01 diciembre 2016

Cap. 24 - Amiguita Inocente

Sentí un pequeño cosquilleo en la nariz, pero como tenía los ojos cerrados ignoré por completo la comezón y regresé a mi mundo de sueños en donde estaba teniendo otra pesadilla sobre el nacimiento de las gemelas. Constantemente me invadían malos sueños en donde comenzaba a dar a luz mientras caminaba por algún supermercado, justo en la sección de frutas; o incluso mientras iba al baño y empezaban a salir disparadas de la nada.
Lo sabía. Era algo patético. Pero tenía antecedentes en la familia donde las mujeres Green daban a luz de manera vergonzosa, como la tía Charlotte cuando nació Marie.
La versión oficial que ella dio al resto de la familia fue que Marie nació sin problemas, a las 11:44 am de un sábado ligeramente nublado. Solo pocos miembros de la familia sabemos lo que en realidad ocurrió; Marie nació mientras la tía Charlotte se sentía traviesa con su esposo una noche y decidió sorprenderlo con un baile erótico. Ella se tomó el costo de construir un aparato de baile (todavía me pregunto qué era) en su habitación, y justo ese día se enfundó en un travieso y, según las fotos que escondía mamá en una caja de zapatos, vergonzoso traje de cuero. Al parecer ella hizo un movimiento en falso y eso activó sus dolores de parto. ¿Lo peor? Ella estaba demasiado grande y su pierna había quedado colgada en una extraña posición mientras hacía un paso en donde arqueaba la espalda. Tuvieron que llamar a los de emergencia para descolgarla, y la ingresaron usando su traje de cuero, que taparon disimuladamente con una bata, mientras todos sus familiares cercanos la observaban. Tal vez por eso Marie había salido tal y como lo hizo: ninfómana, desquiciada, promiscua y rebelde.
Quería creer que yo no pasaría por lo mismo que pasaron la mayoría de mis familiares, pero ya no estaba segura. Al menos sabía que sería con ropa normal puesta… o sin involucrar ningún baile erótico en el futuro.
Otro cosquilleo me arrastró fuera de mi sueño e hice un mohín.
Llevé mi dedo a mi nariz, aún con los ojos cerrados, y rasqué el área afectada. El cosquilleo volvió diez segundos después.
Abrí los ojos, pensando que vería algún animal extraño, pero para mi sorpresa tenía a Diego justo frente a mi cara. Él sostenía lo que parecía ser una pluma de ave y la estaba presionando contra mi nariz.
Me senté casi de inmediato. Asustada por la cercanía.
—¡¿Qué haces aquí?! —grité, aunque no era mi intención hacerlo.
—Lo siento —se disculpó él—, es que llevas horas dormida y la abuela me pidió venir a buscarte. Despierta, despierta, bella durmiente. ¿Te encuentras bien?
—¿Qué hora es…? —no pude acabar la frase cuando un molesto dolor bajó por mi vientre, haciendo que me doblara.
—¿Anna? Oh mierda, ¿vas a dar a luz?
Respiré hondo para calmarme. El dolor parecía que acabaría pronto.
Pasados un minuto, el dolor finalizó.
—Estoy bien —comenté de mala gana—. Solo necesito ir al baño. ¿Qué hora es a todo esto?
Diego hizo una mueca e intentó ayudarme a ponerme de pie, pero negué la ayuda.
—Son las seis de la tarde. No bajaste nunca a almorzar. ¿Segura que puedes tú sola?
No hizo caso a mi afirmación y me ayudó a salir de la cama.
—Estoy bien, de seguro comí mucho en el desayuno. Rita, mi amiga, va a venir por mí más tarde ¿o era mañana? ¿Qué día estamos? Lo siento, no puedo recordarlo.
—Anna, es obvio que estamos en el año 2020, en agosto. No recuerdas porque eres ahora una mujer de 92 años.
Lo fulminé con la mirada para dar énfasis a su mal sarcasmo.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué tienes una pluma en la mano? —cambié de tema.
—La traje para romper el hielo. Como ya no me hablas desde lo del accidente con mi sujeto de allá abajo —sus ojos y su boca apuntaron hacia la dirección de su entrepierna— entonces me vi en la obligación de hablar de nuevo contigo.
Rodé los ojos y avancé con lentitud al baño. Cada día me sentía más inflamada que antes.
—¿Romper el hielo con una pluma de ave?
—Es pluma de ganso, en realidad.
—¿Cómo tienes acceso a plumas de ganso?
—Estamos probando nuevas recetas en el restaurante.
Fruncí el ceño al pensarlo.
—¿Nuevas recetas con gansos? Es asqueroso.
—No cocinaré con la carne, no soy tan criminal. Es con los huevos de ganso. Los huevos que ponen, no los que alguien fotografía como captura de pantalla y reenvía a una de mis tías y a un sacerdote de buenas causas.
—De nuevo, lo lamento. ¿Por qué me lo tienes que echar en cara?
—Porque así es más divertida la vida. ¿Pensaste bien sobre irte?
Asentí con la cabeza y quité su mano de su brazo, en donde él sujetaba para ayudarme a andar.
—Ya lo pensé —respondí a secas—, ahora si me permites…
Le señalé la puerta.
—¿Qué? ¿Quieres que me vaya? —Diego hizo un puchero—. Fueron los chistes de huevos, ¿verdad? ¿Qué tal si hablamos de tu novio stripper? Él y yo tenemos mucho en común.
—Vete, por favor —no quería que me tocaran el tema de Adam.
—Sé que te mueres de ganas por ver las fotografías donde sale él. Pues lastimosamente no las conseguí, pero tengo un amigo que tiene una amiga que conoce al primo de una chica que sabe dónde conseguirlas.
—No necesito hablar de esto ahora.
—Rosie tiene copias.
Mi ira subió a niveles crónicos.
—No hables de esa mujerzuela. Dime la verdad —lo miré fijamente a la cara—, ¿te acostaste con ella?
Diego lució verdaderamente avergonzado. Rascó su nuca y miró hacia otro lado.
—¿No tienes que ir al baño? —me señaló la puerta justo frente a nosotros.
—Dímelo.
—Melo.
—¡Que me lo digas!
—¡Quemelo!
Negué repetidamente con la cabeza.
—Eres peor que Adam.
Diego suspiró con desanimo.
—No le vayas a decir nada de esto a Mía —murmuró por lo bajo, como si tuviera miedo que las paredes lo escucharan— pero sí. Me acosté con ella hace mucho tiempo atrás.
Mis ojos se abrieron enormemente al igual que mi boca.
—¡Lo sabía! Naces zorra, mueres por enfermedad sexual o a manos de una novia celosa.
—Pero fue cuando Mia y yo terminamos. Me sentía dolido, ¡y sólo ocurrió una vez!
—¿Acaso eres tú el padre de su hijo? Porque si tú eres, es mejor que le pongas correa a ese perro.
—¡No lo soy! Me acosté cinco meses antes de que ella dijera que estaba embarazada. Eso es obra de alguien más, yo no tengo nada que ver allí.
Lo miré con mala cara, dudando si era en verdad o no el padre.
—Bien, ya que no me dirás nada importante, ¿puedes irte?
—¿Ya? ¿Tan rápido quieres que me vaya? ¿No hay nada de “eres un excelente chef, Diego”? o alguna pregunta sobre mi bienestar social.
—No necesito saberlo. Ahora vete.
—¿Por qué me alejas tanto? ¿Me odias?
—No. ¡Simplemente estoy llena de gases y quiero entrar cómodamente al baño sin tener que dar explicaciones de por qué hay sonidos graciosos mezclados con tos para disimularlos!
Eso le cerró la boca y lo hizo sonrojarse al mismo tiempo.
—Estoy mintiendo —le aclaré—, pero ahora vete. En serio.
—Bien. Te dejo en paz, bella durmiente. Estoy seguro que los siete enanos vendrán a tu rescate.
—Siete enanos serán los que contrataré para tu nueva sesión de fotos si no te largas ahora.
Diego levantó ambas manos al aire, haciendo señas que se rendía.
—Vaya, alguien no ha dejado la teoría de los enanos descartada. Está bien, me retiro.
Se fue dando inclinaciones y caminando de espaldas hasta que llegó a la puerta. Mientras tanto yo suspiré realmente cansada. No entendía la razón para mi irritación.

Bajé a cenar pidiendo disculpas por el retraso y escuché una y otra vez mientras Diego hacía malos chistes de huevos, bolas, capturadas en fotografías.
Quería golpear su lindo rostro. Muy fuerte. Y también el de Adam. Muy fuerte. O ambos al mismo tiempo. Muy fuerte. Con bolas de ganso, probablemente. Pero no dejaba de darle vueltas a la teoría de que probablemente él era buen candidato para ser padre del bebé de Rosie.
Yo era capaz de hacerle todo un programa dedicado a ello, en lugar de “Buscando a Nemo” sería “Buscando al verdadero padre del bebé de Rosie” y tendría una gran audiencia.
Pronto terminamos la cena y Diego regresó a su departamento mientras yo paré de divagar sobre el asunto del bebé. Esa noche me dormí sin sueños, pensando en lo que vendría después: confrontar a Adam. Porque era más que seguro que él vendría cuando Rita y Key lo hicieran.
¿Lo gracioso de la vida? Siempre tenía preparados otros planes y terminé confrontándolo más temprano que tarde.

******

El primer golpe llegó de manera inesperada. Comenzó como un simple dolor que nacía desde mi vientre y se extendía hasta mis caderas, algo soportable comparado a lo que anteriormente me había tocado sentir. Pero cuando el segundo golpe vino, tuve que erguirme en la cama y sostener mi abultado estómago con una mano mientras que la otra se enredaba entre las sábanas.
Presioné mis ojos cerrados hasta que empecé a ver puntos rojos detrás de mis párpados. Dolía tanto que quería herir otra parte de mi cuerpo para que ese punto de mi vientre dejara de reclamar mi atención. Gemí en voz alta cuando no pude soportarlo.
 Luego todo se calmó, dejándome agitada y jadeando momentáneamente; mi respiración era irregular y sabía por experiencia que este tipo de dolor venía por partes. Me levanté rápidamente y di unos pasos hasta llegar al baño, estaba a punto de echarme agua en la cara cuando el dolor atacó de nuevo.
Me agarré a los bordes del lavamanos, doblándome a la mitad, apretando mis dientes y llorando en voz alta porque no podía soportarlo. Respiré, así como se me había indicado en esas clases que Shio insistió que tomara sólo porque a ella le gustaba el instructor, y me tranquilicé. Todo iba a estar bien, todo iba a… De repente sentí un líquido que comenzó a bajar de entre mis piernas. Me paralicé por unos segundos, asustada y en estado de shock, hasta que finalmente llevé mi mano hacia el lugar en donde sentí la fuga y comprobé que no fuera sangre. No lo era.
—Ay no, ay no… —comencé a hiperventilar realmente fuerte. Se suponía que yo tenía una cesárea programada para esto. No podía sucederme justo ahora. No en ese momento.
Hice un rápido recorrido hasta mi armario provisional y saqué el primer vestido suelto y sencillo que tenía a la vista.
Me cambié mi bata de dormir por el vestido, procurando asearme un poco antes de avisarles a los demás que precisamente acababa de romper fuentes.
Iba a dar a luz. Hoy sería mamá.
Tomé la maleta que tenía preparada desde hace meses y me encaminé lentamente hacia la habitación de los dueños de la casa.
Toqué la puerta dos veces antes de que una somnolienta mujer de cabello canoso la abriera y me mirara en confusión.
Sonreí a medias, con mi frente sudada por el esfuerzo.
—¿Anna? —preguntó ella. Vi cómo buscaba sus lentes en la mesita al lado de su cama y regresaba junto a mí con ellos puestos.
—Yo… —respiré un par de veces, sintiendo que el dolor quería regresar en cualquier momento— creo que necesito que me lleven al hospital.
Apenas y podía decir las palabras, nunca había sentido tanto dolor en mi vida.
Ella abrió enormemente los ojos y llevó su mirada hacia mi enorme barriga de casi nueve meses.
—¿Rompiste fuente?
Asentí con la cabeza, balanceando mi maleta de un lado a otro para poder equilibrarme.
Ella se movió rápidamente, despertando a su marido, provocando que se cayera de la cama.
—¡Anna está lista para dar a luz! —gritó, emocionada.
—¿Ya? —su marido también dirigió su mirada hacia mi vientre, así como ella lo había hecho anteriormente.
Él se apresuró a cambiarse de ropa, ambos lograron hacerlo en un tiempo record de cinco minutos y luego me ayudaron a bajar las escaleras cuidadosamente para evitar que diera un traspié.
Apenas y logré entrar en el vehículo todo terreno cuando el dolor comenzó de nuevo, y esta vez fue más fuerte que la anterior.
Cerré los ojos, y aunque trataba de respirar para tranquilizarme, terminé gritando y llorando mientras apenas era consciente del movimiento del auto.
Mi mano siempre presionada contra mi abultado estómago.
—Anna, respira, tranquila.
Aunque la señora Ross tratara de calmarme, no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera más dolor.
Grité y me arqueé cuando vino una contracción muy fuerte.
—¿Quieres que llame a alguien? —me preguntó ella en desesperación—. ¿No quieres que llame a Adam?
Negué rápidamente con la cabeza.
—Mi teléfono está en la maleta... busca mi última llamada, a la doctora Bagda... Tengo que avisarle…
Ella asintió y se apresuró a hacer como le pedí.
La escuché hablar brevemente con la doctora y luego le dijo el nombre del hospital al que nos dirigíamos.
Comencé a lloriquear de nuevo. La señora Ross tomó mi mano y me la apretó para tal vez infundirme valor. No estaba funcionando.
—Anna, cariño —preguntó ella— ¿Estás segura de que no quieres que le diga nada a Adam? Él es el padre, necesita saberlo. Y además creo que tú también necesitas de él.
Lo pensé durante unos segundos mientras intentaba hacer las estúpidas respiraciones y trataba de no mandarlas a comer mierda.
—Está bien, llámalo.
Tragué saliva con fuerza. El sudor haciendo enormes gotas que se escurrían por mi cuello y por el pequeño escote de mi vestido de flores.
Me recosté contra el asiento del vehículo y jadeé sintiéndome incómoda, siempre inhalando por la nariz y exhalando por la boca.
—¿Adam? —escuché que decía la señora Ross, hasta ahora fui consciente que ella se había venido en la parte trasera conmigo mientras su esposo manejaba pasándose varios semáforos en rojo—. No... Sí, escucha... ¡Espera! Estamos de camino al hospital, ella está a punto de dar a luz. Está bien... Sí. Te la paso.
Ella me alcanzó el teléfono y yo quise llorar, pero no tanto por el dolor (que a estas alturas logró volverse leve pero constante), más bien se debía a que lo extrañaba y quería escuchar su voz.
Me pegué el teléfono contra la oreja, sollozando levemente.
—¿Nena? —preguntó él inmediatamente.
Eso bastó para quebrarme. Lloré desvergonzadamente mientras lo escuchaba susurrarme palabras tranquilizadoras.
—Voy para allá, no desesperes. Nicole quiere verte, tus amigas están preocupadas porque te fuiste y no dijiste nada. Nena, estoy destruido. ¿Qué hice para que te alejaras así?
Yo sollocé, apoyándome en la puerta del auto.
—No fue tu culpa —le dije entre llantos— yo hice algo muy malo, Adam. Yo... Yo te oculté cierta información y ahora... —las contracciones regresaron. Traté de calmarme para no asustarlo, pero no funcionó. Me dolía la espalda y otras partes internas de mi cuerpo. Respiré hondo antes de hablar con él nuevamente. Las contracciones estaban viniendo cada vez más seguidas.
—No quiero estar sola —admití entre jadeos—. Te necesito.
—Key me está llevando. No te preocupes, jamás me perdería este momento. No tengas miedo, pequeña.
—Pero yo... Yo hice algo demasiado malo. Nunca me vas a perdonar.
Adam hizo un sonido estrangulado con la garganta y luego escuché cuando entre él y Key le gritaban obscenidades a un vehículo que aparentemente los estaba retrasando.
—Anna, no existe nada en el mundo que me haga amarte menos. Cuéntame lo que hiciste.
—Es que... yo estaba muy molesta contigo así que... Yo... —No podía encontrar las palabras para decirle lo que sabía desde hace meses—. Yo no voy a tener únicamente un bebé.
La línea quedó muerta del otro lado, pero todavía podía escuchar su respiración a través del teléfono.
—¿Adam?
—Sí, sip. Aquí estoy. —Sonaba nervioso— ¿No vas a tener únicamente un bebé? ¿Qué significa eso? ¿Qué más vas a tener? ¿Un bebé alien? ¿Un unicornio? ¿Una...?
—Son gemelos —lo interrumpí, soltando el secreto que guardé tan incómodamente durante mucho tiempo.
—¿Cómo? ¿Ge...? ¿Gemelos?
—Sí —mi voz estaba desvaneciéndose debido a que me concentraba más en respirar y en apoyar mi frente contra el asiento delantero—. Vamos a ser padres de dos bebés, no solamente de uno.
Esperé por su respuesta, pero no llegaba.
—Adam, di algo —supliqué.
—Es que… yo —se detuvo y comenzó a balbucear de nuevo. Esto no era nada bueno.
—Lo siento, sé que no actué de una manera correcta, pero… —respiré hondo, avergonzada y adolorida a partes iguales—, admite que no hiciste muchos méritos para ganarte el derecho a saberlo.
Él seguía callado, sin decir nada.
—¿Podrías decir algo? —repetí.
—De acuerdo, nena. No sé cómo te vayas a tomar esto, pero… yo también te estuve escondiendo cosas.
—¿Más cosas? —dije, incrédula.
—¿Cómo que “más cosas”?
—Sí, además de ser stripper y/o modelo porno para calendarios de ancianas —respiré hondo cuando otra contracción me alcanzaba. Mis caderas comenzaban a doler por la presión.
—¿Qué? —sonaba perplejo—, ¿de qué hablas?
—Diego ya me lo dijo todo.
—¿Qué te dijo?
—Que eras stripper y que modelaste desnudo para una revista.
Por el rabillo del ojo noté a la Sra. Ross ponerse de todos los colores mientras palmeaba cariñosamente mi vientre mientras murmuraba algo sobre familias poco convencionales.
—Nena, yo te dije eso hace unos meses, pero creo haberte aclarado que fue en broma. No fue real, ¿recuerdas?
—Bien, pues Diego no piensa lo mis… —mordí mi labio cuando un dolor agudo punzó en el lado izquierdo de mi vientre. Era algo soportable pero muy incómodo. No pude terminar mi oración.
—No sé con qué clase de mierda te llenó la cabeza ese tipo, pero espera a que lo vea —juró por lo bajo—. Nunca fui stripper. Te lo dije antes como una broma, pero no es eso, nada más. Tú sabes todo lo que hay que saber sobre mí y pensé que eso ya había quedado claro.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces por qué me mentiría de esa manera? No tiene lógica. Además, ¿por qué te creería cuando no has sido muy honesto conmigo?
—Tú tampoco lo has sido conmigo. Si no fuera por la Dra. Bagda nunca me hubiera enterado que estabas esperando gemelos. No te había dicho nada antes porque quería saber cuándo me lo dirías tú, pero no imaginé que sería hasta el momento en que estuvieras dando a luz.
Abrí y cerré la boca en varias ocasiones.
—¿Ya sabías que iba a esperar gemelos? —contesté, exasperada.
Lo escuché suspirar mientras de fondo se distinguían los gritos de Key y muy posiblemente los de Rita que chillaba a su lado, pidiéndole ir más despacio.
—Eso es lo que quería decirte que escondía; llevo meses sabiéndolo —confesó, sonando avergonzado—. Tu madre incluso me pasaba algunas ecografías cuando tú no me querías mostrar ninguna.
Entonces lo recordé; en la boda. Cuando mamá me había dicho que había perdido las ecografías de mis bebés por accidente, porque alguien se las robó. Ella y Adam estaban confabulados en eso.
—¿Desde cuándo lo supiste?
—Fue precisamente en tu despedida de soltera, cuando me hiciste la broma de que esperabas trillizos. Me asustó no ser parte de algo tan importante. Busqué a la Dra. Bagda y ella me lo dijo todo; a partir de entonces ella me informaba siempre, cada vez que ibas a verla, sobre el progreso de nuestros bebés. ¿Creerías que yo te dejaría sin protección o que no cuidaría de ti aun cuando tú no me querías decir nada? Ahora la verdadera duda es, ¿por qué no me lo dijiste antes?
Respiré hondo, de repente muy cansada por todo.
Pasé ocultándolo mucho tiempo solo para descubrir que Adam ya lo sabía. Me sentía demasiado avergonzada y demasiado boba como para afrontarlo.
—No te lo dije porque ocurrió algo llamado Rosie. Rosie la come hombres. Rosie, a quién le creíste más que a mí, ¿recuerdas? Dejaste entrar a una víbora a tu vida, no esperes que se vaya a ir sin dejar daños.
Las lágrimas comenzaron a bañar mi cara, mis dolores olvidados por el momento.
—¿Todavía no me perdonas por eso? Nena, ¿cuántas veces te tengo que pedir perdón para que de verdad me creas? Lo siento, soy un idiota épico, digo cosas estúpidas la mayoría del tiempo y la otra parte la paso pensando en las cosas que debo hacer para remediarlo; soy un asno, lo entiendo, pero merecía al menos saber que estabas esperando gemelos desde el momento que lo supiste.
—Lo sé, lo entiendo. Pero ponte en mi lugar, si Mason hubiera llegado y me besara en tu cara, o si yo te dejara de lado sólo para irme con él, ¿cómo te sentirías? Estoy confundida con todo —sollocé muy fuerte—. Quiero olvidarlo todo y regresar corriendo a tus brazos porque no sabes lo mucho que te extraño y lo mal que me siento por ocultarte lo de las bebés, pero una enorme parte de mí quiere golpearte con una silla en la cara y pedirte que te alejes, que te vayas porque haces demasiado daño. Y lo sé, me lo advertiste todo este tiempo, me dijiste lo peligroso que eras y sobre cómo destruyes toda buena relación, pero ya me enredé y estoy hasta el cuello de Adam Walker.
Negué con la cabeza, sabiendo que él no podía ver mi gesto a través del teléfono.
—Me haces parecer la mala en todo esto, no tienes idea de lo difícil que fue para mí —continué—. Me siento bipolar…
Me aferré al asiento frente a mí para buscar apoyo cuando de pronto otra contracción me alcanzó. El dolor duró un poco más que antes y comenzaba a agotarme por todo lo ocurrido esa noche.
—Lamento que te sintieras de esa manera, Anna —dijo él—. Pensé que dándote tu espacio lograríamos aclararnos todo después.
Me incorporé en el asiento del auto, limpiando mi cara y sorbiendo mi nariz.
—Tal vez ya no quiero un después. Al menos no contigo. Aunque para serte sincera ya no sé lo que siento.
—Pensé que me perdonarías por ser un asno.
—Ese es el problema. Te perdono hoy pero mañana vuelves a lo mismo. Y te amo tanto que soy así de tonta como para permitirlo. Te quiero a mi lado, pero a la vez no lo hago.
Escuché cómo resoplaba al otro lado de la línea y le pedía a Key ir más rápido.
—Muy bien, no tienes de qué preocuparte ahora —comentó crípticamente—. Déjame que yo haga la decisión correcta para ambos.
—¿Qué es? ¿Cuál decisión?
Escuché sus suspiros.
—Yo pienso… —suspiró de nuevo, con pesar—. Anna, creo que…
—¿Qué? —pregunté, pero la línea estaba muerta. No escuchaba a Adam o su respiración, nada. —¿Sigues ahí? ¿Adam?
Retiré el teléfono de mi oreja para ver si seguía en la llamada. Nada.
—Creo que la llamada se cortó —dije, mirando a la Sra. Ross.
Ella me quitó el teléfono de las manos y lo revisó.
—Esta es un área con mala señal. No tenemos cobertura —confesó, apenada—. Pero ya estamos cerca del hospital, ya lo veras.
—Dijo que tenía tomaría la decisión por los dos. ¿Decisión de qué?
La Sra. Ross me tranquilizó poniendo su mano en mi hombro.
—Es mejor que ambos dejen de ser testarudos y hablen entre ustedes de una vez por todas.
—Tengo miedo de saberlo
Lloré en todo el camino al hospital, con el rostro escondido en el hombro de la Sra. Ross. Estaba siendo inmadura y era hora de remediarlo.
Amaba a Adam y lo quería de vuelta en mi vida y en la de mis hijas. Pero mis sentimientos eran de lo más bipolares en ese momento.
Pronto llegamos al hospital e inmediatamente una enfermera empujó una silla de ruedas en mi dirección.
Todavía venían contracciones seguidas y aumentaban cada vez más rápido.
Me llevaron a una habitación privada donde una muy hermosa Dra. Bagda esperaba con una sonrisa radiante en la cara. No entendía cómo ella pudo llegar más rápido de lo que lo hicimos los Sres. Ross y yo.
—No puedo creer que ya sea la hora —dijo al verme—, permíteme revisarte primero que todo.
La fulminé con la mirada mientras resoplaba del dolor.
—Al parecer tengo una futura madre gruñona esta noche —comentó alegremente—, es lo normal. Todas aseguran que no van a gritar o a maldecir, pero rompen esa promesa.
Y yo estaba a punto de hacerlo.
—No puedo creer que le dijera a Adam sobre las gemelas —le reclamé en medio de mi agonía.
—¿Se suponía que sería un secreto? —comentó de buen humor. La odiaba.
—¡Sí! ¿Sabe lo preocupada que estuve todo este tiempo pensando que le estaba mintiendo? ¿Todas esas veces en las que quise decirle pero tuve miedo? —respiré hondo por millonésima vez mientras sujetaba mi vientre. Dolía. Mucho.
—Oh —su cara hizo una perfecta O—. Se lo dije incluso a tu hermosa prima, la otra chica embarazada.
—¿Qué?  —pregunté perpleja—, ¿cuál prima embarazada?
—Ya sabes, la chica alta, rubia, ojos bonitos.
¿Rosie?¡Ella ya lo sabía todo este tiempo!
—Tiene una boca muy grande —protesté justo cuando otro dolor punzante amenazó con hacerme llorar—. Esa mujer no es nada mío.
—Lo siento, no lo sabía. Contrario a lo que la mayoría cree, no soy muy partidaria a guardar secretos. Si quieres puedo contarte otro de parte de ella, para que queden a mano.
Mi curiosidad pudo más que el dolor.
Asentí, nerviosa y a punto de un colapso.
—Pero, espera, dijiste que no es familiar tuyo. Así que esto es ilegal. Lo siento pero no puedo.
—¿Qué? ¿Ahora sí habla de asuntos legales o moral? Finjamos que es mi prima y hable.
La Sra. Ross, a mi lado, no dejaba de vernos a ambas con expresión extraña mientras tomaba mi mano y trataba de acariciar mi estómago.
—Bien, pero es algo jugoso así que, shhh —la Dra. Bagda se llevó un dedo a los labios—, secreto. Cuando ella llegó a mi consultorio la primera vez, vino con un chico quien supuestamente era el padre; le dijo que tenía recién un mes o dos de embarazo. La verdad ella ya estaba muy avanzada, lo que me lleva a creer que el padre es otro. Y como yo odio las mentiras… pues en ese momento yo le dije la verdad al chico. Él me lo agradeció y prometió que dejaría avanzar la mentira, aunque no estoy muy segura del por qué. Tal vez lo utilice en su contra más adelante.
Sonreí como no lo había hecho desde hace semanas.
Key no era el padre del bebé de Rosie. Rita era sabia por decir una frase que reflejaba muy bien a las chicas como esa: “nació desnuda, creció sin ropa y ahora se dedicaba a abrirse de piernas con cualquiera que tuviera un objeto dispuesto”.

Toma Adam, allí tienes a tu “amiguita inocente”.
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23 noviembre 2016

23. Tu boca es solo mía, y mi boca es toda tuya. POAW

Capítulo 23



Me encontraba en la semana veintisiete (casi veintiocho) de mi embarazo, y desde ya podía decir que la sentía con pesadez e incomodidad. Transpiraba el doble de lo que hacía antes, mi espalda dolía tanto que hasta tuve que dormir sentada en varias ocasiones y mis pies se encontraban tan hinchados que tuve que andar descalza la mayoría del tiempo. Casi no quería levantarme en las mañanas porque siempre me sentía fatigada y cansada, y precisamente hoy no era la excepción a los síntomas.
Según la Dra. Bagda tenía que evitar a toda costa hacer mucho esfuerzo y estresarme de cualquier forma; también me programó una cesárea para dentro de dos semanas ya que, aparentemente, mis bebés casi no tenían espacio en la bolsa, crecían a toda velocidad y estaban obteniendo más volumen. La Dra. Bagda me aseguró que ese era un procedimiento normal en estos casos, aunque eso no me quitó los nervios en cuanto a dar a luz; estaba muerta del miedo y no quería pasar por esto sola, lejos de mi familia. Con cada minuto que pasaba sentía que ya era hora de volver a casa, llevaba demasiadas semanas de silencio entre Adam y yo. Estaba actuando como una inmadura (o al menos eso era lo que me decía mamá siempre que la llamaba por teléfono), y ya era hora de poner fin a mis días de “buscar espacio”. Adam se había portado como caballero y me había dado mi espacio tal y como le pedí y se sentía como que ya era tiempo de regresar.

Con el pasar de los días me estaba poniendo más y más lenta, me quedaba dormida en el momento justo cuando mi cabeza tocaba la almohada, y apenas podía levantarme a la mañana siguiente. Me sentía como una carga para los Sres. Ross y no quería que tuvieran que lidiar con lo que sería el parto o cualquier dolor que comenzaba a sentir últimamente. Así que ese mismo día llamé a Rita, la única en la que podía confiar por los momentos, y esperé a que ella atendiera el teléfono.
—¿Hola? —fue lo primero que me dijo a través del teléfono. Su voz se escuchaba preocupada y desde ya podía admitir que extrañaba su compañía al igual que la de Shio y Mindy.
—¡Rita! —chillé, emocionada.
—¿Anna? —su voz pasó de preocupada a incrédula— ¿Annabelle Green?
—Es Walker ahora, ¿recuerdas? —le dije por bromear, aunque la broma me dolió en el alma. Era cierto, era una Walker.
—¡Santos girasoles, chica! Llevo semanas de no escuchar tu voz. ¿Dónde, en la tierra, estás? Nos estás matando a todos. No puedo creer que nos hagas esto, ¿por qué te apartaste de esa forma?
Me mordí el labio y miré en dirección a la cocina, en donde La Sra. Ross cocinaba panqueques y cantaba alguna canción italiana mientras batía la mezcla. Inmediatamente me sentí peor que antes.
—Lo siento. Supongo que la situación ya se me salió de las manos, y era por eso que quería hablar contigo.
—Bien, aquí me tienes. Derrama tus pensamientos antes que te ahoguen, cuéntame el por qué tengo que consolar a tu esposo cada día para evitar que se colapse.
Volví a morder mi labio de forma exagerada y apreté el teléfono contra mi oreja.
—Solo quería saber si me podrías hacer un favor. ¿Podemos no hablar de Adam en estos momentos? —supliqué.
—Bien —contestó ella de mala gana—, pero para que lo sepas, Marie se ha pasado mucho tiempo visitándolo. Ella y Nicole se están llevando de las mil maravillas y hasta la lleva a comer helado siempre que puede.
Las palabras de Rita se sintieron como un golpe directo al pecho, con fuerza y provocando daño a mi adormecimiento.
—¿Qué? ¿Marie? —repetí, incrédula, olvidando momentáneamente sobre el favor a pedirle—. Nicole no se le puede acercar a ella ni de broma. Marie no es buena para nadie.
—Pues créelo o no, pero a la niña le agrada. Además, ¿qué esperabas si tú los abandonaste a ambos?
—Yo no los abandoné…
—Sí, lo hiciste.
—No, no lo hice —pero gran parte de mí sabía que sí, efectivamente, lo había hecho—. Dios, creo que sí lo hice, ¿verdad?
—Ujum —murmuró mi amiga, pronto escuché la voz de mi ex jefe, Cliff, de fondo mientras llamaba por ella—. Escucha, Anna, tengo que irme. Aparentemente hay problemas con Mirna, otra vez está acosando a uno de los clientes y no logra entender lo que es el espacio personal.
—No sabía que estabas en el trabajo —comenté—, pero tranquila. Solo quería saber si podrías darme cabida en tu casa para esta otra semana. No quiero molestar más a la amable familia que me está dando un lugar en la suya.
Escuché a Rita suspirar mientras le daba órdenes a alguien.
—Sabes que no hay problema, te puedes ir a mi casa. Eso sí, recuerda que vivo con mi abuelo, mi padre y mis dos hermanos menores. Verás mucha ropa interior en esta época porque todos miran una serie sobre zombies en la televisión y les gusta hacerlo usando únicamente calzoncillos.
Arrugué la cara e intenté mentalizarme con la imagen completa. No era agradable.
—De acuerdo, creo que puedo sobrevivir a eso —murmuré—. Perdona que te moleste tanto, pero no sabía a dónde más ir.
—No hay problema, querida. Pero recuerda que sí tienes un lugar al que ir y es donde está tu esposo, esperándote para solucionar esto de una vez por todas.
—Rita, por favor no…
—Bien, bien, bien. Ya no digo más, sólo piensa en lo que te dije. No queremos que la niña te odie y elija a tu prima en primer lugar.
Imaginarlo, a Nicole con Marie, me rompía el corazón de una manera degradante.
¿Qué estaba mal conmigo? Hace no mucho tiempo atrás le estaba prometiendo a la niña que nunca la abandonaría, y aquí estaba ahora, dejándola de lado.
—Me siento estúpida —le dije con sinceridad y a punto de llorar.
—Oh, Anna. No te pongas así, todos cometemos estupideces en la vida. Nadie es perfecto y nace sabiéndolo todo. Sino mira a tu prima, nació desnuda, creció sin ropa y ahora se dedica a abrirse de piernas con cualquiera que tenga un objeto dispuesto.
Le iba a preguntar por qué tenía que sacar a Marie a colación cuando, de fondo, escuché su voz irritada mientras le gritaba a mi amiga.
Suspiré con cansancio. Me estaba perdiendo de muchas cosas en mi inútil intento por encerrarme en mí misma.
—Adam fue stripper —solté de repente, queriendo compartir con ella de lo que recién me acababa de enterar hace unos pocos días atrás.
Hubo silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué? —balbuceó Rita—. Eso ya lo venía venir. ¿Recuerdas aquel baile de mesa que hizo en el restaurante? Se movía con experiencia.
—Posiblemente también fue modelo porno. O no sé, tal vez también actuó en alguna película triple equis y no tengo idea. O puede que haya hecho un calendario donde posaba desnudo junto a gatitos bebés, y ahora, de seguro, es parte de la colección de alguna abuela con artritis que lo codicia en privado de enero a diciembre.
—¿De qué estás hablando? No entiendo.
—Me acabo de enterar del trabajo de Adam.
—¿Ladrón profesional? —dijo Rita, por bromear.
Negué con la cabeza, como si ella pudiera verme a través del teléfono.
—No, era stripper.
Rita quedó en silencio y luego la escuché meditar.
—Oye, Channing Tatum también fue stripper antes de saltar a la fama en las películas.
Rodé los ojos, sabía que diría eso. Me había pasado varias tardes buscando por Google a algún Adam Walker de profesión desnudista, pero ninguno era mi Adam; aunque encontré varias historias sobre Channing… y lo admitía, también había videos muy gráficos. Los vi todos.
—Al parecer Adam no es tan famoso porque no logré encontrarlo por ningún lugar de la web.
—Tranquila, tú y yo buscaremos juntas cada rincón hasta demos con algún video secreto. Incluso podemos acosar a abuelitas con calendarios prohibidos de tu hombre abrazando a un gatito bebé.
Sonreí con pesar, extrañaba a mi amiga.
—De acuerdo. Ya quiero verte en persona, te extrañé tanto —contesté.
—Y yo también a ti. Tengo mucho que contarte.
—Comenzando por tu relación con Key. ¿Cómo están las cosas ahora que él es padre?
Rita suspiró largo y doloroso.
—Realmente es una mierda. Pero no lo puedo culpar cuando fui yo quien le dijo en primer lugar que superara de una buena vez a su ex novia con otra mujer. ¿Sabes? En ese entonces creí que me elegiría a mí, que yo sería su “otra mujer”; supongo que me equivoqué.
—No sabes cuánto lo siento.
—Pero no importa, eso ya es pasado. Y juntos hemos superado muchos obstáculos, saldremos de esta, estoy segura.
—Me gustaría tener tu optimismo —me quejé.
—Lo que pasa es que estoy en deuda con él. ¿Sabías que orinó sobre el cepillo de dientes de mi ex?
—¿Cómo? —me reí en voz alta—. ¿Cómo ocurrió eso?
—Naaa, esa es historia para otro día. Ahora sí, Annabelle Walker, te dejo porque me voy. Regresa pronto porque aquí todos te extrañamos.
—Y yo los extraño a todos ustedes.
Y era verdad, los extrañaba a todos. Quería regresar con ellos. Pero en su lugar, suspiré y terminé con la llamada, y me moví hacia la cocina para ayudar con el almuerzo.
Pronto estaría cara a cara con Adam para poder hablar de todo y no sabía qué pensar de los dos. Era hora de enfrentar las cosas y eso me asustaba como nunca.


*********


—¿De verdad le tomaste captura de pantalla a su entrepierna?
Las risas de la Sra. Ross se alzaron por toda la sala y más allá de la casa. Mientras tanto mi rostro ardía en vergüenza y sentía como si hubiera cometido un error al decirle la razón del porqué su nieto y yo no nos hablábamos.
Cada vez que Diego llegaba de visita, mi rostro se encendía como un faro y lo evitaba a toda costa; me sentía también furiosa por contarme acerca de Adam ya que probablemente yo hubiera sido muy feliz en la ignorancia, sin saber su profesión.
Así que la Sra. Ross me había interrogado hasta que me sacó la verdad; ella era buena en persuasión.
—Fue un accidente —volví a repetirle—. No sabía que la imagen se había movido de lugar. En mi mente estaba enseñándole la fotografía de Rosie, pero resulta que no era eso.
La Sra. Ross se echó a reír más alto. Al menos se había tomado tranquilamente la noticia sobre su nieto siendo stripper.
—Ya me lo sospechaba —comentó ella, como si pudiera leerme el pensamiento—. Estábamos pasando por una mala situación y, de la nada, él comenzó a generar bastante dinero. Sabía que no andaba en buenas cosas así que un día lo seguí sin que él se diera cuenta. Terminé entrando a un club de striptease y salí realmente traumada al enterarme; dejé que terminara su carrera en la universidad y lo persuadí para encontrar un trabajo real.
Ella suspiró y miró hacia la taza de café que sostenía en la mano.
—Lo entiendo, ¿sabes? —continuó diciendo ella—. Pero nunca he aprobado sus decisiones. Lo confronté el otro día y juró que no seguía en ello, que se dedicaba cien por ciento al restaurante. ¿Te dijo algo de esto? ¿Sabes si lo sigue haciendo?
Miré a otro lado y evité encontrarme con sus ojos preocupados. No iba a decirle que su hijo todavía se dedicaba a eso. Nop. Yo no.
—Realmente no lo sé —la evadí, si me creyó o no nunca lo sabré ya que cambié de tema con rapidez—. Quería comentarle otra cosa. Mi amiga, Rita, habló conmigo ayer y parece que todo está listo para que yo regrese a casa mañana mismo. Ella vendrá para ayudarme con mis cosas, le di la dirección para que me encontrara.
La Sra. Ross asintió, en comprensión y con pesar.
—De mi parte sabes que puedes quedarte todo lo que quieras; no tienes por qué irte tan rápido.
Su callosa mano tomó la mía y la apretó con cariño.
—Lo sé —dije—, y agradezco enormemente que me haya brindado espacio en su casa. Es la mejor, debo decirlo.
Ella me sonrió y me abrazó largo y tendido.
—Te echaremos de menos. Demasiado. ¿Quién cocinará conmigo ahora?
Le dediqué una sonrisa triste.
—Creo que sobrevivirá sin mí.
Pronto ella estaba dándome otro abrazo reparador y luego de eso dejó que yo tomara otra siesta en la habitación. Últimamente dormir era mi segundo nombre y se me daba mejor que la cocina.
Mañana sería otro día y Rita vendría con Key para llevarme a su casa. Para ese entonces ya presentía que Adam estaba al tanto de mi regreso mientras que yo, por otro lado, me encontraba más nerviosa que antes.
Esa noche preparé mi maleta, pensando en lo primero que haría al ver a Adam. ¿Golpearlo? ¿Besarlo? Ese era mi dilema. Tal vez lo golpearía primero y luego lo besaría, después lo volvería a golpear por ser un mentiroso, y para finalizar lo besaría otra vez, con lengua y con sentimiento.
Sí, eso iba a hacer.
Seguía perdida en mis pensamientos sobre besar a Adam que, muy tarde, noté cierta molestia en mi vientre. El malestar continuó de manera leve y me hizo detener lo que sea que estuviera haciendo.
Sujeté mi vientre con fuerza y respiré de forma pausada. El dolor fue pasajero y me permitió volver a mi labor de doblar mi ropa para acomodarla en la maleta.
El resto de la noche pasó de la misma forma que las demás: con dolores de espalda y con apenas unas horas de sueño.
Pronto llegó la mañana tan temida de todas; Rita quedaría de enviarme un mensaje de texto para cuando saliera de casa para recogerme con Key.
Gran parte de mí sabía que ese día iba a ser diferente al resto. Lo sabía desde que me había despertado esa mañana con otro leve dolor en el vientre y mis piernas apenas soportaban estar de pie. No era normal y me preocupaba.
Olvidé el dolor momentáneamente cuando una notificación en el teléfono me avisó que tenía un mensaje de texto de Rita.

Surgieron problemas, alguien arruinó las llantas del vehículo de Key. Iremos en el auto de Adam. ¿Está bien?

¿Viene Adam con ustedes?

Sí.

Esa palabra puso mi mundo de cabeza. No, no, no. Adam no debería de verme todavía, tal vez hasta que supiera qué decir o al menos hasta que tuviera cabeza para pensarlo mejor.
Rápidamente le envié otro mensaje a Rita.

No, que no venga. No todavía.

Se rehúsa a ser dejado atrás.

Dile a Key que no venga todavía, que arregle el vehículo y después venga contigo.

Adam no nos deja, a menos que lo llevemos.

Entonces vengan a escondidas.

Imposible. Creo que fue él quien reventó las llantas. Ese desgraciado hijo de pato se lanzó frente al auto y no se quita del camino. Te mando una imagen si quieres.
*No quise decir pato, la palabra era pato.
*¡Tonto auto corrector! Es PATO. PATO.

Rita…

Lo siento. Pato. Entiendes la palabra, ¿verdad? Pato, pato, pato.
¬¬  Miércoles.
*Miércoles.
*Mierr…

¡Rita, basta! Lo capto bastante bien… Y no envíes nada. Haz algo, no tengo cara para verlo todavía. Siento que le defraudé bastante :(

¡Entonces deja que vaya! Estoy segura que correrá a perdonarte lo que sea que dices haber hecho. Ese hijo de pato tiene pelotas para haber hecho lo que hizo. Key adora su camioneta.

Lo siento. ¿Qué tal si vienes otro día, sin que él se dé cuenta? Por favor.

Está bien. Será mañana. Iremos con Key a recogerte. Perdona no haber podido ir hoy, pero Adam lo hace difícil.

Entiendo. Me avisas si tienes más noticias o si podrás venir hoy.

Te lo prometo, nena ;)


¿Te lo prometo, nena? Esa no sonaba como a Rita.

¿Adam?

Siempre el mismo.

¿Qué hiciste con Rita?

Estaaaa trrrratandddddddo de recipeor el telefdoon

Lo siento, Anna. Me quitó el teléfono cuando supo que era contigo que hablaba. Soy Rita de nuevo.

Mis nervios saltaron todos a la vez y mi corazón latió más rápido que cuando él usaba sus frases coquetas para conquistarme.

Dile a Adam que no se meta. No todavía, por favor.

Pasaron unos minutos sin recibir respuesta hasta que llegó una notificación alta y clara:

Tu tiempo de descanso se ha acabado, Anna. Es hora de recuperar lo mío, te guste o no. Voy también con ellos o no va nadie. Elige. Me cansé de apartarme para que busques espacio. Tu espacio está aquí, conmigo. Recuerda que tú eres toda mía y yo soy todo tuyo. ¿Por qué desconfías tanto? No me alejes.

Pato. Adam era un pato. Pero con una sólo frase había logrado calentar mi rostro de una manera que nadie había logrado antes; no sólo calentó mi cara, también había calentado mi corazón.
No respondí nada y lancé el teléfono a la cama. Me había cansado de pensar; de una u otra forma Adam siempre vendría.
Sudor frío cubría mi frente y sentía que moriría si lo pensaba demasiado.
Pasaron dos notificaciones de mensajes más hasta que se detuvieron y se mantuvieron en silencio por el resto de la tarde.
No quise revisar ninguna por temor a que fuera él. Anteriormente me había tocado ignorar sus llamadas perdidas y eliminar sus textos, pero por alguna razón no quería eliminar estos.
Con algo de temor alcancé de nuevo el teléfono y lo acerqué a mi pecho; suspiré y leí los mensajes que él envió:

Quiero que recuerdes dos cosas, y que queden bien claras: tu boca es solo mía y mi boca es toda tuya.

Abrí el segundo mensaje:

Y tu cuerpo es solo mío y mi cuerpo es todo tuyo, de nadie más. ¿De acuerdo?


Al terminar de leer sus mensajes empecé a sentir no sólo un dolor del alma, sino también un dolor bastante fuerte en mi vientre. Mi frente se llenó con más del sudor frío y me doblé a la mitad, tratando de sentarme sobre la cama y presionando mis ojos de manera fuerte hasta que comencé a ver manchas rojas detrás de mis párpados. Mi respiración se puso pesada y rápida. Dolía como nunca había dolido.
Tonto y posesivo Adam. Sus palabras se metieron en lo profundo y no podía dejar de alternar mis pensamientos entre el dolor que sentía, y en él. Ambos iban a acabar conmigo.
Mi vientre comenzó a relajarse así que ahogué un pequeño grito y me obligué a tranquilizarme, no era un dolor que no pudiera controlar. Lo tenía que controlar.
Pasados unos minutos el dolor mitigó y respiré otra vez con normalidad, pensando en lo fuerte que se sintió. Me preocupaba tener esos síntomas, ¿por qué los estaba sintiendo ahora?
Inhalé y exhalé. Me relajé sobre el colchón de la cama y pensé en sí debería o no escribirle a Adam. Mejor no. No era para preocupar a nadie.
Mañana regresaría a casa y todo estaría bien. Con o sin Adam a la par. Aunque de verdad comenzaba a echarlo de menos.

Cerré los ojos por un momento hasta caer dormida y así pasé la mayoría de la tarde, durmiendo. No tenía que preocuparme de nada ya que los dolores no siguieron y probablemente no iban a seguir. Suspiré, agotada. Mañana sería otro día, otro día para tratar de evitar a Adam y fallar en el intento.
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