que buscarla. Ella debía estar gritando.

Entonces lo entendí mucho antes de ponerme de pie: no era Anna la que gritaba, era Rosie. Los gritos aumentaron junto con los jadeos ahogados de ella pidiendo ayuda.

Mierda. Mierda.

Me desperté por completo y corrí a su habitación. Ella se encontraba encorvada en la cama, con las sábanas enredadas en sus puños.

—¡Adam! —chilló al verme. Su frente estaba llena de sudor y jadeaba bastante. Era definitivamente lo que yo creía que era, esto me lo habían enseñado en las extrañas clases prenatales a las que fui con Anna.

Mierda. Rosie estaba teniendo contracciones; era muy probable que estuviera a punto de dar a luz.

Corrí a su lado y me agaché para estar a su altura encorvada.

—¿Rosie? ¿Qué hago? ¿Quieres que te lleve al hospital o llame a emergencias?

Ella negó rápidamente con la cabeza.

—Estoy bien, lo juuuu... ¡Ahh! —cerró los ojos y se sujetó el estómago con fuerza mientras alargaba la última palabra en esa oración. Su piel se enrojeció por el dolor, provocando que lágrimas se escaparan de sus ojos—. De acuerdo, hospital, ahora. Llévame.

—¿Dónde están tus cosas?

Ella señaló una maleta roja ubicada sobre un mueble y corrí a buscarla.

Traté de hacer que se levantara muy despacio de la cama pero apenas y podía moverse. Llevé mis manos detrás de sus rodillas y con poco esfuerzo ya la tenía entre mis brazos, levantándola para trasladarnos hacia el hospital.

De alguna forma pude llegar con ella hasta el elevador y luego al lobby en donde causé gran revuelo entre los empleados y clientes del hotel. Uno de ellos me ayudó a cuidar de Rosie mientras yo hacía una parada rápida en la recepción para comprobar mi teléfono y llamar a Anna y no preocuparla cuando no me viera en la habitación.

Precisamente lo tenía descargado. El inútil teléfono se descargó. ¡Mierda!

Corrí hacia el tipo que parecía gerente detrás del mueble de recepción y le lancé mi teléfono, resbalando de mi mano a su hombro. El apenas y pudo atraparlo antes que cayera al suelo.

—¡Por favor póngalo a cargar y llame a la habitación 613. Dígale a mi esposa que tuve que irme al hospital!

El hombre al que prácticamente le grité el mensaje se encontraba muy confundido, dividiendo su atención entre los gritos de Rosie que aún seguía en mi espera, y entre escuchar lo que le decía.

—¿Habitación 613? ¿La otra chica embarazada? —preguntó después de unos segundos.

Asentí con la cabeza y me incliné más cerca del mostrador para darle énfasis a mis palabras.

—¡Llámela inmediatamente! Dígale que se quede tranquila que yo ya vuelvo. Mi celular se descargó, vengo por él luego.

—Pero señor, la señorita se fu...

—Estaré probablemente en el hospital más cercano —comencé a caminar lejos del sujeto, ignorando cualquier cosa que decía. No tenía mucho tiempo para eso—, no se olvide decirle.

Corrí hacia el estacionamiento donde un par de hombres me ayudaron a acomodar a Rosie en el asiento trasero de mi auto; con eso me dediqué a intentar poner la llave correctamente antes de arrancar e irnos.

Podía escuchar a Rosie suspirando y dando leves patadas al asiento mientras yo intentaba asegurarme que todo estaba en su lugar.

Uno de los hombres que me ayudó se ofreció a acompañarme pero lo despaché con un simple gracias y un gesto de mano.

Arranqué sin mirar atrás.

—Tranquila —dije, respirando en fuertes jadeos que igualaban los de mi amiga—. A Anna le decían que respirara mucho en sus clases prenatales, creo que deberías hacerlo.

Rosie rechinó los dientes audiblemente.

—Yo asistí a la misma clase con ella —gruñó mientras atacaba el asiento a su lado con fuertes puños—. Respirar es una basura. Intenta respirar cuando logres sacar de tus testículos a un elefante bebé, luego hablamos de respiraciones.

Wow, ¿Anna se pondría igual de agresiva cuando estuviera en labor de parto? A estas alturas tendría que recubrir los asientos con material amortiguador de golpes.

Rosie pateó una vez más el asiento frente a ella y gimió con violencia.

—Casi lo olvido. Hay que llamar a Key para avisarle, ¿tienes tu teléfono? —pregunté. Sinceramente yo no sabía manejar esta situación. Me sentía fuera de mi elemento.

—No sé si lo traje, creo que lo dejé en mi mesita de noche.

Volvió a gritar, y luego, milagrosamente, se calló.

—Dios, eso fue feo —sonrió más tranquila—. Pero ya pasó… seguro no es nada…

Se quedó con la palabra en la boca cuando sus ojos se ampliaron de repente y pude ver por el retrovisor que ella miraba mucho entre sus piernas.

—Eh… —finalmente habló—. Definitivamente pagaré por esto, no te preocupes.

—¿Pagarás por qué?

—Por la limpieza de tu auto. Es que acabo de romper fuentes. Ensucié un poco el asiento…

Antes de que pudiera procesar lo que acababa de decirme, sus gritos estaban volviendo, y vaya si volvieron con más fuerza que antes.

—Muy posiblemente también tenga que pagar por esto —dijo ella en medio de los gritos y el llanto. Levantó un pedazo de lo que parecía… ¿Era eso la tapicería del asiento? Sí, lo era.

Increíble. Destruyó el asiento.

Wow… simplemente wow.

Después de eso conduje como poseso; no me detuve hasta que estuvimos justo afuera del hospital y recibí ayuda por parte de dos enfermeros.

Antes que se llevaran a Rosie en una silla de rueda, ella extendió su mano y tomó un puñado de mi camiseta.

—Sé que te parecerá una locura pero de verdad necesito esto —ella se empujó hacia arriba, hasta que su rostro quedó a la misma altura que el mío y de pronto sus labios estaba chocando contra mis labios. Me tomó del cuello de la camisa y profundizó el beso hasta que se cansó de permanecer levantada y me arrastró en el beso aun cuando ella tomó asiento.

Finalmente me soltó y me miró con ternura.

—Emilia tenía buenos gustos —murmuró cerca de mi boca—.Ya sabes, éramos hermanas y eso… totalmente te aprobaría en estos momentos.

Mi mandíbula se tensó al oír eso.

—Ella y tú probablemente estuvieran casados ahora. No estoy diciendo que Anna sea una mala persona, pero Emilia hubiera entendido por lo que estuvieras pasando. Sabes que ella era prácticamente una santa.

Torcí el gesto, dando una señal imperceptible a los enfermeros para que se la llevaran. Aunque Rosie volvió a tomar un puñado de mi camiseta para impedir que fueran más lejos.

—Por favor, solo te pido una cosa más antes de dejar que me lleven —tocó involuntariamente su estómago cuando otra contracción la atacó—. Bésame una última vez. Te lo suplico.

Y como siempre me sucedía cuando la miraba, pude ver a Emilia en ella, a esa pequeña que murió siendo demasiado joven. No podía decirle que no. Mi culpabilidad no me dejaba.

Entonces la besé, y luego otra vez hasta que finalmente me separé para dejarla avanzar, viendo cómo su pelo rubio ondeaba con el viento y escuchando sus leves quejidos de dolor.

Me sentía un imbécil.





//////



—De verdad lamento todo esto —dije realmente apenada con Diego. Su mano se envolvía entre las mías mientras me guiaba hacia el asiento trasero de su vehículo.

—No tienes por qué sentirte avergonzada. ¿Te sientes mejor? De igual forma te dije que conocía a alguien que tenía mucha experiencia en situaciones similares a esta.

Mi rostro debió ponerse pálido porque el chico se detuvo abruptamente y me examinó con detenimiento.

—¿Te duele demasiado?

Asentí con la cabeza mientras me sujetaba el estómago. Era otro calambre.

Cada uno era más fuerte que el anterior. Dolía con D mayúscula.

Había tenido que pedirle ayuda a Diego cuando uno de ellos se volvió demasiado como para soportar. Él inmediatamente buscó un reemplazo y me subió a su auto aparcado en las afueras del restaurante.

—Vamos —continuó tirando de mi mano, ayudándome a subir finalmente al auto—. Mi abuela es experta en partos. Al menos ella asegura serlo.

Esperaba que fuera cierto y no se estuviera aprovechando para llevarme a otro lado. Adam me había dejado traumada con las historias que me contaba sobre los ladrones de bebés o ladrones de órganos que se pusieron muy de moda en los noticieros.

Sacudí la cabeza, Diego se miraba realmente confiable.

—Bien —murmuré de mala gana cuando otro dolor me siguió. No quería alarmarme pero definitivamente podía sentir líquido deslizándose entre mis piernas.

Pero era imposible. Yo ni siquiera tenía los siete meses sino hasta dentro de una semana. No era el tiempo todavía para que nacieran los bebés.

—Estás muy pálida —dijo Diego con voz preocupada. Llevó el teléfono a su oreja y continuó marcando a quien sea el que llamara—. No contesta… Esto es malo. Eres la chica de Adam, ¿verdad?

Asentí distraídamente, asustada por querer saber de dónde se suponía que lo conocía.

Junté mis rodillas mientras me mordía el labio, intentando superar el dolor pero me costaba cada vez más.

—¿Lo conoces? —murmuré adolorida—. ¿Cómo?

Pude ver sus cejas elevarse mientras nos sacaba del estacionamiento y empezaba a recorrer las calles.

—¿No me recuerdas? Pensé que te ibas a acordar. Yo estuve esa noche en tu despedida de soltera, conozco a tu esposo por la pelea dura que nos dio. Yo era uno de los strippers.

Condujo aún más rápido, saltándose varias señales en rojo hasta que al fin pareció relajarse cuando nos detuvimos frente a una casa de dos plantas, ladrillos rojos, vigas expuestas y un césped abundante al frente.

—Llegamos —anunció.

Grandioso. En compañía de un stripper que sabía de alguna forma el número de Adam, en una casa desconocida, con un dolor del infierno quemando en mi vientre.

Perfecto.

Bajé la vista cuando el mismo dolor agudo y la misma sensación de líquido entre mis piernas me hicieron observar hacia ese lugar en particular. Chillé un poco cuando noté que la tela de mi ropa se encontraba manchada con una ligera línea de sangre.

Me paralicé por completo, entrando en pánico.

Esto no era bueno. Nada bueno.

No quería admitirlo pero necesitaba a Adam a mi lado. ¿Dónde estaba él?

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